Hace más de diez años que comencé mis andares por los laboratorios. He conocido a muchos científicos de diversas nacionalidades y campos, y puedo afirmar que la ciencia actual se ve afectada por incentivos perversos. La ciencia del siglo XXI se parece cada vez más a una institución jerárquica donde dudar del dogma equivale a herejía. Y como toda institución de poder, genera sus propios ídolos y sus propios fraudes. Puedo decir a favor de mis colegas que la mayor parte de ellos son honestos en la búsqueda de respuestas. Pero, a veces, el problema no está en los individuos sino en las instituciones en sí y los incentivos perversos que existen.
Para que se hagan una idea: en el campo de la biología y las ciencias de la salud, la “calidad” de un investigador se mide por la cantidad de artículos científicos que publica y las revistas en las que los publica. Cada revista tiene un índice de impacto, y cuanto más alto es este, más innovador, ambicioso o disruptivo debe ser el artículo para que logre ser aceptado. Así, publicaciones como A Cancer Journal for Clinicians, The Lancet, Nature o Science se consideran la cima del prestigio académico, y solo investigaciones originales y excelentes, tras exhaustivas revisiones por pares, pueden aspirar a ser publicadas en ellas. Esta lógica, en principio irrefutable, premiar la calidad y el rigor científico, genera sin embargo uno de los primeros incentivos perversos del sistema, la urgencia por publicar cuanto antes en revistas de renombre, muchas veces forzando los tiempos naturales de la ciencia. Esto no sólo empuja a los investigadores a priorizar lo que es publicable por encima de lo que es científicamente relevante, sino que favorece líneas de investigación predecibles, continuistas, en detrimento de trabajos exploratorios, negativos o simplemente más lentos. El resultado es un ecosistema donde el avance del conocimiento corre el riesgo de subordinarse a la lógica del mercado académico y a las métricas de productividad individual.
Diversos estudios han demostrado que la probabilidad de publicar en revistas de alto impacto como Nature o Science está fuertemente influenciada por factores extrínsecos como la reputación del autor, su afiliación institucional o su historial previo con la revista. El fenómeno conocido como “efecto chaperón” (The Chaperone Effect in Scientific Publishing) revela que los investigadores que ya han publicado como coautores en estas revistas tienen una probabilidad significativamente mayor de ser aceptados como autores principales en el futuro (Sekara et al., 2018, arXiv:1812.10181). A su vez, los autores con alto prestigio académico reciben más citaciones por trabajos similares en calidad que los investigadores menos conocidos, mostrando un sesgo reputacional acumulativo (Petersen et al., 2013, arXiv:1303.7274). Esto provoca que los investigadores que tienen ya prestigio reciban más becas para realizar investigaciones, y que los investigadores menos conocidos tengan más dificultades para formar su propio grupo de investigación. Y no me malinterpreten, no quiero decir que no haya investigadores excepcionales que se merecen muchos artículos en Nature y Science, si no que estas asimetrías son reales. Un ejemplo de estas asimetrías es que si hay dos personas y existe un recurso de 100 (sea dinero, atención o venta de libros), la distribución más probable no es 50-50, sino que una persona termine con 100 y la otra termine con 0.
El segundo incentivo perverso es que la mayor parte de los resultados en un experimento son negativos. Si pruebas un fármaco para inhibir, por ejemplo, un tipo de cáncer, lo más probable es que tu hipótesis nula, de que el fármaco no tiene ningún efecto, se confirme. Dicho experimento nunca será publicado debido a que es un resultado “negativo” y, por ende, a las revistas científicas no les interesa publicarlo (publication bias). Conocí un científico canadiense que estuvo cinco años realizando su doctorado y su tesis doctoral sólo eran resultados negativos sobre por qué los adenovirus no eran un buen modelo para un tipo de clonación. Como ustedes imaginan, sus resultados no se publicaron en una revista muy prestigiosa. He de decir, que este segundo incentivo se ha reducido en la última década debido a plataformas como biorxiv.org y otras que permiten la publicación de resultados negativos, pero sigue existiendo.
