En nuestras sesiones de clase siempre hemos defendido la idea de que:
«Para enseñar literatura de forma no fraudulenta, deberíamos acompañar todo cuanto vayamos a decir de una obra literaria con los pasajes concretos de aquella obra que fundamentan aquello que de ella decimos […] Lo que vayas a decir tiene que partir de lo escrito y esa fuente tiene que estar presente. Que este sea el criterio, la norma insoslayable: si no eres capaz de mostrar de dónde proviene lo que dices, no lo digas. En suma, o das los pasajes o te callas».
Ateniéndonos en todo momento a esta divisa, vamos a examinar el imperialismo literario-político de Stefan Zweig, concretamente, el delirio supremacista pangermánico que encierran las tres obras que conforman Los constructores del mundo, su proyecto de literatura comparada.
El alucinante caso de Stefan Zweig, el imperialista que encandila a los antiimperialistas
Zweig es un escritor que goza de una excelente reputación, cuando, en realidad, su caso es un ejemplo canónico de lo perjudicial que resulta el idealismo, en general, y, en concreto, el de los literatos. Sucede, no obstante, que los idealistas leen como lo que son, de modo que, ante el caso del papanatismo de Zweig, el lector papanatas, confunde gilipollez con genialidad y, de ahí, su devoción por este grandísimo imbécil que pasa por ser una lumbrera refulgentísima de perspicacia lectora y virtud humanistoide. Lo alucinante del caso es que los lectores idealistas consideran a Zweig como un intelectual antiimperialista cuando, en realidad, Zweig fue tan imperialista como Hitler (este, por las armas; aquel, por las necias).
Si usted, lector, no nos cree, lea y atienda a lo que Zweig sostiene en esta supuesta tríada de celebraciones literarias que conforman el proyecto de Los constructores del mundo:
Tres maestros (Balzac, Dickens, Dostoievski)
La lucha contra el demonio (Hölderlin, Kleist, Nietzsche)
Tres poetas de sus vidas. Casanova, Stendhal, Tolstoi
Si usted lee la serie de Los constructores del mundo…
Debería advertir que, junto con la entrañable librolatría que allí se despliega, se está reivindicando la idea de una Europa unida y dirigida por Alemania: esto es lo que Zweig defiende en su literatura comparada. Lo tremendamente significativo y escarnecedor de este caso, es que llegó Hitler e hizo realidad el sueño fraterno y supranacional de Zweig, pero no lo hizo con versos y partituras, sino con ejércitos y campos de exterminio.
La cuestión, aquí, es que el impulso que animó los dos proyectos, el de Zweig y el de Hitler, parte del mismo punto: el idealismo alemán, el curso que nos lleva desde San Agustín hasta Lutero y, pasando por el padre Kant y su discipulado (Fichte, Hegel y Nietzsche), llega a Hitler y Zweig. Por eso, Zweig se nos antoja el intelectual más alelado y equivocado que ha dado occidente. Zweig soñaba con una Europa unida por la fraternidad, la cultura y el espíritu y capitaneada por Alemania, y resulta que llegó Hitler y construyó una unión europea genocida, nacionalista, racista, patológicamente idealista, fanática y a por uvas (es decir, kantiana) y capitaneada —en una suerte de broma macabra— por el III Reich. En definitiva, que Hitler logró por las malas malas lo que Zweig pretendía por las buenas buenas.
Claves para comprender el sentido de Los constructores del mundo
Detrás de la retórica irenista y fraterna que alienta su proyecto comparatista, (objetivada, entre otras, en las ideas de supranacionalismo espiritual, teocracia de la belleza y ciencia del espíritu), Zweig despliega un ataque a las literaturas de las naciones enemigas de Alemania (Francia, Rusia e Inglaterra, a las que hay que sumar a Italia, como crítica a lo meridional) en las figuras de algunos de sus más reputados autores literarios (Balzac, Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Dickens y Casanova). La desatención de Zweig a la literatura española dice lo que Zweig sabía de literatura.
