La industria de la muerte se ha instalado de manera definitiva en España tras décadas inmiscuyéndose en nuestras casas y espacios públicos como una especie de gas mefistofélico que pretende nublarnos el juicio para hacernos creer contra toda lógica que no somos nada y, sobre todo, que no debemos ser nada una vez que se nos pare el corazón y pasemos a mejor vida. Primero fueron los tanatorios, que calcando el afán expropiador y mercantilista del estado moderno expulsaron a los fallecidos de sus casas para convertirlos en fiambres conservados en frigoríficos, eliminando las vigilias y reduciendo los velatorios a un horario de tienda de ropa. Poco después, con los difuntos transformados en una mercancía tóxica de la que conviene deshacerse y a la que es imperativo negar, se impuso la incineración tipo Holocausto, consistente en carbonizar un cadáver, no para purificarlo al estilo hindú, sino para desintegrarlo de manera industrial, hasta el punto de triturar los huesos con el único objetivo de hacer desaparecer toda señal de humanidad. Finalmente, como señal ineluctable de la barbarie, ha llegado la eutanasia, oficializando el paso de los artes de morir católicos, que tenían como fin que el individuo se preparase para la muerte, integrándola en la vida, a un estado satánico que te mata después de que te haya persuadido para que le des el consentimiento.
Para entender cómo hemos podido pasar de ser una comunidad de iguales que acompaña a los que sufren en nombre del amor a transformarnos en una sociedad nihilista que necesita hacer macabros sacrificios rituales que niegan el milagro de la vida, debemos poner el dedo en la llaga enunciando por enésima vez lo obvio. Es decir, que hemos sido invadidos por una moral protestante excluyente, deicida y aniquiladora de comunidades humanas que está impugnando los protocolos civilizatorios básicos de buena parte de los pueblos del planeta, sea cual sea su religión oficial. La conversión de la muerte en un proceso industrial que niega nuestra dimensión humana incluso a un nivel etimológico (humus o tierra como origen de humano) hunde sus raíces en el mundo protestante de Inglaterra, Alemania o EEUU. Es en estas culturas donde se inventa en el último cuarto del s. 19 la cremación industrial, donde surgen los modernos tanatorios y donde la eutanasia, aprobada por primera vez por Hitler en 1939 para matar al niño Gerhard Hertbert Kretchsmar a petición de su padre, se ha asentado con fuerza como una forma de control social que ejerce la comunidad de elegidos por la presunta gracia de la predestinación sobre la masa de condenados que sufren mil padecimientos.
La dimensión de la tragedia es difícilmente imaginable. Si el programa nazi Aktion 4 ejecutó con el contra-sacramento de la eutanasia a unas 300.000 personas entre 1939-1945 en nombre de salvaguardar solo las vidas dignas de ser vividas, Canadá acabó por medio de este método con la existencia de 94.000 de sus ciudadanos en la última década (una media de 45 personas por día), mientras que en Países Bajos las muertes a manos del Estado en nombre de la “muerte digna” suponen ya el 6%. El veneno del engañoso derecho protestante a autodeterminarse y a decidir lo que no es en absoluto decidible a cambio de renunciar a los derechos inalienables de la persona es el que está detrás de esta hecatombe ciudadana, que hace de la denominada “sintiencia” o capacidad de sentir su combustible. Según la siniestra cosmovisión protestante los seres humanos no tenemos libertad alguna para elegir qué hacer, o para estar del lado del bien o del mal, sino que estamos predestinados a ser parte de los salvados o de los condenados al margen de nuestras obras. Estas endiabladas coordenadas morales dan lugar a un privilegio del sentimiento sobre la razón (de ahí, por ejemplo, la sustitución de la Poética por la Estética a partir del s. 18 con la consiguiente desracionalización del arte) que ocasiona que lo que uno sienta esté por encima de cualquier criterio racional y no pueda ser puesto en duda.
El carácter caprichoso de este ideario que privilegia lo que uno siente, por perjudicial que sea para la propia supervivencia, sobre la realidad, no solo origina la doctrina trans, que borra la división biológica hembra/varón afirmando que eres mujer, hombre o incluso mucosa vaginal de un Funko de Shakira con solo sentirlo, sino que es también la que hace saltar por los aires la frontera hombre/animal mediante el animalismo o la diferencia hombre/máquina vía el poshumanismo. Pensemos, en este sentido, que el animalismo apuesta por abolir fronteras entre especies por considerar que el criterio fundamental para otorgar derechos no es la racionalidad, sino la capacidad de sentir dolor y placer con conciencia de sí, razón por la cual según defiende el animalista-en-jefe Peter Singer, una vaca debiera tener más derechos que un bebé o un anciano con demencia avanzada. Estamos, en definitiva, ante una doctrina que privilegia los intereses de la élite, convirtiendo sus deseos más oscuros en la realidad de los demás (nunca en la propia), y animalizando al conjunto de la sociedad, que como un rebaño de alimañas carentes de razón y capaces solo de sentir alegría o pena deberán participar en un juego llamado vida para descubrir, con las reglas adulteradas de antemano, si están salvados o condenados, es decir, si son capaces de evadir todas las trampas que sus gobernantes les ponen para confundirlos y destruirlos en una lucha evolutiva.
