Imaginemos que un cartel internacional de narcotraficantes que infesta desde hace décadas las calles y hogares de España con cocaína, hachís, heroína y drogas sintéticas —promoviendo su consumo a través del Ministerio de Sanidad de turno como una señal de progreso, libertad y autonomía personal— es el encargado de llevar a cabo pruebas médicas en medio mundo para determinar cuál es el grado de salud de los ciudadanos de cada uno de los países implicados. Imaginemos que, desde que se instauraron estas pruebas, España obtiene unos resultados mediocres que muestran un empeoramiento preocupante de la salud general, pero que las estadísticas extraídas de la última edición son desoladoras y que el mismo cartel internacional de narcotraficantes que promovió el desastre se muestra alarmado al descubrir que prácticamente todos los españoles son drogadictos y tienen su esperanza y calidad de vida seriamente afectadas. Imaginemos que esta organización criminal y sus innumerables palmeros políticos, lejos de rectificar y hacer propósito de enmienda, exigen aún más reformas para asegurarse de que toda la población acabe picándose las venas con caballo, como una legión de yonquis desastrados, en nombre de la instauración de unos estándares de salud mundiales.
Esto es precisamente lo que viene sucediendo en España desde que el Informe PISA se ha implantado como horizonte regulador de nuestras políticas educativas. El enfoque competencial impuesto por esta institución globalista dependiente de la OCDE (y promovido entre nosotros a través de la LOE del 2006 y la LOMLOE del 2020) es el principal responsable inmediato —aunque no el único— del proceso de involución cognitiva al que están siendo sometidos nuestros niños y adolescentes. Este enfoque competencial es enormemente dañino porque en lugar de impulsar, como asegura, un rol más activo, eficiente y transformador de los estudiantes en el proceso de aprendizaje, condena a estos a una pasividad alienante al convertir la concepción neoliberal de libertad negativa (aquella que proclama que eres libre si nadie te contradice o se entromete en tu camino) en la base del sistema educativo, dando lugar a toda una serie de desgracias en cadena. Siguiendo esta lógica competencial, el avieso curriculo español establece una falsa y fatal disyuntiva entre la teoría y la práctica que criminaliza la acumulación de conocimientos (tanto en el profesorado como en los estudiantes), elimina como si fuera un cáncer toda técnica de memorización, expropia la legitimidad a los docentes para entregársela a esos burócratas bruselenses llamados pedagogos, y reduce, en definitiva, a los alumnos a un rol sumiso destinado a solucionar problemas prácticos que, salvando las distancias, no se diferencia mucho del que caracterizaba a los resolutivos esclavos “subhumanos” con los que soñaban los jerarcas nazis que diseñaron modelos educativos para el mundo eslavo bajo el GeneralPlan Ost.
Sin embargo, estaríamos muy equivocados si atribuyésemos únicamente el naufragio en lectura de nuestros estudiantes a las leyes educativas de las últimas tres décadas o incluso a la masiva, descerebrada y anti-tecnológica irrupción de la digitalización en las aulas. Las razones por las cuales, según el Informe PISA, solo el 2 % de la población española de entre 15 y 16 años es capaz de leer textos largos y complejos hay que buscarlas en las fallas ideológico-estructurales de las engañosas democracias occidentales, que, confundiendo el más puritano y adolescente libertinaje con la libertad, condenan a la población al servilismo. Entre estas razones es imperativo destacar la aberrante ideología de la lectura que se ha impuesto, sin la más mínima resistencia, desde el triunfo cultural del Mayo del 68 que acabó con De Gaulle y con cualquier posibilidad de que países y ciudadanos se mantengan al margen de los mandatos de esa Circe mangurriana llamada EEUU. Esta omnipresente ideología de la lectura asegura, desde los mismos planes de estudio de Lengua Castellana y Literatura, que solo hay que leer por placer y nunca por obligación, como si la lectura no fuese un complejísimo proceso intelectual que requiere una larga y exhaustiva iniciación, además de un continuo entrenamiento.