Entre los tres volúmenes de Los constructores del mundo no se da ninguna convivencia armónica, sino una rigurosa confrontación, una guerra de la que –así lo quiere Zweig– los autores alemanes (Hölderlin, Kleist, Nietzsche y Goethe) siempre salen victoriosos. Bajo la apariencia de la celebración de lo literario por encima de todo signo nacional, en Los constructores del mundo se desarrolla un comparatismo muy severo y decididamente político cuya principal conclusión es que el pangermanismo cultural ha de ser la referencia que ha de conducirnos al supranacionalismo espiritual, el eufemismo tras el que se esconde el imperialismo alemán que habría de surgir tras la sombra nazi y que Zweig no se atreve a defender in recto.
En suma, que Zweig propuso una unión europea liderada por la nación del espíritu, que no era otra que Alemania, pero este proyecto jipi-aureolar se dio de bruces con la impertinente realidad del III Reich. Como ya hemos señalado, lo que Zweig quería lograr con sus pamplinas culturetas y librólatras, Hitler lo consiguió de la otra manera.
En este punto, acudimos a Joseph Roth:
«La no violencia de Mahatma Gandhi me resulta tan cargante como odiosa la violencia de Hitler. Las dos son inhumanas»,
y nos permitimos sustituir a Gandhi por Zweig para concluir que, en términos de retórica idealista (¡no en la praxis política!), la logorrea nacionalista de Hitler es tan cargante, odiosa e inhumana como el irenismo prepuberal de Zweig. Y esto es así porque Zweig y Hitler comparten pupitre en el desquiciado seminario de las ilusiones alemanas.
El engaño de Zweig explicado a los rendidos devotos de Zweig
Esto que sigue es fundamental. Zweig afirma que:
«Mi intención no ha sido interpretar tales diferencias [entre, por un lado, Hölderlin, Kleist, Nietzsche y Goethe, y, por otro, Balzac, Stendhal, Dostoievski, Tolstoi, Dickens y Casanova] formulando juicios de valor o subrayar los elementos nacionales de un artista con simpatía o aversión».
Esto es lo que Zweig afirma, pero otra cosa muy distinta es lo que realmente hace:
«Dostoievski es inferior a Nietzsche en lo que se refiere a la veracidad».
«[De Stendhal dirá que] toda su obra psicológica […] es un popurrí de fragmentos, sentencias y anécdotas».
«Los caracteres de Balzac (y también los de Victor Hugo, Scott y Dickens) son todos primitivos, homogéneos y consecuentes».
«Los héroes de Balzac y de toda la novelística francesa son o más fuertes o más débiles que la resistencia de la sociedad. Triunfan sobre la vida o caen bajo sus ruedas […] El héroe de la novela alemana (pensemos, por ejemplo, en Wilhelm Meister o en Enrique el Verde) ya no está tan seguro de su dirección fundamental. Alberga muchas voces, está psicológicamente diferenciado, es anímicamente polífono».
«La tradición inglesa es la más fuerte, la más victoriosa del mundo, pero también resulta la más peligrosa para el arte. La más dañina, porque es alevosa […] no armoniza con el impulso artístico libre».
«Y apenas comprendemos a estos hombres de Dostoievski, no nos damos cuenta de que son rusos, hijos de un pueblo que, viniendo de una inconsciencia bárbara milenaria, cayó en medio de nuestra cultura europea».
Y uno tiene que ser muy burro o muy fanático para no advertir la diferencia entre el propósito de no establecer «juicios de valor o subrayar los elementos nacionales de un artista con simpatía o aversión» y el hecho de afirmar que «Dostoievski es inferior a Nietzsche en lo que se refiere a la veracidad».
Y aquí caben muy pocas posibilidades:
Que uno defienda a Zweig sin haberlo leído, que es lo más normal.
Que uno esté tan rendidamente condicionado por todo tipo de anteojeras ideológico-idealistas, que ya no sea capaz de entender lo que lee. Los letraheridos culturetas, humanistísimos y fraterno-irenistas leen como lo que son y, en consecuencia, les sucede que no entienden lo que leen, ni falta que les hace, porque, con lo que creen que leen, les basta.
En su comparatismo germanocéntrico, el cínico Zweig dice que su intención «no ha sido interpretar tales diferencias formulando juicios de valor o subrayar los elementos nacionales de un artista con simpatía o aversión», para, acto seguido, por la vía de subrayar la inferioridad espiritual de las literaturas no alemanas, defender el valor superior del pangermanismo para liderar Europa o, como él dice, para construir el mundo.
