Los lectores idealistas consideran a Zweig como un intelectual antiimperialista cuando, en realidad, fue tan imperialista como Hitler y defendió, como este, una Europa unida y dirigida por Alemania
Gracias por compartir estas reflexiones, Ramón. Leyéndote me preguntaba si conoces un cuento de Zweig titulado Los ojos del hermano eterno.
Es muy distinto a su obra y plantea una visión pacifista del mundo sumamente necesaria hoy en día, equiparable a lo que Weil ensaya en La persona y lo sagrado, el realismo de las leyes necesita enraizarse en una ecuanimidad sagrada. Puede que sea idealista pensar que la justicia es más importante que el derecho pero, qué nos queda si no?
“Fue entonces cuando recibí el impulso definitivo: ¡era preciso luchar contra la guerra!”.
“Así pues, por mis tendencias, queda creada una valla opuesta a toda idea de delimitación”.
La guerra a la guerra o la valla a la valla son las ideas bienintencionadas de una buena persona, de alguien que no quiere la guerra, ni la prohibición, ni la frontera. Y todos los neocátaros coinciden con Zweig en que esto debería ser así. Muy bien, muy bien. Pero que digan cómo. Si tú [utilizo el 'tú' en sentido impersonal] vas por la vida denostando la guerra, la enfermedad, los accidentes de trenes, los engaños, los retrasos del bus, la pérdida de las llaves, la lluvia, etc., pues muy bien, quedas muy bien y todo el mundo sabe que eres muy buena persona y tú, entonces, al verte tan estimado por los demás, acentúas tu impudorosa ostentación de la virtud y acabas quejándote de las agresiones de los mosquitos y de toda inconveniencia, y sucede que, entonces, por contraste, los que no estamos en estas pamplinas o las criticamos pasamos a ser, inmediatamente, unos perversos violentos.
La diferencia no está en que tú quieres lo bueno y el bien y yo no. No, no va por ahí. La diferencia es que (1) tú pasas por completo de la realidad de las cosas y no dices cómo vas a conseguir ese bien del que tanto hablas o (2) te figuras la consecución de ese bien por medio de una serie de medidas bochornosamente idealistas y prepúberes. El materialista, en cambio, no es que no quiera esos mismos bienes, porque puede aspirar, perfectamente, a los mismo; la diferencia está en que este es consciente de la realidad de las cosas y de los obstáculos y adversidades con los que va a tener que lidiar. El materialista no es un rendido, un conformista, un idiota (en sentido etimológico), sino alguien que no puede dejar de observar lo que hay.
Zweig fue un idealista de tomo y lomo y, como he escrito en 'Razones Fuertes', libro que, humildemente, aconsejo que lea todo aquel que tenga interés en saber de lo que escribo (porque, si no, no hay forma de entendernos), ese fue su gran error:
“Súmese a todo lo anterior que el idealismo siempre te lleva a hacerte daño a ti mismo o a hacérselo a los demás. No te gusta la realidad, la tuya propia o la que te trasciende, y entonces, en lugar de tratar de cambiarla a partir de lo que hay y con una conciencia clara de tus fuerzas y de las resistencias que vas a encontrar, niegas el orden operatorio de esa realidad y lo sustituyes por las figuraciones de tu conciencia. Esta inadecuación, como no puede ser de otro modo, hace que te des de bruces con esa realidad que niegas y, entonces, resulta que tu idealismo solo te ofrece dos posibilidades: o resuelves la inadecuación (entre aquello que te figuras y lo que realmente se da) causándote daño a ti mismo (el límite es el suicidio) o causándoselo a los demás (el límite es la guerra). Puro nihilismo”.
Y así acabó Zweig.
Respecto a lo de la guerra, ahí tiene usted el Discurso de la Edad de Oro (“la justicia se estaba en sus propios términos”, una tautología) y el de las Armas y las Letras (“responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas”), del 'Quijote'. Yo he tratado esta cuestión en 'Entender el Quijote y disfrutarlo'. Cervantes deja muy clara este asunto.
