Ya nos podemos hacer los mártires de la libertad de expresión y presumir de que somos pieza mayor de caza y despiece para la inquisición anglosionista, la mayor industria propagandística de lucha contra la libertad y a favor de la implantación de una tecnocracia poshumana que el mundo ha conocido. El lobby sionista ACOM no solo ha difamado a este medio, sino que ha anunciado con fanfarria psicópata en X una denuncia contra Carlos Sánchez “por incitación al odio antisemita y lesión de la dignidad del pueblo judío” a causa de los artículos sobre la historia del sionismo que nuestro admirado compañero ha publicado en Brownstone España, así como por la salida al mercado de su esclarecedor ensayo El secuestro del pueblo judío. El acoso mediático-judicial al que pretenden someter a Carlos Sánchez no es aislado: ACOM está denunciando a la desesperada a toda figura de cierta relevancia pública que cuestione los sanguinarios intereses geopolíticos del Estado de Israel, una vez que este ha quedado deslegitimado de manera definitiva ante los ojos de la ciudadanía española que lo apoyaba. El temor de los quintacolumnistas de ACOM no es infundado. La descarada implicación anglosionista en la invasión marroquí de Ceuta ha tenido un efecto revelador para aquellos compatriotas que, poniéndose la venda del demente supremacismo atlantista delante de los ojos, se negaban a reconocer el genocidio (por vía de infanticidio) cometido por Israel en Gaza y certificado como tal por la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU, o a asumir como verídica la presunta implicación de la inteligencia israelí en la red pederasta y eugenésica de Epstein, quien según numerosos medios estaría al servicio del Mossad.
En un escenario de revelación geopolítica como este, todo el trampantojo nacional-populista e islamófobo impulsado en los últimos años, mediante Vox y cierto PP, por los injerencistas de ACOM para conseguir que los españoles identificasen la defensa de los intereses de España con la defensa de los intereses de Israel y EEUU en base a una disparatada lucha a vida o muerte contra el mundo islámico, está saltando por los aires. Perdiendo a pasos agigantados el apoyo de la ciudadanía patriotera de a pie a la causa sionista, ACOM no tiene más salida que llevar a cabo campañas difamatorias que identifican, por ejemplo, la crítica a Israel (incluso si esta es rojiparda) con posturas pro-etarras, con el fin de dar munición a los twitteros y columnistas afines que, en los últimos años, han venido conformando en sus comederos institucionales un espacio ideológico españolista-sionista de carácter híbrido, en el que se agrupaban defensores de un movimiento MAGA español provenientes de la izquierda anticapitalista, liberales arrepentidos o bailaores liberalios al estilo de Herman Tertsch y Juan Carlos Girauta (el cual reconoció haber cobrado 3.000 € al mes de ACOM y Fundación Hispano Judía).
En este sentido, de ser ingenuos, podríamos pensar que la estrategia inquisitorial de ACOM podría llegar a conseguir el efecto contrario y producir, no solo una desbandada entre los suyos, sino confluencias políticas inesperadas, pues sus destartaladas denuncias por antisemitismo se dirigen a gentes ideológicamente diversas, cuando no antitéticas, como rojipardos, wokistas, independentistas, nostálgicos del nacional-socialismo alemán, socialdemócratas clásicos o españolistas. Prueba de ello es que, entre su lista de señalados, nos encontramos a Manuel Segade, director del Museo Reina Sofía, a los escritores Suso de Toro y Ana Iris Simón, a analistas como Rubén Gisbert, Antonio Maestre o Manu Hurtado, al coronel Pedro Baños, a presentadoras como Silvia Intxaurrondo o Inés Hernand, o a los activistas Eduardo Rubiño y Pedro Varela. Este hostigamiento judicial y mediático se acompaña de un acoso deshumanizador y, probablemente delictivo, a figuras destacadas que han apoyado a algunos de los denunciados y critican a ACOM, como, por ejemplo, nuestra compañera y cofundadora Bea Talegón, Paula Fraga, Javier Villamor o Taleb Alisalem.
