Ponga, lector, que alguien le plantea la siguiente pregunta: «¿Por qué debemos enseñar literatura?». Le presento, a continuación, la respuesta que Platón da, en el Parménides, a una cuestión parecida:
«[Parménides] —Y en lo que concierne a estas cosas que podrían parecer ridículas, tales como pelo, barro y basura, y cualquier otra de lo más despreciable y sin ninguna importancia, ¿también dudas si debe admitirse de cada una de ellas, una forma separada y que sea diferente de esas cosas, que están ahí, al alcance de la mano? ¿O no?
[Sócrates] —¡De ningún modo!, repuso Sócrates...
[Parménides] —Claro que aún eres joven, Sócrates —dijo Parménides—, y todavía no te ha atrapado la filosofía tal como lo hará más adelante, según creo yo, cuando ya no desprecies ninguna de estas cosas».
Todo lo que existe, incluso el pelo, el barro y la basura, puede y debe estudiarse, ya que nada es despreciable; de ahí se sigue que, puesto que el fenómeno de la literatura existe, la literatura puede y debe estudiarse. No hay más.
A partir de aquí, podemos concretar la pregunta inicial en el siguiente sentido: «Si todo puede y debe estudiarse, pero no todo cabe en un programa académico, ¿por qué debemos priorizar la enseñanza de la literatura en la secundaria y en la universidad en detrimento de otras materias, áreas o campos de conocimiento?». Esta es la cuestión interesante; de hecho, invitamos a nuestros lectores a que, si tienen algún familiar o amigo que se dedique a la docencia de la literatura o a cualquier actividad que guarde relación con la transducción literaria (trabajar la literatura para los demás), o si alguno de ustedes o alguno de sus conocidos tiene acceso a la ministra de Educación o a alguna de sus réplicas autonómicas, se la planteen.
Si la respuesta que obtienen apela a la transubstanciación («la literatura nos permite vivir otras vidas», respuesta vargallosiana), a la terapia psiquiátrica («si no escribiera sería un killer, un asesino en serie», respuesta de un académico de la RAE), al fundamentalismo lexicológico («la literatura es palabra»), al cretinismo fraternaloide («la literatura nos hace más tolerantes»), a lo enigmático y recóndito («la literatura es un criptograma reservado a los iniciados»), al reduccionismo estético («la literatura es forma»), a la sumisión a la anglonecedad («la literatura es el objeto de estudio de la cultura»), a un sobrenaturalismo acomplejado («la literatura tiene alma y en eso nos distingue de las ciencias duras»), a lo detectivesco («la literatura es una forma de hacerse preguntas»), al turismo psiquenáutico («la literatura nos permite trasladarnos a otros mundos»), a la indagación autoscópica («la literatura es una forma de conocerse uno»), a la doxografía o erudición acrítica («la literatura es una glosa que no cesa»), a la mediación con los dioses («la literatura es una transducción del mensaje divino»), al descriptivismo aristotélico («la literatura es una mímesis de la realidad»), a una concepción géiser del yo («la literatura es una liberación de tensiones y traumas del individuo»), al supremacismo culturalista («la literatura es una forma superior de cultura»), a la hibridación de las Letras con la filantropía («la literatura nos hace mejores personas»), a la hibridación de la Semiótica con la Astronomía («la literatura es una constelación de signos»), a la hibridación de la glosolalia y la epifanía («la literatura es una manifestación de la lengua»), a la barahúnda circunscrita («la literatura es un alboroto en torno a algo», respuesta de Henry James), al chisme narcisista («la literatura es una biografía oculta y desvelada a la vez), a la exégesis acrítica y miope del pasaje 1451b de la Poética de Aristóteles («la literatura expresa mentiras que son verdades»), a la impresión sensible («la literatura es una forma de sentir»), a la curiosidad forense («la literatura es una charcutería o despiece del alma humana», respuesta dostoyevskiana), a cualquier versión del nacionalismo germanoso («la literatura encierra el volksgeist o espíritu del pueblo»), a la no autoría de los llamados autores («la literatura es un regalo de las musas»), a la adulación al lector («la literatura es lo que cada lector decide que es») o a cualquier otra explicación insuficiente, tramposa o equivocada, aquello pondrá de manifiesto la ignorancia, el cinismo o el desconcierto en que se encuentra nuestro interlocutor y, como resultado de ello, su incapacidad para defender la conveniencia y la preferencia de la enseñanza de la literatura. En otras palabras, que, si la literatura es lo que en estas respuestas se dice que es, podemos prescindir perfectamente de ella y de quien la defiende y hacernos el favor de ahorrarnos tanto sueldo y gasto inútil.
