Hagamos el esfuerzo de imaginar por un momento que somos iraníes y que llevamos semanas soportando bombardeos que han asesinado a miles de compatriotas (incluyendo a cientos de niños) con el único objetivo de destruirnos para siempre como país soberano. Imaginemos, además, que somos críticos con el régimen de los ayatolás porque no creemos que una teocracia (un gobierno basado, en principio, en las leyes de Dios) sea la mejor manera de organizar un estado en el ilustrado, moderno e inclusivo s. XXI. Pero imaginemos que el mundo se nos cae definitivamente a los pies, porque además de conocer perfectamente la doctrina malévola del sionismo, que clama por nuestra aniquilación, vemos con estupor por televisión el rezo satánico-espiritista que diferentes cantamañanas disfrazados de líderes religiosos entonaron alrededor de la figura de Donald Trump, cual si fuese una encarnación de Baphomet cebada a base de comida basura.
Imaginemos, por lo tanto, que percibimos a las claras que, como defienden Israel, EEUU y toda su cohorte de chaperos atlantistas, estamos ante una batalla entre el mal y el bien, pero que la parte del mal no somos nosotros sino ellos. Imaginemos que empezamos a atar cabos y que, en un trágico momento epifánico, nos percatamos de que nuestra teocracia se enfrenta junto a los chinos y rusos a una despiadada satanocracia global dirigida por una red de presuntos pedófilos que figuran en los archivos del sionista Epstein. Imaginemos, además, que se nos da por leer a los gurús de esa degenerada tecno-oligarquía epsteiniana que nos quiere destruir (Peter Thiel, Alex Karp, Curtis Yarvin, Nick Land) y descubrimos que promueve una serie de doctrinas poshumanas que tienen como fin explícito instaurar un gobierno mundial de férreo control poblacional que diferencie entre una élite de elegidos y una mayoría sometida. Imaginamos que descubrimos que estas ideas, fatales para la Humanidad, provienen del espacio de innovación formado por Silicon Valley y ese país llamado Israel que asegura estar estructurado como una start-up nation.
Pero habiéndonos puesto en el lugar del que nos dicen que es el enemigo a batir y el mayor de los males que ha confrontado nunca el “mundo libre”, dejemos de imaginarnos cosas que debieran estar al alcance de cualquier churumen y retornemos a nuestra realidad española para hacernos responsables de lo que nos quieren obligar a defender en nombre de EEUU, Israel y toda la morralla otanera. Es decir, ¿qué modelo de comunidad y qué idea de ser humano tienen todos aquellos que, desde un supremacismo civilizatorio sin complejos, apuestan por declararle la guerra a Irán? La mejor manera de saberlo es prestar atención a los proyectos que impulsan algunos de los ricachos sionistas que, a modo de agitadores ultra, monopolizan en España las redes sociales, las tribunas de los periódicos y los platós de televisión en franjas de máxima audiencia con mensajes que debieran ser constitutivos de un delito de alta traición en tanto en cuanto anteponen sin ambages los turbios y nihilistas intereses de un país extranjero como Israel (entre cuyos aliados más estrechos se encuentra el Marruecos alauita) a los nuestros.
Uno de los casos más paradigmáticos es el de Martín Varsavsky, sionista argentino nacionalizado español cuyo nombre figura en los archivos de Epstein y que presume de ser amigo íntimo de insignes miembros de la élite poshumana como Elon Musk o Joi Ito (quienes ostentan récords de menciones en el asunto Epstein). Sin que nadie sepa explicar de manera clara por qué, Varsavsky aparece en horarios de máxima audiencia en la tele inoculando sus mensajes sionistas mediante la plataforma que le ofrece el programa Horizonte, además de gozar de una tribuna semanal y de un podcast en el diario digital The Objective. Si nos debiera extrañar su repercusión mediática es porque Varsavsky no es periodista ni analista político, sino un gran señor tecno-feudal que se hizo multimillonario como emprendedor, pasando de la especulación inmobiliaria en NYC al negocio de la telefonía en España o a proyectos de digitalización masiva, hasta acabar convirtiéndose en líder del lucrativo y desalmado mercado de la reproducción asistida. De hecho, Varsavsky, que a sus sesenta y cinco años tiene siete hijos de tres matrimonios (¡quien quiere poligamia con la ley del divorcio de la democracia liberal!) y viste como si fuese un skater apenas entrado en la veintena, se presenta en su perfil de X como alguien dedicado a “solucionar los problemas de fertilidad del mundo”.
