“Luz e progreso en todas partes, pero…
as dudas n’os corazós
e bágoas qu’un non sabe por qué corren,
e dores qu’un non sabe por qué son”.
Rosalía de Castro, Follas Novas (1880)
No será porque no nos hayan avisado gentes como Vico, Goya, Adorno, Rosalía, Lorca o Pasolini. Pese a que nos cueste creerlo, no somos superiores a quienes habitaron el mundo antes de que la modernidad ilustrada rompiese unilateralmente con ese pasado supuestamente tenebroso que dio lugar a descubrimientos, inventos, derechos fundamentales, exitosas experiencias políticas republicanas y a ingenios como los de Tomás de Aquino, Cervantes, Teresa de Jesús, Juan Luis Vives, Galileo o Margaret Cavendish. Es más, podríamos incluso decir que, en muchos sentidos, nosotros somos inferiores en capacidades intelectuales y en libertades (tanto individuales como colectivas) pues hemos sido sometidos a un skinneriano proceso de deshumanización, desracionalización y desarraigo que nos ha prometido libertad y progreso a cambio de una uniformización en la que toda conducta realmente humana disuena.
Mirando atrás desde este revelador presente tecnócrata, ¿no podríamos más bien concluir que en los últimos trescientos años la libertad, en lugar de haber sido conquistada, ha sido constantemente invocada para exorcizarla como un molesto fantasma del pasado que hay que exterminar para poder progresar tecno-industrial y globalmente todos a una, sin impedimentos, como los seres gregarios que las élites quieren que seamos? (¿No son esos cadáveres insepultos, aniquiladores de toda tradición, llamados socialismo, liberalismo y fascismo los grandes herederos de la ruptura radical con el humano de carne y hueso propuesta por la modernidad?)
Una ley de hierro pareciera indicarnos que a mayor propaganda en favor de una libertad siempre abstracta, tecnificada y futurible, mayor renuncia a lo humano (especialmente, a la racionalidad y a la singularidad) y mayor sujeción a una autoridad sádicamente hobbesiana. Buñuel ha mostrado esta paradoja como pocos en El fantasma de la libertad. La película se abre con las tropas napoleónicas procediendo al fusilamiento de varios miembros del pueblo llano español, acusado de haber rechazado la invasión de liberté francesa. Justo antes de ser asesinado, uno de estos mártires grita “¡Vivan las caenas!”, el castizo lema que plebéfobos de toda índole siguen aún hoy en día sin entender y que evidencia la preferencia del pueblo por las ataduras que lo fijan en una tradición frente a la brutal imposición de una libertad idealista, imperial y extranjera.
Buñuel mostrará a lo largo de toda la película el mundo moderno resultante de la derrota de los principios defendidos por hombres como estos (a quienes los hillaryclintonianos no dudarían en tachar de “deplorables”) como una inhumana distopía. Por ejemplo, en uno de los episodios más icónicos un profesor que se vanagloria del progreso moral a lo largo la historia comparte mesa con sus amigos en un lujoso apartamento de estilo funcionalista en Paris. Para sorpresa del espectador, la mesa, sin embargo, tiene váteres a su alrededor en vez de sillas porque comer se ha convertido en un acto demasiado humano y tabú que tiene que ser realizado en solitario. Los invitados defecan en compañía y comparten su indignación acerca de lo mucho que contaminan otros seres humanos y lo urgente que es implantar políticas anti-natalistas para salvar el planeta. (Uno de ellos llega incluso a mostrar su profundo desagrado porque en España, el reaccionario país del “¡Vivan las caenas!”, huele a comida en las calles). Sin embargo, en una escena si cabe aún más reveladora por sus connotaciones actuales, unos padres reciben una llamada de la directora del colegio de su hija, quien les informa de que esta ha desparecido. Pese a que la niña está allí presente y se esfuerza en hacerlo saber, los padres le ordenan de mala manera que se calle y asuma ella misma que no está porque así lo ha ordenado la autoridad.