Su adorada Alemania le defraudó. Y acabó suicidándose. No lo pudo soportar
Catalunya tindrà un millor destí de la mà d'Alemanya que dins la mediocritat d'Espanya.
Gracias por compartir estas reflexiones, Ramón. Leyéndote me preguntaba si conoces un cuento de Zweig titulado Los ojos del hermano eterno.
Es muy distinto a su obra y plantea una visión pacifista del mundo sumamente necesaria hoy en día, equiparable a lo que Weil ensaya en La persona y lo sagrado, el realismo de las leyes necesita enraizarse en una ecuanimidad sagrada. Puede que sea idealista pensar que la justicia es más importante que el derecho pero, qué nos queda si no?
Zweig estuvo siempre en el irenismo más extremo:
“Fue entonces cuando recibí el impulso definitivo: ¡era preciso luchar contra la guerra!”.
“Así pues, por mis tendencias, queda creada una valla opuesta a toda idea de delimitación”.
La guerra a la guerra o la valla a la valla son las ideas bienintencionadas de una buena persona, de alguien que no quiere la guerra, ni la prohibición, ni la frontera. Y todos los neocátaros coinciden con Zweig en que esto debería ser así. Muy bien, muy bien. Pero que digan cómo. Si tú [utilizo el 'tú' en sentido impersonal] vas por la vida denostando la guerra, la enfermedad, los accidentes de trenes, los engaños, los retrasos del bus, la pérdida de las llaves, la lluvia, etc., pues muy bien, quedas muy bien y todo el mundo sabe que eres muy buena persona y tú, entonces, al verte tan estimado por los demás, acentúas tu impudorosa ostentación de la virtud y acabas quejándote de las agresiones de los mosquitos y de toda inconveniencia, y sucede que, entonces, por contraste, los que no estamos en estas pamplinas o las criticamos pasamos a ser, inmediatamente, unos perversos violentos.
La diferencia no está en que tú quieres lo bueno y el bien y yo no. No, no va por ahí. La diferencia es que (1) tú pasas por completo de la realidad de las cosas y no dices cómo vas a conseguir ese bien del que tanto hablas o (2) te figuras la consecución de ese bien por medio de una serie de medidas bochornosamente idealistas y prepúberes. El materialista, en cambio, no es que no quiera esos mismos bienes, porque puede aspirar, perfectamente, a los mismo; la diferencia está en que este es consciente de la realidad de las cosas y de los obstáculos y adversidades con los que va a tener que lidiar. El materialista no es un rendido, un conformista, un idiota (en sentido etimológico), sino alguien que no puede dejar de observar lo que hay.
Zweig fue un idealista de tomo y lomo y, como he escrito en 'Razones Fuertes', libro que, humildemente, aconsejo que lea todo aquel que tenga interés en saber de lo que escribo (porque, si no, no hay forma de entendernos), ese fue su gran error:
“Súmese a todo lo anterior que el idealismo siempre te lleva a hacerte daño a ti mismo o a hacérselo a los demás. No te gusta la realidad, la tuya propia o la que te trasciende, y entonces, en lugar de tratar de cambiarla a partir de lo que hay y con una conciencia clara de tus fuerzas y de las resistencias que vas a encontrar, niegas el orden operatorio de esa realidad y lo sustituyes por las figuraciones de tu conciencia. Esta inadecuación, como no puede ser de otro modo, hace que te des de bruces con esa realidad que niegas y, entonces, resulta que tu idealismo solo te ofrece dos posibilidades: o resuelves la inadecuación (entre aquello que te figuras y lo que realmente se da) causándote daño a ti mismo (el límite es el suicidio) o causándoselo a los demás (el límite es la guerra). Puro nihilismo”.
Y así acabó Zweig.
Respecto a lo de la guerra, ahí tiene usted el Discurso de la Edad de Oro (“la justicia se estaba en sus propios términos”, una tautología) y el de las Armas y las Letras (“responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas”), del 'Quijote'. Yo he tratado esta cuestión en 'Entender el Quijote y disfrutarlo'. Cervantes deja muy clara este asunto.
Admiro Stefan Zweig per moltes obres llegides, però potser la q més em va impactar, El món d’ahir.