En suma, la anti-igualitaria doctrina protestante de la predestinación unida al totalitarismo de la sintiencia provoca en las sociedades una división entre una casta de elegidos que se consideran a sí mismos dioses que controlan la vida y la muerte de los demás (quienes dejan de ser prójimos) y una mayoría de condenados que hacen del nihilismo y la desesperación perpetua su principal divisa. En este nuevo mundo todos pareciesen contentos porque existe una total conformidad entre lo que sienten y lo que dicen ser, de manera que los que se creen dioses actúan como tal, y los excluidos, aspirantes eternos a la divinización, auto-odiándose, prefieren metamorfosearse en otra cosa o incluso desaparecer, siendo privados del carácter corrector y reorientador de un amor que se impondría a fuerza de razón sobre ellos, reintegrándolos de nuevo a la comunidad y salvándolos. Es en este mundo poshumano, diseñado por unas élites que quieren ejercer un dominio inusitado sobre las mayorías, donde tenemos que situar la eutanasia, que surge como una solución utilitarista para exterminar población inútil y eliminar el amor.
El mal llamado derecho a la eutanasia hace, de manera idéntica al discurso trans, regla de la excepción, intentando embarullar principios éticos que son, sin duda alguna, autoevidentes. De esta manera, para legitimar la ejecución de Noelia Castillo por parte del Estado se recurre a ejemplos extremos como el del tetrapléjico gallego Ramón Sampedro, quien curiosamente fue ayudado a morir, no por el Estado ahora tanatocrático y eugenésico que entonces le negaba ese “derecho fundamental”, sino por una comunidad de vecinos que decidió apoyarlo, aunque contra el criterio fundamental de la familia, en base a lazos de amistad y de amor. El padecimiento, por grave que sea, nunca puede ser razón para que el Estado, mediante un consentimiento siempre inducido, pueda matar a una persona, pues si por algo nos caracterizamos los humanos es por sufrir de manera irremediable en diversos grados y por estar abiertos a la desgracia. La legalización de la eutanasia no va, de hecho, dirigida a casos en principio extremos, sino que en su lucha carroñera contra el sufrimiento y los principios cívicos básicos, se abre a acoger en su seno nihilista a todo aquel que padezca un sufrimiento considerado como insoportable, sea este psicológico, derivado de la soledad o de alguna circunstancia personal que uno mismo considere, con razón o sin ella, como en extremo desafortunada. Es decir, el derecho a la eutanasia es una negación del amor a uno mismo, pero también del amor que la familia y la comunidad tienen a la persona que sufre, a la que deben alejar de sus pulsiones autodestructivas.
Pero, por encima de cualquier otra consideración, ese contra-sacramento llamado eutanasia es el derecho del Estado a transformarse en una estructura totalitaria que decide sobre la vida y la muerte, expropiando por completo la libertad natural que todos tenemos como individuos dotados de razón y voluntad. De hecho, si algo demuestra la capacidad humana para ejercer la libertad es la posibilidad que toda persona tiene de suicidarse. Sin embargo, de manera paradójica, el mismo Estado que apuesta por la eutanasia como un “derecho fundamental” es el mismo que niega la posibilidad del suicidio, haciendo, por ejemplo, que según los protocolos policiales y médicos, un presunto suicida pueda llegar a ser ingresado en un hospital psiquiátrico de manifestar persistencia en su conducta autodestructiva. El “derecho” a la eutanasia es, por eso, un derecho de pernada de una tecnocracia nihilista que amenaza a todas las naciones del mundo, exigiendo como evidencia de su culto satánico a la nada una sociedad de individuos aislados y condenados a ser morralla. La eutanasia es, también, la solución compasiva que se les ofrecerá a todas esas generaciones del presente sin hijos que envejecerán y enfermarán en soledad en pocas décadas, sin nadie de carne y hueso que pueda acompañarlos.
