“Las masas no tienen jamás sed de verdades. Ante las evidencias que las desagradan, se apartan, prefiriendo divinizar al error, si el error las seduce. Quien sabe ilusionarlas se convierte fácilmente en su amo; el que intenta desilusionarlas es siempre su víctima.”
Gustave Le Bon, Psicología de las Masas (1895)
Era julio de 2008, apenas unas semanas antes de que estallara la famosa burbuja de las subprime, y en la exótica California tenía lugar una reunión en el marco del epsteiniano Edge Club. En aquella ocasión, los invitados para compartir con los allí presentes su magisterio eran los economistas conductuales Richard Thaler y Sendhil Mullainathan. En sus respectivas conferencias, ante un público reducido y selecto, los ponentes se centraron en su ámbito de conocimiento compartido (la economía conductual) y disertaron sobre cómo la psicología real de las personas —y no las atribuciones de racionalidad que generalmente presuponen los modelos conductuales clásicos— afectan las decisiones económicas de los individuos, con el objetivo alegado de poder diseñar mejores entornos de elección individual o colectiva. Entre los asistentes se encontraba lo más granado de la élite tecnocrática de Silicon Valley, y varios futuros Premios Nobel de Economía.
Sin ánimo de ser exhaustivo en la enumeración, destaco de una lista más larga los siguientes personajes, a saber: Jeff Bezos (Amazon), Elon Musk (Space X), Larry Page y Salar Kamangar (Google), Nathan Myhrvold (Microsoft y Terra Power), W. Daniel Hillis (Thinking Machines Corporation) o Paul Romer (Premio Nobel de Economía 2018). Si bien es cierto que en este evento concreto faltarían algunos personajes importantes de la aristocracia de Silicon Valley, como Bill Gates o Peter Thiel, ello deberíamos achacarlo a un problema de agenda, ya que ambos (y muchos otros) han sido asiduos a estos encuentros y a las cenas de billonarios generosamente financiadas durante años por Jeffrey Epstein. La lista de ínclitos resulta ciertamente esclarecedora, máxime si se atiende al propio contenido de las conferencias y al contexto en que se desarrollaban, que no mencionaré más que tangencialmente, ya que no es objeto de este artículo describir la red del desaparecido pedófilo, prácticamente indistinguible de la actual élite tecnocrática. Quien quiera profundizar en ello, puede leer este artículo de mi autoría en el que traté profusamente sobre la red que tenía en el Edge Club su núcleo irradiador.
Durante la sesión mencionada, Sedhil Mullainathan desarrolló el corpus teórico de sus planteamientos sobre la psicología de la escasez, la ironía de la pobreza y cómo estas afectan a la toma de decisiones. Esta fue precisamente la aportación más novedosa del curso. Mullainathan —economista de origen indio— argumentó que la escasez no consistía sólo en la falta de dinero o tiempo, sino que generaba una psicología específica que degrada la calidad de las decisiones. En su charla, titulada psicología de la escasez e ironía de la pobreza, descerrajaba el estrecho margen de maniobra al que estamos sometidos aquellos que tenemos que establecer una prelación de prioridades con nuestro dinero y nuestro tiempo, y para ello usaba la ilustrativa metáfora de la maleta pequeña: cuando no hay holgura, cada decisión se convierte en un problema de optimización y obliga a primar unas opciones en detrimento de otras consideradas menos necesarias. Este tipo de decisiones de triaje, obliga a los pobres, ya lo sean por falta de dinero, por falta de tiempo, o por ambas, a invertir excesivo ancho de banda mental en cada decisión.