Sucede, no obstante, que sus lectores papanatas, ideologizados hasta el tuétano, cursis a chorrillo, culturetillas de noria, se licuan de admiración cada vez que escuchan hablar de él, del ínclito Zweig, uno de los mayores imbéciles que ha parido la Europa sublime, y les trae al pairo si el tipo les engaña con sus eruditeces y retoricadas para colarles de matute un IV Reich atiborrado de poemas alemanes que enaltecen el espíritu alemán. Les da, francamente, igual.
El engaño se hace con balcones a la calle, pero la calle está llena de miopías idealistas.
Veamos cómo Zweig destruye a Dickens-Inglaterra
Para Zweig, Dickens es un grandísimo novelista pero en Dickens están contenidos los límites de Inglaterra:
«Su novela se identifica totalmente con los gustos de la Inglaterra de entonces, su obra es la materialización de la tradición inglesa: Dickens es el humor, la observancia, la moral, la estática, el contenido intelectual y artístico, el sentimiento de vida –que a menudo nos resulta extraño y nos despierta nostalgia y simpatía– de los sesenta millones de personas más allá del canal de la Mancha».
Zweig está señalando la insularidad de los contenidos intelectuales y artísticos ingleses, la insularidad de un «sentimiento de vida» que, por ser genuinamente inglés, no es propio de Europa (de la cultura alemana, cabe entender) y que Zweig observa, además, con una indisimulada condescendencia («nos despierta nostalgia y simpatía»). Y todo así, este es su comparatismo. Fíjese, lector, en los siguientes pasajes:
«No es él quien ha escrito esta obra, sino la tradición inglesa, la más fuerte, rica y peculiar y por eso también la más peligrosa de las culturas modernas».
«Cualquier inglés es más inglés que un alemán alemán [cualquier inglés tiene de inglés mucho más que lo que un alemán pueda tener de alemán]».
«Lo inglés no es como un barniz […] sino que penetra en la sangre, actúa en ella regulando su ritmo y palpita en lo más íntimo y secreto, en lo más personal del individuo: en lo artístico. También como artista, el inglés debe más a la raza que el alemán o el francés».
Tradición peligrosa, una suerte de excesivo idiotismo (la gran inglesidad de los ingleses) y el predominio de la raza sobre lo más personal del individuo. Si esto no es aversión…
Otra estrategia que sigue Zweig en su comparatismo oblicuamente imperialista consiste en servirse de las figuras de Balzac y Dostoievski para construir su crítica a Dickens:
«Los héroes de Balzac son ambiciosos y dominantes, arden en deseos vehementes de poder […] También los héroes de Dostoievski son fogosos y arrebatados, su voluntad rechaza el mundo y con una soberbia insatisfacción pasan por encima de la vida real para asir la verdadera [...] Los personajes de Dickens, por el contrario, son comedidos. Dios mío, ¿qué quieren? Cien libras al año, una buena esposa […] Su ideal es provinciano, pequeñoburgués: es con lo que nos encontraremos en Dickens […] Los ideales del mundo de Dickens se han contagiado de la palidez del mundo en que vive».
Llega un punto en que Zweig pierde todo comedimiento y acude, sin tapujos, a la motosierra:
«La mentira inglesa cercena la sensualidad del hombre y esclaviza al adulto; los niños, en cambio, viven todavía paradisíacamente y despliegan todos sus sentidos sin traba alguna; no son ingleses todavía, sino sólo diáfanas florecitas humanas; su mundo de colores no se ve ensombrecido por el nebuloso humo inglés de la hipocresía».
Esto es lo que Zweig hace con Dickens e Inglaterra: fulminarlos.
Zweig había dicho que no iba a establecer «juicios de valor», pero un lector no imbécil entenderá que lo que Zweig acaba de hacer con Dickens es todo lo contrario. Un lector no perturbado advertirá que Zweig ha establecido un juicio demoledor de la competencia literaria de Dickens-Inglaterra y que de este juicio se sigue la incapacidad de Inglaterra para ostentar el liderazgo espiritual de Europa.