La razón por la que la opinión pública debiera saber en qué consisten los negocios impulsados por Varsavsky viene dada por su afán declarado por modificar de manera radical e irreversible la manera en la que vivimos. Para Varsavsky el mundo humano es impredecible, caótico e imperfecto, razón por la cual debe ser sustituido por una realidad poshumana mucho más eficiente (comandada por la IA) que es, como veremos, contraria a toda noción cristiana de igualitarismo y dignidad humana. Como miembro de la élite tecno-feudal anglosionista, Varsavsky se mueve en unas coordenadas epistémicas de abierto carácter satánico en el sentido de que promueve la irreverencia, el riesgo y la desobediencia, no solo a las normas humanamente establecidas sino sobre todo a la misma ley natural. El objetivo no es otro que el que ciertos individuos de la especie humana desarrollen todo su potencial y conquisten una inmortalidad relativa que impugne los límites naturales.
Si de algo no se puede acusar a Varsavsky es de que oculte sus intenciones. Sus dos empresas insignia en el ámbito de la reproducción asistida —Prelude Fertility, que cuenta con la mayor red de clínicas del sector en EEUU, y Overture Life— tienen como objetivo que la gente deje de tener relaciones sexuales para reproducirse. En entrevistas, presentaciones y en campañas promocionales de las referidas compañías, Varsavsky insiste una y otra vez, con ademanes de arbitrista iluminado, en que las sociedades industrializadas del primer mundo deben también industrializar la reproducción, externalizándola en clínicas especializadas, para así asegurar que esta sea eficiente y se adapte a las necesidades de los ciudadanos. Para Varsavsky hay varias razones de peso para dejar de reproducirse por medio del sexo, siendo una de las más importantes que debiéramos abandonar este salvaje método por ser azaroso y, según él, ineficiente (¡ay, cuantos hijos naturales o no deseados ha habido y hay en el mundo fruto de esta ineficiencia!). Sin embargo, la razón de peso sería corregir el desfase que, siempre según la visión de Varsavsky, existe entre la edad biológica ideal para tener hijos (digamos, de los veinte a los treinta y cinco años), y el momento en el que las personas tienen solvencia económica para hacerlo, que es justo cuando ya no pueden reproducirse en absoluto o podrían llegar a conseguirlo con mucha dificultad (a partir, generalmente, de los cuarenta en el caso de las mujeres).
Sin mostrar el mínimo reparo moral, Varsavsky se propone impugnar las leyes de la naturaleza que nos conforman como humanos, así como vaciar de sentido reproductivo al deseo (un fenómeno que pese a milenios de poesía, filosofía y a varios siglos de ciencia moderna apenas entendemos). Sin embargo, al mismo tiempo que profana, vilipendia y ultraja las leyes naturales, Varsavsky erige las leyes del mercado en principios inviolables a los que nos tenemos que adaptar a la fuerza, con respecto reverencial y la cartera bien abierta, aunque se nos vaya la vida y la descendencia en ello. El sionista tecno-oligarca Varsavski en ningún momento se plantea que debiéramos ser capaces de crear sociedades donde las personas puedan tener hijos, como siempre ha sucedido, a sus veinte o treinta años, sino que en nombre de un inquietante progreso prefiere convertir la reproducción, la filiación y, por lo tanto, la familia, en una mercancía que, dependiendo del estatus económico, se podrá tener antes, después o incluso nunca. El solipsismo nihilista que anima esta visión de la reproducción extirpa el amor de las sociedades humanas, haciendo creer a los pobres incautos que traguen con este diabólico discurso que tener un hijo es una experiencia más, como tener un gato. No se contempla en ningún momento el hecho de que la edad biológica para tener hijos viene marcada por nuestros límites naturales con el fin de que sea posible que cuidemos a nuestros hijos y los acompañemos, si Dios quiere, durante décadas. Tampoco se tiene en cuenta que la experiencia del amor incondicional que se siente por lo hijos no se puede acortar en dos, tres o cuatro décadas por las leyes del mercado, pues de hacerlo así se transmutaría desde un principio en egoísmo.
