Reproducimos la introducción de Mañana vino a verme la luna de los pájaros grandes (Lumbría), novela de Alfonso Pexegueiro sobre la infancia que toma como protagonista a un trasunto de Iqbal Masih, niño pakistaní esclavizado en una fábrica de alfombras, que tras conseguir liberarse y luchar contra la explotación infantil, es asesinado a tiros el 16 de abril de 1995 por el cartel de las alfombras con solo 12 años.
INTRODUCCIÓN OBLIGADA. HIEROTOPÍA
¡Qué poco sabemos de esas distancias que no separan, unen!
Busco la nube que me da forma, el silencio que me da grito.
De repente, en el valle alto de Ugar, se vieron unos jinetes vestidos de negro con capas rojas sobre caballos alazanes. Hacían señales unos a otros, y pronto fueron apareciendo más y más, tantos que la gente de Ugar empezó a tener miedo y a protegerse. Acostumbrados a ser atropellados por los países vecinos empezaron a recoger sus cosas y a esconderse, aunque sabían que de nada les serviría ocultarse, cuando la invasión aparece porque proviene del deseo del mismo pueblo invadido.
Sin embargo, aquella vez, los habitantes del valle de Ugar se equivocaban. Los jinetes vestidos de rojo y negro no venían a invadir y a arrasar sus pueblos, sino a convivir con ellos.
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Si yo no hubiese escrito un libro llamado El lago de las garzas azules, no escribiría esta introducción. Y si en ese libro yo no hubiese escrito el cuento de El guardián del Desierto. Cuento Antiguo, tampoco escribiría esta introducción. Pero eran muchas las atrocidades que se cometían día a día en los niños y las niñas, y se siguen cometiendo. Eran muchas las noticias que todos los días en los periódicos, en la radio o la televisión contaban de los abusos y humillaciones sobre niños y niñas en todo el mundo. Era ya inadmisible tanta crueldad, tanto crimen, tanta expulsión, tanto error, tanto terror, tanto maltrato, tanta impunidad. Y yo quería hacer algo. Siempre me habían dicho que no se podía hacer nada. Que las cosas son así. Y que el mundo no se puede cambiar. Pero yo jamás estuve de acuerdo con esta ley de la costumbre. Con esta ley de la esclavitud. Con esta ley del miedo.
Yo sabía y sé, que el lenguaje puede cambiar las cosas. Y me acordé de cuando era niño y Leonor nos contaba aquellos cuentos a la puerta de su casa, mientras ella cosía o hacía otras labores del hogar. Muchas tardes nos sentábamos los niños y las niñas a su alrededor y le pedíamos que nos contara un cuento. Y ella nos lo contaba. Entonces yo (no sé los demás), me iba a casa con un pensamiento distinto sobre las cosas. Algo que yo desconocía y habitaba en mí se iba transformando. Me iba haciendo mayor dentro de un cuento, dentro de un poema, dentro de un sueño. Pero yo eso todavía no lo sabía. Y tardé muchos años en saberlo. Muchos. Tuve que hacerme, como dicen, mayor. Y sufrir las bromas y humillaciones de los mayores. Bien fuese en el pueblo. En la aldea. En la ciudad. En el Gobierno. O en cualquiera de sus instituciones. En las fábricas. En el comercio. En la escuela. O en la universidad. ¿Qué evolución (o madurez) es ésa que nos hace retroceder en el amor y avanzar en la violencia?, me dije.
Los seres humanos pierden su infancia, abandonándola, dejándola en cualquier lugar donde ella no pueda molestar con sus preguntas infantiles. Pero la infancia es una piel del pensamiento que jamás nos abandona.
Y esto es lo que pude comprobar, aunque los mayores no lo aceptasen. Quizás por eso a los niños se les empuja de prisa a la prisa (con vivacidad y presura) para que sean hombres y mujeres listos para el mercado, para el negocio (pero la vida no es una mercancía, como afirma el biólogo Brian Goodwin). Pues es común la respuesta: “A mí también me lo hicieron (maltratar) y no me pasó nada”, sin darse cuenta que ya el hecho de responder así es una evidencia de su mala formación como persona.
Cuando llegué a la edad de la falsa madurez: hombre o mujer. Temblé. Y retrocedí un paso. Reflexioné. Y fui consciente de todo lo que sucede en el mundo. Entonces regresé adonde había dejado mi infancia, como un pequeño clown abandonado. Las personas mayores no se soportan, me dije. Quizás por eso van tan de prisa a todo. Y nos exigen tanto apuro a nosotros, los niños. Fui consciente de todo esto ya en mi adolescencia. Y empecé a regresar. Mi infancia estaba allí, en mi aldea, sola y humillada. Todos se reían de ella como de un Quijote, porque no se hacía mayor. ¿Por qué se reían? Pronto se empezaron a reír de mí al hacerme su cómplice, y querer seguir siendo niño y no un hombre tal y como ellos querían: un manipulador de deseos y realidades.
