Hace unos meses tuve el placer de asistir a una presentación a cargo de Sheila Matthews-Gallo, fundadora de AbleChild, una organización que lucha contra la extendida práctica de suministrar a nuestros niños—principalmente varones—psicofármacos bajo el pretexto de ayudarles a superar supuestos problemas de conducta y lograr mejores resultados académicos.
En su charla, Matthews-Gallo explicó cómo los maestros y profesores, en colaboración con los consejeros de orientación que se han sumado a las campañas generadas por las farmacéuticas para medicalizar los comportamientos de los alumnos que se consideran “no conformistas” o simplemente “difíciles”, coaccionan a los padres para que conviertan a sus hijos en consumidores a largo plazo de drogas que cambian sus personalidades a una edad crucial, con todo lo que esto implica en términos de la distorsión o la pérdida de las capacidades sensoriales con las que cada niño nace, y que son la forja de su forma única de percibir el mundo.
También habló de los aparentes vínculos entre estos fármacos y el comportamiento gravemente violento de una minoría significativa de los que los toman, y de cómo el gobierno, trabajando mano a mano con la industria farmacéutica, ha hecho todo lo posible para suprimir cualquier información que pudiera permitir que los analistas independientes determinen una vez por todas si existe, de hecho, una relación de causalidad entre el consumo de estos productos farmacéuticos muy lucrativos y las acciones a veces muy violentas de los niños que los toman.
Concluyó compartiendo los detalles de una serie de batallas legales y burocráticas que ella y otras madres han librado, animándonos a todos a estar alerta contra las muchas formas de coerción pro-droga que se han incorporado en la vida institucional de nuestras escuelas.
En el viaje de vuelta a casa, experimenté un torbellino mental. Por un lado, me sentí agradecido de que hubiera personas valientes como Sheila trabajando para proteger la dignidad y la autonomía de nuestros jóvenes. Pero una vez más tuve que enfrentarme con la insensibilidad de tantas personas supuestamente inteligentes y cultas ante la preciosidad de las vidas jóvenes
Al mismo tiempo, me pregunté—como siempre hago cuando mis conciudadanos intentan convertir el problema de los estupefacientes ilícitos en nuestra cultura en una discusión sobre los productores y contrabandistas de drogas extranjeros en lugar de una indagación sobre nuestro gran entusiasmo por lo que venden—por qué ceden tan fácilmente a los dictados superficiales y autoritarios de maestros y médicos, cuya comprensión de las variadas formas de ser de nuestros hijos es siempre muy inferior a la que tenemos los padres.
¿Puede ser que estemos más atrapados de lo que nos gustaría admitir en la cultura autoritaria del control, con su acercamiento simplista, tipo problema-reacción-solución, a la complejidad de los problemas humanos?
Tuve mi primer hijo cuando hacia el doctorado. Cuando me enteré que iba a ser padre no pasaba de los 30 años, estaba en una relación reciente, sin ahorros, y con un sueldo de solo 700 dólares al mes. Decir que mi vida estaba marcada por grandes dosis de ansiedad es quedarse corto.
En momentos de estrés, suelo recurrir a epigramas para mantener el ánimo. Pero, al contemplar mi nueva realidad en aquel momento no encontraba ninguno que me reconfortara.
Hasta que uno de los miembros más amables de mi departamento, un gallego postizamente gruñón que había crecido en Cuba y había estudiado derecho al lado de Fidel Castro, me paró un día en el pasillo y me dijo: «Tom, ¿sabes lo que dicen en España? Los bebés nacen con una barra de pan debajo del brazo».
A medida que se acercaba el momento del nacimiento, mi hermano, alguien poco dado a filosofar o a hacer grandes constataciones morales, me proporcionó otra perla: «Tu primer trabajo como padre es disfrutar de tus hijos».
Aunque parezca mentira, estos dichos cambiaron por completo mi actitud ante el acontecimiento que estaba a punto de producirse en mi vida y transformaron completamente mi comprensión de lo que significa ser padre.
Cada uno a su manera, estos dos veteranos me estaban diciendo que el ser que estaba a punto de interrumpir en mi vida sólo sería muy parcialmente mío; es decir, que me sería entregado con una fuerza vital y un destino propios, y que, en consecuencia, mi trabajo no consistía necesariamente en moldearlo, sino más bien en tratar de comprender y reconocer sus dones y sus inclinaciones inherentes, y encontrar la manera de ayudarlo a vivir en consonancia con ellos.
Gracias a mis repetidas meditaciones sobre estos dos aforismos a lo largo de los años, y las observaciones nítidas que he hecho de mis hijos he llegado a creer firmemente en la aptitud existencial básica de casi todos los niños, y la capacidad que tienen ellos—si de vez en cuando los dejamos solos para que observen el mundo y contemplen sus misterios—de aprender las artes de la supervivencia y de cultivar la paz interior.
Puede que me equivoque, pero parece que es precisamente una presunción contraria por parte de muchos padres—que sus hijos vienen al mundo sin la capacidad esencial de hacer un inventario de sus propios dones y pensar en la mejor manera de utilizarlos—la que hace que seamos tan blandos frente a las campañas de los profesores y los médicos para drogar a nuestros hijos.
¿Cómo hemos llegado a una coyuntura en la que tantos padres desconfían de tal manera de la competencia existencial de sus hijos que están dispuestos a drogarlos y, de este modo, insensibilizarlos a elementos esenciales de sus propias formas de ser?¿Cómo es posible que esto suceda antes de que ellos experimenten la serie de descubrimientos, con las adaptaciones consecuentes, que son el meollo del proceso convertirse en una persona madura?