Según explicaba Mullainathan, la presión añadida que conlleva cada decisión tomada por un pobre, deriva de manera recurrente en constantes fallos de planificación, de modo que eventos previsibles son vistos en la psicología de la escasez como sorpresas. Dicho de otro modo: quien vive al día o al mes, se ve incapacitado para mirar más allá de lo perentorio, y problemas futuros, que en condiciones óptimas de ancho de banda mental resultarían sencillos de prever, desaparecen completamente del radar del pobre, que se verá obligado a improvisar cuando el futuro se abalance sobre él. Es lo que Mullainathan llamaba la ironía de la pobreza: quienes precisamente necesitan tomar mejores decisiones que el resto por carecer del colchón necesario, son aquellos a quienes la escasez coloca en peor posición cognitiva para tomarlas. La escasez, por tanto, ejerce sobre el pobre una doble presión: por un lado, el entorno escaso exige mayor calidad de decisión; por el otro, la falta de tiempo o de medios la reduce. Como consecuencia, la pobreza se convierte en un estado psicológico inducido que favorece los comportamientos impulsivos, la visceralidad en las decisiones o modelos de consumo poco eficaces en el medio plazo.
Supongo que a estas alturas del artículo a muchos de ustedes les habrá asaltado una duda: ¿qué lleva a un grupo de multimillonarios de la tecnología, dueños de la más sofisticada red de manipulación de masas y condicionamiento de las decisiones que la condición humana jamás ha conocido, a mostrar tal interés en la psicología de una escasez que jamás tendrán que sufrir? Quizás, la siguiente ponencia aclare sus dudas. No por casualidad, el siguiente en tomar el micrófono se trataba de otro de los intelectuales provenientes de las entrañas de la infame Universidad de Chicago, Richard Thaler, a la sazón fundador de la economía conductual, quien sería galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2017 precisamente por los trabajos que sustanciaban esta charla, titulada nudge y paternalismo libertario. En su exposición, Thaler planteaba en tono melifluo y medidamente bienintencionado una idea desarrollada en su libro Nudge: Improving Decisions About Health, Wealth, and Happiness (2008) que, si bien puede parecer de perogrullo, encierra el pecado original de la manipulación de masas en las democracias liberales. Según Thaler, resulta imposible no influir en las decisiones de las personas. Todo entorno, ya sea una cafetería, una tienda de ropa o la misma política pública, se construye sobre una arquitectura de la elección. Por tanto, Thaler proponía abandonar cualquier pretensión de neutralidad de esa arquitectura, diseñando su presentación de forma que ese pequeño empujón (nudge) produzca mejores resultados sin prohibir opciones. Dicho de otra manera: si la libertad de elección no es más que una ficción o una trampa retórica, y no hay manera de evitar la intervención, hagámoslo de forma buena. La pregunta es: ¿buena para quién?
En primer lugar, creo conveniente explicar bien el concepto. Un nudge es un cambio pequeño en el entorno que altera el comportamiento de forma predecible. El ejemplo clásico y hasta cierto punto cándido es el del urinario con una mosca dibujada que, según parece, sirve para reducir inconvenientes salpicaduras. Sin embargo, el uso del nudge tiene una cara más prosaica en el entorno comercial: desde la disposición de recorridos al estilo IKEA, que obligan a ver todos sus productos independientemente de cualquier previsión de compra que el usuario tuviese en origen, hasta la propia disposición de las estanterías de un establecimiento de barrio, de modo que los productos más caros se encuentren accesibles a la vista. Todo ello es nudge. Thaler insistía en que, no sólo las empresas nudgean, sino también los gobiernos. Y fue precisamente en el ámbito de las políticas públicas donde el nudge y toda su panoplia de métodos de manipulación prosperaron en mayor magnitud. El primer gobierno en ponerlo en práctica de manera sistemática fue el del Reino Unido bajo el mandato de David Cameron, con la creación del Behavioural Insights Team (BIT), apodado popularmente como la Nudge Unit, arrancando su actividad de forma reducida y con apenas siete integrantes, con el objetivo de probar intervenciones de bajo coste y gran impacto.
