El niño Jesús, la Virgen María y San José han sido sustituidos en los decorados navideños de nuestros pueblos y ciudades por el ratoncito Pérez, Hello Kitty, y el Grinch. Las estrellas, los arcángeles y todos los motivos que señalaban el adviento han sido reemplazados por unicornios, elfos, ositos, carrozas de Cenicienta y dulces estadounidenses como galletas de gengibre, bastoncillos de caramelo o los hipercalóricos y empalagosos cupcakes. Por su parte, los Reyes Magos han sido desplazados por un histriónico Papa Noel turbo-capitalista de aires trumpianos y los camellos metamorfoseados en renos nórdicos de inspiración aria. En Galicia, lugar desde donde les escribo, el nacionalismo más delirante le ha dado un aire etnicista a esta conjura y se ha inventado la figura de O Apalpador, un rudo hombre de montaña a caballo entre Koldo García, Ábalos y el malogrado Jesús Gil (aunque con los andares de Fraga) que, en Nochebuena, a modo de un Santa Klaus galaico, les apalpa la barriga a los niños para ver si han pasado hambre y les deja regalos.
El nihilismo se ha instalado con su psicótica propaganda en la Navidad y nos aleja a mayores y a pequeños de la verdad igualitaria y universalista que representan el niño Jesús, la Virgen María y San José (padre, este último, al margen de delirios de linaje o sangre, pues sabe que Jesús no es su hijo biológico). La deliberada negación en el espacio público de las imágenes navideñas de estas tres figuras es la negación del amor y de la familia, dos realidades insoslayables que son el enemigo a batir para los intereses de las clases dirigentes occidentales, pues tanto el amor como la familia son la única estructura que puede resistir a la mercantilización de la vida.
Sin embargo, si hay algo que este infernal nihilismo navideño intenta aniquilar es al niño. La cancelación en nuestras plazas y calles del niño Jesús (un niño que es todos los niños) y su sustitución por decoraciones chiclosas que pretenden instalarnos en un mundo de pre-adolescencia eterna, caprichos narcisistas y consumismo, es un síntoma fatal de que nuestra civilización se ha vuelto inhumana y odia a los niños y a todo lo que estos representan. El niño común que se encuentra reflejado en el niño Jesús (pobre, necesitado de su madre y de un padre, pero portador de una inocencia que es regeneradora y literalmente revolucionaria) es el auténtico katechón que nos protege del mal y hace imposible su triunfo. Si hay una verdad que la figura redentora del niño Jesús representa y pregona en cada uno de los Belenes y escenas del Nacimiento que antes solíamos ver en las calles, es que cada niño es el salvador de una Humanidad que ha perdido el rumbo. Es por eso que la Navidad, que solemos identificar aún en estos tiempos nihilistas con ilusión, esperanza o magia es el recordatorio ritualizado de que cada nacimiento es un auténtico milagro que renueva la posibilidad de una vida humana dirigida al bien.
No es otro el mensaje que, sorprendentemente, ha transmitido durante semanas en este océano de desolación el anuncio de la Lotería de Navidad. Dejando al margen el mecanismo alienante que es ese Monopoly para pobres llamado lotería, no puedo dejar de reconocer que el spot de cinco minutos por medio del cual Loterías y Apuestas del Estado intentó persuadirnos a todos los españoles para que comprásemos al menos un décimo para El Gordo, me hizo llorar a moco tendido de una manera que puede parecer banal pero que es profundamente seria pues nos recuerda una verdad tan presente como escondida. Esto es, que la mayor suerte y milagro no es que te toque la lotería, sino algo que está al alcance de prácticamente toda la población: esperar un niño que está por llegar, y acogerlo y cuidarlo como el mayor de los bienes una vez que nace.
En el anuncio una pareja milenial de unos treinta o cuarenta años que no tiene hijos y, por lo tanto, es oficialmente exitosa y moderna (él es un ejecutivo que habla un inglés perfecto y ella una profesional que, como toda mujer empoderada, hace yoga) deben descubrir a quien pertenece un décimo de los años noventa que han comprado enmarcado con brillos de pan de oro en un rastro callejero. Deciden emprender la búsqueda del propietario del décimo al percatarse de que este había sido premiado con un quinto premio que nunca llegó a ser cobrado. Sus pesquisas los llevan a un piso en el que conviven un abuelo, una hija y un nieto. El abuelo revela ante la estupefacción de todos los presentes que en su día decidió no cobrar el décimo porque su hija se lo había regalado con unas líneas escritas en el reverso que le daban la buena nueva de que iba a ser abuelo. El abuelo, con los ojos llorosos, mira al nieto y le explica que “era el anuncio de que venías” y le confiesa que a él ya le había tocado el Gordo solo con saber que él nacería.