¿Alguien se ha parado a pensar el dinero que nos cuesta la enseñanza de la literatura en la secundaria y en la universidad? ¿No deberían, los que imparten esta docencia, ser capaces de justificar su sueldo de forma no fraudulenta? Pero, con mucha más razón, ¿no deberían, las administraciones que los contratan, ser más capaces, incluso, que los docentes de responder a esta pregunta? Al fin y al cabo, se entiende que quien paga por algo es que sabe por lo que paga. Otra cosa es que no se les contrate para enseñar literatura, sino para otros menesteres que no se pueden declarar abiertamente, pero que tendrían que ver con la equiparación de la universidad con el jardín de infancia, la estabulación humana, la persuasión política coercitiva (lavado de cerebro) y las celdas carcelarias. Aquí no vamos a considerar estas otras opciones; nosotros partimos de la idea de que a los profesores de literatura se les contrata para que enseñen literatura.
Para responder a la pregunta de «¿por qué debemos priorizar la enseñanza de la literatura en la secundaria y en la universidad en detrimento de otras materias, áreas o campos de conocimiento?», exponemos seguidamente los conceptos de obra literaria, lectura y literatura que Jesús G. Maestro define en la Crítica de la razón literaria, ya que, a nuestro entender, constituyen en su conjunto la respuesta más potente y más sólidamente fundamentada que hoy podemos dar a esta pregunta.
Una obra literaria es el resultado de la conjugación de tres contenidos: una fábula (una ficción), una forma de explicarla (unos contenidos poéticos y estéticos) y unas ideas (unos contenidos lógicos). Estos tres contenidos se dan de forma entretejida, conjugada, lo que conocemos como symploké. El resultado de la trabazón o conjugación de estos tres contenidos da lugar a unas ideas que ya no son las que trabajan en la symploké (en ese entretejimiento), sino las que resultan de ella. La lectura consiste en enfrentar nuestro racionalismo crítico al racionalismo literario objetivado por los autores en las obras literarias, es decir, a las ideas que resultan de la symploké (conjugación o entretejimiento) a la que nos acabamos de referir. Cuando no somos capaces de aprehender este racionalismo, el resultado es la derrota.
Esto último, el salir derrotados del ejercicio lector, es lo que les sucede, por ejemplo, a muchos críticos que se han ocupado de la novelística de Michel Houellebecq y han concluido que esta narrativa no es más que un repertorio de misoginia y patriarcado. Sucede que una gran parte de las fábulas y los contenidos lógicos de muchas novelas de Houellebecq son inequívocamente machistas y cosificadores de la mujer, de una misoginia sin ambages, de ahí, también, que un buen número de críticos literarios las proscriban y recomienden, incluso, que las editoriales dejen de publicar las obras del francés. Nosotros sostenemos que estos individuos ignoran que las fábulas y las ideas que construye Houellebecq se conjugan –se dan en symploké– con unos determinados contenidos estéticos y que de esta conjugación resultan unas ideas que nada tienen que ver con el machismo, el patriarcado y la misoginia. Las ideas misóginas que encontramos en las novelas de Houellebecq, por su conjugación con los contenidos estéticos, son ideas que trabajan en la symploké, ideas que, precisamente por conjugarse con estos contenidos, se convierten en metáforas, analogías y epítomes a través de los cuales la obra pasa a expresar otras ideas: las que resultan de aquella symploké.