Sin embargo, identificando amor con dinero, Varsavsky promociona la reproducción asistida como aquella que dejaría claro a nuestros hijos en el futuro lo mucho que los quisimos precisamente por el desembolso económico hecho. En su propaganda mefistotélica Varsavsky llega a asegurar que los genes son lo más valioso que tenemos, y que es poco inteligente que preservemos nuestros espermatozoides y óvulos en receptáculos tan frágiles e imperfectos como los testículos o los ovarios, en lugar de criogenizarlos en tanques de última tecnología. Por eso, para promover el salto de los bárbaros protocolos reproductivos mediante el sexo a la reproducción asistida, Varsavsky invita a todos los jóvenes de veinticinco años a que sean responsables y congelen su esperma y sus óvulos, naturalizando en población joven y sana una práctica que en un principio estaba solo destinada a personas con cánceres que amenazaban su fertilidad a corto plazo. Pero transformado en un ángel cobrador del monetizado paraíso terrenal poshumano, Varsavsky deja claro que en esta sociedad industrializada y avanzada los jóvenes que congelen su material reproductivo deberán pagar una tarifa plana (que incluye, por supuesto, testeos genéticos de los embriones, etc.) que en el año 2016 comenzaba en los 200$ mensuales para una mujer joven que quisiese formar parte de este oscuro futuro.
No debemos perder de vista, con todo, que este intento preadolescente y geek por controlar el origen de la vida a costa de la recaudación masiva de cuartos es en sí mismo demoníaco, y forma parte de la cultura eugenésica desarrollada por la élites tecno-feudales de Occidente, quienes creen que pueden dictaminar cuando se nace y cuando se muere por medio de esos engaños masivos que son la administración del aborto y la eutanasia. Estamos ante una auto-divinización de un grupo de hombres descerebrados que presumiendo de IQ, y henchidos de soberbia, se proponen sustituir a Dios, cumpliendo la máxima que Alfonso Pexegueiro, uno de nuestros últimos poetas, expone en Dados Blancos: “Divinizarse es odiarse así mismo sin dejar de sentir un absoluto desprecio hacia los demás”. No hay mejor ejemplo de esta trágica verdad que otro de los grandes proyectos de Varsavsky: llevar de la mano de Elon Musk un tanque con diez mil embriones a Marte para así establecer allí una colonia humana de la manera más barata y eficiente posible.
Mostrando una vez más que su mente no conoce las diatribas morales, es el propio Varsavsky quien presume de haber iluminado tan macabra idea al aconsejarle a Musk que por el mismo precio que costaría transportar un humano a Marte se podrían llevar diez miel embriones criogenizados y un útero artificial con el que gestarlos y alumbrarlos. Según Varsavsky, de esta manera, “se podría colonizar mucho más rápido [Marte] porque la gente ya crecería allí” y además, si se transportasen embriones de reemplazo para gestar en sucesivas tandas, se afrontarían con garantías la colonización, pues “mucha gente moriría [por la radiación], y los pocos que sobrevivirían podrían permanecer estériles”. Para Varsavsky no presenta ningún problema que estos embriones sean gestados sin padre ni madre y convertidos en seres humanos sin arraigo ni familia, destinados a ser esclavos y a cumplir un destino sacrificial, totalmente carente de libertad, aún peor que el que los nazis habían ideados para las poblaciones eslavas. La dignidad intrínseca a todo ser humano, sea cual sea su condición, desaparece al convertir al propio ser humano en un material mercantilizado que puede ser utilizado a antojo por parte de una élite auto-divinizada y satánica que cree ser capaz de controlar el destino del prójimo. (Si tanto Varsavsky como todos aquellos que hoy en día niegan en nombre de una ciencia protestantizada la existencia del libre albedrío, leyesen La vida es sueño de Calderón de la Barca y examinasen cómo reacciona Segismundo, en nombre de la libertad humana, al encierro forzado al que lo someten desde el nacimiento, otro gallo les cantaría).