Sin embargo, pese a que la grave y humanicida involución civilizatoria impulsada por el protestantismo es la gran culpable de esta deriva nihilista, debemos también cargar las tintas contra las jerarquías católicas que se han plegado de manera demente a la barbarie. Tal y como expliqué en las primeras líneas de este artículo, la cultura de la muerte que elimina a los difuntos del mundo de los vivos mediante la transformación radical de ritos civilizatorios como son los velatorios domésticos o los enterramientos que respeten la dignidad de los cadáveres, es la levadura que ha permitido que la eutanasia se haya colado diabólicamente entre nosotros. La Iglesia Católica se rindió a esta industria de la muerte mediante la Instrucción Piam et constantem, promulgada por Paulo VI en 1963 para permitir, sin ningún tipo de reclamación significativa al respecto por parte de las comunidades católicas, la cremación tipo Holocausto de cadáveres (insisto en no confundir esta macabra práctica con rituales de purificación del cuerpo muerto mediante el fuego como los de los hindúes, quienes no queman a sus difuntos en hornos industriales ni trituran los huesos con un molinillo para hacer desaparecer todo vestigio de humanidad).
La aceptación de la incineración para los cadáveres de católicos, quienes creen en la resurrección de la carne y cuyo cuerpo debiera ser enterrado a imitación del de Jesucristo, se justificó de manera capciosa por parte de Paulo VI en casos en los que esta se produjese por razones higiénicas, económicas o sociales. Enmendando de manera retórica este giro nihilista Paulo VI dejaba claro en el antedicho documento que el enterramiento era la práctica funeraria preferida por lo católicos y que la cremación quedaría prohibida en los casos en los que fuese contra la fe católica. Estas ideas fueron retomadas en la Instrucción Ad resurgendum cum Christum, promulgada por Francisco en 2016 para insistir en el valor del enterramiento ante la proliferación de cremaciones entre católicos que resultaban en profanación de las cenizas pues
enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne, y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia. [La Iglesia n]o puede permitir, por lo tanto, actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de re-encarnación, o como la liberación definitiva de la “prisión” del cuerpo.
Sin embargo, tanto las consideraciones preventivas de Paulo VI como las de Francisco funcionaron como meras excusas con las que aceptar dentro del mundo católico una práctica de ultraje a los difuntos que ha llegado ya a ser mayoritaria y que tiende a negar la continuidad entre la vida y la muerte. El embrujo del nihilismo protestante en este sentido ha sido tan grande que en España los mismos defensores de la incineración tipo Holocausto que reduce el cadáver a la nada son los que apuestan, con una razón cripto-católica, por desenterrar a los muertos de la Guerra Civil de las cunetas o por recuperar del océano los cuerpos de los difuntos ahogados en tal o cual naufragio. Debemos reconocer que estos compatriotas aciertan en esta segunda postura, pues consideran que la preservación del cadáver, aunque sea reducido a un fémur, es algo que dignifica a la comunidad formada por vivos y difuntos, además de mostrar un respeto intergeneracional a nuestros antepasados. Es más, la mayor amenaza de la incineración industrializada, es que rompe por completo la existencia de cualquier tipo de comunidad estable al condenar a la irrelevancia a los cementerios (que acabarán extinguiéndose) y hacer que desaparezca de nuestro horizonte cotidiano el cuidado y respeto de los muertos.
Conviene recordar en este punto a Giambattista Vico, quien en su Scienza nuova (1725) afirmaba que todas las naciones de la tierra comparten, sea cual sea su religión, dos elementos que las hacen pasar de la barbarie a la civilización: los enterramientos y el matrimonio. Los enterramientos no solo evidencian la certeza civilizada de que existe una continuidad entre la vida y la muerte, sino que son el origen de toda comunidad, pues los pueblos y las ciudades surgen alrededor de los cementerios con el fin de que todos aquellos que están vivos puedan honrar a sus antepasados. Los matrimonios, por su parte, son el hecho político por antonomasia, pues afirman un vínculo de compromiso al margen de las emociones momentáneas y los avatares del destino que es esencial para conformar comunidades humanas que sean autónomas y tengan identidad propia (no en vano la familia como unidad política es el enemigo a batir por los estados modernos).
No deja de ser paradójico que el mismo nihilismo protestante que ha creado la industria de la muerte a base de eliminar los enterramientos por medio de la carbonización industrial de cadáveres y el encumbramiento de la eutanasia, se haya institucionalizado precisamente mediante la negación del matrimonio cuando en 1534 el monarca Enrique VIII decidió separarse del catolicismo de Roma para perseguir sus deseos feminicidas y carniceros de divorcio. Entregados a los cantos de sirena de “derechos” como el divorcio o la eutanasia, tenemos motivos sustanciales para escuchar atentamente a Vico, quien nos alerta de que las civilizaciones que dejan de lado los enterramientos y los matrimonios están abocadas a la barbarie, mostrando que su vida ha llegado a un final ineludible y que no les queda más solución que volver a un estado primitivo. Si miramos alrededor, podremos consolarnos pensando que la nihilista industria de la muerte protestante no solo ha penetrado en el mundo católico, sino también en culturas milenarias como la china, en donde la cremación tipo Holocausto es obligatoria en la mayor parte de lugares. Sin embargo, deberíamos fijarnos en los musulmanes, quienes parecen combatir el nihilismo, no solo con una prohibición estricta de la cremación, por considerar que vulnera la dignidad de las personas, sino también con restricciones a la transformación de los animales en mascotas, las cuales, como bien sabemos, tienden a acabar sustituyendo a los mismos seres humanos.