En las novelas de Houellebecq, el varón blanco, occidental, de mediana edad, de tradición cultural cristiana y buena situación social acostumbra a ser un inmaduro incapaz de soportar ninguna responsabilidad, un niño sempiterno que se aboca al consumo para llenar un vacío insaciable, una suerte de Sísifo consumista que, cuando ya no puede comprarse más cosas, se compra o mercantiliza los cuerpos de las mujeres y los cosifica y los trata como si fuesen botellas de vino o tablas de quesos. Este hombre es incapaz de formar y cuidar una familia e incapaz de hacerse cargo de sus fracasos; expuesto a todo, tremendamente vulnerable, se conduce a las cotas más altas de abyección: a hacerse daño a sí mismo –masoquismo– y a hacerles daño a los demás –sadismo– en una búsqueda patológica y ciega de la felicidad, el más volátil de los señuelos del globalismo anglosférico. Y todo esto –seguimos en la conjugación de la fábula y las ideas con lo estético y lo poético– es metáfora de otro curso crepuscular: el del Occidente cristiano-católico. El sexismo de los niñatos sempiternos de Houellebecq no es propaganda machista, sino todo lo contrario; en realidad es una denuncia de la insolvencia e inmadurez de ese hombre blanco que sale en sus novelas y que personifica (contenido estético), en su inmunda abyección, la necrosis del Occidente cristiano-católico a causa de la perniciosa influencia anglo-mundialista-liberal-protestante que ha pulverizado todos los vínculos comunitarios, socialistas (entendemos socialismo no como contrafigura del capitalismo, sino como contrafigura del individualismo), que amparaban al individuo.
Sostiene Aristóteles, en la Política, que quien ha vivido en la polis, una vez fuera de ella y se basta a sí mismo –es decir, logra ser autosuficiente–, o es «una bestia o un dios». Lo que Houellebecq denuncia es que la anglosfera protestante nos ha prometido que podemos vivir desvinculados, que somos como dioses, cuando la realidad es que nuestra vida desvinculada nos ha convertido en bestias y, en el caso de los personajes de sus novelas, en bestias misóginas. Pero todo esto, si no sabes distinguir entre las ideas que trabajan en la symploké (sexismo y misoginia) y las ideas que resultan de ella (idea de que el individualismo anglo-protestante nos convierte en bestias), no lo ves; si no tienes muy claro que fábula, contenidos estéticos y poéticos y contenidos lógicos son materiales que puedes distinguir, pero que no puedes separar, no lo ves.
Acabamos de explicar en qué consiste la ontología de la obra literaria y en qué consiste leer, pero, entonces, ¿qué es la literatura? La literatura es el resultado de otra symploké (conjugación, entretejimiento, trabazón), la que se da entre autores, obras, lectores (los que leen para sí) y transductores (los que leen para los demás: profesores, editores, libreros...). La Literatura es el fenómeno comunicativo que resulta de este circularismo literario y sus consecuencias históricas, geográficas y políticas. A todo lo anterior, debemos añadir que, puesto que el racionalismo literario construido por los autores se sirve de las libérrimas prerrogativas que a estos les confiere la imaginación, la razón literaria puede objetivar unos contenidos críticos que otras materias, áreas o campos de conocimiento no pueden abordar con tanta libertad. Por eso, precisamente, porque la conjugación de la razón y la imaginación siempre puede desarrollarse por vías y extensiones inéditas, la capacidad crítica de la literatura no tiene otro límite que la genialidad constructiva de los autores. Cuando este racionalismo es realmente crítico y genial y se incorpora al circularismo literario al que nos acabamos de referir, su impacto siempre es emancipador y ejemplar y, en este sentido, amplía poderosamente nuestras cuotas de libertad. Esta sería nuestra definición de literatura, que tomamos, como decíamos, de la Crítica de la razón literaria, de Jesús G. Maestro.
