Acabo de regresar de un fin de semana de trabajo en Barcelona, con un sabor amargo y la impresión de vivir en un país que se desmorona...
Miles de personas nos hemos visto afectadas por la disminución de velocidad impuesta desde Adif, seguramente para proteger nuestras vidas, tras el accidente de Adamuz. Y también por las huelgas "no oficiales" del servicio de Cercanías, tras la muerte de un maquinista aplastado por el muro de contención que se desplomó sobre el tren del Rodalies.
Mientras el gobierno investiga... la Ministra para la Transición Ecológica se apresura a afirmar que "la culpa es del cambio climático"; y quizás el Ministro de Sanidad pudiera argumentar que "el maquinista no estaba correctamente vacunado"; y el de Trabajo opinar que "solo era un maquinista en prácticas", pero todas sabemos que encontrar un chivo expiatorio es la mejor forma de ocultar la verdad.
Tras los accidentes, los ferroviarios difundieron imágenes del lamentable estado en que se encuentra la red nacional, pese a los millones de euros entregados a empresas de mantenimiento. Solo en 2023, en la línea Madrid-Sevilla, el gobierno pagó unos 57 millones a una unión de empresas, con un conocido "asesor político", ahora en la cárcel.
Tardé el triple de lo habitual en llegar y regresar del Montnègre, donde imparto la formación de Experto Universitario en Pedagogía Verde.
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Pasé horas esperando en las estaciones y en los trenes, con un ambiente enrarecido por la incertidumbre, la confusión, el miedo y la desorientación, que me recordó a El ángel exterminador, aquella película de Buñuel, donde un grupo de personas queda psicológicamente atrapado en un edificio abierto, sin poder salir y sin saber por qué.
La mayoría de viajeros prefiere contener su frustración, aferrados a la pantalla del móvil. Parecen decir: "¿para qué vamos a hablar si siempre llegamos al mismo lugar de impotencia? No hay nada que podamos hacer".
Echo de menos aquellos viajes de mi infancia, cuando los pasajeros conversaban con generosidad sobre sus vidas.
Los más optimistas aprovechan, sin embargo, para hacer campaña, porque según ellos "las cosas se resuelven votando bien". Mientras, una joven afirma que el problema es claramente estructural: “¡cualquiera se puede corromper!”. Y un hombre resume la situación más gráficamente: "¡somos todos unos chorizos!". Yo me pregunto: ¿Lo somos?, ¿de veras?.
Al interventor, pese a todo, le preocupan las soluciones: ¿por cuánto tiempo es viable seguir con la reducción de velocidad y sus complicaciones humanas y organizativas?, ¿cómo se van a reparar las vías sin afectar a la actual intensidad de tráfico?
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En la barra del tren-cafetería, una mujer me confiesa que antes de subirse al Ave ha hecho testamento. Lo más grave es que llego a preguntarme por qué ni me lo había planteado…
La vida es cada vez más complicada, más peligrosa y arriesgada… en la vieja España. No se si hablar contribuye a resolver algo... Pero es, sin duda, mucho más saludable que callar, votar y... tragar saliva...
Sobre la autora
Heike Freire. Filósofa, psicóloga, pedagoga y activista. Es creadora de la Pedagogía Verde, así como promotora de culturas biocéntricas, basadas en el amor innato del ser humano por la Tierra. Su libro más reciente es Educar en verde (Paidós, 2026).






Me parece esencial lo que apunta el artículo: ver el iceberg, y no solo su punta. Qué problemas revela el síntoma? Hay algo más? Hay una Administración con excesivas prioridades extractivas? Tal vez el accidente responda solo al infortunio imprevisible, pero aun así me parece una oportunidad para revisar seriamente el sistema.
No me consta que la ministra haya dicho tal barbaridad, que la culpa del descarrilamiento se por el cambio climático. Y no la estoy defendiendo. ¿Puedes demostrarlo?