Pongamos que la vida de los panaderos es muy dura, que les resulta muy difícil conciliar el trabajo con la familia, las amistades y las actividades de ocio que les gustaría realizar, y pongamos, también, que los de este gremio, hartos de la situación, decidiesen construir una crítica literaria panadera con el objeto de hacerles ver a los lectores que la literatura siempre ha albergado una condena de esta insoportable situación, pero que el Sistema artofóbico (odiador del pan) en que vivimos se ha esmerado en acallarla. Imagínese usted que los panaderocríticos entendiesen que quienes no ejercen la crítica panadera y los que se atreven a cuestionarla son enemigos de la panadería y cómplices de todo aquel que la ha ninguneado, e imagínese, también, que estos individuos concibiesen el mundo como una guerra agónica entre artofílicos y artofóbicos. Sepa usted, lector, que así es la crítica literaria anglopanadera que nuestras Incapacidades de Letras han asumido acríticamente.
Nosotros entendemos que esta forma bakery de entender el mundo y de cuartear e inflamar con odio los estudios de literatura es un grave error. Quede claro que nuestro rechazo de la crítica literaria panadera no disminuye un ápice nuestra sensibilidad respecto de las duras condiciones de vida de los panaderos y no niega en modo alguno nuestra devoción panarra. Les deseamos lo mejor a los panaderos y esperamos que la tecnología y la política, y los convenios y acuerdos laborales y fiscales les ayuden a resolver buena parte de los inconvenientes y penalidades que les impone su desempeño profesional. Nosotros compramos y comemos pan a diario y le rezamos a Iban Yarza y a Beatriz Echeverría y a todo el santoral de la masa madre. ¡Vivan los panaderos! ¡Gloria al pan! Pero esto no es óbice para sostener, de forma simultánea, que la posibilidad de una crítica literaria panadera nos parezca, como decíamos, un grave error de genealogía anglosférica contra el que siempre habremos de estar en contra, sin que de esto se siga ningún odio a los panaderos. ¡Qué manía con el odio! Cree el ladrón… Ayer, la fobia aludía tanto al odio como al miedo; hoy, le han quitado el miedo. Que no, que no odiamos al panadero, es simplemente que no estamos de acuerdo en la reducción de la complejidad de la literatura a cereal, levadura y agua.
Cuando el panaderocrítico nos suelta que «todo es panadería», tratamos de explicarle que no es verdad, que está incurriendo en un monismo axiomático de la sustancia (el error de los filósofos presocráticos, tanto de los que sostenían que había un principio básico —arjé— que lo explicaba todo —el agua de Tales, el fuego de Heráclito—, como de los que, como Anaximandro, entendían que ese principio era indefinido —apeiron—), un error de los siglos IV-VI a.C. que Platón, en El sofista, demolió de forma irreversible: «Si todo estuviese conectado con todo o si nada estuviese conectado con nada, el conocimiento sería imposible». No, no todo es panadería. Para distinguir y poder conocer la panadería debe haber cosas que no sean panadería, debe haber discontinuidad (por ejemplo: la Historia de la Literatura de la primera mitad del siglo XXI solo se podrá escribir a partir del 1 de enero de 2051, cuando sea posible advertir la discontinuidad entre el todo que conforma esa primera mitad de siglo y el todo en construcción que representa la segunda mitad). Tratas de explicárselo miga a miga, pero no pueden aceptarlo, tienen las entendederas de una tostadora, cualquier crítica les parece harina del costal de la fobia, son incapaces de trascender la trinchera gremial. En este contexto, la literatura se convierte en doctrina, en receta, en ideologema y deja de apelar a la razón para exigir, únicamente, adhesión.
Las Angloincapacidades de Letras se han comido nuestra tradición de estudios literarios y, de este modo, han angloincapacitado a las nuestras. Nos han quitado el pan nuestro de cada día y, al mismo tiempo, nos han convencido de que todo es pan. Antes éramos compañeros (del lat. cum-panis, los que comparte el pan), ahora somos enemigos comerciales: el pan del súper (del superego de Freud, del superhombre de Nietzsche o de los superhéroes de los Marvel Studios) contra el pan artesano hecho en el horno comunal, esta es la lucha.
