Tenemos que lograr que la libre competencia se desarrolle sin mayores sobresaltos. Para lograrlo, la sociedad ha consentido que la libre competencia se desarrolle en virtud del liderazgo y de la propaganda. (…) A medida que la sociedad ganaba en complejidad y que la necesidad de un gobierno invisible se hacía más patente, se inventaron y desarrollaron los medios técnicos indispensables para poder disciplinar a la opinión pública.
Edward Bernays, Propaganda (1928)
Hoy me he levantado con ganas de escribir sobre propaganda. El término “propaganda” suele usarse de manera peyorativa, generalmente para referirse al esfuerzo mediático de ciertos poderes, generalmente extranjeros, para deformar la percepción general sobre cuestiones que a los poderes que hacen uso del término les interesa proteger. Sin embargo, para el considerado como padre de las relaciones públicas, Edward Bernays, a la sazón sobrino de Sigmund Freud, la propaganda no sólo no era negativa sino que su práctica resultaba recomendable como método de creación de cohesión social y de consensos. En su obra más conocida, Propaganda (1928), reflexionaba sobre la necesidad de su uso en cualquier sistema de gobernanza, singularmente en el sistema democrático liberal, y lo hacía en los términos que han podido leer en el encabezado de este artículo. Afirmaciones sin duda contundentes, que muestran el desacomplejado enfoque que Bernays nos ofrece a lo largo de esta obra, considerada por muchos como la Biblia de la propaganda. Un descarnado pensamiento que llegaría a inspirar al mismísimo Goebbels, quien catapultó estas ideas al límite de lo posible.
En ese breve extracto, Bernays esboza una serie de elementos que sin duda resultarán al lector ciertamente familiares. En primer lugar, llama poderosamente la atención el concepto de “gobierno invisible”. A lo largo de su obra, Bernays describe este gobierno como un conjunto de grupos de poder coordinados en torno a intereses estratégicos que se valen de los gobiernos y de los medios de comunicación para influir en la opinión pública. Así de sencillo. Hoy día, podemos reconocer esos grupos de poder en una actividad semiregulada que llamamos lobby. Los lobbies, forman una unidad de acción articulada por su estructura de propiedad. Basta un rápido vistazo a las juntas de accionistas de cualquiera de las diez multinacionales más influyentes de cada sector estratégico para darse cuenta de que prácticamente todas comparten accionariado. Con los dedos de una mano se cuentan los fondos de inversión que controlan de manera mayoritaria prácticamente todas las multinacionales punteras de los sectores energético, armamentístico, farmacéutico, mediático, alimentario o inmobiliario. Entre ellos, emergen con autoridad dos que, a mayor abundamiento, también se controlan entre sí; Vanguard y BlackRock, cuyos tentáculos alcanzan más allá de lo imaginable.
Es evidente que éste, y no el pretendido gobierno salido de las urnas, es el “gobierno invisible” al que hacía mención Bernays. Quedan pues por desvelar los “medios técnicos” con los que “disciplinar a la opinión pública” y conocer quién ostenta “el liderazgo”. En primer lugar, es fundamental contar con la total aquiescencia del poder político, ya que estos colosos financieros viven fundamentalmente del desvío de fondos públicos hacia sus actividades. La técnica empleada es relativamente conocida; puertas giratorias que comprometen la función pública de nuestros representantes electos con vistas a futuras (y muy bien remuneradas) perspectivas laborales en las empresas a las que su benevolencia legislativa pueda beneficiar. Para que los políticos de turno se ajusten convenientemente a la narrativa que se pretende imponer, se cuenta con la inestimable asesoría de un entramado inescrutable de fundaciones y oenegés, surgido de las mismas entrañas del capitalismo filantrópico, que aportan toneladas de informes dotando a las políticas prediseñadas de apariencia de progreso y necesidad. Para reforzar la obediencia a la agenda del poder de los cargos electos, el capitalismo filantrópico no repara en gastos, y cada tres o cuatro semanas monta algún evento de nombre grandilocuente en el que agasajan a los dignatarios. Éstos recompensan la generosidad filantrópica con discursos plagados de un vocabulario preconcebido, el mismo que usted, querido lector, escuchará día y noche durante los meses subsiguientes.
