Discusión sobre este post

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Avatar de Alex Acero

Hablar de "fracaso de la política" es la perspectiva de maestros, padres y alumnos, ya que para la clase política es un éxito. Es lo que pretendían: idiotizar a la sociedad, presente y sobre todo, futura. Gestar una masa de personas dependientes (del Estado) en lo cognitivo y en lo económico. Y lo están logrando.

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Don Jesús:

He leído su artículo con atención y, cuanto más lo releo, más me parece que la cuestión que plantea al principio acaba conduciéndonos a otra bastante mayor.

Comienza usted con PISA y termina preguntándose si todo nuestro sistema educativo se ha convertido en una forma de privación del conocimiento. Entre ambos extremos hay, sin embargo, algunos caminos por los que quizá convendría caminar más despacio; que también los razonamientos, como los caminos de La Mancha, tienen sus ventas, sus desvíos y alguna que otra posada donde uno puede detenerse a preguntar si va realmente en la dirección que cree.

Dice usted que PISA no revela el fracaso de la educación, sino el de la política. Puede ser una hipótesis digna de consideración, pero aquí aparece la primera pregunta: ¿qué nos permite pasar de un resultado educativo a una atribución de responsabilidad política? PISA puede mostrarnos determinados resultados; para convertirlos en efectos de una determinada configuración política necesitamos todavía recorrer algunos pasos intermedios.

Después afirma usted que la educación no es libre porque está controlada por la política, y que los profesores enseñamos lo que nos mandan. Aquí encuentro una segunda cuestión.

Si el profesor simplemente obedece, ¿cómo debemos entender entonces la afirmación posterior de que el profesor debe saber sortear la censura política de cualquier tiempo y lugar para salvaguardar el conocimiento científico?

Porque en un lugar aparece el profesor como quien obedece y en otro como quien resiste.

Quizá no haya aquí una contradicción, sino algo más interesante: una tensión que todavía necesita ser explicada. ¿Hasta dónde llega la obediencia y dónde comienza la responsabilidad intelectual del que enseña?

Y acaso la pregunta sea más difícil todavía: ¿puede alguien formar parte de una institución regulada por el poder y conservar, dentro de ella, una esfera de autonomía suficiente para custodiar aquello que considera verdadero?

Hay otro momento de su artículo que me ha hecho detenerme. Usted observa que según el territorio cambian la lengua, determinados contenidos, la historia y sus formas de interpretación, y concluye que esos cambios son gestionados y dictados por los políticos.

Aquí quizá convenga separar algunas cosas que en el texto aparecen juntas. Que exista una diferencia territorial es una observación; atribuirla a una decisión política es una interpretación; afirmar que esa decisión constituye una determinada forma de dominación educativa es ya una explicación. No digo que la segunda o la tercera sean falsas. Digo solamente que cada una necesita su propio camino para ser demostrada.

Y lo mismo me ocurre con el ejemplo del teorema de Pitágoras. Entiendo perfectamente la fuerza de la imagen. Pero me pregunto si estamos ante un hecho concreto que podamos identificar, ante una práctica pedagógica determinada o ante una figura destinada a expresar una preocupación más general. Porque si es lo primero, podemos examinarlo; si es lo segundo, podemos discutir su alcance; y si es lo tercero, quizá debamos preguntarnos qué realidad pretende representar la imagen.

Aquí empieza, por cierto, una cuestión que me parece muy cervantina: no tanto quién tiene razón acerca de lo que ve, sino cómo sabemos qué es exactamente lo que estamos viendo.

Algo parecido sucede cuando del resultado de PISA pasamos a la afirmación de que se ha sustituido la ciencia por la ideología, la inteligencia por las emociones y el conocimiento por los prejuicios. Son afirmaciones de enorme alcance. Para sostenerlas habría que distinguir qué se entiende por ciencia, por ideología, por conocimiento y por prejuicio, y después mostrar cómo se ha producido históricamente esa sustitución.

De lo contrario corremos el riesgo de que una imagen muy poderosa termine haciendo el trabajo que debería corresponder a una demostración.

Y aquí aparece su referencia a Platón.

¿Es realmente la escuela una nueva caverna? La pregunta es magnífica. Pero precisamente por serlo, quizá no deberíamos resolverla demasiado deprisa. La caverna puede ser una metáfora extraordinariamente fecunda para pensar una institución que transmite representaciones del mundo. Pero una metáfora puede iluminar una estructura sin demostrar todavía que esa estructura exista en el sentido preciso que le atribuimos.

Lo mismo sucede, a mi juicio, con su comparación entre el Quijote original y sus posibles adaptaciones. Comprendo perfectamente lo que quiere señalar: podemos enseñar a leer y, sin embargo, privar al lector de aquello que merece ser leído. Pero de un ejemplo concreto a «eso mismo es lo que ocurre con todo lo demás» hay un salto que quizá merezca una pausa.

Porque una cosa es mostrar que existe un simulacro y otra demostrar que el simulacro constituye la estructura general del sistema.

Y llegamos así a una de las preguntas que más me interesan de todo su artículo.

Usted propone crear una institución educativa libre ante el Estado y no esclava del mercado.

Pero entonces se me ocurre preguntarle, con toda sencillez: ¿libre de qué y gobernada por quién?

Porque si retiramos una forma de poder, alguna otra forma de organización tendrá que decidir qué se enseña, quién enseña, cómo se financia, qué se considera conocimiento científico y qué límites tiene la institución. No porque el poder sea necesariamente bueno, sino porque ninguna institución humana parece poder existir sin alguna forma de autoridad, criterio y responsabilidad.

Quizá, por tanto, la cuestión no sea simplemente liberar la educación del poder, sino averiguar qué forma de poder puede entrar legítimamente en el espacio educativo sin convertirse en dueño del conocimiento.

Y aquí creo que su artículo, casi sin proponérselo, llega a una cuestión mucho más profunda que PISA.

Porque si educar consiste en transmitir a una generación el lenguaje, los conocimientos, la memoria, los criterios y las preguntas que otra generación ha recibido y transformado, entonces la cuestión fundamental ya no es solamente quién redacta los programas.

La cuestión pasa a ser:

¿quién custodia aquello que una sociedad decide transmitir como conocimiento?

Y aquí aparece también una pregunta que su propio texto deja abierta: si el profesor debe obedecer, pero al mismo tiempo debe resistir cuando considera que está en juego el conocimiento; si la institución está sometida a normas, pero necesita conservar un espacio de libertad; si el Estado no puede ser dueño de la verdad, pero tampoco podemos imaginar una educación completamente desprovista de organización común, ¿dónde situamos exactamente la responsabilidad del que enseña?

Quizá ahí esté el verdadero problema.

No tanto Estado contra profesor, ni política contra educación, ni ciencia contra ideología.

Sino poder, conocimiento y libertad dentro de una misma configuración histórica.

Y entonces PISA deja de ser el principio y quizá tampoco sea la conclusión. Se convierte en una señal que nos obliga a preguntar qué estructura hay detrás de aquello que estamos midiendo.

No sé si he hecho bien en llevar sus molinos hasta este punto. Pero sospecho que el caballero manchego nos perdonaría la licencia si, en lugar de derribarlos, intentamos primero averiguar de qué están hechos.

Su artículo, en todo caso, me ha dejado una pregunta que considero bastante más importante que la que lo inicia:

¿cómo puede una institución educativa conservar la libertad necesaria para custodiar el conocimiento sin convertirse ella misma en otro poder que pretenda decidir qué es la verdad?

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