Una de las primeras medidas en probarse fue la de modificar las cartas de pago de impuestos que se enviaban a los contribuyentes en el Reino Unido, añadiendo que la gran mayoría de los vecinos ya han pagado, lo que al parecer incrementó significativamente la tasa de cumplimiento. Habida cuenta de su éxito, en poco tiempo lo que comenzó como un experimento transitorio se ha consolidado en una red global de más de 300 unidades e instituciones afines distribuidas en decenas de países. Además, el auge de la teoría del empujón coincidió directamente con la gestión de las secuelas de la crisis financiera de 2008, y las democracias occidentales encontraron en estas unidades tres ventajas competitivas clave: por un lado, se trataba de una implementación de medidas a un coste imperceptible para el erario público, ya que bastaba con incrustar un asesor en nudging en cada ministerio o administración pública clave para poder disponer sus métodos; por otro lado, al no prohibir opciones de mercado ni imponer multas obligatorias, encajaba mejor con el pretendido respeto a las libertades individuales del que solían hacer gala las democracias liberales; por último, al calor de las Nudge Units, se introdujeron en la práctica habitual de las administraciones occidentales ensayos aleatorios controlados que eran ejecutados, ya fuese consciente o inconscientemente, por los propios funcionarios, forzando así a la administración a medir empíricamente qué funcionaba antes de legislar a gran escala, y convirtiendo a los ciudadanos en cobayas de sus particulares experimentos de ingeniería social .
La cuestión es que los nudges, implementados alevosamente con su nocturnidad inherente, al margen de los procesos legislativos normales y eludiendo deliberadamente cualquier debate parlamentario democrático abierto, lejos de respetar las libertades públicas tal y como sostienen sus defensores, las constriñen, y sirven precisamente para la confección de falsos consensos y de una sociedad infantilizada, que acepta acaso inconscientemente la tutela de ese padre libertario que preconizaba Thaler. Singularmente, no hace mucho tiempo pudimos comprobar los efectos sociales devastadores derivados del uso de estas técnicas orwellianas de psicología conductual para condicionar los hábitos y decisiones de la población durante la crisis global inducida de la Operación COVID, donde consensos forzados creados en torno al miedo insuperable favorecieron las condiciones propicias para un ataque coordinado sin precedentes contra la cognición individual. De tal modo, quien expresaba dudas sobre la pertinencia de cualquiera de las medidas de presunta salud pública dispuestas por los diferentes gobiernos era sometido a un brutal escarnio, ya fuese en el ámbito íntimo o en la esfera pública. En ese sentido, los llamados nudges, materializados en campañas propagandísticas tales como aquellas destinadas pretendidamente a proteger a los ancianos por la vía de la inoculación masiva y cuasi forzosa (mientras se disponían al tiempo protocolos gerontocidas en residencias que condenaban a esos mismos ancianos a la muerte por aislamiento y desatención), o la propia imposición de mascarillas con carácter general contra toda evidencia científica disponible (que convertía a los ciudadanos en reclamos propagandísticos móviles del terror pandémico), cruzaron la frontera del nudging para convertirse en armas de destrucción masiva del discernimiento y la dignidad humana.
Sea como fuere, en la actualidad las nudge units ya no operan como células aisladas de activismo académico o ministerial, sino que forman parte de amplias redes globales consolidadas como la iniciativa BRAIN (Behavioural Research in Action International Network) de la OCDE, orientando sus objetivos hacia toda clase de agendas globales que usan el miedo como principal vehículo de implantación, tales como la mal llamada transición verde o, más recientemente, todo el terror inducido en torno a la irrupción de la inteligencia artificial. Por que si bien el miedo es una reacción natural e instintiva que, llegado el caso, puede salvar una vida o cientos de ellas, el miedo inducido se ha demostrado la mejor manera de moldear la psique humana y, por ende, la opinión pública. Dicho en el lenguaje del propio Mullainathan, el miedo consume mucho ancho de banda mental, y del mismo modo que ocurre con la psicología de la escasez, empuja a los individuos a tomar decisiones en contra de sus propios intereses, incapacitándolos para valorar sus consecuencias en el medio o largo plazo.