Dudo que sea porque de repente nuestros hijos sean menos dotados o capaces que los del pasado.
Más bien creo que tiene mucho más que ver con la forma en que los padres hemos elegido, o nos han enseñado, a ver el mundo que nos rodea y a reaccionar ante él.
El secularismo, del tipo que ahora predomina en nuestra cultura, ha traído muchos avances al mundo y ha liberado a muchas personas de una historia bien documentada de abusos por parte de los poderes clericales y sus cómplices políticos.
Sin embargo, cuando nuestra mentalidad epocal decide no abrirse a la posibilidad de que pueda haber un conjunto de fuerzas sobrenaturales detrás, o más allá de las realidades físicas y perceptivas inmediatas de nuestra vida cotidiana, corremos el riesgo de perder algo muy importante: la creencia en la dignidad inherente a toda persona.
En la cultura occidental, la idea de la dignidad humana está indisolublemente ligada al concepto de Imago Dei, es decir, a la creencia de que todos los seres humanos somos de algún modo reflejos individuales de una fuerza preexistente cuya naturaleza vasta y proteica trasciende nuestra limitada capacidad para comprenderla plenamente. De ahí que debamos adoptar naturalmente una postura de reverencia y humildad—frente a una anclada en los deseos de control y la manipulación—ante los avatares humanos que supuestamente somos.
Esta idea, articulada en términos claramente religiosos por Tomás de Aquino y otros en la Alta Edad Media, fue defendida en un lenguaje algo más laico por Kant en el siglo XVIII cuando dijo: «En el ámbito de la finalidad, todo tiene un precio o una dignidad. Lo que tiene un precio también puede ser sustituido por otra cosa como equivalente; lo que, en cambio, está elevado por encima de todos los precios, sin equivalente, tiene una dignidad.»
Aunque admite que los seres humanos se instrumentalizan constantemente a sí mismos y a los demás en la persecución de fines pragmáticos, sugiere que su valor no puede reducirse a la mera suma de tales actividades sin la correspondiente pérdida de su dignidad, aquello que eleva a los seres humanos por encima del resto de la creación.
En un libro reciente, el filósofo germano-coreano Byung Chul Han habla en un modo análogo cuando critica lo que él llama nuestra «sociedad del rendimiento», que, según él, nos ha privado de un sentido de «inactividad que no es una incapacidad, no es un rechazo, no es sólo la ausencia de actividad, sino una capacidad en sí misma», que tiene «una lógica propia, su propio lenguaje, temporalidad, arquitectura, magnificencia e incluso su propia magia».
Él considera que el tiempo para la reflexión y la creatividad fuera de los parámetros de los procesos en los que nos involucramos para poder comer y conseguir cobijo es la clave para seguir siendo humanos. «Sin momentos de pausa o vacilación, actuar se deteriora en acción y reacción ciegas. Sin calma, surge una nueva barbarie. El silencio profundiza las conversaciones. Sin quietud, no hay música, sólo sonido y ruido. El juego es la esencia de la belleza. Cuando la vida sigue la regla de estímulo-respuesta y el objetivo-acción, se atrofia en pura supervivencia: vida biológica desnuda».
¿Podría ser precisamente nuestra frenética devoción al “estímulo-respuesta” y “objetivo-acción”--nacida de un fracaso generalizado de nuestra capacidad de parar, mirar y escuchar la magnificencia y las capacidad inherentes de la mayoría de nuestros hijos—lo que nos ha hecho tan susceptibles a los cantos de sirena de la industria farmacéutica y sus emisarios—a veces poco conscientes de lo que hacen a los espíritus que están a su cargo—en nuestras escuelas?
¿Podría ser que, si nos tomáramos un poco más de tiempo para reflexionar sobre nuestros hijos como reflejo de la grandeza Dios, o si preferimos, de la grandeza de la naturaleza, nos preocuparíamos un poco menos por garantizar que se convirtiesen en engranajes de la máquina de “éxito” material de nuestra cultura y que estuviéramos menos inclinados a ceder ante los chantajes tipo «drogadle o nunca tendrán éxito» que emiten educadores y médicos que se dicen bienintencionados?
Parece que, como mínimo, merece la pena reflexionar sobre estas cuestiones.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington





Hay cosas sobre la paternidad que solo se descubren cuando se es padre.
No es casualidad que los cristianos llamemos a Dios Padre.
A veces viendo en la sala de espera del hospital a Padres dándolo todo por hijos con graves discapacidades, y parálisis, me ha parecido intuir el sentido de tener, cuidar y entregarse a esos hijos, algo completamente en contra de la sociedad del éxito, del placer, del consumo, del descarte.
Mi intuición es que esos padres están experimentando un amor (que a veces es no correspondido, o parece no correspondido por hijos gravemente TEA o sencillamente con discapacidad profunda) un amor que habla de que los hombres podemos ser grandes, un amor que les hace mejores, que nos da ejemplo a los que no lidiamos con tanto.
Esos discapacitados son un regalo para sus padres y para toda la humanidad.
Gracias por el artículo. Pienso que Parte del problema de los padres que medican a sus hijos de esa manera es la vergüenza que sienten. Y otra parte es que esperamos que la medicina bioquímica nos lo solucione todo de manera inmediata y a poder ser con una pastilla.
Y como dice un buen amigo, no se puede dar soluciones sencillas a problemas complejos.
Me ha parecido magnífico el artículo, además de que aborda algo esencial raramente tratado en los esquemas tolerables de la comunicación. La imagen de Saturno devorando a un hijo me parece muy ilustrativa: hasta dónde transigimos para mantenernos integrados?