Los tiempos que nos han tocado vivir son tan delirantes que tiene que ser el anuncio de la lotería de la Navidad el que recoja a modo de verdad de catacumba el mensaje real que debiéramos tener en cuenta estos días de reuniones, reflexión y esperanza. Es decir, que ha nacido un niño, y que tras su irrupción siempre inesperada y, por eso, milagrosa, nada es igual. Esta es una subversiva proclama que en nuestra época antinatalista y niñófoba aparece tímidamente a modo de revelación esotérica en alguna que otra ficción navideña dirigida al gran público, como por ejemplo en la excelente Hombre vs Bebé protagonizada por Rowan Atkinson (Mr. Bean), pero que es sistemáticamente negada y sustituida por una apología por la sumisión más acéfala a los dictados antropófagos y poshumanos de la tecnocracia occidental.
Seamos o no cristianos, la revelación de la Navidad tiene la extraña peculiaridad de ser siempre actual. Por designios extraños, este mensaje es más iluminador que nunca en estos días últimos del año 2025, pues igual que en tiempos de Jesús somos gobernados por réplicas perfectas de Herodes que intentan imponernos a fuego sus mandatos destructores, pretendiendo que protejamos sus intereses a costa de nuestras propias vidas, de la de nuestros hijos (tanto de los nacidos como de los que están por nacer) y de lo único que es importante y nos une: el amor. No piensen que estoy jugando a trazar analogías imaginativas. Les hablo de algo real. La negación del amor, de la familia y de los niños nos aliena y descerebra de tal manera que posibilita que consideremos propio de incautos conspiranoicos creer que el rey Herodes quiere matar a todos los niños menores de dos años (o lo que es lo mismo, que sagas como los Rockefeller, los Gates o los Soros se enriquecen controlando de manera vil nuestros destinos y abocándonos a la desgracia). Por otra parte, no somos capaces de ver que solo una macabra conspiración de las élites puede convencernos de que el amor que une a María y José alrededor del niño Jesús es algo peligroso que debe ser controlado por el Estado y exterminado para que no haya abusos ni explotación por parte de los unos sobre los otros (es decir, que intentan hacernos creer que el amor que une a una familia es un mero contrato que hay que vigilar constantemente en busca de opresión machista o de violencia de padre y madre sobre un hijo al que no dejan, por ejemplo, cambiarse de sexo con 12 años).
El amor es el gran enemigo del actual mundo poshumano occidental, empeñado en diseñar un infierno para nuestra eterna combustión y desgaste. El amor es el elemento mágico a destruir para poder cortar los lazos humanos, no sometidos a una lógica mercantil, y así activar un doble proceso de dominación. Los Herodes de hoy en día quieren, por una parte, privarnos de la pequeña propiedad que el amor familiar posibilita como condición para ser verdaderamente libres (el divorcio es una maquinaria de expropiación de riqueza superior a la de los cercamientos), y por otra, someternos a principios pseudoéticos de naturaleza utilitarista que permitan el paso a un mundo poshumano despojado de todo rastro de amor incondicional.
Si el niño es el katechón del mundo moderno (somos modernos, por más que se diga, desde que nació Jesucristo y Pablo de Tarso proclamó la igualdad universal) es porque agrupa alrededor de sí a toda una comunidad que lo protege al margen de distinciones sociales, intereses económicos u orígenes étnicos. Esto es lo que muestra la adoración como Dios del niño Jesús, al que profesamos desde hace dos mil años un amor absoluto pese a que descanse en un pesebre (un arcón donde comen las bestias) bajo la techumbre de una choza desvencijada. La modernidad ilustrada y liberal se ha configurado como un intento satánico de negar esta disruptiva realidad que anula toda noción de privilegio y comunidad elegida, y que pone en el centro de la experiencia humana, no ya la distinción sino el amor, anónimo y silencioso pero indispensable como la misma sangre. Si imágenes como las del Nacimiento o las de las consoladoras y protectoras representaciones de la Virgen María amamantando al niño Jesús (las llamadas vírgenes de la leche, escandalosas para numerosos meapilas) han sido desterradas por el protestantismo, es porque son peligrosas para el status quo al transmitir por sí solas, sin necesidad de glosas ni de retorcidas interpretaciones del tal o cual versículo, un mensaje de amor y paz intemporal que es común a todos. No hay mejor transmisión a través de los siglos, las generaciones y los distintos territorios de ese arcano que es el amor que los símbolos de Jesús, María y José, que en Navidad debieran inundar nuestras calles pero que desde el triunfo cultural del protestantismo (enemigo, repito, de las imágenes religiosas y amigo de que cada persona tenga su propia verdad neoliberal, atomizadora y disgregadora) han sido exterminados y sustituido por una idolatría de figurones abyectos e idiotizantes.
El peligro de las mentes maléficas que detestan el mensaje radical de Jesús, María y José porque no pueden soportar que todas las inteligencias humanas alcancen la verdad esencial que estos días nos recuerda la Navidad, fue ya advertido hace casi ochocientos por Gonzalo de Berceo en Milagros de nuestra señora (1252). En “El sacristán fornicario” la Virgen María intercede por un sacristán aficionado al sexo desenfrenado pero devoto de su figura justo cuando, después de morir, los demonios concluyen que se han ganado su alma y pueden llevársela al infierno. La Virgen María, defendiendo la simplicidad de una ética universal, les informa de que el difunto es devoto de ella y que su alma se ha salvado. Sin embargo, los demonios, impertinentes y proto-luteranos —es decir avanzando la obsesión protestante por la lectura individualmente mema de la Biblia— amenazan a la mismísima Virgen advirtiéndole de que está contraviniendo el Evangelio (“si esti tal decreto por ti fuere falssado, el pleit del Evangelio todo es descuiado”). La Virgen los espanta llamándoles necios y da, junto a Jesucristo, una segunda oportunidad al sacristán, que no necesita grandes estudios, sino la verdad que representan las imágenes sagradas para saber cuál es el camino correcto que debe tomar en cada momento.
