Vivimos tiempos paradójicos. En ningún momento de la historia ha habido un mayor acceso a la información pero estamos más desinformados que nunca. Tenemos una oferta inmensa de medios de comunicación, y sin embargo, la información jamás estuvo sometida a mayor control. Los derechos y libertades con los que mi generación creció y que creíamos garantizados están amenazados de extinción, lo que contrasta con el hecho de que me sienta más libre que nunca a la hora de expresar mi opinión. El capitalismo de la vigilancia y de la uniformidad de pensamiento convive con un extraordinario culto a la individualidad, a la singularidad. En este rebaño global, cada oveja se percibe como única mientras que, a ojos del algoritmo, no somos más que datos. Cuanto más distintos pretendemos ser, más iguales resultamos. Como diría Mark Renton, en Trainspotting, “dentro de mil años, no habrá tíos ni tías, sólo gilipollas”.
Hijo de esta bipolaridad es el identitarismo woke. El woke exacerba la autopercepción reivindicativa al tiempo que se nutre del patetismo victimista del individuo. En otros tiempos, esta manera de comportarse se conocía como adolescencia. En el posmodernismo lo llamamos empoderarse. Hoy mismo, veía en redes sociales un vídeo en que un profesor de secundaria lamentaba haber tenido que cursar baja por depresión, debido al parecer a que sus alumnos no respetaban sus pronombres y su autodeterminación de género. Además, las familias habían protestado por tratar estas temáticas en la clase. El delirante vídeo coronaba dando gracias a la única alumna del instituto que, según él, “le había tendido una mano”. Suponemos que la muchacha, que no podrá pedir baja por depresión, quedará con toda probabilidad al albur del estigma entre sus compañeros. Bonito y solidario gesto del profesor, un diez en empatía.
El testimonio de este sufrido profesor recuerda en gran medida al papel representado magistralmente por Robin Williams en la mítica película de Woody Allen, Desmontando a Harry, donde interpreta a un actor que, súbitamente, en mitad del rodaje de un plano, se percata de que está desenfocado. Tras revisar las lentes, los cámaras sentencian que no es la lente la que desenfoca al actor, sino que es el propio actor el que está desenfocado. ¿Se puede imaginar un martirio peor para un actor de cine? La problemática no hace más que empeorar, y el actor cada vez está más desenfocado, lo que le supone un conflicto más allá de su labor frente a las cámaras. Sus propios hijos son incapaces de mirarle sin sentir nauseas. Impotentes, los doctores que tratan su singular afección no encuentran manera de volver a enfocar al paciente, pero ofrecen una solución paliativa para que al menos sus hijos y su esposa puedan volver a convivir con él con cierta normalidad; unas gafas graduadas con arreglo al desenfoque paterno. Nótese el paralelismo con el modo en que operan los pronombres de género, el famoso elle, cuyo uso exigía el profesor en el mencionado vídeo para poder quedarse tranquile (sic.).
Convertir la inadaptación en una virtud, la debilidad intelectual en un modelo a seguir por las generaciones venideras, pretender de manera universal la modificación del lenguaje; enseñar a la gente a hablar y extirpar la naturalidad de uso de la palabra, de modo que una minoría inadaptada a voluntad no sienta sus pretendidos derechos vulnerados. He aquí la intención disimulada del globalismo. Un ejemplo paradigmático, sin duda, que expresa en toda su amplitud el delirio woke. La cuestión de la autodeterminación de género, proclamada de manera recurrente por las élites globalistas como el sumun del progreso humano, es tema para una tesis doctoral. A efectos de síntesis, permítame el lector la siguiente analogía, con la que pretendo ilustrar por qué elevar la autodeterminación a categoría de verdad, es el camino más directo a la frustración individual y al totalitarismo. Suponemos que a quien se pregunte si considera ser una persona imbécil, contestará que no. Como es natural, se autopercibirá como “no imbécil”, y es probable que su autopercepción resuene con la de mucha gente, y sin embargo, todos sabemos que la gente imbécil existe, que hay una buena cantidad de imbéciles entre nosotros, lo que plantea una paradoja muy interesante. ¿Debemos prescindir de nuestra propia percepción del otro para relacionarnos? ¿Hemos de ponernos unas gafas para poder tratar con personas desenfocadas sin vomitar?