Zweig se ha servido de Francia y de Rusia para derrotar a Inglaterra. ¿Qué tiene que lograr ahora? Derrotar a Francia y a Rusia, porque Inglaterra ya no cuenta.
Así destruye Zweig a Balzac-Francia
En el siguiente pasaje, Zweig se carga a Balzac y, de paso, a Francia:
«Coloquemos a sus héroes ante otro cuadro para comprender mejor su maravillosa singularidad. Comparémoslos. Si recordamos a un héroe de Balzac como típico de la novela francesa, de modo inconsciente nos representaremos una imagen de lo rectilíneo, de lo cerrado e internamente acabado. Un concepto claro y sujeto a leyes como una figura geométrica. Todos los personajes de Balzac están hechos de una misma sustancia que la química del alma puede examinar con toda exactitud […] Exagerando el sentido, uno se siente tentado de llamarlos autómatas por la precisión con que reaccionan a cualquier estímulo vital, y en realidad son como máquinas en su despliegue de fuerzas, y en su resistencia, factores que un técnico podría calcular. Quien esté un poco familiarizado con Balzac puede prever la respuesta de un personaje a determinados hechos, igual que se calcula la parábola de una pieza lanzada por su peso y la fuerza de lanzamiento […] Los caracteres de Balzac (y también los de Victor Hugo, Scott y Dickens) son todos primitivos, homogéneos y consecuentes. Son unidades y, por lo tanto, mesurables en la balanza de la moral. En cada uno de sus cosmos sólo el azar al que se enfrentan es polícromo y multiforme. En estos novelistas épicos la vida es abigarrada, el hombre es la unidad y la novela como tal es la lucha por el poder frente a las fuerzas terrenales. Los héroes de Balzac y de toda la novelística francesa son o más fuertes o más débiles que la resistencia de la sociedad. Triunfan sobre la vida o caen bajo sus ruedas […] El héroe de la novela alemana (pensemos, por ejemplo, en Wilhelm Meister o en Enrique el Verde) ya no está tan seguro de su dirección fundamental. Alberga muchas voces, está psicológicamente diferenciado, es anímicamente polífono. El bien y el mal, la fuerza y la debilidad, se mezclan de manera confusa en su alma: su origen es confusión, y la niebla del amanecer enturbia su límpida mirada. Siente que nacen fuerzas en su interior, pero todavía dispersas, todavía en conflicto; carece de armonía, pero lo anima el anhelo de unidad. El genio alemán aspira siempre al orden en último término. Y todas las novelas educativas alemanas no desarrollan otra cosa en sus héroes que la personalidad. Haciendo acopio de sus fuerzas, el hombre se eleva al ideal alemán, se hace apto, “el carácter se forma en la corriente del mundo”, en palabras de Goethe […] La vida se concilia con el ideal; las fuerzas ahora ordenadas ya no se derrochan caóticamente, sino que se ahorran para alcanzar la meta suprema. Los héroes de Goethe y de todos los alemanes se realizan en su forma suprema, se vuelven activos y capaces: aprenden de las experiencias de la vida. Los héroes de Dostoievski, en cambio, no buscan ni encuentran relación alguna con la vida real: ésta es su singularidad. No quieren en absoluto entrar en la realidad sino pasar por encima de ella desde el principio para llegar al infinito. Su destino no tiene una existencia exterior, sino sólo interior. Su reino no es de este mundo […] No quieren aprender ni vencer la vida; por decirlo así, aspiran a sentirla en sus carnes desnudas y como éxtasis de la naturaleza».
Este pasaje es de capital importancia porque aquí Zweig no esconde lo que pretende. El resumen es el siguiente: los héroes de Balzac (y los de Dickens y los de la novelística francesa) son autómatas, simplistas y primitivos; los de Dostoievski son unos retraídos que no saben vincularse a la vida real, pues su reino no es de este mundo; en cambio, el héroe de la novela alemana, que Zweig no singulariza en ningún personaje (el Wilhelm Meister o el Enrique el Verde se citan como tipos), es distinto: (1) su psicología es compleja; (2) su alma, polífona, (3) se desplaza de la confusión a la claridad y (4) busca la armonía, porque (5) «el genio alemán aspira siempre al orden en último término», por eso (6) el protagonista se eleva al ideal alemán, que es la virtud y (6) los héroes de Goethe y los de todos los poetas alemanes se logran y realizan en su forma suprema, acaban siempre siendo activos y capaces y aprenden de las experiencias de la vida.