Pero si alguien cree que Varsavsky, al fin y al cabo, es un visionario que desbroza tabúes como quien se adentra a golpe de machete en una selva virgen y peligrosa, arriesgando la propia vida en nombre de un futuro no nombrado, debe saber que se equivoca, porque lo que se propone este sionista poshumano es ponernos a los demás en riesgo mientras él y los suyos se mantienen a salvo. No estoy exagerando ni utilizando ninguna estratagema retórica. Otro de los grandes proyectos de Varsavsky es Wamani, un búnker de lujo para multimillonarios que ha construido en Mendoza, Argentina, con el fin de que él y sus cinco socios multimillonarios (dos de los cuales aparecen también en los papeles de Epstein) puedan sobrevivir en condiciones cómodas a una inminente III Guerra Mundial de carácter nuclear. Varsavsky asegura que el lugar en el que construyó su búnker o “santuario” es uno de los pocos del planeta en los que sería posible que los seres humanos sobreviviesen a una catástrofe nuclear. El búnker dispone aún de plazas que están reservadas únicamente a los multimillonarios que puedan pagarlas. Con todo, en un gesto empático hacia los calaverillas que no se pueden permitir tanto, Varsavsky está intentando convencer al gobierno de Miley (que, según él, ha sido muy receptivo) a instaurar una “visa de la tranquilidad” nuclear (tranquility visa), esto es, un permiso de residencia que se emitiría a cambio de 500.000$ para que todos aquellos ricachones que quisiesen trasladarse de manera permanente a Argentina en caso de hecatombe por ser uno de los pocos lugares seguros puedan hacerlo.
El humanitarismo que Varsavsky muestra es tan ominoso que hace apenas un año proponía que el gobierno español deportase a los inmigrantes ilegales a dos islas desiertas (La Alegranza y las Chafarinas) para que así, aislados, se replanteasen si no sería mejor pedir la repatriación voluntaria. Esta retórica de matón trumpista, sin embargo, forma parte de un giro de guion argumental en la agenda que Varsavsky defiende desde hace décadas para controlar naciones y poblaciones y hacer lo que él mismo confiesa que es su verdadero interés: “influenciar los procesos políticos desde temas concretos”. Hace diecisiete años, por ejemplo, en una entrevista en Vanity Fair, Varsavsky ya mostraba delirios de grandeza, presumiendo de ser consejero de la Fundación Clinton, además de amigo del antiguo presidente. Lejos de demonizar a la inmigración, abrazaba la causa globalista que ha creado el trágico polvorín actual, fantaseando con crear “un partido pan-europeo inmigrante” y llegando a afirmar con humildad porteña de recién nacionalizado español que:
“no creo que pudiera ser presidente [de España]. En España nunca votarían a un extranjero. Así que yo sería ministro. Ahora que inventan ministerios como el de Igualdad. Me interesa ese choque entre los nuevos y viejos españoles, en un país donde una tercera parte ya se siente extranjera...”
El rol desestabilizador de naciones y favorable al tensionamiento social siempre ha parecido formar parte de la naturaleza de Varsavsky, quien no ha dudado, por ejemplo, en retuitear recientemente mensajes de la Administración Trump prometiendo una intervención en España similar a la de Irán para deponer a Pedro Sánchez y controlar nuestra política migratoria. Hace apenas tres semanas, además, Varsavsky publicó un siniestro artículo en The Objective en el que celebraba la agresiva política exterior de Trump con Venezuela e Irán como un ejemplo atrevido de hacer política que trasladaba al Gobierno la lógica arriesgada, emprendedora y promotora de resultados disruptivos de una empresa start-up. Esta comparación puede parecer inocente, pero no lo es, pues promueve la lógica de Israel como una start-up nation entregada al progreso tecnológico desaforado que asume riesgos en base a doctrinas aceleracionistas que en España ha promovido con una subvención pepera de más de dos millones de euros otro ilustre sionista con aspecto de villano que intenta amedrentar mediante ACOM a todo aquel que critique la retahíla de acciones criminales de Israel: David Hatchwell. Este estrafalario empresario sionista impulsó en Murcia a base de dinero público Zakut, una “aceleradora [de empresas], que impulsa el talento a la israelí”, es decir, haciendo gala del atrevimiento y la audacia recogida en el lema “Juztpá&Olé”.
