La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país. Quienes nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar.
Edward Bernays, Propaganda (1928)
Llevo demasiado tiempo llamando la atención sobre el mismo mecanismo, y a menudo me pregunto si no estaré siendo demasiado reiterativo. Sin embargo, por mucho que insista en ello, y pese a que el mecanismo no sea nuevo, ni original, ni especialmente sofisticado, sigue funcionando como un reloj. Al calor de la nueva operación psicológica de tipo electoral que llamaremos Mari Carmen —en honor a la pobre anciana a la que han usado hasta su muerte por extenuación— los actores políticos sacan lustre a sus pancartas y se visten con sus mejores galas para esta nueva edición de la fiesta de la memocracia, porque como muchos de ustedes ya saben, nada fortalece más un régimen que una buena dosis de polarización inducida: patrones de viralización, acontecimientos que se presentan como espontáneos, estallidos emocionales que recuerdan a las primaveras árabes o al 15-M, y que sirven para fidelizar a sus respectivas parroquias y asegurarse de que no se alejen demasiado del redil. Ya sea a izquierda o a derecha, el objetivo no pasa ni remotamente por resolver ninguno de los innumerables problemas que nos acucian, ya sea la vivienda, la crisis de Ceuta o cualquier otro de los que en estos días se traigan a colación a modo de argumento arrojadizo. El objetivo primordial es hoy (y siempre) evitar la indeseable abstención, esa forma de desobediencia civil silenciosa que tanto preocupa a quienes viven de la credulidad del prójimo y que nadie parece dispuesto a patrimonializar. Mientras haya una indignación canalizable, habrá voto (siempre y cuando ésta discurra por los cauces debidos, claro está, no vaya a ser que a alguien se le vaya a ocurrir plantear soluciones constructivas por error).
La polarización
El asunto de la vivienda es el penúltimo ejemplo. Si bien la crisis es muy real—fundamentalmente derivada de una escasez de oferta deliberada que tan rentable resulta para los fondos— es, sobre todo, estructural, y por ello es el cebo perfecto para esta operación psicológica, del mismo modo que lo fue en 2011. El caso de Maricarmen, la mujer de 87 años desahuciada de la casa de renta antigua en la que había vivido siete décadas y en la que moraba de manera irregular, ha funcionado como un perfecto catalizador. La Sexta, una cadena reconvertida a complejo industrial de la censura que lleva años perdiendo audiencia a chorros por causa de su propia indecencia, necesitaba reinventarse para evitar convertirse en una excrecencia sistémica a desechar. Por ello, han puesto toda la carne en el asador con la ambición indisimulada de patrimonializar la narrativa, o incluso liderarla, tal y como se deduce del hecho de que sus cámaras se encontrasen en el interior de la vivienda de Mari Carmen el propio día del desahucio, para darle a su menguante audiencia algo de carnaza que llevarse a la boca, y de paso filtrar toda clase de información falsa a modo de guarnición.
Me permitirán que no incida en exceso en las similitudes entre este nuevo escenario electoral y la precuela quinceemera, ya que estoy escribiendo un pequeño ensayo sobre el particular y no quiero adelantar demasiados detalles ni repetir argumentos. En cualquier caso, a modo de aperitivo, valga esta metáfora culinaria. Si bien los cocineros son los mismos y el guiso conserva un cierto aroma a 2011, al no ser guiso nuevo, desprende olor a rancio. Todo se parece, pero es peor: las acampadas en Sol, las cadenas humanas, los testimonios desgarradores en prime time apelando a la víscera, todo un panorama que nos resulta familiar. Sin embargo, el calendario aprieta y deja al aire las costuras de la narrativa a ojos de un observador sosegado que conserve su capacidad de discernir. Sea como fuere, la operación está resultando un absoluto éxito. No importa que la crisis de la vivienda lleve enquistada décadas, que se haya favorecido deliberadamente el mercado especulativo por la vía de una escasez artificial. Lo que importa es el símbolo, la víscera, la emoción primitiva. Con una anciana desahuciada primero y muerta después a modo de estandarte, usada impúdicamente por el cabal pseudo-izquierdista para someter a la razón de su sufrido rebaño woke, la derechuza ha dejado aflorar su inmoralidad inherente despellejándola, tratando burdamente de desmontar la campaña por la vía de la difamación de la anciana. Como reza el dicho, entre todos la mataron y ella sola se murió. En definitiva, el debate sosegado y constructivo no interesa. Como es natural, las cifras y las razones no emocionan a nadie cuando se pone un cadáver encima de la mesa, de modo que cualquier atisbo de solución se plantea inalcanzable.