Solo un imbécil severo puede leer lo anterior y concluir que Zweig está haciendo un canto a la literatura y una celebración de la comunión entre culturas. Zweig está explotando el sentido buldócer del comparatismo literario y, en consecuencia, debe proseguir con su demolición de Balzac:
«[Zweig dirá de Napoleón que] sus manos ávidas de poder abarcan media Europa, mientras sus ambiciosos sueños se extienden con alas de águila sobre el mundo entero».
«Los héroes de Balzac son ambiciosos y dominantes, arden en deseos vehementes de poder. Nada les basta, son todos insaciables, todos son a la vez conquistadores del mundo, revolucionarios, anarquistas y tiranos».
Por tanto, según la teocracia de la belleza que defiende nuestro autor, la miseria moral de este mundo (codicioso, dominante, insaciable, conquistador, revolucionario, tirano y anarquista), trasunto de la avidez y la ambición de su emperador, no puede alentar nada espiritualmente egregio; además, el espíritu, en Balzac, se sintetiza en el «ser social»:
«Y dibujar esa impronta de lo orgánico en lo inorgánico y las huellas de lo vivido en lo intelectivo, las acumulaciones de patrimonio espiritual momentáneo en el ser social, los productos de toda una época, era para Balzac la misión suprema del artista».
Si el «patrimonio espiritual» es «momentáneo», ¿qué van a poder hacer los franceses frente a los grandes poetas alemanes del espíritu? Pues nada. Esta es la cuestión. El «ser social» es la tumba de las posibilidades de Francia para liderar espiritualmente Europa.
Ahora es el momento de destruir a Dostoievski y a Rusia.
Zweig, sin contemplaciones, contra Dostoievski-Rusia
Zweig identifica al héroe de Dostoievski con el pueblo ruso (así es el héroe, así el país), de modo que, si el héroe no sabe regirse, el país tampoco.
«Y apenas comprendemos a estos hombres de Dostoievski, no nos damos cuenta de que son rusos, hijos de un pueblo que, viniendo de una inconsciencia bárbara milenaria, cayó en medio de nuestra cultura europea. Arrancados de la vieja cultura patriarcal, no familiarizados todavía con la nueva, están en medio, en una encrucijada, y la inseguridad del individuo es la de todo un pueblo. Los europeos vivimos en nuestra vieja tradición como en una casa cálida y acogedora. El ruso del siglo XIX, el de la época de Dostoievski, ha quemado tras de sí la cabaña de madera de la prehistoria bárbara sin haber construido todavía su casa nueva. Todos son desarraigados, sin condición fija. Todavía tienen en los puños la fuerza de la juventud, la fuerza de los bárbaros, pero su instinto se halla desconcertado por mil problemas: las manos llenas de fuerza no saben por dónde empezar. Lo agarran todo y nunca tienen bastante. Aquí sentimos la tragedia de todos los personajes de Dostoievski, todos los dilemas y todos los obstáculos que emanan del destino de todo un pueblo».
¿Puede alguien que esté en su seso interpretar este pasaje como una celebración de la literatura? ¿Habrá algún lector que pueda no ver aversión en esta trituración?
En definitiva, que los rusos vienen «de una inconsciencia bárbara milenaria», no forman parte de Europa, sino que han caído en ella y no están familiarizados con las tradiciones europeas. Son, además, un pueblo inseguro que ha quemado sus chozas y todavía no tiene casas y son desarraigados y salvajes. Y porque son excesivos «los dilemas y todos los obstáculos que emanan del destino de todo un pueblo», semejante precariedad hace que Rusia sea incompatible con las exigencias espirituales que debe cumplir la nación encargada de liderar la futura unión europea.