Había que adaptarse a las leyes que ellos querían, a su poder. Al punto decidimos recorrer juntos lo que nos quedara de tiempo de vida. Y lo primero, nos dijimos, será visitar Al Que lo Cuenta Todo. Estuvimos de acuerdo. Le pediremos que nos cuente un Cuento. Un Cuento para acabar con la humillación de los niños. Para acabar con el miedo. Con la soledad del Niño. Así pues, mi infancia y yo, nos encaminamos hacia el lugar donde vivía La que Nos lo Contaba Todo. Pronto divisamos a la salida de un bosque mediano en extensión, con árboles bajos y matorrales, las puertas de una Ciudad. Para ir a donde vivía Leonor teníamos que pasar por la Ciudad de los Perros Locos, que era una ciudad negra y envenenada, rodeada por altas murallas y unas puertas gigantescas de piedra en las que se leía:
PROHIBIDA LA ENTRADA A LOS SUEÑOS
Mi infancia retrocedió asustada. No temas, le dije, no vamos a entrar y pasaremos lo más lejos posible de los muros de esa ciudad. La Ciudad de los Hombres está entre nosotros y Quien lo Cuenta Todo. Cuando se pasa cerca de sus muros o cerca de la puerta, la sed aumenta, el hambre nos devora y la cabeza parece perder la razón, tal es el dominio de la necesidad biológica sobre la disposición del lenguaje o lo sensible, de tal forma que son muchos, la mayoría, los que no pueden resistir la tentación de entrar. Aunque para ello tengan que dejar a las puertas de la Ciudad de forma obligada todos sus sueños.
Unos soldados de negro y enmascarados recogen los sueños como si fuesen armas peligrosas y se los llevan, con el convenio de devolverlo cuando los ciudadanos salgan, pero lo que allí entra jamás lo vuelven a ver, aunque les den a todos una tarjeta de identificación con un número y una letra que concuerda con todo lo que ellos dejan y el guardián recoge, pues muchos tienen la ingenuidad de preguntar si a la salida, después de beber, comer y descansar les devuelven sus sueños, y a todos les dicen que sí, por lo tanto deciden entrar pero ya no salen jamás, y si salen no encuentran ni infancia ni sueños, siendo así, desesperados, tienen que volver para continuar los ritos, las costumbres y la historia de la ciudad de los Hombres. Sobrevivir.
Mi infancia temblaba, yo también.
Mi infancia me recordó una frase del Que Lo Cuenta Todo que yo le había dicho: “Que la necesidad no te humille”. La miré con una sonrisa de agradecimiento y ternura.
La sed me abrasaba y el hambre se me hacía urgente. También el sudor y el frío que viene de la angustia de la duda sin espacio, de una sensación de muerte. Pánico. Caminar se nos hacía imposible. Sin fuerzas. Y con la resistencia de la Ciudad, todo se hacía difícil. Pero había dado mi palabra. Nos atacó un sueño adormecedor, una fatiga extrema, y como única salvación: La Ciudad de los Perros Locos.
Mi infancia tuvo el valor de protegerme, no sé cómo. Sollozaba, pero tenía más fortaleza que yo. Me empujó hacia el lado opuesto de la ciudad. Se abrazó a mí y no me soltó ni un momento. Mi cerebro se resistía a continuar, curiosa inteligencia. Pero el pensamiento fortalecido por el valor y los sueños de la infancia, se negaba a ceder a las necesidades biológicas y actuaba como lenguaje verdadero, no como “pretensión de verdad” ante la inteligencia y así ésta actuase en consecuencia con la verdad del sueño, no con la mentira de una realidad ficticia y esclava del poder y del hambre. Y así sucedió. Sin yo apenas percibirlo, porque pierdes hasta la sensación de ti mismo, seguí caminando hasta estar fuera del radio de acción de una supervivencia ficticia que nos convierte en esclavos.
Lejos ya de la Ciudad de los Perros Locos, me sentí renovado: otro. Y mi infancia me comía a besos y abrazos, revolcándose como un cervatillo agradecido lleno de pensamientos y de felicidad. Esta vez el sueño había vencido. Y seguíamos hacia el lugar de la Montaña, hasta la casa de La Que lo Cuenta Todo. Aunque seguro que ya no se acordaba de nosotros, aquellos niños que escuchaban con atención sus cuentos y viajaban por la imaginación de los sueños.
Fuera del radio de acción de la Ciudad de los Hombres, se levantó un viento de polvo que nos atacaba los ojos y la boca. Escupimos, y por entre ranuras de mirada intentábamos seguir. Creo que será mejor detenernos, dije. Mira, allí hay un refugio. Una pequeña cueva se veía cerca, pero al acercarnos, unos ojos vivos y de fuego nos detuvieron y nos apartaron más que aquel viento de polvo que se metía por el cuerpo y nos destrozaba la cara. Un rugido. La avaricia. La traición. La envidia. Era el rugido de lo Social.
Decidimos seguir caminando, con hambre y sed, frío y calor, lejos de la Ciudad de los Perros Locos, mi infancia y yo.
Sobre el autor
Alfonso Pexegueiro (1948, Angoares) es uno de los escritores más reputados de la literatura gallega y figura esencial de la literatura verdaderamente underground en castellano. Fue creador del Grupo Poético Rompente en 1975. Entre sus libros de poemas destacan, entre otros, Seraogna, Mar e naufraxio, La isla de las mujeres locas (publicado en versión bilingue castellano-catalán en 1984 por Llibres del Mall), ¿Serán os cisnes que voan? o Hipatia. Es autor de relatos como El lago de las garzas azules (Lumen) o O deserto de Napalbam (Espiral Maior) y de obras de teatro como Lapsus. A comedia de existir (Axóuxere). Ha publicado, asímismo, novelas como Dados blancos (Caballo de Troya), o Desatinos dun maldito (Xerais). Recientemente ha visto la luz, tras un trabajo de más de treinta años, su obra maestra, la novela sobre la infancia Mañana vino a verme la luna de los pájaros grandes (Lumbría).












Hola, Alfonso
Todo lo que dices está muy bien, Sin embargo, la pregunta sigue estando ahí: Qué podemos hacer los ciudadanos para enfrentarnos al poder y/o modificarlo, Porque desde que el mundo es mundo siempre ha sido así. Y no existe ningún indicio de que vaya a cambiar
Saludos cordiales