El casoplón de Galapagar demolió la credibilidad de Pablo Iglesias y arruinó su carrera. Iglesias y la gente como él incurren en el error de identificar clase y casta, cuando la primera è mobile y la segunda no [tanto]. Creen que la clase es una esencia y, al hacerlo, la convierten en casta, de manera que pasan a considerar a la clase proletaria, obrera o trabajadora (supongamos que todos sabemos a qué y a quiénes nos referimos al usar estas categorías y al usarlas como sinónimas) como una casta buena e inmune a los millones y a la vida millonetis (que se entiende mala e indeseable) y, a las otras clases, como castas sistémicas y corruptas. Sucede entonces —caso Iglesias— que, cuando uno de la supuesta clase proletaria convertida en casta si muove, los demás no se lo perdonan, pero el error no está en los conmilitones de Iglesias, sino en Iglesias y en los que, como él, engañan a los demás haciéndoles creer que la clase es una casta, cuando la clase, como hemos dicho, è mobile. Esto, como tantas otras cosas, ya lo leímos en el Quijote:
«Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran».
A progre llega uno por muy distintas vías y, por supuesto, desde cualquier clase social, pero hay una bolsa de progres, los pobres profes progres ricos, que, por su grandísimo cinismo, merecen un poco de atención. Nos referimos aquí a determinados profesores de universidad, concretamente, a una parte importante del profesorado de Letras y Literatura que se ha ido jubilando de hace diez años a esta parte, los que vivieron el despendole de los años 90, se comieron sin chistar la inexorable burocratización de la universidad (de hecho, los de su generación permitieron que la burocracia adquiriera una condición cuasiteológica y que unas tenebrosas agencias instalasen básculas para pesar la calidad) y presenciaron, rendidos de miedo, el estrellato del wokismo (que les convirtió a ellos, a aquellos varones del despendole, en repugnantes y claudicantes reliquias vivas del patriarcado). Estos tipos han acabado su carrera profesional cobrando algunos de ellos 60.000 € brutos al año, que pueden llegar a 70.000 € si contamos cátedras, sexenios y cargos académicos de relevancia. Quede muy claro que no nos parece mal que ganen ese dinero; de hecho, que a nosotros nos parezca bien, mal o regular, no tiene ninguna importancia. Con este bosquejo del personaje no pretendemos criticar su sueldo, sino presentar el contexto en el que hay que atender a lo que consideramos que es un ejercicio de cinismo catedralicio.
Nuestro pobre profe progre rico tiene una fortísima conciencia de clase y esto le impide reconocerse en ese estupendo estado del que hoy goza. Él se quiere proletario porque la ideología implantada entiende que la pobreza es virtuosa y que la riqueza es la expresión de una abyección o un vicio. Nuestro profe se quiere de clase proletaria para que se le tenga por bueno (quiere disponer y gozar de la bondad pobrista) y también quiere esos 70.000 € que le desclasan obstinadamente año tras año. Si, a lo suyo, le sumamos el segundo sueldo que puede entrar en esa casa, concluiremos que esta familia enclasada vive un desahogado y paradójico desclase. Nuestro pobre profe progre rico siempre será bueno porque viene de la clase proletaria, de manera que la virtud que asociamos a la pobreza no sufrirá ningún menoscabo, nada podrán hacer los 70.000 € contra aquella virtud que él entiende como esencia, marca indeleble o bautismo pobrista. Este tipo entiende que la clase (que se mueve) es una casta (que no se mueve) y, como la clase proletaria (que él entiende como casta proletaria) es buena por naturaleza, esa bondad que él tiene por nacimiento nunca le abandonará. Los del emprendimiento, a esta jugada le llaman un «win-win», pero hay quien también lo califica como caradura o jeta de cemento.
¿Qué pasa con los ricos? Que son malos. ¿Qué pasa con un rico que se empobrece? Que se lo tiene merecido, que está muy bien que viva «como hemos vivido los pobres». ¿Se le concede al rico empobrecido el privilegio de la bondad que el pobrismo concede a los pobres? No, el rico empobrecido que se joda, porque, aunque pobre, no pertenece a la clase proletaria. Su clase adinerada es una casta privilegiada, de modo que —como clase y casta se confunden estúpidamente— se puede dar el perfecto caso de un tipo de clase adinerada venido a pobre al que no solo no se le concede la virtud asociada al pobrismo, sino que se le sigue recriminando la maldad que ideológicamente se asocia a la que fuera su clase de origen, que, a todas luces, se entiende como casta. Los del emprendimiento, a esta jugada deberían llamarle un «lose-lose», pero hay quien también lo califica como odio de clase en sentido ascendente y esencialista.