La simpática no-simpatía de Zweig por el espíritu alemán
Le ahorramos, lector, los numerosos pasajes que podríamos aducir para ilustrar este proceder de Zweig y le ahorramos, también, todos los que van en sentido contrario, es decir, los que muestran su abierta y militante simpatía por los poetas del espíritu, por los poetas alemanes. Le ofrecemos, no obstante, una pequeña muestra de estos últimos para que pueda, usted, hacerse una idea de lo simpática que resulta la supuesta no-simpatíade Zweig por los poetas alemanes:
«[Nietzsche] Nunca un espíritu estuvo tan bien constituido para actuar de barómetro del alma; nunca el estudio de los valores poseyó un aparato de precisión tan exacto, tan sublime, como Nietzsche».
«[Kleist] logra, cuando ya nada espera, aquello que le fue negado a su ansia fogosa y pasional. Sólo en esa hora en que ya nada espera, el destino le concede lo que antes le negó: la perfección».
«[Hölderlin] Empédocles se alza aquí, entre nosotros, como un templo de mármol de columnas sonoras, aparentemente incompleto, un torso nada más, pero perfecto».
«[Goethe] El viejo maestro compone una de las estrofas más perfectas que jamás se hayan creado en la lengua alemana o en cualquier otra lengua acerca del sentimiento de la entrega y el amor».
«[Hofmannsthal] Este espíritu superior nunca pudo ver más que desde las alturas, ni moverse más que en los grados supremos. El mundo superior, inasible para todos nosotros, era la esfera verdadera y lógica de su alma».
Los subrayados en negrita de la perfección y el espíritu superior son nuestros.
Si usted, lector, tiene interés en leer más sobre este asunto, le remitimos al libro que en 2019 dedicamos a examinar todas estas cuestiones: Stefan Zweig, ¿cavernícola o imperialista? Análisis del proyecto comparatista de Zweig a partir de los postulados de la Crítica de la razón literaria.
¿Caverna o imperio? o ¿Cómo entender el caso de Zweig?
Si todas sus necedades van en serio, si Zweig se cree lo del supranacionalismo del espíritu y la teocracia de la belleza y la ciencia del espíritu y el saco de estupideces que dice de los autores que trata en Los constructores del mundo, nuestra conclusión es que el conjunto de estas alucinaciones y paparruchas da lugar a un corpus de filosofía oracular. De ahí que, en el libro al que nos hemos referido, lo tildásemos de cavernícola (por la vía de lo oracular, Zweig se instala en la caverna de Platón).
Pero, si todo esto no son metafísicas de baratillo, sino que, detrás de estas apariencias, se está planteando, en serio, la idea de un imperialismo pangermánico que ha de liderar el proyecto de una unión europea, entonces el escritor humanistísimo y fraternalísimo y ecuanimisísimo y toda la ristra de virtudes egocaraduras que lo adornan publicitariamente no son más que un grandísima mascarada.
O un cándido, nesciente, hiperestésico, retórico, metafísico, a por uvas y contradictorio autor de semblanzas flipadas: opción que no nos convence.
O un cínico comparatista políticamente comprometido con la idea de un futuro imperialismo alemán que ha de tomar como referencias a las figuras de la literatura alemana que el proyecto de Los constructores del mundo defiende de forma militante: opción que a nosotros más nos convence.
Zweig y el Mito de la Cultura
El espíritu no pudo liderar Europa, pero hoy la editorial Acantilado vende las obras de Zweig a porrillo, pues son muchos los lectores letraheridos que siguen gozando del espíritu en los libros y se extasían leyendo a Zweig, ignorando que Zweig, además de retoricar sobre el espíritu de los libros, situó los libros del espíritu en lo más alto de la cultura europea y que estos libros del espíritu eran los de los poetas alemanes y que esa cultura europea era una forma eufemística de referirse al pangermanismo político, que fue —paradojas de la vida— lo que Hitler consiguió y lo que acabó con Zweig.
Nosotros sostenemos que la librolatría radicalmente idealista de Zweig —explotada literariamente, por ejemplo, en su Mendel, el de los libros (que es un bibliómano y no un bibliófilo)— es incompatible con la vida.
Zweig es de un simplismo que hiela la sangre: «La historia de la guerra incita a la juventud a admirar la violencia, la historia de la cultura les enseña a honrar el intelecto; aquella les enseña a sentir la guerra como un logro supremo de la humanidad, para esta el logro es precisamente la paz», escribe el muy cátaro. Lo que Zweig no dice es cómo se logra la paz, cómo la cultura y el intelecto son capaces de detener y vencer a la guerra. Será que no ha leído el Discurso de la Armas y las Letras del materialista y ejemplar don Quijote. A Zweig hay que situarlo del lado de los benditos que leen el Discurso de la Edad de Oro y se creen aquello va en serio.