Sin embargo, pese al común denominador antisionista de perfiles tan divergentes no debemos dejarnos engañar por las apariencias, pues el movimiento woke y el sionismo son dos caras de la misma y fraudulenta moneda. Tanto es así que la judicialización de la esfera pública promovida por ACOM es parte fundamental de la revolución autoritaria que el movimiento woke lleva ya tiempo poniendo en marcha por medio de ese caballo de Troya tecnócrata que es la nueva izquierda. Pensemos, al respecto, que tanto el sionismo como la revolución woke —dos fenómenos neocón que, insisto, conforman la espada supremacista del atlantismo— cancelan, por medio del comodín del presunto delito de odio, todo intercambio de ideas y producen un cierre de filas alrededor del más macabro statu quo, blanqueando para ello los intereses degenerados de la élite dominante que, de manera esperpéntica, pasa a ocupar el rol de víctima (sea en forma de millonarios judíos como David Hatchwell o Martin Varsavsky que jamás han sido discriminados, o de miembros de la clase dominante que refuerzan su estatus al declararse parte de una comunidad marginada por ser LGTBIQ+, tener sangre indígena o proclamarse animalistas). En paralelo, tanto el sionismo como el movimiento woke criminalizan a las verdaderas víctimas, esto es, al pueblo llano (sea este blanco, judío o musulmán), sometiéndolas a una violenta y obligatoria campaña de reeducación en pro de un “progreso” que solo existiría en Occidente y debería imponerse a toda la población occidental (liberándola de machistas, especistas o agresores climáticos), pero también al resto del planeta, legitimando así el predominio de Israel sobre el “bárbaro” mundo árabe.
Sin ánimo de entregarnos a la confrontación debemos, en consecuencia, recordar que la presente campaña contra la libertad de expresión de los camisas negras de ACOM apenas se diferencia de la impulsada hace poco, con el patrocinio de la revista woke CTXT, por ACO (Acción contra el Odio) contra titanes de las letras y el columnismo crítico como Juan Manuel de Prada o intelectuales tradicionalistas como Jaume Vives. Si existe una diferencia es únicamente que las campañas de acoso woke intentan aplicar una especie de ley mordaza a toda la opinión pública que le es contraria, amparándose demagógicamente en los distintos delitos de odio que están tipificados en el artículo 510 de nuestro Código Penal, pero sin establecer una jerarquía entre ellos; sin embargo, los sionistas de ACOM pretenden confundir a la ciudadanía, haciéndola creer que el delito de antisemitismo goza de un privilegio jurídico sobre otros delitos de odio y que es algo así como una ley VioGen que discriminaría positivamente a los judíos, por considerarlos una comunidad actualmente perseguida en España y necesitada, por eso, de mayor protección.
Dicho de otra manera, el lobby sionista ACOM procura insertar el delito de antisemitismo en una especie de lógica penal-populista al estilo del “hermana, yo sí te creo” para que así la simple acusación de antisemitismo, por disparatada que sea, equivalga, sino a la toma de toda una serie de medidas cautelares, por lo menos a un señalamiento mediático que ejerza presión sobre el sistema judicial. Esta estrategia muestra a las claras la dimensión supremacista y elitista del sionismo español, imitador de la AIPAC yanqui, pues mediante la acusación gratuita de antisemitismo ACOM no está defendiendo a una hipotética colectividad judía discriminada, sino señalando como miembro no puro de la comunidad política española a todo aquel contra el que lanza sus ataques. Esta actitud propia de abusones de colegio privado de élite no se ampara en el ordenamiento jurídico español, sino en la polémica definición neocón de antisemitismo proporcionada por la IHRA (Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto), la cual elimina en la práctica la distinción crucial entre antisemitismo y antisionismo al considerar, por ejemplo, antisemita la denuncia de las políticas del Estado de Israel como racistas o al prohibir la comparación entre las políticas nazis y las sionistas o el revisionismo histórico sobre el Holocausto. Esta definición de antisemitismo es, además, abiertamente neocón (es decir, un instrumento de guerra cognitiva), en tanto en cuanto sirve para legitimar el intervencionismo político y militar de EEUU e Israel en todo el planeta, y su legitimidad para cambiar o controlar regímenes con la excusa de implantar la democracia liberal o derrotar al terrorismo islámico que ellos mismos han creado. Prueba irrefutable de que esto es así, la encontramos en el intimidante injerencismo político de ACOM en nuestro país, quien criminaliza poco menos que como perpetrador de un delito de alta traición a todo español que ose ver con buenos ojos el sensato acercamiento de España a China, o que tenga una postura divergente a la otanera con respecto a Rusia, Irán o Palestina.