De todos los eventos planetarios en los que el globalismo filantrópico disciplina a nuestra clase política, el más florido en lo que a creación de neolengua se refiere es, sin duda, el Foro de Davos. Durante una semana al año, la bucólica estación invernal suiza se llena de multimillonarios concienciados con la redención, de jets privados ecosostenibles y de políticos resilientes que rinden pleitesía por turno a los prebostes del “gobierno invisible”. Allí se llenan la boca de catástrofe climática, de pandemias, del peligro de la desinformación, y por supuesto de deliciosos chuletones de buey de Kobe, cuyas flatulencias por lo que se ve, no emiten metano. Por las noches, filántropos y políticos disfrutan de un poco de prostitución inclusiva y con perspectiva de género. Al fin y al cabo, salvar el planeta es una tarea descomunal, y de vez en cuando conviene relajarse.
Con el poder político ya convertido en palanca propiciatoria de los planes del gobierno invisible, sólo queda “disciplinar” a la opinión pública. Como decía Bernays en la obra mencionada anteriormente, “si puedes influir en los líderes, ya sea con su colaboración consciente o sin ella, automáticamente influyes en el grupo que le sigue”. Esta frase supone una máxima axiomática que vertebra de manera evidente el mecanismo de acción social de las decadentes democracias liberales. Con tal objeto, el capitalismo filantrópico riega abundantemente toda un panoplia de observatorios, institutos, sociedades, asociaciones y oenegés, cuyos miembros, presentados en sociedad de manera recurrente como “los expertos”, promocionan a machamartillo las bonanzas incontrovertibles de las políticas que promueven. Estos “expertos” cumplen una función híbrida, ya que los “expertos” que aleccionan a la opinión pública en los medios de desinformación masiva, son los mismos, o al menos pertenecen a las mismas organizaciones, que sepultan bajo toneladas de informes a los representantes y asesores de los mandatarios de turno.
El modelo constituye un esquema Ponzi, por el cual las fundaciones matriz, llámense éstas Open Society o Fundación Bill Gates y señora, ponen el modelo a funcionar inyectando un capital inicial en sus organizaciones subalternas hasta que éstas puedan comenzar a financiarse del erario público vía subvenciones. Así, el capitalismo filantrópico consigue matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, influye en las políticas públicas en su propio beneficio, por otro consigue que sean los propios estados los que financien su activismo. Además logran que los estados hagan suyas los ambiciones del capitalismo filantrópico y, haciendo uso de ingentes cantidades de propaganda en sus medios de intoxicación, se aprovechan de la credulidad de las masas alienadas, disfrazando la maniobra bajo la apariencia de interés general. Es lo que se conoce como “colaboración público-privada”, que no es otra cosa que saquear el dinero de todos para el beneficio de unos pocos. Así es como IS Global dicta las políticas de salud pública, la Alianza GAVI recauda dinero público para destinarlo a sus chiringuitos vacunales, los informes de la Rand Corporation inspiran compras masivas de armamento o el Observatorio Europeo del Clima decide qué explotaciones ganaderas o agrícolas serán sacrificadas en el altar del greenwashing.
Pero pese a los esfuerzos de la filantropía global en “disciplinar” al personal, siempre hay quien no comulga. En palabras de Bernays, “es tan ingente el número de mentes que se pueden disciplinar y tan obstinadas se vuelven cuando se les ha impuesto la disciplina, que un grupo a veces ofrece tanta resistencia que los empeños de legisladores, directores de medios y maestros resultan inútiles”. Fusilar a cualquier tipo de disidencia es una pulsión totalitaria que no se puede permitir una democracia liberal que se precie, aunque tampoco se puede tolerar que cualquier pensamiento contrario a la narrativa interesada del gobierno invisible pueda cuajar en una masa crítica que subvierta el buen rumbo de las cosas. Por ello, la vía del escarnio público se ha revelado como el método más civilizado con el que poder orillar planteamientos contraculturales, y evitar así un contagio social de tan indeseables ideas. No es que el método sea precisamente nuevo. Ya en la época en la que Bernays escribiese sus postulados, el uso del término “bolchevique” resultaba recurrente para marginar posiciones contrarias a la narrativa hegemónica, un uso que se extendió a la época de McCarthy y su caza de brujas.