Elevemos la cuestión de la autodeterminación al ámbito de las naciones. El proceso de las naciones que pretenden convertirse en un estado depende de la percepción del resto de estados, de su validación. Tal es el caso de la autodeterminación de Cataluña, por poner el ejemplo más cercano. Cataluña sólo podría convertirse en un estado separado de España cuando ciertos actores geopolíticos estuvieran por la labor de reconocer a Cataluña como un estado propio. Por tanto, lo que determina la posibilidad de que una nación se convierta en un estado de nueva creación no es su autopercepción, sino la percepción de los demás. Quizás, el ejemplo de éxito más ilustrativo de lo que comentamos sea la creación artificial del Estado de Israel, en virtud de la resolución 181 de la ONU. Comentaremos sobre ello un poco más adelante, pero antes, volvamos a nuestro melifluo profesor de género indeterminado.
De nuevo, apelo a la complicidad del lector en esta nueva analogía que propongo; si un compañero de trabajo estuviese convencido de ser Napoleón Bonaparte, Emperador de Francia, tendría todo el derecho a percibirse como desease, faltaría más. Por pura deferencia y por no discutir infructuosamente, podría incluso aceptar llamarle Napoleón, pero a lo que bajo ningún concepto podría aspirar el interfecto en cuestión sería a ser tratado como si de verdad fuese Napoleón. Es un disparate, y sin embargo, con lo que respecta a la autodeterminación de género, se ha legislado en este sentido. Según nuestra nueva y flamante Ley Trans, un hombre biológico autopercibido como mujer tendrá derecho a demandar a cualquiera que no acepte su género elegido como un hecho incontestable, revirtiéndose además la carga de la prueba, siendo el demandado quien haya de demostrar su inocencia. Lo siento mucho, caballero, pero usted no es ni mujer ni Napoleón. ¿Dónde está el límite del respeto a la autopercepción? ¿Existe el derecho inherente a la autodeterminación de especie, o de edad, o de raza? ¿Por qué no? ¿Es acaso el sexo biológico una opción mientras que la especie no, siendo ambas realidades biológicas incontrovertibles?
Se preguntarán ustedes cómo hemos podido llegar a este punto tan orwelliano. A mi juicio, la clave de bóveda de la arquitectura woke radica en el victimismo. En la distopía woke, la victimización del individuo es la vía del empoderamiento. La victimización es, además, la base de las políticas de discriminación positiva. Nótese que cualquier discriminación positiva hacia alguien implica necesariamente una discriminación negativa hacia otro alguien. En las nuevas leyes de género, se incluye todo un catálogo de prerrogativas para la mejor integración de la comunidad trans que incluye cuotas de empleo para este colectivo. Llevando tal ejemplo al extremo, la discriminación positiva hacia la raza aria en la Alemania del III Reich supuso la discriminación negativa de todos los demás. Y de aquellos barros nazis, estos lodos sionistas.
Fíjense, si no, en el rédito que ha sabido sacar el sionismo de la condición de víctimas del Holocausto. Es tal condición la que legitimó la creación del estado artificial de Israel, infestándolo de blancos caucásicos europeos, que despojaron manu militari de sus derechos históricos a los verdaderos semitas, aquellos que habían vivido en la tierra de Palestina durante milenios. Hoy son ellos, los sionistas, en nombre de un pueblo judío más imaginario que real, los que practican un genocidio. También son ellos, paradójicamente, quienes lo niegan. De víctimas a victimarios en tan sólo una generación. Es la magia de la autodeterminación y de la discriminación positiva. De hecho, el sionismo, por mucho que sus miembros más prominentes se muestren como furibundos antiwoke, es el verdadero germen del wokismo. Sirva de ejemplo el escritor Gad Saad, quien dedica su último best seller, La Mente Parasitaria, precisamente a desmontar los principios de la corrección política posmoderna. Sin embargo, no dedica ni una sola línea a denunciar el tabú impuesto en los países occidentales que implica criticar abiertamente a Israel y a su política colonialista y racista. Pocos lo hacemos abiertamente.
El sionismo, que no conviene confundir con el judaísmo, basa sus cimientos fundacionales sobre la idea de la necesidad insoslayable de crear un hogar nacional para el pueblo judío. Hacerlo en Israel supone declararse abiertamente en herejía según el Talmud, el texto sagrado que prohíbe al pueblo judío ascender a la tierra de Israel en grupo mediante el uso de la fuerza, así como rebelarse contra las naciones del mundo (Ketubot 111a). El sionismo se constituye como una ideología nacionalista y secular, alejada de la razón de ser del pueblo al que dice representar. Por ello, no son pocos los grupos de judíos jaredíes contrarios a la mera existencia del Estado de Israel, resultando una molesta china en el zapato del sionismo internacional. Esta incoherencia fundacional se refleja singularmente en la persistencia con la que la ciencia sionista busca denodadamente encontrar ese gen judío que otorgue un sentido meta-religioso a la narrativa del pueblo elegido. De manera análoga, la muy lucrativa ciencia trans también ansía trascender su propio delirio transhumanista, siendo muy frecuente la publicación de estudios peer reviewed, publicitados y replicados con toda pompa y boato en los medios de intoxicación de masas, en el sentido de reforzar (con ingentes cantidades de dinero público, dicho sea de paso) desde una pretendida legitimidad científica las ambiciones identitarias del colectivo trans.