Por sorprendente que pueda parecer a quien crea que, en lo referente al anglosionismo, hay diferencia entre izquierda y derecha, la adscripción de España a la IHRA y a la polémica definición de antisemitismo con la que ahora ACOM intenta asustar a todo español pensante no se debe a ninguno de los gobiernos del PP (organización fundamental, por otra parte, para explicar, mediante figuras como la de Aznar, Rafael Bardají o Esperanza Aguirre, el desembarco del sionismo neocón en España). Por el contrario, fue el Gobierno del PSOE dirigido por Zapatero quien incorporó en 2008 a España como miembro pleno de la IHRA, y fue también el Gobierno conformado por el PSOE y Podemos quien hizo que nuestro país suscribiese en 2020 la referida definición de antisemitismo. Si bien la adscripción a esta despótica idea de antisemitismo no es jurídicamente vinculante, pretende ejercer un poderoso influjo regulatorio sobre el sistema jurídico y el ecosistema mediático que privilegie y blinde los intereses de Israel dentro de los países firmantes. Por esta razón, y después de sumarse a la demanda de Sudáfrica contra Israel por genocidio ante la Corte Internacional de Justicia, Brasil decidió ser el primer país en retirarse de la IHRA en julio de 2025. Es difícil entender la razón por la que España, país que también participa de esta querella colectiva, no se sale inmediatamente de la IHRA, dejando así sin su adulterada munición conceptual a grupos de presión sionistas como ACOM que perturban y envenenan nuestra esfera pública.
La retirada de España de la IHRA es un asunto más urgente de lo que puede parecer y por el que todos nos deberíamos movilizar, pues si algo demuestra el concepto de antisemitismo en el que se parapeta el lobby sionista ACOM es que permite a este expandir el odio, con total sensación de impunidad, sobre buena parte de los españoles. Para comprobar lo dicho basta pasearse por la cuenta de X de ACOM, una plataforma masiva de producción de delitos de odio (vid. capturas de imagen al final del artículo) en la que encontramos burlas ultrajantes a las creencias religiosas de los musulmanes, la banalización del asesinato de palestinos, parodias deshumanizadoras de la hambruna sufrida en Gaza, la ridiculización como “tercermundistas” de ciertas culturas o civilizaciones (entre ellas, la hispana), o el lanzamiento de ataques personales contra los familiares de las personas señaladas como “antisemitas” (por ejemplo, no solo se han metido con la esposa de Carlos Sánchez, sino que han llegado a lanzar infundios propios de cacúmenes adolescentes contra sus padres).
No menos importante es, por otra parte, desactivar la legitimidad con la que la élite neocón, transhumana y millonaria que dirige ACOM e instituciones similares en España se presenta a sí misma como “víctima” que tiene derecho a denunciar y aleccionar a las masas de españoles presuntamente “antisemitas”, aunque, según su mismo criterio, “tercermundistas” y, por lo tanto, subdesarrollados. Es completamente inaceptable que un lobby como ACOM, impulsado y dirigido por halcones de la industria armamentística, de las finanzas, o de la seguridad global (¿del ciberespionaje?) como Rafael Bardají, David Hatchwell o Ángel Mas difamen y pretendan silenciar a ciudadanos ejemplares como nuestro compañero Carlos Sánchez, quien sin recibir prebendas y sacando tiempo de su trabajo diario y vida familiar, lleva a cabo una labor intelectual que es esencial para conformar una esfera pública que desvele ante la ciudadanía los mecanismos de dominación e injerencia a los que estamos sujetos. Si algo molesta a los lobbistas de ACOM es que personas como Carlos Sánchez sean conscientes de que, como vislumbró Oswald Spengler hace ya un siglo, vivimos en una época de degeneración civilizacional caracterizada por la hegemonía alienante y liberticida del periodismo sobre cualquier otro discurso. No es inocente que buena parte de las personas denunciadas por ACOM, desde Carlos Sánchez a Rubén Gisbert sean profesionales provenientes de campos diversos que ejercen precisamente una labor rigurosa de contrapeso al periodismo, desmontando mediante sus investigaciones las narrativas oficialistas y retratando a este como un vil instrumento al servicio del poder, diseñado en tanto en cuarto poder ilegítimo para manufacturar la verdad de acuerdo a los más oscuros intereses imperantes.