Como diría mi querido Xavi Díez, a Pedro Sánchez habría que cambiarle el mote, ya que es más gato que perro y por ello siempre cae de pie. No puede negarse que el Gobierno ha aprovechado el viento de cola. Decretos a contrarreloj que el Congreso oportunamente rechaza, que usados a modo de munición moral permiten a Sánchez disfrazarse de mártir, “con la gente y contra los rentistas”. En este contexto polarizado, cuando las respectivas parroquias a izquierda y a derecha ya han elegido sus héroes y villanos, la noticia de que la Sareb, controlada por el Estado, ha cerrado un contrato de más de 52 millones de euros con Aliseda, la gestora de Blackstone, para administrar activos inmobiliarios, incluidos aquellos destinados a vivienda social y a Casa 47, ha pasado sin pena ni gloria. Pese a su limitado eco mediático, no deja de resultar cómico que el mismo fondo al que el presidente llama “buitre” de manera recurrente en sus discursos, sea el encargado de gestionar precisamente estos recursos públicos, a instancia además del propio Sánchez justo antes de disolver las Cortes Generales. Mientras, en la Puerta del Sol vociferan contra “los rentistas”, a bulto, a quienes acusan incluso de robarle el sueldo a los jóvenes. Un verdadero delirio.
No es necesario ser un experto en macroeconomía para deducir que “el rentismo”, ese muñeco de paja diseñado para canalizar la indignación popular de la izquierda autopercibida hacia las urnas, de existir, se constituiría en una casuística absolutamente inabarcable, y la elección de tal término para sustanciar la lógica amigo/enemigo de Carl Schmitt es prueba inequívoca de que el problema no se pretende solucionar sino enquistar y utilizar: desde una inmensa mayoría de personas corrientes (y dolientes) —por ejemplo, señoras viudas que heredan una vivienda que complementa una pensión modesta—, hasta fondos buitre y SOCIMIs, estas últimas creadas por Zapatero y ungidas por Rajoy con una exención total de pago de impuesto de sociedades, todos ellos conforman “el rentismo”. Mientras, nadie con mando en plaza propone construir vivienda, ni pública ni privada, a la escala necesaria, y en su lugar se habla de expropiar, de congelar contratos —tal y como hizo Franco en la LAU de 1965, por cierto— y se amenaza con recrudecer la conflictividad social. A ello se suma la paradójica huelga general de los sindicatos mayoritarios, que no han encontrado mejor momento en 15 años para convocarla que con las Cortes disueltas y el gobierno en funciones. ¿Y todo para qué? En un escenario de pérdida de poder adquisitivo galopante, de crisis energética derivada de la delirante escalada bélica atlantista y con los tipos de interés por las nubes, la banca gana como siempre, Hacienda recauda como nunca y los súbditos españoles se sacan los ojos. El resultado más que previsible de estos juegos del hambre será inexorablemente mayor escasez y más relatos taimados para acallar conciencias. En estas condiciones, cualquier acuerdo en cualquier ámbito se antoja inviable, y todos los mensajes parecen diseñados para alejar posturas y evitar soluciones.
Por si le faltase algún elemento a esta tragicomedia, aparecen en escena los muchachos de Núcleo Nacional, el grupo pretendidamente neonazi que destila ese hedor tan característico a Cuesta de las Perdices. Pensará el lector que ese olor a servicios de inteligencia es una impresión mía, quizás aventurada. Sin embargo, este tipo de grupos cumplen con la función clásica de la extrema derecha útil al estilo Gladio: radicalizan el escenario, justifican la respuesta orden público desde una pretendida equidistancia —ni comunistas, ni nazis— y añaden la oportuna carnaza mediática, empujando así a los parroquianos más susceptibles a la radicalización hacia un estado irracional de visceralidad permanente, mientras que los moderados de la izquierda autopercibida y de la derechuza obediente son conducidos dócilmente hacia el redil del gobierno de las navidades presentes o futuras y de sus medios afines. A mayor abundamiento, el eventual choque futuro entre ambos radicalismos impostados que se perfila en el horizonte —el de las acampadas convertidas en símbolo de una lucha inane y pueril y el de los núcleos organizados de tipos disfrazados de nazis— beneficia de manera evidente al PSOE y al PP por igual, ya que ambos comparten la necesidad de enemigos claros (el sanchismo y la ultraderecha) y una abstención baja. El enfrentamiento callejero, aunque sea de baja intensidad y con olor a montaje, cumple esa función mejor que cualquier campaña electoral. Como diría mi difunto abuelo, comisario de policía para más señas, este tipo de operaciones de orden público son como un ballet, una coreografía diseñada para dispersar a las masas y enviarlas a sus casas cuando se baja el telón. En otras manifestaciones esa labor la realizan los infiltrados: en esta ocasión esa función la cumple Núcleo Nacional. Mientras tanto, nadie habla de Ceuta, ni de la pérdida de poder adquisitivo sangrante, ni de incendios, ni de DANA. El Gato Sánchez vuelve a caer de pie.