En la casa de nuestro profe de clase proletaria (con cátedra, sexenios y cargos administrativos de relevancia) entran aquellos 70.000 € y, como decíamos, entendemos que entrará, también, un segundo sueldo (seamos prudentes y pongamos que es de 20.000 €); tenemos, entonces, que en esa casa o casta entran 90.000 € al año. Y ahora viene el susto, el horror, un vértigo lacerante, un relámpago cataléptico: la OCDE sitúa el inicio de la clase alta en un sueldo mensual superior al 200% de la mediana (una cifra que vendría a ser de 36.632 €, es decir, de doce sueldos de 3.052,66 €), de manera que los 90.000 € que entran en casa de nuestro pobre profe progre rico no solo nos lo mueven a la clase alta, sino que nos lo dejan en el vestíbulo de lo que se conoce como clase alta alta. Y, tras esto, viene lo de su hijo…
¿Qué pasa si uno confunde clase y casta? Pues que el hijo de nuestro pobre profe progre rico nace y, en ese preciso momento, recibe la marca que lo asociará para siempre (porque el progre entiende que la clase no se mueve) a la riqueza. Nace aquel niño entre 90.000 privilegios, entre 90.000 carantoñas abyectas que le susurran una condena a perpetuidad: «Eres de clase alta y subiendo a lo alto alto». Todo lo que el padre ha dicho sobre la clase alta rige ahora para su hijo. La virtud que el pobrismo le había regalado al padre, el dinero del padre se la niega al hijo. Aunque su hijo se empobrezca y viva penosamente, las categorías que siempre ha manejado el cerebro destruido de su padre nunca le permitirán el ingreso en la clase proletaria, es decir, en la bondad pobrista. El chaval empobrecido será un pobre rico yuntero amarrado a la maldad (por la clase) y a la penuria (por la pobreza). ¿Quién será el tirano que lo someterá a semejante condena? Su padre. El pobre profe progre rico ha confundido los términos interesadamente para quedarse con la virtud (pobrista) y el dinero (de la movilidad). Nosotros deseamos que a su hijo le vaya bien en la vida y que pueda ganar pastizales a espuertas, porque, de no ser así, según los ideologemas que han destruido el cerebro de su padre, solo le quedará ser pobre y malo. Sépase que la ideología que conduce al pobre profe progre rico a negarle a su hijo las posibilidades de la virtud y la bondad es la misma que instruye su comprensión y explicación de la literatura y que el resultado, en ambos casos, es el mismo: el bochorno.
Puesto que en el progre rico se encarna todo lo que el profe pobre aborrecía, para salvar esta monumental inadecuación, el pobre profe progre rico, desatendiendo su realidad bancaria, convierte la clase en casta, se parapeta en el pobrismo ontológico y se lanza a interpretar la literatura para defender en las aulas un discurso emancipador de corte marxistoide que le permite arrogarse la opiácea dignidad de la víctima y disfrutar, en suma, de una beatitud de baratillo. Sus clases, entonces, son una delación (de malvados), una tortura de la literatura (para que cante lo que a él le conviene) y un fraude (pues, en lugar de pagar por el estropicio, lo cobra).
Atienda, lector, a lo siguiente, se trata de un pasajes de una entrevista de Álex Chico a Javier Cercas:
«Los escritores nunca somos ricos, por otra parte. Me da mucha risa. Como dijo García Márquez, los escritores somos pobres con plata. En el mejor de los casos».
Esto dice Cercas. Nuestro pobre profe progre rico piensa exactamente lo mismo. Su dinero y su casta le convierten en un repugnante exponente de la clase poderosa, pero, como no puede reconocerse en ese estado, pues se quiere pobre y bueno por la cuna y de por vida, no le queda más opción que convertir sus lecciones de literatura en una militancia ideológica e inane «contra el poder» que, paradójicamente, él mismo detenta. Esta impostura, junto con otros cursos crepusculares y fraudulentos, ha coadyuvado a la destrucción de las Áreas de Literatura de nuestras Facultades de Letras, pues, aunque la conciencia del progre sea un cúmulo de mugre, la literatura no es una lavandería. Los progres profes la han utilizado como tal y así anda hoy la literatura en la universidad: llena de mierda.
En los últimos tres o cuatro años, la Facultad ha empeorado ostensiblemente, hasta el punto de que a nuestro progre profe se le ha vuelto extraña, desconocida incluso. Responsable inhibido de la corrupción (en su sentido escatológico y en cuantos sentidos quepa considerar) de la universidad, nuestro progre profe ha visto que a sus alumnos —los de la Generación Z o centennials o como se les llame— les importan una higa sus cuentos engagés, sus milongas emancipadoras y sus batallitas contraculturales, y ha visto, también, que los jóvenes profesores investigan e imparten unas supuestas clases de literatura que en realidad versan sobre series de televisión, cómics, videojuegos y una exótica ralea de materias turulatas que le superan irremisiblemente. Hoy, el progre profe no halla, en la universidad, cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la suerte y sufre esta rigurosa ostranenie (desfamiliarización) como si él no tuviese nada que ver, como si esta ruina del chollo no fuese, en cierta proporción, fruto de su incompetencia y su cobardía. En este contexto, el pobre profe progre rico ha optado por claudicar. Ante semejante baldío, cuentan que le han oído susurrarle al vicerrector un aterrado y apocalíptico: «¿Pero nos van a seguir pagando, no?».
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).








Narcisista: persona que presenta un patrón general de grandiosidad, una necesidad constante de admiración y una marcada falta de empatía hacia los demás. ¿Encaja en Pablo Iglesias?
Magnífico Ramón, hacia días que no reía tanto. El otro día en una clase para adultos en la que un catedrático nos habló de algunA premio Nobel destaba su ideología progre o sea,caían en el lado bueno de la sociedad. La arrogancia moral de los progres es insoportable
Muchas gracias, voy a leer tus libros