No en vano, una de las razones por las que ACOM se lanza en tromba a denunciar a todos los que disientan de su relato anglosionista es la de intentar ejercer un control aún más férreo sobre las redes y los medios de comunicación de nuestro país, con el fin de que estos no den voz a ninguna opinión divergente, aunque sea testimonial, a la de los intereses oficiales de EEUU e Israel. Por indignante que resulte, lo cierto es que la influencia de ACOM en nuestros medios es abrumadora, como demuestra, por ejemplo, el omnipresente periodista (en un sentido netamente spengleriano) Eduardo Inda, quien recibió 75.000 € de ACOM para publicar reportajes publicitarios prosionistas en OK Diario. En este sentido, solo la existencia de una fuerte injerencia sionista en España explica que un multimillonario de ideas siniestras afín a ACOM como Martin Varsavsky —quien presume de ser amigo de Elon Musk y figura en los archivos de Epstein— disponga de una tribuna semanal en The Objective y de asiento en programas de máxima audiencia como Horizonte desde donde expandir el ideario injerencionista. Como he explicado en un artículo reciente, Varsavsky, promotor primero del 15M y ahora de la deriva voxera (recuerden, lo woke y lo sionista son dos caras de la misma y fraudulenta moneda), se dedica en cuerpo y alma desde hace ya tiempo a la más aberrante agenda transhumana, promoviendo, entre otras empresas “humanitarias”, la futura experimentación con recién nacidos en Marte, la sustitución de la reproducción humana natural por la artificial en personas jóvenes y sanas, o la construcción de un búnker de lujo para millonarios en Argentina.
Con todo, conviene recordar que uno de los objetivos primordiales del aluvión de denuncias por “antisemitismo” que ACOM está publicitando estas semanas en redes es equiparar como totalmente sinonímicos en el inconsciente colectivo los conceptos de antisionismo y antisemitismo. Esta equivalencia es del todo insostenible, pues si algo demuestran los gendarmes sionistas que dirigen ACOM es que Norman Finkelstein, judío hijo de víctimas del Holocausto, estaba en lo cierto cuando en La industria del Holocausto denunciaba que el sufrimiento del pueblo judío bajo el terror del nacional-socialismo alemán había sido aprovechado para su propio interés por una élite millonaria judía estadounidense a finales de los años sesenta, la cual se apropió del dinero destinado a las víctimas en concepto de reparación y acabó formando un lobby sionista que funcionaba como un grupo de presión neocón al servicio de los intereses económicos de EEUU e Israel. No es casual, de hecho, que haya sido otro judío (y además israelí) como Ilan Pappé quien haya denunciado en su monumental El lobby sionista que el objetivo de las campañas de presión pro-sionista como las llevadas a cabo por ACOM en España no es otro que el de crear un consenso en la comunidad internacional que legitime la limpieza étnica como condición de existencia de un pueblo judío que estaría encarnado en el Estado de Israel.
El caso es que, digan lo que digan los inquisidores de ACOM, el sionismo nada tiene que ver a priori con la defensa del pueblo judío y, mucho menos, con el ejercicio de salvaguarda de su rica tradición religiosa y sapiencial. Si hay un dato que demuestra, en este sentido, la falsa equivalencia entre antisionismo y antisemitismo es que la mayor parte de los sionistas a nivel mundial no son judíos, sino cristianos pertenecientes a un puñado de tradiciones protestantes que han prosperado en EEUU a la luz de la fusión decimononónica entre religión y nacionalismo, dando lugar a milenarismos de carácter cuando menos controvertido. Esto es así porque como ha mostrado el referido Ilan Pappé, el sionismo, aun cuando es una ideología nacionalista y secular judía que surge en la segunda mitad del s. 19, hunde sus raíces en el llamado sionismo o restauracionismo cristiano, que empieza a manifestarse ya en el s. 16 por medio de partidarios de lecturas literales de la Biblia que promueven, con lógica indiscutiblemente antisemita, el traslado de los judíos dispersos por el mundo a Tierra Santa para que de esa manera, cumpliendo la profecía bíblica, se produzca la Segunda Venida de Jesucristo y la consiguiente conversión al cristianismo del pueblo judío.
Sin embargo, lejos de ahondar en la historia del sionismo que quieren expandir por el mundo, los lobbistas de ACOM intentan por todos los medios impedir que se pongan en conocimiento de la ciudadanía los aspectos más relevantes de esta controvertida corriente política. El ataque a nuestro compañero Carlos Sánchez pretende, de hecho, cancelar los ensayos que este ha publicado en Brownstone España (y recogido de manera ampliada en su reciente libro El secuestro del pueblo judío) porque muestran, de manera difícilmente discutible, el carácter supremacista askenazí del sionismo, tanto del socialista que tuvo a Ben Gurion como una de sus figuras más destacadas, como del revisionista o de derecha-extrema que encuentra en Netanyahu a su líder más beligerante. Carlos Sánchez no solo desgrana y permite entender, entre otros asuntos, el porqué de los pactos de Havará entre las élites nazi y sionista, sino que nos muestra, por ejemplo, la admiración de Jabotinsky por el antisemitismo nazi como modelo a seguir para Israel en base a criterios de pureza racial, así como la discriminación a la que el sionismo sometió dentro de sus fronteras a los judíos mizrajíes, sefardíes y etíopes por considerarlos inferiores a la élite askenazí.