El centro centrado
Sin embargo, a este paisaje le falta una pieza fundamental. Tal y como ocurría en 2011, un rebaño anda huérfano de pastor. Hay un buen puñado de convencidos demócratas a los que no seduce el relato de La Sexta ni el de la extrema derecha de cartón piedra, que ve la crisis de la vivienda como un problema de oferta y de regulación, al margen de consideraciones moral, y que lleva años amasando su desconfianza por ambos bloques. Como se suele decir, el régimen liberalio aprieta pero no ahoga, y siempre ofrece una salida para el desasosiego democrático. Para ellos se presenta Democracia 21, el partido de Miriam González Durántez, una abogada vallisoletana y esposa del ex viceprimer ministro británico Nick Clegg, quien ha irrumpido en la campaña como un sospechoso ciclón mediático, inundando de un día para el otro las redes sociales con su característica chaqueta de tweed amarillo —algunos maledicentes dicen ver un naranja desteñido—, y que se presenta en sociedad como la opción de centro regeneracionista que va a “limpiar” el sistema, escuchar a las partes, superar la polarización y modernizar el Estado. Es el centro centrado que providencialmente promete apuntalar las vigas carcomidas del régimen del 78, ofreciendo una salida honorable y democrática para quienes no quieren elegir entre rojos y azules. Para ello, se ha rodeado de una cohorte de palmeros cuya trayectoria política en partidos como Ciudadanos, UPyD o el PSOE ilustra con nitidez el tipo de propuesta ante la que nos encontramos.
Análogamente, un paseo sucinto por el currículum de Miriam no permite excesivo lugar a la duda sobre lo que cabe esperar de esta señora. No estamos hablando de una outsider, sino de una sujeta bregada en esa zona gris de la colaboración público-privada. Pese a su medida equidistancia, hablamos de alguien que ha trabajado dentro de la maquinaria, en las entrañas de la bestia. En su paso de siete años por los gabinetes de los comisarios de Relaciones Exteriores de la Comisión Europea, Chris Patten y Benita Ferrero-Waldner, asumió responsabilidades específicas en Oriente Medio y el Proceso de Paz, en las relaciones con Estados Unidos y en las negociaciones comerciales de la Organización Mundial del Comercio. Años después, aprovechando sus conocimientos y sus contactos en las altas esferas de la burocracia comunitaria, pasó a ejercer la práctica privada en la firma DLA Piper y Dechert, en Londres, especializándose en asesorar a empresas en la optimización de sus intereses en el marasmo regulatorio europeo. Como vemos, esta señora no es una recién llegada al negocio de la política y desde luego no se le puede presuponer ingenuidad. Sin embargo, lo más siniestro de su perfil no es su marcada tendencia europeista, sino todo lo que atañe a su intensa relación con Marruecos, que como todo el mundo debería saber, es nuestro principal enemigo geopolítico y que recientemente nos ha declarado la guerra silenciosa usando a civiles y poniendo en entredicho nuestra soberanía territorial con la ayuda de sus amigos americanos e israelíes.