Como suele suceder, este algodonado y rosicler propósito (“lee solo lo que te apetezca, incluso si no has aprendido a leer”) surgió con la mejor de las intenciones por parte de destacadísimos escritores del Mayo del 68 francés que, enfrentándose al fantasma de la literatura burguesa se proponían liberar a la lectura de sus represivas ataduras. Ya fuese porque pretendían llevar a cabo una escandalosa revolución del lenguaje que pusiese en jaque al lector acomodado (Phillippe Sollers y el movimiento Tel-Quel) o porque querían “devolver” la literatura a un presunto ámbito lúdico originario (Georges Perec y el movimiento Oulipo), el caso es que estos singulares intelectuales acabaron por convertir la literatura en un discurso de élites; y, lo que es peor, terminaron por ejercer una suerte de despotismo neo-ilustrado que impuso una ideología de la lectura superficialmente revolucionaria pero alienante e incapacitante para todo aquel que no perteneciese a la aristocracia de las letras. Este discurso “liberador” sobre la lectura (deudor de las inercias ilustradas de la Estética, fatales para la literatura, como he señalado en otros textos) acabó sintetizándose en los disparatados “Derechos del lector” que Daniel Pennac incluyó en su exitoso ensayo Como una novela. La importancia de estos “derechos” en nuestro sistema educativo es tan grande que si yo los recuerdo es porque aparecían como parte del capítulo inicial en uno de mis libros de la EGB de Lengua Castellana y Literatura, asegurando en sus tres primeros puntos el “derecho a no leer”, el “derecho a saltarse páginas” y el “derecho a no terminar un libro”. ¿Se imaginan la promulgación de derechos similares con respecto a la materia de Matemáticas, Historia o Física y Química?
Si por algo son, de hecho, importantes las clases de literatura es para vencer las legítimas inercias de los estudiantes con respecto a obras que, en un principio, pueden parecer aburridas e inaccesibles (por no hablar, claro, de que la enseñanza de literatura es fundamental para desarrollar habilidades complejas de escritura y lectura, así como para estructurar, en definitiva, eso que denominan pensamiento crítico). Con todo, el aspecto más paradójico de esta ideología “antiburguesa” de la lectura, impulsada sin ninguna oposicion por una institución no sospechosa de ser marxista-leninista como la OCDE, es que ha acabado con la naturaleza escandalosa de la literatura (convirtiendo la lectura en una habilidad estéril y puramente utilitaria). Bajo este enfoque disfrutón, anti-jerárquico y despiadadamente egocéntrico, el currículum literario de los centros de secundaria ha sustituido la lectura de clásicos españoles y universales de todas las épocas que dan cuenta de la compleja naturaleza de la existencia humana por una literatura moralista y carcunda, creada ex profeso para los institutos por sicarios de las letras que se llenan los bolsillos escribiendo historias catequéticas que reproducen doctrinalmente los dogmas de la Agenda 2030 o animan a los niños y adolescentes a descubrir que son trans o que su padre es en realidad un monstruo que, aunque asegura que los quiere, los maltrata.
Hablando de manera más clara, si la capacidad de lectura de los más jóvenes está bajo mínimos no es porque ellos sean unos incapaces, sino porque las generaciones que debieran haberse preocupado de mantener vivo el legado cultural que recibieron han preferido mirarse el ombligo e imponer sus parafilias al pasado, al presente y al futuro cual si fueran diminutas versiones del Rey Sol. En relación con la literatura, esto es algo muy obvio si atendemos al literaricidio que España ha sufrido en las últimas décadas, pues desde la muerte de Delibes, Cela, Salisachs o Torrente Ballester apenas quedan escritores que merezcan tal nombre y no hayan cumplido aún ochenta años. No es inocente que los “grandes escritores” que empiezan a aflorar cual moscas del estiercol en los estantes de las librerías y supermercados sean ya casi todos periodistas e influencers que, con todo, hacen gala en los pastiches que publican bajo su nombre de una mayor calidad literaria que muchos juntaletras de culto.
Pero pese a todo lo dicho, no debemos conformarnos pensando que la presente crisis de lectura (una crisis de ciudadanía en toda regla que debiera hacernos emitir una urgente alerta civilizatoria) se debe simplemente a los oscuros intereses de la OCDE, o a ingenuas ideologías literarias que vienen gestándose desde la Ilustración que ha dado lugar a esta sangrienta modernidad que está llegando a su estación final (abro paréntesis para recordarle a los bienintencionados progresauristas que ni Cervantes ni Galileo eran ilustrados, y que la educación y la cultura para los pobres existía mucho antes de ese fenómeno estamentalizador llamado Ilustración). Si algo hay que dejar claro en este sentido es que uno de los factores más importantes que explican el colapso educativo (señalado por nuestro querido Xavier Diez en su último artículo), es la destrucción acelerada e inmisericorde de la institución familiar. El hecho de que una parte importante de nuestros niños y adolescentes no tengan, por causa del divorcio masivo que se ha erigido en emblema de la democracia, un hogar estable, significa que en la mayor parte de los casos se les imposibilita, no solo la recepción de valores, sino también la oportunidad de disponer de la tranquilidad y seguridad necesarias para dedicarse a la lectura. De manera paralela, gran parte de los padres y madres divorciados (especialmente los que vienen de entornos que no disponen de educación superior) tampoco pueden disfrutar de la calma y el tiempo precisos para hacerse con una pequeña biblioteca y mucho menos para leer, pues deben combatir la soledad a golpe de bares, Tinder y Netflix (la lectura, por cierto, es incompatible, pese a todos los mitos, con la soledad no deseada, ya que exige un mínimo de estabilidad psicológica para ayudar al individuo lector a reconfigurar sus planos mentales).