Si estuviésemos históricamente despistados y no hubiésemos sufrido, a raíz del Covid-19, un ciclón tecnócrata de imposiciones contrarias al sentido común y a nuestra propia supervivencia podríamos pensar que la película de Buñuel, más que una descripción de la deriva nihilista de la modernidad occidental, es una ocurrente provocación. No en vano, la modernidad ilustrado-romántica, pese a haber obedecido a intereses geopolíticos de raíz anglo-franco-germana que impregnaron de muerte y destrucción buena parte del planeta en busca de un imposible mundo unipolar, sigue gozando, contra toda lógica, de excelente reputación. Por eso, lejos de provocar, El fantasma de la libertad nos invita a pensar que las bases de nuestro mundo moderno no pueden traer nada bueno para la Humanidad cuando, por ejemplo, en nombre de la paz perpetua kantiana (balse del supremacista wilsonianismo yanqui), afirma la necesidad de cortar de manera tajante con todo el legado político anterior. Pero hemos sido tan torpedeados con esta propaganda pseudo-universalista (un protestantismo maquillado) que suena incluso reaccionario defender como mucho más avanzado el derecho internacional propuesto por Francisco de Vitoria de inicios del s. 16, igualitario y contrario a toda discriminación humana, que las tesis declaradamente racistas defendidas por Kant y el idealismo alemán durante el s. 18.
La trampa aterradora del absolutismo
Podríamos decir que la obligatoriedad de estar despiertos (woke) a la luz de una nueva moralidad oficial no es cosa de hoy, y que hemos estado durante tanto tiempos obsesionados en embestir contra todo aquello que el status quo etiquetaba como discriminatorio (si la Revolución Francesa es la tragedia, Mayo del 68 es la farsa) que hemos perdido derechos políticos y libertades sin apenas percatarnos. Hemos caído en la trampa del absolutismo, ese yihadismo fabricado a conciencia por nuestras élites para infundirnos temor. Nos aseguran que debemos combatir de manera preventiva el absolutismo para que nunca vuelva, aunque la tecnocracia global reinante haya alcanzado unas cotas de poder ajeno a toda voluntad popular que ningún soberano de antaño habría soñado y que está, además, divinamente legitimado vía un cientifismo que es herético discutir. El absolutismo (una particularidad política de la temprano-modernidad inglesa y francesa que estos dos países han arrojado como acusación sobre todo el orbe y todo el pasado) no es más que el indispensable punto de arranque de un estatalismo desbocado del mundo moderno que ahora se ha hecho ya demasiado grande como para poder ser intervenido.
El caso español lo muestra de manera reveladora. Según documentan Diego Palacios y Sergio Vaquero el término policía surge en España para denominar sin rodeos (policía como labor de limpieza pública) el inédito intervencionismo social que el despotismo ilustrado lleva a cabo para aplicar a la fuerza los dogmas ilustrados (ya saben: “todo para el pueblo pero sin el pueblo”). En esa nueva realidad la tecnocracia ilustrada nombra en un principio como fuerzas del orden a los llamados “alcaldes de barrio”, elegidos por los vecinos, que pronto serán, sin embargo, sustituidos por la Superintendencia de la Policía, una estructura jerárquica y centralista que expropiará a las comunidades el poder político en una típica jugada estatalista de la lógica liberal.
El absolutismo siempre ha estado entre nosotros: primero como despotismo ilustrado que mutó en constitucionalismo liberal para pasar después a democracia liberal (o a autoritarismo doppelgänger de la misma) y acabar hoy volviendo a su origen mediante la tecnocracia. Es como un circuito cerrado de vigilancia ciudadana que se retroalimenta, paradójicamente, infundiendo miedo a la libertad (i.e., a la autonomía personal y comunitaria) entre sus súbitos. Dalmacio Negro, recientemente fallecido, solía recordarlo: los estados modernos llaman “interés público” a la anulación de todo derecho ciudadano en nombre de lo que antes, de manera más transparente, se consideraba “razón de estado” o incluso excepción soberana. No es casual, por eso, que se haya eliminado el poder político de los cuerpos intermedios que ponían un límite al poder estatal, estando el único formalmente existente -la familia- bajo una continua amenaza.
La desracionalización masiva de Occidente
Si hemos cedido derechos es porque hemos dejado de pensar racionalmente. La modernidad ilustrada ha sustituido la luz solar y el claroscuro lunar del mundo por una simple vela (hoy en día, la luz de un teléfono móvil) en una habitación a oscuras. La racionalidad humana ha sido severamente reducida hasta convertirse en razón instrumental. Hemos sido víctimas de una poda neuronal que ha tenido lugar en tres grandes escenarios: el artístico y el religioso, desterrados de la racionalidad, pero también el científico, confinado en márgenes cada vez más estrechos. Esta gran desconexión entre racionalidad humana y realidad nos ha convertido en esclavos de un subjetivismo voluntarista y nihilista que es cada vez más inhumano y destructor.
