«Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado». Pocas veces dos versos han condensado un drama personal con tanta precisión. Los escribió fray Luis de León al recuperar la libertad, después de haber sufrido durante casi cinco años las cárceles de la Inquisición. Habitualmente se leen como una condena del Santo Oficio. Sin embargo, conviene reparar en lo que dicen exactamente. Fray Luis no escribió que lo hubieran encerrado los inquisidores, sino la envidia y la mentira. La diferencia no es pequeña. Él sabía bien que el proceso se había fraguado en las aulas de la Universidad de Salamanca, donde las disputas filológicas y teológicas, las rivalidades académicas y los inevitables desencuentros entre profesores y estudiantes habían ido alimentando una hostilidad cada vez más abierta. La Inquisición acabó siendo el brazo ejecutor, pero el conflicto lo habían urdido sus «enemigos malos».
En el origen inmediato del proceso estaban, en efecto, sus colegas de la universidad. Uno de los principales adversarios de fray Luis fue León de Castro, con quien aquel había mantenido vivas controversias acerca del valor de los textos hebreos del Antiguo Testamento frente a la Vulgata. A las diferencias doctrinales se había añadido un enfrentamiento a propósito de los Commentaria in Esaiam prophetam del propio Castro, cuya publicación se había demorado durante meses. Castro sospechaba que fray Luis había tenido algo que ver con aquel retraso, no muy distinto en esto del académico actual que hace cábalas sobre qué adversario puede ocultarse tras un demoledor informe anónimo en un blind peer review. Fray Luis nunca aclaró si aquella sospecha tenía fundamento, aunque recordaría después que el episodio los había llevado a intercambiar «palabras muy ásperas». No parece casual que Castro, que conocía desde hacía años las posiciones filológicas de fray Luis y nunca las había denunciado, terminara presentándolas como sospechosas de heterodoxia precisamente cuando las relaciones entre ambos se habían deteriorado. Y el de Castro no fue un caso aislado. También el dominico Bartolomé de Medina, otro de los principales adversarios de fray Luis, había perdido frente a este un pleito académico relacionado con la sustitución temporal de una cátedra. Así pues, las declaraciones de uno y otro en materia doctrinal estuvieron precedidas de sendos conflictos académicos.
Una vez abierta la veda, a las declaraciones de Castro y Medina se sumaron las de otros profesores y estudiantes descontentos. Es particularmente ilustrativo el caso del bachiller Pedro Rodríguez, conocido entre sus compañeros salmantinos por el burlón sobrenombre de «doctor Sutil». Fray Luis atribuyó su declaración desfavorable ante la Inquisición precisamente a la animadversión que el estudiante le profesaba y explicó ante el tribunal de dónde procedía su hostilidad. Rodríguez, hombre a su entender «falto de juicio» y dado a «colligir disparates de lo que oía y no entendía», tenía por costumbre abordarlo «en (…) casa y fuera de casa, en las escuelas y en las calles» para importunarlo con preguntas desatinadas. Aquella insistencia había acabado por exasperar a fray Luis, que confesaba que unas veces perdía la paciencia y lo llamaba «tonto» y otras, sencillamente, «huía dél». Que no exageraba al describir el pertinaz acoso de Rodríguez lo confirma, de manera casi cómica, el testimonio del portero del convento: el fraile se veía a menudo obligado a cerrar la puerta de su celda para librarse de tan impertinente visitante.
Cuando compareció ante la Inquisición, el resentido «doctor Sutil» formuló diversas acusaciones contra fray Luis: «le parecía» que de una doctrina se seguía determinado error; «a su parecer», fray Luis había defendido cierta posición en el concilio provincial de Salamanca; y, sobre la traducción del Cantar, únicamente podía decir que «le parecía haber oído» a personas cuyos nombres no recordaba que el maestro había escrito en romance el texto o sus comentarios.
El testimonio del pintoresco bachiller ilustra la escasa consistencia probatoria de algunas de las declaraciones que contribuyeron a sustentar las acusaciones contra fray Luis. El análisis jurídico de la documentación conservada revela, de hecho, que muchas de las testificales se fundaban en meras referencias de terceros o incorporaban conjeturas y apreciaciones personales ajenas a la función estrictamente testimonial. La propia acusación fiscal recogió en gran medida las denuncias formuladas inicialmente contra el agustino y las incorporó a la causa sin someterlas a un verdadero examen crítico. Imputaciones nacidas de rivalidades, sospechas y animadversiones universitarias fueron entrelazándose así hasta formar un entramado que, revestido de solemnidad jurídica, parecía dotado de una solidez de la que en realidad carecía, porque no se sustentaba en pruebas concluyentes, sino en las maquinaciones de los enemigos académicos de fray Luis. Se comprende que Dámaso Alonso escribiera que nuestro autor había entrado en prisión «por las rencillas de un claustro universitario, la más temerosa conflagración de odios que puede suscitarse en el mundo». No era hipérbole. Dámaso Alonso había leído el sumario… y sabía también, por experiencia propia, de lo que hablaba.
