Tenemos la fortuna de vivir justo enfrente del mar, así que cada vez que hay tormenta aprovechamos el encierro obligado para contemplar al calor de la estufa como la naturaleza escenifica una violenta inversión del orden establecido. El miércoles pasado la borrasca Ingrid nos ofreció un espectáculo que resultó ser alegórico: aprovechando un frío inusual, transformó lo que había de ser lluvia en piedras de granizo que al impactar contra la ventana parecían, de lo blancas y redondas que eran, cientos de ojos cocidos de pescado. No dejé pasar la ocasión y les hice notar a mis hijos la extraña similitud, asegurándoles con una voz que yo creía burlona que aquello eran verdaderamente ojos de pescado que se le habían saltado de las cuencas a los sargos y a las lubinas. Mi hijo de seis años soltó un “¡ostras!” y mirándome desde el indignado privilegio de su inocencia me preguntó:
—Papá, ¿se nos están muriendo todos los peces por culpa de la Unión Europa?
En un primer momento me sentí mal, porque me di cuenta de que quizás estaba influyendo demasiado en el juicio de mis hijos al criticar un día sí y otro también con familiares y vecinos cómo las políticas de la UE están exterminando la pesca y el agro gallego. Pero por una conjura del destino, antes de que pudiese improvisar una respuesta, se me apareció en la pantalla del televisor Felipe VI dando un discurso en el Parlamento Europeo para conmemorar los cuarenta años del ingreso de España en ese centro de trata de ciudadanos y soberanías nacionales llamado Unión Europea. Las razones que Su Majestad daba para mostrar lo mucho que había mejorado España gracias a su ingreso en la UE eran tan alocadas que, igual que si se tratase de una escena porno diseñada por los ruso-iraníes para inutilizarnos todo el aparataje reproductor, obligué a mis hijos a que fuesen a ordenar la habitación.
Guardando siempre el respeto constitucional, no pude evitar indignarme viendo la nula sensibilidad que mostraba Su Majestad ante la empobrecida sociedad española y los miles de agricultores que se manifestaban esos mismos días contra el tratado de libre comercio firmado con MERCOSUR. Don Felipe aseguraba que nuestro PIB se había duplicado, que éramos líderes en crecimiento en la Eurozona y que somos la vanguardia de las energías renovables, pero no reconocía que ninguno de esos afeites macroeconómicos impedía que una familia numerosa como la nuestra, con buenos trabajos y la máxima formación posible, siguiese viviendo todavía de alquiler y teniendo nula capacidad de ahorro. Sin embargo, lo que me hizo entrar en un delirium tremens libertario, hasta pensar que el señor que salía en la pantalla era una versión entre búmer y garrula de Fernando VII, fue escuchar como Su Majestad, mediante un inquietante mugido faríngeo-nasal, señalaba como enemigos a todos aquellos que criticásemos la pertenencia a la UE:
(…) la situación que atraviesa Europa exige el compromiso de todos. No podemos dar la UE por descontado. Los europeos solemos ser muy críticos con el desempeño de las instituciones europeas, de las instituciones comunitarias. (…) El ejercicio de la crítica es un signo de que la democracia funciona y es positivo en la medida que nos haga progresar. Pero algunas críticas ponen en jaque nuestros principios y valores, aquellos sin los cuales Europa volvería a ser una mera noción geográfica. Y ahí, en la desmemoria, en la desmemoria de lo que ha supuesto la construcción europea, está nuestra mayor amenaza.
Sin duda debido a una nula comprensión por mi parte, entendí que Su Majestad estaba sometiendo la soberanía de la nación española a los intereses de la mafia vonderleyana representada por la UE, hasta el punto de convertir España (que no Europa) en “una mera noción geográfica” lista para ser expoliada por todos nuestros enemigos históricos, desde Gran Bretaña a EEUU pasando por el neoimperialista Marruecos. Por si fuera poco, además, Felipe VI parecía estar intentando activar la doctrina yanqui post 11S, según la cual el enemigo son los propios ciudadanos y la “libertad de expresión” es válida, únicamente, si se ajusta a lo que un entramado de oligarcas liberales consideren acertado. El desconcertante discurso de Su Majestad contrastaba con la integradora y soberana alocución que minutos después pronunció el Presidente de Portugal para celebrar, igualmente, los cuarenta años del ingreso de su país en la UE; Marcelo Rebelo de Sousa, además de reclamar el pasado de Portugal como ya europeo y universal antes de Europa, dejaba claro que los portugueses defenderían sus intereses y no intimidaba a sus ciudadanos para que se ajustasen a los anhelos vonderleyanos.