En 2012 el Mail on Sunday publicó que una parte sustancial de su trabajo, con tarifas que alcanzaban las 400 libras la hora y unos emolumentos anuales que rondaban el medio millón, procedía del grupo OCP, la empresa estatal marroquí que explota los fosfatos de Bou Craa en el Sáhara Occidental ocupado. Western Sahara Resource Watch (WSRW) documentó durante años el papel de los despachos contratados por OCP para elaborar dictámenes jurídicos que defendían la legalidad del comercio de fosfatos saharauis (argumentando beneficios para la “población local”). En febrero de 2016, WSRW solicitó a Dechert acceso a uno de esos dictámenes. La respuesta, si es que se puede denominar de ese modo, llegó firmada por la propia Miriam González desde el despacho. Según nos contaba, el asesoramiento a clientes estaba sujeto a confidencialidad profesional y, por tanto, no podía facilitar la información que se solicitaba, lo que no habla demasiado bien de su compromiso por la transparencia ni por supuesto de su compromiso patriótico. Los informes de la meliflua Miriam se han utilizado durante años por importadores y autoridades marroquíes para justificar el comercio de un recurso extraído de un territorio ocupado contra la voluntad del pueblo saharaui, en un contexto en el que el Tribunal de Justicia de la UE ha reiterado en múltiples ocasiones que el Sáhara Occidental no forma parte del territorio de Marruecos a efectos de los acuerdos bilaterales, lo que convierte a Miriam en complice de la criminal tiranía marroquí. Además, su consultora Altius Advisory tiene sede en Casablanca y el foco puesto en África.
Completando su perfil atlantista y globalista, además de haber formado parte de los consejos de Acciona y el banco suizo UBS Europe, Miriam es miembro del European Council on Foreign Relations, un think tank pretendidamente paneuropeo fundado en 2007 por Mark Leonard, con el apoyo inicial de las Open Society Foundations de George Soros, la Communitas Foundation, Sigrid Rausing, UniCredit y FRIDE, que opera como un instrumento de la élite atlantista y globalista para diluir la soberanía de los Estados europeos en favor de una política exterior comunitaria supranacional, alineada con los intereses de Washington y de las redes financieras transnacionales. Con oficinas en Berlín, Londres, Madrid, París, Roma, Varsovia, Sofía y Washington, y un consejo de cientos de personalidades políticas, académicas y empresariales, este think tank con aire de oficialidad promueve una “Europa más integrada” (menos soberana) que prioriza el multilateralismo, la transferencia de competencias al nivel europeo y el mantenimiento de la alianza transatlántica por encima de la autonomía estratégica real o de las prioridades nacionales de los Estados miembros. Su financiación —aproximadamente la mitad procedente de fundaciones, un tercio de gobiernos europeos y el resto de corporaciones e individuos— ha tenido históricamente a Open Society Foundations como uno de sus principales donantes (llegando a representar alrededor de un tercio de sus ingresos en años como 2017), junto a otras fundaciones como Stiftung Mercator, la sempiterna Bill & Melinda Gates Foundation, y como no podía ser de otra manera, el entramado de fundaciones de Rockefeller, siempre reforzando su función de vector de agendas progresistas-globalistas y atlantistas que erosionan el control soberano de las políticas exteriores estatales. Curiosamente —o quizás no tanto—la misma generosidad filantrópica que nutre a la red de organizaciones asociadas al podemismo o al socialismo español. Abundaré en ello en un artículo que publicaré próximamente.
La Cleggmania
La trayectoria de su marido, Nick Clegg, tampoco alienta al optimismo. Nick Clegg encarna el perfil clásico del globalista transnacional. Educado entre la élite británica y europea del Westminster School, Cambridge, y el College of Europe en Brujas, trabajó en la Comisión Europea como asesor de Leon Brittan, siendo elegido eurodiputado por los Liberal-Demócratas entre 1999 y 2004. Posteriormente saltó a la política británica entrando en el Parlamento por la circunscripción de Sheffield Hallam. Para 2007 ya lideraba a los Liberal-Demócratas, y tras una campaña mediática muy agresiva a su favor en 2010, pudo formar coalición con David Cameron como viceprimer ministro entre 2010 y 2015. La llamada Cleggmania —así fue como se llamó esta brutal campaña análoga a la que se está haciendo a su mujer en estos días—llevó a periodistas y comentaristas (especialmente en la prensa liberal) a tratarlo como un fenómeno rupturista y transformador casi de la noche a la mañana. Sin embargo, algunos analistas no alineados lo señalaron como un producto de la clase mediática londinense más que como un entusiasmo popular real. La Cleggmania generó toda suerte de productos de mercadotecnia con el slogan I agree with Nick (estoy de acuerdo con Nick), hashtags y una viralización similar a la que, poco después, se practicaríacon el 15M. Gracias a esta cobertura masiva, Nick Clegg consiguió alcanzar la vicepresidencia británica.