Sería un error pensar que esta historia trata únicamente sobre la universidad. Habla, sobre todo, de la condición humana. Porque ninguna institución, por reputada que sea, consigue emanciparse de las pasiones. Allí donde conviven personas, comparecen también la ambición, el orgullo, la vanidad, el resentimiento y la envidia. Pero la universidad es, con frecuencia, escenario de rivalidades especialmente intensas. No deja de resultar reveladora, a este respecto, la mordaz observación del novelista Robert B. Parker, que, antes de dedicarse plenamente a la novela negra, había sido profesor de literatura en la Northeastern University, en Boston. Al recordar aquella etapa, Parker llegó a compararla con sus años como soldado de infantería en la Guerra de Corea, y no precisamente en beneficio de la universidad: «I’d been in the infantry in Korea and met some pretty bad people, but many, maybe most of the people I met in university life were the worst people I’d ever met» («Había estado en la infantería en Corea y había conocido a gente bastante mala, pero muchas —quizá la mayoría— de las gentes que conocí en el mundo universitario fueron la peor gente que había conocido en mi vida»).
Que las rivalidades alcancen en la universidad una intensidad particular no resulta difícil de explicar. Cátedras, cargos, proyectos y distinciones alimentan una economía del prestigio en la que se disputan bienes menos tangibles que los materiales, pero no menos codiciados: la influencia sobre los discípulos, el reconocimiento de los pares y, en suma, la autoridad intelectual. Son bienes cuyo valor es, además, en buena medida posicional: gozar de un mayor reconocimiento significa también destacar sobre los demás. Y cuando el lugar que uno ocupa se define inevitablemente por comparación con el de los otros, la excelencia ajena, en lugar de despertar admiración o servir de estímulo, puede empezar a percibirse como una amenaza. Quienes participan en las luchas universitarias, por otra parte, no suelen estar desprovistos de recursos: cuando la astucia y, sobre todo, el conocimiento de los mecanismos institucionales se ponen al servicio del mal, este suele adoptar formas particularmente sofisticadas.
La envidia, precisamente por ello, rara vez se manifiesta en la universidad de forma desnuda. Es una pasión demasiado inconfesable para presentarse con su verdadero nombre. Necesita disfrazarse de escrúpulo moral, de celo por la justicia, de fidelidad a unos principios o de defensa de la insigne institución frente a quien supuestamente mancilla su buen nombre. Ha de revestirse, en definitiva, de virtud. Pero el disfraz no basta. La envidia necesita también un arma: la mentira. Para que esta resulte eficaz, ni siquiera es necesario inventar una historia de principio a fin; a menudo basta con tergiversar lo ocurrido: mutilar una verdad, aislar una frase de su contexto y torcer su sentido a conveniencia o deslizar una insinuación que, convertida en rumor y repetida de boca en boca, acaba adquiriendo visos de certeza. Se trata de magnificar cuanto sirve al caso, minimizar cuanto lo contradice y silenciar lo que no conviene hasta componer un relato en el que apenas resulta reconocible la realidad de los hechos.
El último —y decisivo— salto se produce cuando ese relato se incorpora a un procedimiento: lo que hasta entonces era la palabra de unos contra la de otros pasa a constar en un expediente. Si la versión de partida condiciona los términos mismos en que se plantea la investigación, el procedimiento, en lugar de someterla a examen, puede acabar limitándose a refrendarla. La institución no necesita crear la mentira; basta con que la haga suya. De esa manera, lo que hasta entonces era una imputación más o menos difusa adquiere número de registro, membrete y, con ellos, la apariencia de verdad oficial.
Cabría suponer que historias como esta solo podían suceder en los «tiempos recios» de la Inquisición y que el desarrollo de las garantías jurídicas las haría imposibles en nuestros días. No es así. Cinco siglos después, el conflicto que rodeó a Antonio Calvo, profesor de español en la Universidad de Princeton, parece haber seguido una secuencia inquietantemente similar: las hostilidades surgidas en el ámbito académico precedieron también aquí a la intervención institucional. Esta vez, sin embargo, la historia tuvo un desenlace trágico.