Ambos movimientos disfrutan de la misma simpatía de los legisladores. Del mismo modo que la Ley Trans plantea medidas de discriminación positiva hacia el colectivo que son manifiestamente anticonstitucionales, la crítica al sionismo está en claro peligro de extinción. Bajo el generoso paraguas del concepto antisemitismo, se esconde una orgía creciente de medidas legislativas contrarias a la libertad de expresión, y lo que es peor, a la propia voluntad de resolver el conflicto en Palestina. Un concepto que, a mayor abundamiento, se basa en una falsedad manifiesta, ya que asimila ser sionista a ser semita. Supongo que no será la primera vez que leen ustedes este argumento, pero no está de más recordarlo. Los verdaderos semitas, los únicos descendientes de las lenguas de Sem en este contexto endiablado son en realidad los palestinos, y no los ashkenazim blancos, caucásicos y fundamentalmente seculares, procedentes de la diáspora occidental que pueblan mayoritariamente el Israel de hoy. ¿Quién es el antisemita aquí? Una confusión que no es baladí, como pueden suponer, ya que pretende establecer una diferencia entre ser antijudío (motivaciones religiosas), a ser antisemita (motivaciones raciales). Pero el judaísmo, como ya he señalado, no es una raza, sino una religión. No hay nada más antijudío que el sionismo. No hay nada más antijudío que considerarse una raza.
Cabría pensar que mi agria crítica al sionismo encuentra su fundamento en algún tipo de prejuicio. Nada más lejos de la realidad. Me he criado rodeado de sionistas y de judíos, y comprendo perfectamente los entresijos. De hecho, cabría decir que la persona que soy hoy se debe, en gran medida, al hecho de haber formado parte de su comunidad. Un pasado al que estoy ciertamente agradecido, por cierto. Un conocimiento que me permite entender que en una comunidad pequeña como la española, ser sionista y ser judío se ha convertido en algo indistinguible, tal es la confusión de términos, incluso para sus propios miembros. El sionismo es, sin duda, el woke más perfecto que hemos conocido hasta la fecha. Quizás por ser el woke originario, está dotado de todos los elementos esenciales de la mente parasitaria; identitarismo falaz, apropiación cultural, victimización, y persecución irracional del discrepante. De tal modo lo expresaba Norman Finkelstein, hijo de represaliados en Auschwitz por el nazismo, que indignado por el uso vergonzoso que se hacía de la memoria de sus antepasados para justificar cualquier acción de agresión, se vio obligado a plasmar la realidad del sionismo en su magistral obra “La Industria del Holocausto”, que hoy ha servido para inspirar mi columna y que espero de todo corazón haber honrado.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.





Articulazo. Complejo, controvertido y original. Digno de estudio para comentarios de texto en los exámenes de acceso a la universidad o una materia de lógica en la carrera de filosofía.
El victimismo como motor despiadado que genera más víctimas sin derecho a defenderse y, antes ya de ello, en una situación bastante peor que las "víctimas" de partida, además de contar con muchísima menos difusión y solidaridad.
Es sorprendente, fascinante y triste que, tras ser machacados con discursos coordinados una y otra vez, no nos alteremos demasiado ante las transgresiones artificialísimas del "wokismo". Y, continuando con ese paralelismo, que normalicemos que la vida y situación de unos individuos valga muchísimo menos que la de otros de forma palpable (el mejor ejemplo de ello son los intercambios de prisioneros).
Preguntas abiertas. De veras ¿es la misma gente la que está detrás de esas corrientes? ¿Por qué el Partido Demócrata si puede considerarse un promotor de las mismas (aunque en el caso del sionismo lo disimule) y, en clave nacional, el PSOE no (al menos puertas afuera)?. Y lo comento porque la jerarquía para ambos es la que es.
¡Muéstranos más luz, Carlos! Gracias :)
Muy interesante artículo tras el que me permito recomendar como complemento el siguiente :
" Zionism a ‘cardinal sin’ for Jews, creation of Israel is ‘satanic’ "
https://www.lifesitenews.com/news/orthodox-rabbi-zionism-a-cardinal-sin-for-jews-creation-of-israel-is-satanic/