Los individuos como Zweig viven instalados en lo que Gustavo Bueno denominó el «Mito de la Cultura». Según Bueno, la cultura no es más que una secularización del mito de la Gracia de Dios; dicho de otro modo: así como la Gracia de Dios elevaba al hombre por encima de la vulgaridad y la grosería del mundo, desde el kulturkampf (la lucha por la cultura) de Bismarck, esta función recae en la cultura. Ayer, cuanto más santo era el hombre, cuanta mayor Gracia de Dios había en él, mayor elevación lograba respecto de las inmundicias del mundo. Hoy, cuanto más culto es el hombre, cuanta más cultura hay en él, más elevación alcanza respecto de los individuos ineducados o las bestias groseras y analfabetas. Bueno sostiene que tan mítica es la idea de elevación por la Gracia de Dios, como la idea de elevación por la Cultura. Pues bien, nosotros sostenemos que Zweig, cuando joven, se debió caer en la marmita de ese mito y allí se le cocieron las entendederas.
Incurren en el mito de la cultura los idealistas que creen que las humanidades nos humanizan y que, sin ellas, seríamos menos humanos y que las humanidades nos mejoran, pero lo cierto es que la bestia que estudia Humanidades bestia se queda y que el Derecho, sin las Armas, solo es la expresión de una hybris leguleya.
Ayer se distinguía entre paideia (lo que hoy llamamos programa académico o plan de estudios) y filantropía (que comprendería la empatía, la humanidad y la fraternidad). Hoy las humanidades han fusionado estos dos sentidos (paideia y filantropía), de manera que se entiende que aquel que las estudia se convierte en buena persona. Y esto es un encenagarse párvula y caraduramente en el Mito de la Cultura.
¡Pues a mí me gusta mucho Zweig!
Y a nosotros nos parece muy bien que a usted le guste mucho Zweig.
Advierta, lector, que en este artículo nos referimos exclusivamente a los tres libros que componen su proyecto comparatista y que no entramos a valorar el resto de su obra. Diremos, eso sí, que El mundo de ayer es la crónica de un error garrafal, la descripción, paso a paso, de cómo se construye un lector idealista de literatura y un perfecto intelectual; de cómo se construye y, sobre todo, de cómo se destruye.
El Fouché de Zweig, que nos encanta, también nos asombra, pues se nos hace muy difícil entender cómo el idealista Zweig pudo llegar a saber tanto de la vida de este hombre y, no obstante, no haber aprendido nada de semejante prodigio materialista.
Y, siempre, la misma conclusión: el idealista lee como lo que es, encuentra lo que ya tiene y, con lo que cree que lee, le basta.
Cincuenta y ocho años en la inopia
Zweig se equiparará a Erasmo, a quien considera:
«Residente en ningún país y como en casa en todos, el primer cosmopolita y europeo a conciencia [que] no reconoció la superioridad de ninguna nación sobre las demás»,
pero, con el paso de los años, en El mundo de ayer escribirá que:
«Yo, antes tan cosmopolita, ahora no logro librarme de la sensación de tener que dar gracias especiales por cada hálito que robo a un pueblo que no es el mío […] De nada me ha servido educar el corazón durante medio siglo para que latiera como el de un citoyen du monde. No, el día en que perdí el pasaporte descubrí, a los cincuenta y ocho años, que con la patria uno pierde algo más que un pedazo de tierra limitado por unas fronteras».
Dicho para lectores idealistas: que, hasta los cincuenta y ocho años, Zweig no aprendió que lo de ser ciudadano del mundo era una gilipollez paleojipi. Lo que resulta más inquietante de esto no es el tiempo que Zweig tardó en aprender tan elemental obviedad, sino lo que entenderán los lectores idealistas, rendidos devotos de Zweig, al encontrarse este pasaje. ¿Qué les parecerá esta anagnórisis tan avanzadamente cincuentona? ¿Qué referencia intelectual o cultural puede ser un hombre tan equivocado y tan persistente en el error? ¿Cómo puede, uno, leer esto y seguir admirando a quien ha estado tantas décadas en la higuera? ¿De qué te sirven tantas lecturas si estas no te libran del error ideal?