No menos importante, sin embargo, para entender esta tragedia educativa es la manera en la que la Democracia del 78 ha convertido en España el rol de funcionario (y, por lo tanto, el de maestro y profesor) en una especie de prebenda. Si bien es cierto que las oposiciones a la educación primaria y secundaria tienen cierto rigor (la universidad sigue siendo un coladero endogámico) y aseguran un nivel mínimo exigible en aquellos que alcanzan la plaza, también lo es que la labor de los sindicatos del profesorado ha estado enfocada en gran medida en blindar los “derechos” de interinos y substitutos sin exigirles a cambio la demostración de un mínimo de conocimientos, cuando no de reclamar (como están haciendo últimamente) que se modifique la estructura de las oposiciones para que así más gente pueda aprobar pese a que no disponga de los saberes necesarios. De esta manera, los institutos se asemejan, más que a centros educativos en los que prima el control indiscutible de la materia por parte los docentes, a los mentideros a los que los “soldados estropeados” (también llamados “pretendientes”) del Siglo de Oro acudían para reclamar una pensión estatal, por los servicios prestados, que casi nunca daba llegado. La única diferencia es que en nuestros días no hablamos ya de “soldados estropeados”, sino de “demócratas estropeados” o “pretendientes de la democracia” a los que el sistema engaña y chantajea a costa (en muchas ocasiones, claro, no en todas) de la formación de los estudiantes. Es por eso que si el Gobierno quiere reformar nuestro sistema educativo debiera mejorar notablemente las condiciones laborales y económicas del profesorado, además de preocuparse por llevar a cabo procesos de selección más eficientes que incluyan, por ejemplo, al ejército de investigadores españoles que se han exiliado a otros países o malviven en España.
La debacle formativa que el perverso Informe PISA acaba de constatar de manera cruda exige una respuesta que no eche mano de improvisaciones y que mire al pasado sin prejuicios. Los encargados de idear soluciones para nuestro sistema educativo no pueden seguir maltratando a nuestros hijos en nombre de la potenciación de no sé qué enfoque emprendedor o pedagogía activa, como si hasta la llegada de PISA los españoles hubiesen vivido, cual Segismundos, en mazmorras pedagógicas que les hubiesen imposibilitado adquirir una formación rigurosa o montar un negocio. Es más, no hay nada más contrario al cultivo de un rol activo del estudiante en el proceso de aprendizaje que las lógicas pedagógicas derivadas del denominado enfoque competencial. De hecho, por extraño que pueda parecer a los progresauristas (a los que saludamos, con empatía, por segunda vez en este artículo), los distintos programas educativos anteriores a la Ilustración que la actual ideología educativa demoniza (desde el trivium y el quadrivium medievales hasta la Ratio Studiorum jesuita pasando por las distintas escuelas del humanismo renacentista) promovían un rol singular y activo del aprendizaje. Pensemos, por ejemplo, en los ejercicios de escritura propuestos por tratadistas como Sebastián Fox Morcillo a mediados del s. 16, en los que, en la búsqueda de un estilo de escritura personal y con el fin de integrar de manera práctica distintos conocimientos, se combinaban la escritura creativa (“imagina que le escribes una carta a Isabel la Católica aconsejándola en tal o cual asunto, pero teniendo en cuenta tal rasgo de su personalidad”), el análisis histórico y político, los conocimientos matemáticos y filosófico-naturales o la cosmología.
La educación tiene que someter al yo a un proceso de culturización que le permita emerger libre de la estupidez connatural al engañoso ombliguismo humano. De seguir planes educativos como el actual, que aseguran que la lectura tiene que ser siempre por placer y nunca por obligación (¿el deporte que practican en tal o cual equipo nuestros jóvenes no incluye numerosos entrenamientos por obligación?), acabaremos colapsando como sociedad en los suicidas acantilados del egocentrismo. De esa manera cumpliremos la profecía del célebre poema de Oliverio Girondo titulado “Yoyeo” y nos quejaremos, solitarios, gritando a un prójimo sordo “Eh vos / tatacombo / soy yo / (…) di/ no me oyes/ (…) soy yo sin vos / sin voz / aquí yollando / con mi yo sólo solo que yolla y yolla y yolla / entre mis subyollitos tan nimios micropsíquicos” para acabar preguntándonos, hartos de la estúpida rueda de hámster en la que los burrócratas de la OCDE nos obligan a correr, “por qué tanto yoyar” “y hasta cuándo”.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.