En el curso de los últimos veinte años, hemos tenido que asistir a la abracadabrante panificación mercantil de las Matemáticas y la Historia, a la levadura de nuestra tradición de estudios literarios y a que una serie de materias, como la Biología o el Derecho, desaparezcan abducidas por el campo gravitatorio de unos voraces y tenebrosos alveolos negros. Y todo esto ha sucedido ante la inhibición cómplice de profesores y catedráticos de Matemáticas, Historia, Literatura, Biología y Derecho, individuos que estaban a salvo, sin riesgo, que solo tenían que ser un poco valientes, pero que nada hicieron. Les conminaron a que impartiesen clases de Derecho desde una perspectiva panarra y lo acataron con una cobardía transatlántica; les dijeron que ninguna literatura se había amasado bien y los catedráticos del Grupo Bingo (¿o era Bimbo?) doblaron la cerviz ante aquellas impugnaciones que enmendaban todo su trabajo anterior, todo el pan que habían elaborado, y soportaron la etiqueta artofóbica con una indignidad inversamente proporcional a su valentía; les explicaron a los nutricionistas y a los cocineros que todo alimento podía ser pan, y viceversa, y empezaron a aparecer bocatas de pan con pan y de pan sin pan y aquello se comió con una felicidad aureolar. Tras muchos esfuerzos y subvenciones, lograron cambiarle el nombre a la universidad, que, en un acto de justa reparación, pasó a llamarse «pandemonio», por aquello de las altas temperaturas y por las endiabladas tropelías que allí se perpetran. Al reducirlo todo a pan (monismo axiomático de la sustancia panadera), la policía panarra logró convertir la artofobia en panfobia y, de este modo, por obra de la homografía (pan), los artofóbicos pasaron, de odiar el pan, a odiarlo todo, es decir, se convirtieron en unos peligrosos misántropos –vulgarmente conocidos como fachas (el adjetivo-táser o kriptonita multiusos)– y se trabajó afanosamente para acallarlos de cualquier manera.
En su obra Fracasología, María Elvira Roca Barea explica el fenómeno de la transferencia de culpa en los siguientes términos:
El 99 % de los católicos, creyentes y no creyentes, es incapaz, incluyendo a los que tienen estudios superiores y doctorados (o sea, sus élites), de entender cómo funciona el mecanismo de transferencia de culpa que está en la base de toda la mentalidad protestante y muy especialmente de la puritana. Consiste en un estado perpetuo de juicio moral a los otros que, acusando a los demás, sobre todo a los católicos, de lo que ellos mismos han hecho y hacen, logra que sus propios pecados sean invisibles, incluso para ellos mismos. El mundo católico es intolerante. Luego ellos no lo son, porque no son católicos. El mundo católico es inquisitorial. Luego ellos no lo son porque no son católicos. Los españoles acabaron con los indios. Luego ellos no lo hicieron, porque no son españoles. La operación que está en marcha en California desde hace varios años es justo lo que acabamos de explicar: un gigantesco sistema de autoexculpación WASP. Y funciona. Y funciona porque es básico, primitivo y pre-racional. Es pensamiento mágico, dual, y actúa por semejanza o contraste.
Así hay que entender, también, el perverso mecanismo de la anglopanadería: ellos, que han arrasado con los panes de Norteamérica, Australia, Canadá, Sudáfrica, India, China y han destruido cuantos molinos y cultivos de cereal han encontrado a su paso, ahora se sirven de la literatura para repartir entre todas las Universidades del Occidente papanatas las culpas y las consecuencias de su imperialismo panicida. Y resulta que las Áreas de Literatura de nuestras universidades se han puesto a leer bien (según prescribe la corrección política) y, en una espeluznante anagnórisis, han descubierto que nuestra literatura y nuestra historia escondían un sinnúmero de supuestas atrocidades panicidas. Sepa, lector, que, por medio de esta caradurísima transferencia de culpa, la anglopanadería ha logrado que nuestras Facultades de Letras se vean a sí mismas tan culpables o más que la anglopanadería de haber sido secularmente enemigas del pan, aunque no lo hayan sido o no lo hayan sido en aquel grado y manera.