Si abrimos, por ejemplo, un libro de texto de Lengua Castellana y Literatura de la ESO nos encontraremos con que la literatura aparece definida como el arte de expresar emociones. Sin embargo, hasta la formulación inicial de la Estética por élites ilustradas del partido Wigh británico (anti-católico de manera psicótica) como Shaftesbury, la literatura era considerada, desde una perspectiva neo-aristotélica, como lo que realmente es: un modo de conocimiento indispensable para la vida humana y una de las mayores muestras de ejercicio de la razón. Scaligero o Pinciano situaban en el s. XVI a la literatura como la madre de todas las ciencias por su capacidad de alumbrar nuevas realidades y escudriñar lo particular de manera universal. La literatura no tenía como función primaria expresar sentimientos o ser una plataforma para la evasión, sino que era una manera de ejercitar el ingenio e indagar de manera meticulosa la realidad, hasta el punto de que ciencia y literatura estaban intrincadamente unidos en base al valor epistémico de la ficción (indispensable para la ciencia vía experimentos, ficciones médicas, etc.). Solo la llegada de la Ilustración y su razón instrumental desterrará a la literatura al ámbito de lo cosmético y meramente sensorial, despojándonos así a nivel teórico de su capacidad de discernimiento. Toda la mitología sentimentaloide que rodea nuestra concepción actual de lo literario y el arte busca, por eso, su despolitización y conversión en un inofensivo objeto de entretenimiento que sirve más para proyectar ilusoriamente nuestro ego que para someterlo a un ajuste con la realidad. Si la literatura está actualmente en crisis y quiere ser expulsada de los currículos es porque no cumple estas funciones sentimentales que se le atribuyen, más propias de WhatsApp o Tik-Tok.
Más exagerado y desconcertante fue, pese a todo, el ataque dirigido contra la religión. En pleno auge sentimentalista, Schleiermacher declarará a partir de 1799 que la religión no es, como defiende la tradición católica, una indagación racional en la que fe y razón van de la mano sino una cuestión de sentimientos y verdades individuales que se superponen a cualquier doctrina o Sagrada Escritura. Este subjetivismo, tan actual como tóxico, encuentra su mejor formulación en la ilusa sentencia que por entonces popularizará Strauss: “lo que yo siento es lo fundamental”.
Sin embargo, contra lo que pueda parecer, la ciencia ha sido la principal víctima de este afán desracionalizador. Hasta después de Newton, último de los antiguos y primero de los modernos, la ciencia se denominaba filosofía natural, pues se consideraba como legítimo que la razón explorase tanto lo visible y cuantificable como aquello que permanecía latente en la experiencia y que podemos llegar a denominar como transcendente. Si John Dee, matemático y consejero de Elizabeth I incluía entre sus labores científicas la adquisición de la lengua adánica vía intentos de contacto con los ángeles, Giordano Bruno componía un tratado de filosofía natural mediante sonetos de amor porque consideraba que el estado oximorónico del enamorado, sujeto a constantes cambios (frío/calor, pena/alegría) era idóneo para penetrar los secretos de la materia. (Pensemos que si los inquisidores tecnócratas han intentado enterrar en vida a Iker Jiménez hace unos meses es porque este ha recuperado de modo mediático y extravagante esta concepción grecolatina de la racionalidad que la Ilustración intentó desterrar de nuestra memoria pública).
La desactivación ilustrada de las partes más esenciales de la racionalidad humana ha resultado en un periodo de miedo, superstición y autoritarismo. Los apóstoles del liberalismo y el progreso sin freno (Pinker, Harari o incluso nuestro Innerarity, quien asegura que hoy en día las decisiones son ya tan complejas que no pueden ser tomadas por individuos) intentan persuadirnos de que cuestionar los aspectos más controvertidos del legado moderno resultará en una vuelta a las mazmorras. Se trata de una grosera reedición del mito del pecado original. Tras habernos convencido de que vivimos en el paraíso, ahora nos advierten de que mostrar curiosidad, reclamar libertad e ir más allá de la razón instrumental que nos hace vivir como autómatas es el más grande de los pecados. No sería de extrañar que ante estos intentos de deshumanización tuviésemos que renunciar a las tiránicas promesas de “libertad” global-digital volviendo a entonar el castizo grito de “¡Vivan las caenas!”.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.




