¿Ha oído, usted, hablar alguna vez de la burbuja universitaria? Así como todos sabemos de la burbuja inmobiliaria, de las inflaciones y tejemanejes del ladrillo, y sabemos de las burbujas financieras y de otras muchas pompas enjabonadas de artería y fraude, la burbuja universitaria es uno de los recintos de corrupción más desconocidos y, por ello, todavía bien considerados por una buena parte de la ciudadanía. Este crédito del que goza la universidad, oculta las estafas que con toda naturalidad e indisimulado descaro se dan de forma impune en sus aulas y claustros.
Como no puedo hablar de «patio de Monipodio», sino de «campus de Monipodio», y semejante geografía no cabe en un artículo, me voy a centrar en un aspecto de la burbuja universitaria que, a mi entender, expresa con total claridad la indigencia intelectual que estercola muchas Áreas de Literatura de nuestras Facultades de Letras. Nos salimos, por tanto, de las totalidades (campus y patios) y nos inmundamos en las «letrinas de Monipodio» y, concretamente, en la alucinante experiencia que consiste en participar en un Congreso de Literatura. Conste que no está el daño en celebrar congresos, pues debe haberlos y son una excelente ocasión para conocer las aportaciones críticas de otros colegas, sino en algunas ponencias que, de un tiempo a esta parte, se presentan en estos foros. La tesis que aquí sostengo es que estas ponencias no tratan tanto de la literatura cuanto de la caradura de los profesores que sufrieron aquellos que las presentan.
En mi experiencia como coordinador de algunos simposios de literatura, he advertido que, a partir de los títulos de las ponencias que los alumnos y doctorandos mandan, exponen y publican en los congresos dedicados al Área de Literatura, es muy fácil determinar cuándo sus profesores dejaron de leer sin dejar de cobrar. Si un alumno presenta una ponencia titulada «La narrativa de David Uclés a la luz de las últimas teorías de los géneros: René Wellek, Austin Warren y Gérard Genette», tú sabes que el profesor que tuvo este alumno dejó de leer en los años ochenta. Quede muy claro que el fraude no está en la cronología: lo nuevo no es bueno por nuevo; lo nuevo solo puede ser bueno si está acompañado de lo fuerte. La novedad imbécil (entiéndase el término en su sentido etimológico) deja intacta a la vieja imbecilidad. Lo nuevo, si no es fuerte, no es bueno.
Lo importante aquí es entender la naturaleza del daño, no tanto el curso cuanto el núcleo del asunto: la nómina de profesores que dejó de leer, que no de cobrar, en cuanto logró una estabilidad económica (normalmente, vía funcionariado). Pienso en un personaje como Josep Ramoneda y en una ocasión muy concreta. El 12 de septiembre de 2018, este prestigioso humanista pronunció la praelectio académica de la Facultad de Letras de una universidad de provincias. En aquella lección, Ramoneda aseguró que, sin las Humanidades, los alumnos: «No sabrán que todo es falsable». A partir de aquí, advertimos que, en su día, Ramoneda debió de leer o estudiar la cuestión del falsacionismo que Karl Popper despliega en su Lógica de la investigación científica, que es de 1934, y que allí se quedó. Ramoneda no se ha preocupado de revisar aquella teoría sobre la verdad científica con nada de todo lo que ha venido después y que tritura y desborda aquel teoreticismo de Karl Popper. Han pasado 92 años. En esa misma praelectio, Ramoneda sostuvo que, sin las Humanidades, los alumnos: «No sabrán deshacerse del homo economicus en el que nos han convertido». En esta ocasión, Ramoneda critica, por la vía del utilitarismo, al tipo de consumidor que quiere disponer de todo con el mínimo esfuerzo, pero el caso es que el concepto homo economicus, que aparece por primera vez en el Manual de política económica de Vilfredo Pareto (1906), ha tenido distintos significados y no siempre peyorativos o críticos con el consumidor. ¿Qué sucederá si los alumnos que pueda tener Ramoneda no se procuran por sí mismos una formación competente? Pues que no es extraño que acaben escribiendo artículos que lleven por título algo así como: «Posibilidades de falsabilidad para el homo economicus del siglo XXI». Por este motivo, Jesús G. Maestro, en Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI, escribe que: «El éxito de la educación, de toda educación, universitaria y de otro tipo, es un autodidactismo encubierto»; en otras palabras, que si el alumno de un profesor que dejó de leer en los ochenta, por ejemplo, no se procura por su cuenta el conocimiento que su profesor ignora, no solo dispondrá de un conocimiento inútil (no por viejo, sino por débil), sino que ignorará los conocimientos que le serían útiles (no por nuevos, sino por fuertes). De ahí que Maestro, en esa misma obra, haga la siguiente advertencia: «Cuidado con la Universidad: es preferible ser un ignorante antes que convertirse en un necio titulado». A diferencia del ignorante (el que no sabe, pero sabe que no sabe), el necio es el ignorante que ignora que ignora, de ahí su peligrosidad. El ignorante es, por definición, prudente; en cambio, el necio titulado se dedica a publicar de forma cándida las pruebas del fraude, pues sus papers ponen de manifiesto la genealogía del engaño e incriminan a los responsables de esta devastación. Los papers son la prueba del delito, el testimonio de una víctima que ignora su condición. La diferencia entre sus profesores y él es que aquellos dejaron de leer pero nunca dejaron de cobrar, mientras que el necio titulado dejó de aprender cuando entró en la Facultad y nunca ha dejado de pagar.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).








A Dios gracias siempre nos quedará David Ucles, una luz para la nueva generación. Hay que dedicarle cuanto antes una estación de tren
Querido Ramon
Puedo entender y compartir básicamente lo que dices. No obstante, una cosa es la teoría y otra la práctica. Dicho de otro modo, hay grandes teóricos o si prefieres que leen mucho, pero son malos en la práctica que al final es lo importante. Lo de leer es muy relativo ya que la pregunta se antoja obvia: qué se entiende por leer. Conozco personas que no paran de leer novelas y no tienen muchas luces o no se enteran de la vida. Ocurre lo mismo con el tópico de viajar. En fin