Cuando nuestras Facultades de Letras caen en el embuste, alimentan el fraude y se transfieren estúpidamente la culpa, se vuelven Incapacidades. Sucede que estas Incapacidades se han conducido a un estado inédito de degradación y desfachatez, pues son víctimas y, a la vez, cultoras del embuste. Víctimas, porque, como acabamos de decir, se lo han creído, pero, al mismo tiempo, se han convertido en unas grandísimas usuarias de la trasferencia de culpa. Su forma de cultivar este fraude consiste en identificar a todos los contrarios o reacios a la crítica panadera y hacer de ellos un pan de paja o pan de facha e incorporarle todas las maldades y abyecciones extremas y derechas que puedan imaginarse, de modo que, por obra y magia de la transferencia de culpa, ellos puedan aparecer recién duchados, ejemplares y virtuosos. Lo alucinante del caso es que el mismo estúpido silogismo que los anegó de crimen e inmundicia es el que ellos emplean para reivindicarse inmaculados y dignos. No importan las endogamias, delitos, prevaricaciones, abusos, fraudes y demás inmundas tropelías y delitos que se cometan en esos campus de Monipodio, pues la transferencia de culpa les blinda la higiene: si F es un malo malísimo y ellas se reivindican antagonistas de F, aunque se conviertan en unas instituciones despreciables e infames, jamás podrán ser ni malísimas ni malas, pues la transferencia de culpa se encarga de endilgarle el adjetivo y el superlativo al pan de facha (el burladero cantamañanas) que hornean a diario. ¡Ole tú! Lo descacharrante de estas Incapacidades neocátaras de pacotilla es que ellas se creen doblemente virtuosas (al ignorar la condición embustera del embuste anglopanadero y al reproducir aquel embuste con el espantajo del fascismo), cuando, en realidad, lo único que han conseguido, en ambos casos, es perder la poca credibilidad que les quedaba.
Parece ser que esta furia panpanista (la de los seguidores de la idea de que todo es pan) ha ido perdiendo fuerza y que muchos de los chavales que hoy entran en la universidad no están de acuerdo con que se reduzca la pluralidad del mundo a un solo elemento. Dicen que esto empieza a ser así, que el cuento ya no cuela, pero que el pandemonio todavía está muy enharinado, que hay Facultades que han sacudido sus entendederas, las han ventilado y las vuelven a tener medio funcionales, pero que hay otras —las de Letras, especialmente— que, como una suerte de Jean Valjean redivivo, se obstinan en seguir blandiendo sus razones panecillas contra el mundo injusto e indigno que, no obstante, les paga y les seguirá pagando catorce veces al año. Nuestros siervos de la crítica anglopanadera son los lacayos más paniaguados de nuestras Incapacidades de Letras y los cráneos más refractarios a llamarle pan al pan. Como aquel Clarín, el bufón de La vida es sueño que se presentaba como «un grande agradador de todos los Segismundos», esta recua de parásitos agradadores de la engañifa ignora que una buena parte de Los Miserables, cuando hablamos de fraude en la enseñanza de la literatura, son ellos.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).







Esto me recuerda a lo del vegetal de atún/vegetal de pollo. Tengo, además, la sensación de que las facultades de letras han perdido peso y se han quedado como una especie de fósil folclórico del sistema universitario, ya de por sí bastante tocado del ala y útil para poco más que para emitir informes a medida de intereses particulares y cosas parecidas. Personalmente creo todavía en la humanidad y en que el descontento pueda organizarse de una forma liberadora. Puestos a pensar en el futuro, no tengo muchos más objetivos de confianza que merezcan la pena.