El distópico ideario de raíz anglosionista que gentes como Varsavsky proponen como un ideal a conquistar y a defender para diferenciarnos de la supuesta barbarie de los iraníes, debiera hacernos reflexionar y permitirnos ver que nuestro principal enemigo lo tenemos en la deriva nihilista y poshumana de Occidente. El aceleracionismo por el que Varsavsky, o incluso Hatchwell, parecen apostar es el mismo que defienden impulsores de la ilustración oscura como Nick Land, que promueven una sociedad mundial de gobiernos anti-igualitarios gobernada por CEOs en base a principios de eficiencia y riesgo extremo para la población general. Todo por el progreso y para el progreso de una satanocracia que nos destruirá de la peor de las maneras a no ser que nos pongamos del lado de la Humanidad y regeneremos nuestra sociedad en base a valores que jamás debimos abandonar, sin tener miedo a denunciar la tétrica concepción de pueblo elegido anglosionista.
Pero no crean que será fácil resistir, pues si algún poder tiene el diablo es el de engañar a las mentes más impresionables mediante promesas de disfrute eterno. Se lo digo porque mi querida amiga Federica Jimena la Santa, la monjita liberal arrepentida que había sido locutora de radio en la Cope y de la que les tengo hablado ya en varias ocasiones, me ha enviado un mensaje de audio por WhatsApp lleno de exabruptos y emoticonos reproduciendo boñigas, vómitos y hasta menstruos de señoros poshumanos residentes en Tel Aviv para hacerme saber que no vuelva a dirigirme a ella “por apoyar a Irán”. Según Federica y su amigo Germano Terftsch, el antiguo periodista de guerra metido a voxero pro-marroqui, la muestra de que Occidente es el verdadero mundo libre es Martín Varsavsky, a quien apodan de manera en exceso ponderativa como “Cojón de oro”. Como siempre, el bueno de Germano Terftsch, que es demasiado iracundo, me insultó con la voz desgualdrajada, de manera atropellada pero entrañable (“galli-nazi”, “ayatolá-beneguero”, “celtarra anti-semita”), evidenciando que pese a no haber sido nunca capaz de leer a Quevedo y ni tan siquiera a Cela, ansía ser español, si no en la defensa de nuestros intereses nacionales, al menos en la ingeniosa manera de insultar.
—Queremos proponerle a Varsavsky que diseñe un cojón de oro con dispositivo táctil para que hombres de genética genuinamente occidental como Trump o Bibi Netanyahu puedan seguir inseminando a sus ochenta, a sus noventa o a sus cien años. Un cojón que sea multifunción—me soltó Federica Jimena, con una voz caprichosa y tiránica propia de la gata que ha bebido la leche de todos los rufianes.
El mensaje de audio, que duraba una eternidad, mezclaba amenazas étnicas con guiños de redención mediante los que me ofrecían colaborar con ellos, preguntándome incluso si no quería ser yo quien presentase su proyecto a Varsavsky. Germano Terftsch explicaba con su peculiar vozarrón de toxicómano con mono que el cojón de oro debía estar conectado a una bolsa de esperma efébico debidamente descongelado, que se le extraería un tiempo antes a familiares púberes de los portadores a sus dieciocho años de edad; según Germano tres golpes de dedo en el dispositivo táctil serían suficientes para que se produjese, sin equivocación posible, una descarga de lava seminal que mediante un sustancia química dejaría la uretra de los susodichos arrasada por una tormenta de placer, dándole la impresión de que habían sido ellos (y no un cacharro con IA) los que habían eyaculado. Federica Jimena, que siempre fue palaciega, decía que había que encargar un cojón de platino para cierto rey emérito y otro para un monarca que tenía un nombre extranjero, como marroquí, que no pude entender. No les contesté porque me indignó imaginarme a vejetes multimillonarios y sanguinarios disfrazados de skaters veinteañeros, persiguiendo con su taca-taca a jovencitas a las que inseminar con su cojoncito de oro mientras la baba les caía sobre la mano, confundiéndosele en medio de gargajos escrofulosos con el mismísimo adn de sus bisnietos.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.




Uno de los mejores artículos que se han publicado en esta bendita comunidad de pensadores. Justo en la diana, donde nadie se atreve a profundizar. Gracias, querido David.
Excepto de ellos mismos, los sionistas son intrínsecamente enemigos de todo el mundo. Más que discretos, son taimados y sumamente hábiles para inyectar su venenosa doctrina. Son más peligrosos de lo que cualquiera pueda pensar.
Estoy de acuerdo con el comentario de Carlos Sánchez, un excelente artículo.