El miedo es quizá la primera ficción que aprendemos a interpretar. Una fantasía que, sin embargo, se siente real en el cuerpo y condiciona toda una vida. Desde pequeños nuestros padres —muchas veces sin darse cuenta— siembran esa semilla. Lo hacen con la intención de protegernos: “no subas ahí que te caerás”, “si no estudias fracasarás”, “si no obedeces te irá mal”. El problema es que los niños absorben no solo la advertencia, sino la emoción que la acompaña. Y esa emoción, el miedo, se instala como un guion invisible.
Lo paradójico es que el miedo rara vez protege; más bien paraliza, encierra y se transmite de generación en generación. Padres temerosos educan hijos temerosos, que luego repiten la cadena con sus propios hijos. La única manera de cortar esa herencia es cultivar la paz interior y la conciencia. Solo desde ahí podremos acompañar a los niños a crecer libres, con la valentía necesaria para ser ellos mismos.
Pero para lograrlo hay que desmontar una idea profundamente arraigada: los hijos no son propiedad de los padres. Khalil Gibran lo expresó con claridad: “Tus hijos no son tus hijos... vienen a través de ti, pero no de ti”. Los niños llegan con su propio destino, con su carácter, con su modo de ver el mundo. Pretender moldearlos a nuestra imagen es condenarlos al miedo, porque lo que subyace en todo intento de control es la desconfianza hacia la vida.
En muchas culturas, la infancia se asocia a la pureza y la verdad. El cristianismo recuerda que “hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los Cielos”. El zen habla de la “mente de principiante”: una mente limpia, receptiva, sin prejuicios. Sin embargo, nosotros nos empeñamos en acelerar a los niños hacia la mente adulta, astuta, ansiosa, llena de planes. Les robamos la inocencia y les entregamos la inquietud. Y lo hacemos convencidos de que así les preparamos para la vida.
La educación holística propone otro camino. Criar no es dirigir ni controlar, sino acompañar. Acompañar significa estar atentos a las emociones de los hijos, ofrecerles amor incondicional, respetar su individualidad y, al mismo tiempo, marcar límites afectivos claros. El respeto se convierte en una clave decisiva: respetar su ritmo, sus silencios, su juego, su necesidad de equivocarse. Cada vez que interrumpimos, gritamos, desvalorizamos o saturamos con actividades y pantallas, lo que cultivamos no es disciplina sino miedo.
El miedo se disfraza de tristeza, hiperactividad, agresividad, dependencia. El miedo hace que un niño se encoja antes de hablar, que tema equivocarse, que pierda la confianza en sí mismo. No podemos llamarlo educación cuando lo que enseñamos es a obedecer por miedo. Educar de verdad significa dar raíces y, sobre todo, alas.
Ser madre o padre es un viaje de autoconocimiento. Criamos desde nuestra historia, con nuestras heridas y temores. La responsabilidad pasa por revisar esas herencias para no proyectarlas en los hijos. Crear espacios de confianza, jugar juntos, compartir naturaleza, construir comunidad con otros padres y educadores, aprender con ellos, no solo exigirles.
El miedo seguirá apareciendo —porque es humano—, pero podemos enseñarle a los niños que no es un amo sino un visitante. Que no tiene por qué dirigir su vida. Si conseguimos eso, habremos cortado la cadena de generaciones y abierto un camino de libertad.
Quizá entonces podamos ver que el mayor regalo que damos a los hijos no es seguridad, sino confianza. No es moldearlos a nuestra imagen, sino permitirles ser lo que vinieron a ser: seres completos, llenos de luz, que no necesitan del miedo para aprender a vivir.
(Publicado originalmente en Última Hora y reproducido con permiso del autor)
Sobre el autor
Guillem Ferrer. Activista mallorquín. Fundador del movimiento Poc a Poc y de la fundación Educació per la Vida.



Querido Guillem. Estamos de acuerdo. El problema es que no todos están capacitados para ser padres.
Recuerdo a un reputado psiquiatra español ya fallecido, Carlos Castilla del Pino, reconoció que no fue un buen padre, Creo que alguno de sus hijos se suicidó.