André Gide, en su Diario, se refiere, en los siguientes términos, a la exigencia que demanda el racionalismo literario:
No intento ser de mi época; intento desbordar mi época [...] Hace tiempo que habría dejado de escribir si no me habitara esta convicción de que los que vendrán descubrirán en mis escritos lo que los de hoy se niegan a ver en ellos; y que sin embargo yo sé que he puesto.
En este soberbio párrafo soberbio, André Gide sostiene que su razón literaria está dada a una escala superior al entendimiento de sus coetáneos; en otras palabras, que los lectores de su siglo no van a ser capaces de entender las symplokés que él ha construido en sus obras, que no están formados para salir vencedores del reto lector que estas les plantean, pero que, con el correr de los años, cuando la competencia de los lectores, es decir, su racionalismo crítico, llegue a estar a la altura del suyo o a superarlo, entonces, a esos lectores futuros sí se les harán evidentes las ideas que, por su genialidad, resultan hoy inaccesibles a sus contemporáneos.
Tras haber dado una definición clara, funcional y bien fundamentada de obra literaria, lectura y literatura, respondemos muy brevemente a la segunda cuestión: ¿por qué priorizar la enseñanza de la literatura?
Diremos que la enseñanza de la literatura es conveniente y debe ser preferente, en primer lugar, porque, debido a la conjugación de la razón y la imaginación que se da en las obras literarias, el enfrentamiento con ese racionalismo literario es el mejor entrenamiento que puede tener un lector que se quiera verdaderamente crítico; en otras palabras, que la lectura de estas obras deviene un poderoso ejercicio para aumentar nuestra competencia lectora.
En segundo lugar, porque las ideas que resultan de las symplokés construidas por los grandes autores de nuestra tradición literaria constituyen, en su conjunto, el conocimiento (racional, crítico, materialista y dialéctico) que mejor se ordena a la protección de nuestra vida, nuestra salud y nuestra utilidad o potencia de hacer (piense, lector, que estos son los tres componentes de la idea de libertad más fuerte que encontramos en nuestra tradición, desde la antigua Grecia hasta Spinoza, pasando por Fernando de Rojas y Cervantes) y no estamos para prescindir de él.
En tercer lugar, y como resultado del punto anterior, diremos que la lectura de las obras capitales de nuestra tradición literaria puede llevarnos –siempre que los lectores seamos honestos– a abandonar ideologemas, retoricismos, psicologismos y toda suerte de espejismos y engaños que hoy tenemos por ideas fuertes, cuando no lo son en absoluto, y cuya única teleología es la de conducirnos a la experiencia traumática.
Y, en cuarto lugar, puesto que la literatura no nos procura conocimientos, sino que nos los exige, entendemos que su estudio es de capital importancia porque, para salir airosos del ejercicio lector, nos veremos obligados a cultivar todo tipo de saberes y a mantener la curiosidad siempre alerta. El ejercicio constante de esta disciplina y prevención se convierte en un poderoso y preciado custodio de nuestra libertad.
En definitiva, dado que esta experiencia demoledora (de idealismos, apariencias y engaños) y, a la vez, edificante (pues robustece nuestra razón crítica) es ejemplar, emancipadora y se ordena a preservar nuestra salud, nuestro bien y a ampliar nuestra utilidad (idea de libertad), consideramos que la enseñanza de la literatura es conveniente y debería ser preferente.
A saber qué entenderá la ministra…
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).







Luminoso, Muchas gracias Ramon
Por cierto. Acabo de recordar que el ya fallecido escritor Javier Marías quien además era filósofo, no solo era considerado un intelectual sino que de literatura se supone que sabía mucho. Bien, durante la "plandemia" le faltó tiempo para criticar a aquellos que estaban en contra de las vacunas o de llevar mascarillas. El mismo se vacunó de tres dosis y es bastante razonable que fueran las vacunas las que le mataron. Ídem de ídem, el reputado filósofo e intelectual Fernando Sabater, esto es, también criticó a los que se oponían a la vacuna. Una prueba de que ser intelectual o ser un experto en literatura no nos hace superiores.