Flor Gragera de León, que había ejercido la docencia en Princeton y por entonces ya no trabajaba allí, declaró que en noviembre de 2010 le habían llegado rumores de que un grupo de estudiantes de posgrado y un profesor preparaban una campaña contra Calvo. Poco antes de que estallara el escándalo, el propio profesor había aludido en un mensaje a una serie de ataques personales que, según afirmaba, habían complicado una renovación de contrato previamente aprobada por su departamento.
En abril de 2011, la situación desembocó en la apertura de una investigación. Entre los episodios que llegaron a conocerse, uno resulta particularmente revelador. En un correo electrónico dirigido a un estudiante, Calvo, molesto por su escasa implicación, habría escrito: «deja de tocarte los cojones». La expresión es vulgar, desde luego, pero cualquier hablante de español sabe que no describe actividad sexual alguna, sino que significa, sencillamente, ‘dejar de holgazanear’. El problema habría surgido al trasladar esas palabras a otro código: lo que en español poseía un sentido idiomático inequívoco se habría interpretado, fuera de su contexto lingüístico y cultural, como acoso sexual.
Antes de que concluyeran las pesquisas, la universidad suspendió cautelarmente a Calvo, sin que este hubiera tenido todavía oportunidad de conocer en detalle los cargos formulados contra él ni, por tanto, de defenderse. La carta de suspensión describía su comportamiento como «extremely troubling and inappropriate behavior in the workplace» («conducta extremadamente preocupante e inapropiada en el lugar de trabajo»), pero no especificaba los hechos concretos que justificaban la medida. Amparándose en la confidencialidad del procedimiento, Princeton nunca hizo público el contenido de las acusaciones y dejó así un vacío que pronto llenaron toda clase de conjeturas.
Tan solo cuatro días después de recibir aquella comunicación, Calvo se suicidó. Sería temerario reducir una decisión tan extrema a una sola causa: la vida de una persona nunca cabe en un expediente. Tras su muerte, varias personas próximas a él reconstruyeron el caso y, a la luz de los conflictos anteriores, dudaron de que aquella interpretación del correo bastara para explicar lo sucedido. Sospechaban, más bien, que había servido como pretexto para dar cobertura disciplinaria a una ofensiva nacida de antipatías personales, rivalidades académicas y otros intereses menos confesables. Uno de sus amigos condensó esas sospechas en tres preguntas: «Why was he treated like that? Why did no one talk to him before he was banned from campus and from his office? Who was interested in having Antonio fired?» («¿Por qué lo trataron así? ¿Por qué nadie habló con él antes de prohibirle el acceso al campus y a su despacho? ¿A quién le interesaba que se despidiera a Antonio?»).
Nunca sabremos hasta qué punto las quejas respondían a las conductas que se le atribuían, a conflictos personales o a una mezcla de ambos factores. Sí sabemos, en cambio, que, cuando Calvo murió, la investigación apenas había comenzado y que el procedimiento ya había trastocado su mundo por completo: la imputación había producido consecuencias antes de que hubiera veredicto alguno.
El núcleo del problema se encuentra precisamente ahí: no en determinar unas motivaciones que ya no pueden conocerse con certeza, sino en examinar el modo en que la institución acogió las acusaciones y actuó sobre esa base. Hay una diferencia sustancial entre investigar unos hechos y construir un caso. En el primer supuesto, el procedimiento se orienta al esclarecimiento de la verdad; en el segundo, la verdad queda subordinada al procedimiento. La sospecha se convierte entonces en un estigma que condiciona cuanto viene después. Puede llegar —y a menudo llega— un momento en que ya no se investiga para saber qué ocurrió, sino para demostrar aquello que previamente se ha decidido dar por cierto.
En el ámbito administrativo, y muy particularmente en las universidades —esas monstruosas estructuras en las que un funcionamiento aparentemente democrático convive con prácticas y jerarquías de naturaleza feudal—, el expediente disciplinario constituye un instrumento extremadamente eficaz para este fin. Concebido para esclarecer unos hechos y depurar responsabilidades, si las hubiere, puede pervertirse hasta servir al propósito contrario: señalar primero al culpable y construir después la causa que permita condenarlo. La paradoja alcanza su extremo cuando, en el curso del procedimiento, se invoca, además, el supuesto daño causado a la imagen de la institución. Cabe entonces preguntarse si ese daño deriva realmente de los hechos investigados —a menudo de muy dudosa o nula relevancia disciplinaria— o de la propia maquinaria institucional que, puesta al servicio de turbias rivalidades y animadversiones personales —e incluso de siniestras campañas de acoso—, los magnifica hasta convertirlos en un escándalo para después atribuir al acusado el daño que ella misma ha contribuido a producir.