También es bien habitual leer a mandatarios sionistas hacer uso del término “antisemita” para criminalizar la crítica al estado de Israel. Este caso es además verdaderamente falaz, ya que asimila ser semita a ser judío y ser sionista. Se puede ser semita sin ser judío ni sionista. De hecho, los palestinos son semitas ya que descienden de un pueblo semita. Se puede ser judío sin ser sionista ni semita. De hecho, generalmente los judíos ashkenazíes que pueblan de manera mayoritaria el Israel de hoy, no son semitas sino blancos caucásicos, pese a los denodados esfuerzos del sionismo por encontrar ese gen judío que demuestre el origen semita de los judíos centroeuropeos. Y por último, se puede ser sionista sin ser judío ni semita, como demuestra el hecho de que la mayor comunidad sionista en EEUU es evangelista.
Al margen de estos clásicos ya mencionados, en los últimos tiempos, la cultura de la cancelación ha visto crecer su ámbito de actuación hasta extremos rayanos en el paroxismo, con proliferación fúngica de los llamados delitos de odio, consagrados al calor de sendas leyes de protección de las minorías. Un ejemplo bien representativo es el uso del término “tránsfobo/a”. Atendiendo a su significado literal, la palabra “fobia” define una “aversión exagerada a algo o a alguien”, por lo que un “tránsfobo” sería aquella persona que tuviese aversión a las personas trans. Sin embargo, el término se usa para vilipendiar a un abanico mucho más variado de perfiles. Entre considerar que el sexo es una variable casi discrecional que se asigna de manera prejuiciosa al nacer el individuo, y la pura y llana aversión a las personas transexuales existe toda una escala de grises que queda proscrita al amparo de las nuevas leyes de identidad de género. Cualquiera que no compre el credo queer de cabo a rabo será considerado “tránsfobo”, pudiendo enfrentar un proceso legal por delito de odio en el que, en una vulneración flagrante del principio jurídico de igualdad de armas, la carga de la prueba ha sido revertida en virtud de la nueva legislación, por lo que el presunto “tránsfobo” habrá de demostrar su inocencia, en lugar de ser el denunciante el que tenga que demostrar la culpabilidad, como por otro lado es natural en cualquier otro proceso legal.
Pero sin duda, el mejor ejemplo de término cancelatorio, por su extensión y recurrencia es el de “negacionista”. Negacionistas los hay de muchos tipos; del cambio climático, de la violencia de género, de la pandemia, de las vacunas, etc.. Con este término tan sencillo se envilece cualquier postura que no se ajuste al canon del gobierno invisible. Hay que comprar todo el pack ideológico so pena de ser enviado al ostracismo. Con un negacionista no se debate, y llegado el caso, es moralmente recomendable retirarle el saludo. No importa cuales sean sus razones o cuan fundamentadas estén. Y se ha acabado esto de invitar a familiares negacionistas a cenar en Nochebuena.
Con respecto del cambio climático, hay negacionistas de lo más variopinto. Los hay que creen que no hay ningún cambio climático y que todo el armatoste propagandístico climático responde a una maquiavélica maniobra de una suerte de cábala satanista que pretende dominar el mundo. Esta quizás sea la posición más extrema, pero no todos son así. No importa, es un negacionista igual. Los hay que no niegan el cambio climático, pero expresan públicamente sus dudas de que éste sea antropogénico, esto es, causado por el hombre. Negacionista. Los hay que, considerándolo parcialmente antropogénico, no lo consideran una emergencia. No hay debate. Negacionista. Los hay que, considerándolo antropogénico y una emergencia acuciante, no están de acuerdo con las medidas que impone el gobierno invisible para presuntamente paliarlo. También negacionista. Los hay incluso, que considerándolo antropogénico, no creen que se pueda parar de ningún modo. El veredicto es claro: negacionista sin opción de enmienda porque como todo el mundo sabe, con un negacionista no se debate, aunque sea un premio Nobel, o dos, o miles de especialistas en la materia que no están de acuerdo con alguno de los elementos de la narrativa verde.
Casi tan abyectos como los negacionistas del cambio climático son los negacionistas de la violencia de género. Cualquier duda expresada en contra de la Ley de Violencia de Género ha de ser rechazada sin ambages. No importa que la ley no haya resultado en una mejora de las cifras de asesinatos de mujeres a manos de sus parejas. Muy al contrario, esa cifra sigue creciendo sin freno. No es momento de matices ni de farragosas disquisiciones sobre la naturaleza de la violencia, ni sobre la igualdad ante la ley, ni por supuesto sobre la precarización general de la salud mental. Por fin tenemos una etiqueta apropiada que ponerle a esa violencia y a ella nos encomendamos. Eso es lo que importa. Habrá quien opine que el feminismo es una cuestión más profunda, de mayor calado, que no puede conformarse con verse convertido en un conjunto de etiquetas y definiciones más o menos afortunadas a modo de arma arrojadiza. No es momento de matices, es momento de apretar filas y demostrar que estamos del lado bueno de la historia, porque de lo contrario estaremos apoyando el terrorismo machista, y eso no puede ser.