No puedo dejar de recomendarles, por todo lo dicho, que lean los artículos denunciados de nuestro compañero y compren su documentado ensayo, aunque si les encarezco que lo hagan es para que tengan una visión compleja del sionismo, no para que certifiquen que este es una ideología destructora que continúa fatalmente congelada en una decimonónica concepción darwinista social y racista de la realidad. Para ello, basta que ojeen las redes de ACOM o escuchen los discursos de las figuras más afines a esta organización que salen continuamente en los medios. Se darán cuenta de que estos sionistas con aspecto de personajes de Marvel diseñados por Ibáñez, no son más que poderosas y grotescas parodias de “criptobros” como Amadeo Lladós, obsesionados en proclamar la necesidad de invertir y hacerse rico (“el dinero santifica”, proclama Antonini de Jiménez, el delirante sionista católico practicante próximo a ACOM), o en defender de acuerdo la más perversa lógica neocón la destrucción de países enemigos, acompañando sus declaraciones de una indumentaria estratégicamente desmañada acorde a la de un Steve Bannon que hubiese nacido en Extremadura (fíjense, en este sentido, en el patriarca de ACOM Rafael Bardají, y en cómo combina a sus no sé cuántos años las sudaderas de capucha con las americanas, dando la impresión, con su generosa complexión, de ser un español que, queriendo ser yanqui a cualquier precio, ha sustituido el tercermundista cocido por la moderna, globalizadora y neoconservadora Big Mac).
En definitiva, ACOM quiere implantar el terror puritano de una élite sionista y apátrida de elegidos que se aprovechan al más puro estilo industrial, y sin escrúpulo alguno, de las desgracias históricas del pueblo judío, pero pese a su innegable poder, lo único que parecen provocar con sus descacharrantes denuncias por antisemitismo a diestro y siniestro es la risa y una desconcertante sensación de vergüenza ajena. De todas maneras, por si su campaña tiene éxito y, de tanto amedrentar a las voces más independientes de la esfera pública española, se quedan sin gentes o colectivos que denunciar, yo (sin ánimo alguno de ejercer labores de delación y sin la mínima ironía) los animo a que amplíen su esfera de intervención y empapelen por antisemitismo, aquí en Galicia, a los responsables de la Festa do Cocido de Lalín, de la Festa do Pulpo do Carballiño y de la Festa do Marisco do Grove, pues en todos estos eventos se sirven un 100% de productos no kosher que los judíos practicantes no pueden consumir, lo que podría evidenciar, desde su riguroso punto de vista, “incitación al odio antisemita y lesión de la dignidad del pueblo judío”. Quién sabe… si triunfasen en su denuncia quizás nos ayudarían de rebote a los gallegos a combatir el exceso de turismo que tenemos, con lo que bajaría el precio de la vivienda.
CAPTURAS DE IMAGEN REPRESENTATIVAS DEL TIPO DE TWEETS QUE PUBLICA ACOM Y QUE PODRÍAN CONSTITUIR DELITOS DE ODIO SEGÚN SE RECOGE EN EL CÓDIGO PENAL, ART. 510
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.










Defender al sionismo es como defender a la Gestapo, es como glorificar a las SS que sitiaban el gueto de Varsovia y vilipendiar a sus asediadas víctimas. Se necesita ser mal nacido y profundamente deshonesto para tomar partido por ese artificialmente creado asentamiento colonial, estado apartheid ladrón y ente genocida denominado "Israel".
De nada les valdrá toda la pestilente basura hasbara y los millones invertidos en ella. La verdad es al sionismo lo que la luz es al vampiro.
El sionismo, además de supremacista, terrorista, racista y genocida, es profundamente clasista, incluso en su propio seno.
Diría que la denuncia de ACOM no tiene recorrido. Como Carlos sabe, una denuncia no es lo mismo que una querella, Veremos