Tras perder su escaño, en 2018 Zuckerberg lo fichó como vicepresidente de Asuntos Globales y Comunicación de Facebook (luego Meta), precisamente después del descrédito derivado del escándalo Cambridge Analytica. En 2022 ascendió a presidente de Asuntos Globales. Su labor consistió en lavar la imagen de la compañía, impulsar el Oversight Board (un órgano de moderación “independiente” que externaliza decisiones polémicas). Uno de sus trabajos más controvertidos desde el punto de vista de la libertad de expresión fue su labor en el proceso de creación de la infame DSA (Digital Services Act o Ley de Servicios Digitales), defendiendo un marco que no ahogara a las plataformas mientras Meta se adaptaba a al nuevo ecosistema del complejo industrial de la censura. Es el caso paradigmático de puerta giratoria, por el que un político europeista pasa a formar parte del aparato de lobby de Silicon Valley para suavizar y engrasar su relación con la burocracia europea, mientras hace una fortuna gracias a la adquisición de paquetes de acciones. Hoy día, Clegg es socio general de Hiro Capital, un fondo de capital riesgo centrado en tecnologías de computación espacial, y forma parte del consejo de administración de Nscale, una empresa británica de centros de datos e infraestructura de IA a gran escala.
El gatopardismo y la captura de la abstención
A estas alturas, es muy probable que el lector haya alcanzado la convicción de que Democracia 21, pese a la machacona campaña bajo el slogan “lo arreglo”, no viene a arreglar nada, sino a ofrecer un redil nuevo para un rebaño que se estaba escapando. El manido discurso de regeneración, de lucha contra el clientelismo y de superación de la polarización mediante el voto, pretende convertir la desconfianza en nuevas vías de participación. Dificilmente podrá este nuevo centro centrado, este Ciudadanos 2.0, resolver ninguno de los problemas más acuciantes si atendemos a la trayectoria de su lideresa. Es improbable que quien ha trabajado para la banca internacional pueda aportar ideas a la crisis de la vivienda. Es ingenuo pensar que quien lleva una vida encadenando puertas giratorias pueda aportar gran cosa a eso que llaman transparencia. Sería del género tonto suponer que quien ha trabajado para favorecer los intereses de Marruecos o Israel pueda defender nuestra soberanía de los ataques que recibe. Podría seguir enumerando, pero todo se resume en el gatopardismo clásico: que todo se mueva muy rápido para que nada cambie.
Por tanto, el verdadero enemigo de este montaje no es la extrema derecha, ni los peligrosos socialcomunistas bilduetarras amigos de Hamás (nótese la ironía). El enemigo somos aquellos que promovemos la abstención soberanista, consciente y patriótica, la gente que hemos dejado de creer que el voto entre las opciones disponibles sirva para algo más que para legitimar el mismo entramado que se denuncia. Para luchar contra la abstención no hay argumentos que valgan, y por tanto, se ha de combatir fabricando un escenario en el que no votar parezca una suerte de deserción moral y de indolencia ante la emergencia nacional que nos venden unos y otros con sus diferentes variantes argumentales, y ofreciendo en el momento justo una alternativa que parezca distinta. Con este montaje, todos sus actores ganan algo, mientras los sufridos ciudadanos seguimos perdiendo tiempo, energía y espacio en el debate público: la Sexta recupera audiencia y relevancia., el Gobierno mantiene su relato de lucha contra las infames derechas extractivas, El PP se posiciona como el orden, y el centro centrado, tras unos años en barbecho, acoge al rebaño que se había desenganchado. Todo el mundo gana algo, salvo nosotros.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación. Es miembro fundador de Brownstone España, donde, además de publicar sus artículos, presenta semanalmente el podcast Debates intempestivos. Recientemente ha publicado El secuestro del pueblo judio (SND Editores).





Querido Carlos
Yo creía que los malos éramos los hombres no las mujeres. De tú excelente exposición, compruebo que estaba equivocado: ¡vaya pájara la tal Miriam!. Cuando hablamos de poder, parece que la distinción de sexos se diluye. Por lo demás y según https://www.epdata.es/, la mayor abstención en las elecciones generales españolas fue de aproximadamente el 35% (año 2023). Veremos este año