Mi reflexión de hoy no puede terminar sin hacer especial mención del que hoy día es el negacionista por antonomasia, el negacionista sin aditivos ni azúcares añadidos, que no es otro que el negacionista de la pandemia del COVID 19. Es quizás el negacionismo más variado en lo que respecta a los perfiles que lo componen. Hay negacionistas que creen que los virus no existen. No este virus en concreto, no. Ninguno. Hay otros que, sin negar la existencia del virus, no consideran que el virus en sí sea suficiente para resultar un problema de salud pública de dimensiones bíblicas, mediante el cual acabar de facto con buena parte de los derechos civiles contenidos en unos textos constitucionales cada vez más testimoniales. Otros llegaron incluso a aventurar al principio de la distopía pandémica que la incidencia de casos podría tener que ver con carencias vitamínicas. Estos fueron negacionistas entonces y lo siguen siendo hoy, aunque la evidencia científica disponible les haya dado finalmente la razón. La narrativa no se discute. No es cívico dudar, y mucho menos propiciar que otros lo hagan. Ni sobre el virus, ni por supuesto sobre su origen zoonótico, aunque éste ocurriese, siempre según la encíclica pandémica, a escasos metros de donde los Estados Unidos, o mejor dicho, agencias del gobierno relacionadas con el complejo militar industrial, destinaban dinero público a la investigación de ganancia de función en patógenos. Es zoonosis o negacionismo, usted elige.
Y a vacunarse se ha dicho, por usted, por su abuela, por todos. Es cierto que los productos ARNm no frenaban en ningún modo la transmisión. De hecho, como supimos gracias a la declaración de una empleada de Pfizer en la Comisión Covid en el Parlamento Europeo, ni siquiera estaban diseñados para hacerlo. Ello no impidió que se aprobase la implantación de un pasaporte Covid. Finalmente se supo que el pasaporte Covid, además de una norma inconstitucional, era una norma ineficaz para el fin pretendidamente perseguido, lo que no resulta óbice para que, todavía hoy, se pueda juzgar como negacionista a todo aquel que señale la incongruencia de la norma. Tampoco conviene señalar el tremendo hachazo al erario público europeo que supuso la compra mancomunada de productos ARNm a cargo de la señora Von der Leyen. Aunque nuestra ínclita presidenta se curase en salud, nunca mejor dicho, y comprase diez dosis por europeo con nocturnidad y alevosía, no conviene airear públicamente este asunto a menos que se quiera ser etiquetado como negacionista.
En definitiva, la etiqueta negacionista supone una herramienta de incalculable valor para todos aquellos que quieran rehuir un determinado debate, y si va precedido de la etiqueta “terraplanista” mejor que mejor. Porque en el terraplanismo no hay grises. O se es terraplanista o no se es. No hay medias tintas. Por eso cumple perfectamente la función de realzar el envilecimiento de la crítica, sea ésta fundada o no. Con negacionistas no se debate, y punto. La buena noticia es, que por puro abuso del término, cada día hay más personas que son enviadas al ostracismo negacionista, de modo que más pronto que tarde, acabarán por conformar una mayoría. A fin de cuentas, si todo es negacionismo, nada lo es.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.





Hoy, con Internet, que te llamen negacionista es como que te inscriban en el "INDEX" en la Alta Edad Media y entrados en el modernismo, cuando ya la imprenta de caracteres móviles permitía difundir libros impresos y la libertad de expresión alcanzó una nueva dimensión que no proveyeron las élites del momento y que espolearon el renacimiento de la democracia.
Hoy, las élites globalistas, lo tenían previsto y ya iban recortando derechos democráticos ante el miedo que le tienen al derecho a la información veraz.
Pero la democracia es como el Ave Fenix que resurge de sus cenizas.
"La buena noticia es, que por puro abuso del término, cada día hay más personas que son enviadas al ostracismo negacionista, de modo que más pronto que tarde, acabarán por conformar una mayoría. A fin de cuentas, si todo es negacionismo, nada lo es."
Esa espero! Gracias por este articulo.