En una de las cartas que se cruzaron, Joseph Roth ya le advirtió de que:
«¡No puede usted resarcirse de Alemania! Sólo si existe Alemania es usted cosmopolita».
Pero Zweig está en las nubes. Aunque las nubes son siempre las del espíritu, es decir, las de Alemania:
«[De Cicerón, dirá que es] más ciudadano ya de la eterna república del espíritu que de la de Roma».
El comparatismo puede ser de analogía, paralelismo o dialéctica según el tipo de relación (semejante, afín o antinómica) que establezca el comparatista. En el caso de Zweig, las relaciones de analogía entre Alemania y la Grecia y la Roma clásicas no son en absoluto inocentes. El imperialismo pangermanista se cuidó muy especialmente de establecer y divulgar esta relación:
[Goethe] Que cada uno sea a su manera un griego, pero que lo sea.
[Adolf Hitler] La lucha desencadenada hoy se ha entablado por grandiosos objetivos: lucha por su existencia una cultura que vincula en sí milenios y abarca conjuntamente el helenismo y la germanidad.
Lo del espíritu en Zweig es mucho más que una gilipollez literata. Por la vía de los poetas del espíritu, Zweig establece una relación comparatista de analogía que pretende la equiparación de aquella Alemania con el helenismo y la germanidad. Lo mismo que Hitler. El escalofriante esencialismo de los Discursos a la nación alemana, de Fichte, y la idea de volksgeist (el espíritu del pueblo), tanto de Fichte como de Herder, están en esa misma línea. Goethe, Hitler, Fichte, Herder y Zweig están en lo del linaje grecolatino del espíritu alemán.
Zweig dirá de Erasmo que:
«…habiendo educado su corazón para valorar a los pueblos sólo por sus espíritus más nobles y cultivados, por su élite, todos le parecían dignos de estima»,
pero él otorgará a los poetas del espíritu, a los alemanes, la misión de construir el mundo.
Zweig, a lo Erasmo, sostiene el supranacionalismo del espíritu de una serie de espíritus dignos de estima, pero, contra esta divisa igualitarista, en Los constructores del mundo dejará muy claro que hay espíritus que son más «dignos de estima» que otros y, el muy cínico, los subraya con una indisimulada simpatía. Y no hay que ser un lince para advertirlo. Basta con leer sin anteojeras y tomar notas de lo que uno lee. Pero el idealista no puede. El idealista lee a Zweig y siente que la cultura le anega el espíritu y que la proteína literata le suplementa la humanidad de humanidad y luego el tipo sale a la calle y, por mor del combo paideia & filantropía & espíritu, se cree mejor que tú.
Sentido de este artículo
Demostrar la fuerza corrosiva y aniquiladora del idealismo. El idealista lee como lo que es y ahí está Zweig para ilustrarlo y ahí están los letraheridos que leen a Zweig, incapaces de advertir la condición pamplina de las sutilezas de tan eximio humanista.
Cerramos el artículo con un pasaje muy significativo. Zweig se lamentaba de que:
«A Hitler le bastaba mencionar la palabra “paz” en un discurso para que los periódicos olvidaran con júbilo y pasión todas las infamias cometidas y dejaran de preguntar por qué Alemania se estaba armando con tanto frenesí»,
lo cual demuestra la inopia (idealismo) en la que estaban los periodistas.
Hoy, los idealistas leen la palabra «paz» en Zweig y también se dejan de preguntar de forma jubilosa.
N.B.: Pregunta para la niñería de P3: Si cuando pronuncias la palabra «paz», los imbéciles dejan de pensar, ¿qué tienen que hacer los malos para salirse con la suya? ¡Niños, niños, de uno en uno, no respondáis todos a la vez!
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).







Su adorada Alemania le defraudó. Y acabó suicidándose. No lo pudo soportar
Catalunya tindrà un millor destí de la mà d'Alemanya que dins la mediocritat d'Espanya.