Asimismo, el nudging o la escasez inducida resultan de manera frecuente el mejor combustible para la falsa polarización sobre la que reflexionaba en mi artículo de la semana pasada. La combinación de escasez y miedo insuperable construye trincheras irreconciliables y alimenta la lógica amigo/enemigo de Carl Schmitt, de modo que los amigos puedan serlo en torno a falsas promesas de redención colectiva, mientras los enemigos se constituyen en meros hombres de paja contra quienes volcar la frustración o el resentimiento, alejando cualquier posible vía de solución al conflicto concreto del que se trate. Mientras tanto, las élites gobernantes aprovechan la tan manipulable visceralidad del individuo para imponer sus agendas de control y dominación. Sin embargo, practicando un higiénico ejercicio de discernimiento —tan infrecuente en el ámbito de la opinología profesional—, podremos encontrar cientos de ejemplos ilustrativos de cómo la élites gobernantes consiguen evitar ojos incómodos sobre ciertas agendas ajenas al interés general, convirtiendo además a los propios ciudadanos —sus víctimas— en auténticos perros de presa protectores de narrativas interesadas. Ejemplo paradigmático de ello fue la irrupción de la llamada policía de balcón durante la Operación Covid, aunque como digo, la cantidad de ejemplos es absolutamente inabarcable y no veo necesidad de enumerar. A buen seguro, el lector los encontrará a cientos.
Así las cosas, en las últimas semanas hemos podido ver cómo masas de civiles son arrojadas contra tiendas, contra la policía, contra Ceuta, contra los rentistas, contra los perroflautas, etc. Tal y como ocurre en Francia en estos días, cientos de individuos ajenos a cómo la psicología de la escasez nubla su juicio y convierte sus legítimas pretensiones de mejora en carnaza mediática, permiten que su ancho de banda mental sea ocupado con cantidades ingentes de ruido interesado, haciendo de su visceralidad una herramienta de disciplinamiento social y de sus pretensiones iniciales un objetivo inalcanzable. A mayor abundamiento, las sofisticadas técnicas de microtargeting desarrolladas durante años por los asiduos a las cenas de billonarios, hacen creer a las decenas de miles de individuos que se prestan a participar en los juegos del hambre, que sus decisiones responden totalmente a su libre albedrío. Mientras tanto, agentes de las fuerzas de seguridad disfrazados, ataviados de negro y con la cara y cabeza cubiertas al estilo de los llamados black blocs alientan la violencia, subvirtiendo así el sentido original de cualquier protesta, deslegitimándola de facto y dejando el camino expedito para la implantación por la vía de urgencia de toda clase de normativas restrictivas de los derechos individuales, tal y como exponía hace unos días en este post. Quien dispone el caos, restablece el orden con arreglo a sus necesidades futuras. Es una vez más, impera el ya conocido Ordo ab Chao, en virtud del cual las élites gobernantes, no necesitadas de ocupar su ancho mental en nuestras preocupaciones cortoplacistas, se pueden centrar en su aprovechamiento en el medio y largo plazo.
Supongo que a estas alturas del artículo, los lectores habrán podido despejar las dudas sobre el interés que pudiera tener la élite de Silicon Valley presente en las conferencias del Edge Club. Si bien las técnicas aquí descritas pueden parecer hasta cierto punto novedosas, y la sistematización de las mismas llegar a sobrecoger al lector, no deberían sorprendernos, ya que, al fin y al cabo, la dominación de la opinión pública es objeto de estudio desde tiempos inmemoriales, casi desde el Neolítico, con la irrupción de las primeras clases sociales y el caudillismo. Desde Sun Tzu, pasando por Maquiavelo, y de manera más contemporánea Gustave Le Bon, Edward Bernays, Ortega y Gasset o Marcuse, todos ellos plasmaron negro sobre blanco sus consideraciones sobre el comportamiento de las masas, describiendo con lucidez el aprovechamiento de las pulsiones colectivas para el beneficio de las élites gobernantes. Las técnicas varían, y han de modificarse con el uso, pues si bien las masas desprecian las verdades, los individuos no tanto, por lo que resulta conveniente modificar los métodos de control, con objeto de crear en el hombre-masa orteguiano la ilusión de libertad. En tiempos de ruido interesado, la única libertad que nos queda es la del discernimiento íntimo, una cualidad humana que brota precisamente del silencio, y la única manera de ejercer la libertad sin caer en la melancolía y el aislamiento es practicar el disentimiento activo. A ello los encomiendo.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación. Es miembro fundador de Brownstone España, donde, además de publicar sus artículos, presenta semanalmente el podcast Debates intempestivos. Recientemente ha publicado El secuestro del pueblo judio (SND Editores).