El tercer incentivo, y el peor de todos, es la creación de investigaciones a partir de bases que no son sólidas científicamente. Imagínese que es un joven investigador que estudia biología y quiere realizar su trabajo de final de master o su doctorado y encuentra un grupo de investigación que le acepta. Usted realizará sus experimentos siguiendo la línea de investigación del jefe de su grupo, partiendo de la base de que esa línea de investigación tiene una base sólida. Sin embargo, si esa base no lo es, todo lo que usted realice es irrelevante. Un ejemplo flagrante de esto ocurrió en 2006, cuando un artículo publicado en Nature afirmó que la proteína Aβ56 causaba pérdida de memoria en ratas, reforzando la hipótesis amiloide como causa principal del Alzheimer (Lesné et al., 2006). Este estudio, liderado por Sylvain Lesné, se convirtió en uno de los más influyentes en la historia de la enfermedad, generando una gran cantidad de investigaciones, patentes, y ensayos clínicos que consumieron más de 1.600 millones de dólares en fondos federales estadounidenses entre 2008 y 2022, según The Atlantic. Sin embargo, en 2022 surgieron denuncias documentadas de manipulación de imágenes en al menos doce artículos, varios con figuras fabricadas, lo que puso en duda la validez del hallazgo inicial. Dicho artículo fue retractado en Junio de 2024, pero el daño ya había sido causado. Se ha perdido más de una década de investigación científica hacia un blanco terapéutico probablemente inexistente, obstaculizando el desarrollo de tratamientos efectivos y sembrando dudas profundas sobre la integridad editorial y los mecanismos de revisión por pares en revistas de élite.
El último incentivo perverso es el poder que el prestigio y la jerarquía otorgan. El ejemplo más extremo históricamente fue Trofim Lysenko, cuya teoría, el lysenkoísmo, al ser aceptada por las autoridades soviéticas, provocó la encarcelación o el despido de más de 3000 biólogos e investigadores que se mantuvieron fieles a la genética de Mendel. Sin embargo, aún existen casos de nepotismo debido a las jerarquías. El más sonado ha sido el de Francesca Gino, que fue una dolorosa revelación del contraste entre el prestigio académico y la integridad científica. Lo que comenzó como un intento riguroso de reproducir un experimento por parte de la estudiante Zoé Ziani, terminó destapando irregularidades sistemáticas en los datos de Gino. Se analizaron más artículos escritos por Gino y se revelaron manipulaciones en al menos cuatro estudios clave entre 2012 y 2020. El hallazgo impulsó una investigación interna de Harvard que culminó con la destitución de Gino en 2025, tras un informe de 1.200 páginas que documentaba fraude intencional o negligente. Esto provocó la única destitución de Harvard en más de 80 años. Esto fue posible por la persistencia de la estudiante Zoé Ziani, pero muchas veces es complicado que un estudiante demuestre la falsedad de su superiores, porque no existen herramientas institucionales que apoyen al estudiante que, además, no cuenta con una reputación que le respalde.
Como decía al inicio, la mayor parte de investigadores son honrados. Al fin y al cabo, la mayor parte de la gente entra por vocación. Sin embargo, es necesario preservar la integridad científica, pues como afirmaba el maestro Antonio Escohotado:
La ciencia es un mito, solo que es el mito más hermoso, el único generalizable a toda la especie y quizás el más digno de respetarse. La ciencia es la humildad en la búsqueda de lo verdadero y en cuanto pierda esa humildad ya no es más que una forma de embaucamiento.
Sobre el autor
Gonzalo Saiz Gonzalo (1995, Irún) es un biólogo con doctorado por el Departamento de Medicina de la Universidad de Cork. Actualmente trabaja de investigador en Anabio Technologies, Cork, Irlanda. Es aficionado a la poesía y a la literatura.





Muy bueno, Gonzalo!
¿Conoces las ideas de Juan Arnau? Ha desarrollado una filosofía que analiza el mito de la ciencia con ideas de varios pensadores (Latour, Watts, Bergson, Whitehead, James etc.)
Enhorabuena por el artículo
El problema de la ciencia es que mucha de ella, en particular la relativa a las enfermedades, está financiada por la (corrupta) industria farmacéutica cuya finalidad no es la salud sino el lucro. Prueba de ello es la reciente "plandemia" que hemos vivido