Sea como fuere, es urgente que despertemos colectivamente. La muerte de Noelia Castillo a manos de los tanatoburócratas europeos nos muestra que estamos viviendo bajo el régimen de una funesta satanocracia que ha reducido nuestros derechos a dos contra-sacramentos: el aborto y la eutanasia. Mediante estos dos “derechos fundamentales” se nos priva del derecho de vivir y ser amados a cambio de tener la ilusión de que controlamos aquello que está reservado a la divinidad y más allá de nuestros límites: el nacimiento y la muerte. En esta orwelliana satanocracia hasta el lenguaje ha cambiado, y como muestra la triste ejecución de Noelia Ramos, el “Descanse en paz” que debiera haber acompañado su muerte ha sido sustituido por un macabro “Ha ejercido su derecho”. Estamos, por lo tanto, de luto ciudadano, pues al derecho que teníamos a abortar, no tener familia y vivir en soledad, se ha añadido el derecho que tenemos a que nos maten si lo pedimos en un momento de debilidad, después de que un comité de expertos como el que nos confinó y enmascarilló durante el covid-19 decidan como dioses nuestro destino.
Tenemos, en definitiva, por primera vez en la historia el derecho a que nos maten. No se crean que entre los católicos más destacados no se está creando revuelo. Parece ser, por ejemplo, que varias hermanas que se identifican como admiradoras siónicas de las monjas cismáticas de Belorado se han puesto en contacto con mi querida amiga la monjita liberal arrepentida Federica Jimena la Santa para proponerle firmar conjuntamente una carta al Papa León XIV pidiéndole que, como manera de enfrentarse a la cultura de la muerte culminada en la eutanasia, prohíba de manera tajante las incineraciones entre católicos. Según Federica Jimena la misiva será redactada en nombre de la familia Aznar, dadas las buenas obras que esta prole realiza en pro de la vida por medio de sus clínicas de fertilización asistida que serían, según algunos medios, las principales beneficiarias de una posible legalización del compasivo y pro-ucraniano negocio de los vientres de alquiler. Federica Jimena me confesó que su postura contraria a la incineración de católicos se basa en el temor que tiene a que los carísimos testículos de oro con dispositivo táctil que ella y Germano Terftsch encargarán al gurú poshumano Martin Varsavsky para regalar a monarcas, presidentes del Gobierno y creyentes de postín, tal como les relaté en mi anterior artículo, pierdan su potencia germinativa al ser incinerados. Debo reconocer que discutí de mala manera una vez más con Federica Jimena, porque aunque me parece fundamental que León XIV prohíba la cremación entre católicos lo antes posible para así poner límites al nihilismo rampante en este momento de revitalización de la fe entre los más jóvenes, no me parece de buen gusto ampararse en la preservación poshumana y supremacista de un cojón de oro.
—Pues que sepas, palurdo, que el futuro son los úteros artificiales y la cremación con agua—me gritó Federica, tildándome de ultramontano y asegurándome que en el mundo de hoy hay que ser zorro e imitar, como hace Netanyahu, a Gengis Khan.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.




Querido David
La ley que regula la eutanasia en España, LORE, lo que hace básicamente es despenalizar la ayuda médica para morir, pero respetando la objeción de conciencia del personal sanitario. Asimismo, en dicha ley se establecen unos requisitos rigurosos, condición sine qua non, para que se ayude a morir a la persona que lo solicita y que básicamente son los siguientes:
Capacidad: Ser mayor de edad y tener capacidad de obrar y decidir de forma autónoma.
Condición Médica: Sufrir enfermedad grave e incurable, o padecimiento crónico e imposibilitante, que cause un sufrimiento físico o psíquico intolerable.
Nacionalidad/Residencia: Tener nacionalidad española, residencia legal o certificado de empadronamiento superior a 12 meses.
Voluntad: Haber formulado dos solicitudes voluntarias y por escrito, separadas por al menos 15 días naturales, no fruto de presión externa.
Por si fuera poco, hay asimismo un protocolo a seguir que es bastante exhaustivo. Por último, la ley recoge tanto la eutanasia activa, administración directa de la sustancia por el sanitario, como la ayuda a que el propio paciente termine con su vida.
Nada de esto dices en tu artículo que es lo realmente importante, lo que me recuerda el conocido dicho "hay algo peor que una mentira, una verdad medias". Por lo tanto, de cultura de la muerte, nada. Otra cosa es que se puedan cometer atropellos que obviamente serían delictivos.
Magnífico!!