Cinco siglos separan a fray Luis de León de Antonio Calvo. Son otras las leyes, los tribunales, los procedimientos y el léxico con que se revisten de legitimidad las acusaciones. Lo que apenas ha cambiado son ciertas pasiones humanas y, acaso menos todavía, su capacidad para disfrazarse. La envidia acostumbra a ocultar su nombre; la mentira, a negar su naturaleza. También las cazas de brujas han aprendido a hablar el lenguaje de nuestro tiempo: ya no necesitan hogueras ni inquisidores; en una persecución bien orquestada, un expediente disciplinario puede cumplir perfectamente la misma función. Basta con invocar una causa noble para demostrar una culpabilidad decidida de antemano. Quizá por eso estos versos de hace casi cinco siglos podrían haberse escrito ayer: «Aquí la envidia y mentira / me tuvieron encerrado».
Sobre el autor
Mónica Martínez Sariego es Profesora Titular de Literatura Española en la ULPGC. Cuenta con tres licenciaturas —Filología Hispánica (ULPGC), Filología Inglesa (UCO) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UGR)—, reconocidas con tres Primeros Premios Nacionales de Terminación de Estudios Universitarios del Ministerio de Educación. Se doctoró en “Literatura y Teoría de la Literatura” con Premio Extraordinario y Mención de Doctorado Europeo (ULPGC, 2009). Su trayectoria investigadora se sitúa en el ámbito de las literaturas hispánicas desde una perspectiva comparatista, en diálogo sistemático con las fuentes grecolatinas y otras tradiciones europeas, mediante enfoques tanto diacrónicos como sincrónicos. Ha publicado más de 200 trabajos entre libros, artículos y capítulos de libro. Su labor investigadora ha sido reconocida también mediante diversos premios y ayudas, entre ellos los de la FULP-Innova, Elisa Pérez Vera-UNED, la Fundación Pastor y la SELAT.





Muy buena puntería, Mónica, un artículo muy atento.
Hace un par de años cayó en mis manos una parte del «Razonamiento» hecho en las oposiciones para la cátedra de filosofía moral en Salamanca de Hernán Pérez de Oliva (1530) en el que, refiriéndose a quienes le negaban la plaza, dejó escrito que:
«Todas las personas que me son contrarias y me quieren impedir aquesta empresa me atribuyen a ingenio todas las muestras que de mí he hecho, por que los votos no las atribuyan a doctrina ni lición».
En otras palabras: que quienes no pueden enfrentarse ni a tu doctrina ni a tu lección, porque carecen de un logos más fuerte que el tuyo, tratarán de relacionar tus ideas con cualquier cosa que las vincule al fraude y, sobre esta jugada trilera, vencerte con artería. Siempre ha sido así, pero ahora van a tumba abierta.
Y muy buena la idea de que hay que triturar al adversario ya destruido para neutralizar cualquier atisbo de mala conciencia. Si concluimos que el adversario se merece lo que se lleva, la abyección se convierte en profilaxis, en una higiene, en un bien.
This passage reminds me yet again to suggest that you talk with the former professor (and a Brownstone Institute fellow) Bret Weinstein, who is definitely on your sympathetic wavelength.
"Flor Gragera de León, que había ejercido la docencia en Princeton y por entonces ya no trabajaba allí, declaró que en noviembre de 2010 le habían llegado rumores de que un grupo de estudiantes de posgrado y un profesor preparaban una campaña contra Calvo. Poco antes de que estallara el escándalo, el propio profesor había aludido en un mensaje a una serie de ataques personales que, según afirmaba, habían complicado una renovación de contrato previamente aprobada por su departamento."
Bret had a similar experience, although he confronted the campaign against him face on. Personally speaking, I had a similar professor at my undergraduate college who like Bret was very popular and seldom published (but refused to "perish" as the saying goes), while other professors and faculty were constantly trying to trip him up and get him fired. Ironically, the president of my college was a spineless stooge named George Bridges who then went on to preside over the college that Bret taught at, fomenting all sorts of departmental envy and administrative havoc that culminated in Bret's "exile" as he describes what transpired afterwards.
Beyond the university however, I think your underlying thesis is spot on: "Porque ninguna institución, por reputada que sea, consigue emanciparse de las pasiones." Here in America, corporate careers are predicated on the exact same perception management and envious subterfuge; bureaucratic careers as well. Having briefly pursued a history PhD at Harvard, (or "Harfraud" as my cohort and I jokingly called it) the lie clothed in virtue (i.e. ideological conformity, disciplinary jargon, activism publicity, etc) has become so imperative that truth and even the timbre of thoughtfulness comes off as a threat to power and liability to advancement. The infernal irony is the school's motto is of course "Veritas". Alas, not by a long shot!