(Conviene aclarar a los negro-legendarios que mientras el mundo protestante impulsaba la lectura individual de la Biblia, rechazando el magisterio eclesiástico y exterminando las imágenes como fuente colectiva de enseñanza, los católicos no solo privilegiaban las imágenes como tesoro de doctrina popular, sino que hacían de la lectura una práctica cotidiana y transgresora, con la única diferencia de que, como sociedad de carácter secular, se dedicaban a leer literatura. De ahí que la literatura española de base católica de los siglos 16 y 17 sea la esencia de todo el ideario republicano moderno que transmiten los mejores textos desde entonces).
Sea como fuere, el delirio protestante se ha inmiscuido entre nosotros con su integrismo moralista que privilegia, en una competición sin fin, el éxito de individuos que en principio podemos ser todos, pero que acaban siendo un puñado de “elegidos” por los poderes más perversos, sobre el bienestar de la comunidad. Esta es la razón, y no otra, por la que la Navidad se ha convertido en una especie de grotesca campaña propagandística a favor del consumismo, el egocentrismo y la romantización de una soledad fantasiosamente empoderada. No se trata solo de que se hayan eliminado las humildes imágenes sagradas del espacio público, sino de que hasta los villancicos que nos recordaban la infancia del niño Jesús o destacaban la dignidad de la pobreza como “Los campanilleros” o “Nadal de Luintra” han sido sustituidos por himnos capitalistas de autoayuda al estilo de “All I Want for Christmas Is You” de Maríah Carey o “Todo es posible en Navidad” de David Bisbal. La esperpéntica izquierda española es la mayor responsable de este aberrante giro civilizatorio. Su defensa del consumismo desenfrenado en contraposición a un mensaje de amor, humildad y paz es cada día que pasa más decadente, extravagante y difícil de soportar. No hace falta que pensemos en el chabacano derroche lumínico del Vigo satánico del socialista Abel Caballero. Leo, por ejemplo, en el periódico que en mi Vilagarcía de Arousa natal, desprovista estos días de cualquier símbolo católico de la Navidad y llena de horteradas nórdicas propias de un anuncio kitsch de Coca-Cola, la corporación socialista ha gastado casi diez mil euros en unos globos biodegradables con los que conformar un racimo de uvas gigante que, tras funcionar como photocall, volará por los aires para celebrar a las 12:00 de la mañana del 31 de Diciembre el fin de año con doce horas de adelanto. Si nos queda algo de decencia debiéramos comenzar a oponernos de manera firme a estos sacrilegios navideños pagados con el dinero de todos que intentan imponernos la moralina de religiones sustitutivas como el cambio climático, pero obligándonos a pasar siempre por la caja del expolio consumista (los globos, a cambio de casi 10.000 euros, son biodegradables y no dañan el planeta).
Si me permiten un llamado a la revolución empiecen por algo sencillo y dedíquense a buscar en internet imágenes ortodoxas y católicas de la Virgen de la leche; admírenlas, emociónense y cuando hayan escogido una hagan muchas copias y péguenlas en las farolas de nuestras calles para contrarrestar a la barbarie élfica. El consejo me lo ha dado mi querida amiga Federica Jimena La Santa, la monjita antaño liberal y ahora perteneciente al Orden de las Ayusianas que reside en el Monasterio de Oseira. Federica Jimena, que me confiesa que no para de escuchar canciones de Hakuna, me ha enviado una hermosa fotografía de la Virgen de la leche románica (datada del s. XIII) que se custodia y venera en la capilla mayor de la iglesia del monasterio. Es una imagen conmovedora que permito compartir con ustedes para desearles una Feliz Navidad y agradecerles el apoyo que nos brindan a todos los que conformamos el equipo Brownstone España.
(Federica Jimena está convencida de que esta virgen es una premonitoria representación medieval de Isabel Díaz Ayuso, y por eso ha intentado pintar, sin éxito, sus cabellos de un color marrón que reprodujese con purpurina las delicadas mechas rubias de la presidenta. Me confiesa que ha estado durante horas de rodillas y con la boca abierta procurando probar al menos una gota de leche redentora. Por fortuna, no lo ha conseguido, pues las imágenes nos transmiten verdades al margen de las más retorcidas intenciones y resisten toda politización).
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.





El Mal que se extiende y domina el mundo es derrotado cada vez que rie un niño.
Para vencerle en la lucha cotidiana hemos de preservar la inocencia. Con ella vendrán la verdad y la belleza.
Magnífico !!