Errando continuamente en mis valoraciones, empecé a preguntarme en voz alta cómo podía ser que un monarca que, pese a ser católico, estaba a favor del divorcio (hasta el punto de casarse con una divorciada, plebeya y española, y no con una distinguida princesa europea con la que unir dinastías y hacernos más europeos) estuviese en contra de que los españoles pudiésemos elegir romper nuestro contrato de pareja de hecho (ni tan siquiera matrimonial) con la UE y con la OTAN. Pensé que, en realidad, Su Majestad no hacía más que reflejar el pensamiento de nuestras élites liberales, defensoras acérrimas del divorcio y de que los ciudadanos tengamos la libertad de hacer cualquier cosa que se nos pase por la cabeza, pero contrarias, sin embargo, a que decidamos salirnos de una UE enemiga de nuestros intereses más básicos.
Reconozco en este punto que no tengo suficientes palabras ni ingenio para expresar las contradicciones a las que nos tienen acostumbrados los liberales, pues son capaces de reclamar el derecho a que meter el dedo por una mirilla sea considerado una relación sexual vinculante forjadora de nuevas identidades, o a que una sociedad anónima tenga el estatus jurídico de persona, pero consideran tabú que nos separemos de una UE que nos niega la existencia. El liberalismo es un virus ideado por los enemigos de la civilización hispana que no se detendrá hasta metérsenos en los cerebros como un gusano nematomorfo que nos controle la conducta y nos induzca al suicidio, destruyéndonos por completo. Prueba de ello lo encontramos en como los liberales españoles de viejo cuño y los voxeros reaccionan a los liberales intentos estadounidenses de hacerse con Groenlandia (un liberalismo decimonónico, imperial, en estado puro) reclamando más liberalismo, en lugar de orquestando la impugnación de este por ser la ideología más destructiva y mortífera que jamás ha existido. Es decir, nuestras mentes más prestigiadas y presuntamente españolas, en un ejercicio nada disimulado de anti-patriotismo, no se preguntan qué haría un Francisco de Vitoria, un Francisco Suarez o un Juan de Mariana ante una violación de soberanía flagrante, sino que, entre rebuzno y rebuzno, inquieren en tribunas públicas qué harían Churchill o Thatcher.
La respuesta debiera ser evidente, pues Churchill, Thatcher o cualquier otro insigne saltaparedes liberal harían lo mismo que están haciendo ahora los EEUU, la UE o Israel, los autodenominados defensores del mundo libre. Es decir, crearían las condiciones para naturalizar una potencial violación de nuestra soberanía territorial, como ya hicieron en el pasado con éxito innegable. De hecho, si algún peligro tienen las ansias imperiales de EEUU sobre Groenlandia es que la lógica que las sostiene es idéntica a la que los mismos EEUU podrían aducir, por ejemplo, para quedarse de manera directa con las Islas Canarias o para controlarlas a distancia fomentando (junto a Israel) su conquista por parte de los marroquíes en su sueño por “restaurar” el ficticio Gran Marruecos.
Si acudimos al pasado descubriremos que no se trata tan solo de que los ingleses nos intentaran arrebatar por manifiesto destino protestante las Islas Canarias en varias ocasiones, sino que los EEUU pretendieron en 1898 poner en práctica una estrategia similar a la llevada a cabo ahora por Trump en Groenlandia: comprárnoslas a la fuerza o quedarse con ellas mediante las armas. Este interés se debía a que las Islas Canarias gozaban en el siglo 19 de una privilegiada situación geoestratégica y comercial entre tres continentes que no ha hecho más que intensificarse con el paso del tiempo, hasta el punto de que incluso a mediados de los 70 el demonio Kissinger consideró seriamente utilizar el archipiélago como base de operaciones estadounidense que sustituyese a las Azores. En nuestros días las Islas Canarias están adquiriendo un rol similar, si no superior, al de Groenlandia, pues al margen de las tierras raras que parecen albergar, están situadas justo enfrente del Sahel, la franja africana que está siendo controlada por rusos y chinos y en la que los americanos querrán intervenir a toda costa para morir matando.
El descerebrado europeísmo otanista de los liberales españoles, unido a la delictiva y asquerosa conducta anti-española del PSOE que, contraviniendo la legalidad internacional, ha reconocido el Plan de Autonomía de Marruecos para el Sahara, crea las condiciones perfectas para que la soberanía territorial de España se disuelva como un azucarillo en las bocas y estómagos de unos cuantos marimantas oligarco-liberales y globalistas. Si a esto le sumamos las presuntas provocaciones del Gobierno de Pedro Sánchez a los EEUU de Trump y a Israel (los dos grandes aliados de Marruecos) tenemos completada la receta para el desastre. No sería de extrañar que Trump (o quien venga detrás de él) introduzca en la esfera pública un relato según el cual las Islas Canarias debieran “descolonizarse” y “volver” a un área de influencia norteafricana perteneciente a Marruecos para así asegurar, además, con el patrocinio de Gran Bretaña, Israel y EEUU, amén de con la complicidad de la UE, la pervivencia del mundo libre frente a la “tiranía” de los BRICS.
Sé que esta hipótesis puede sonar a desbarre mental a quien tenga gónadas europeístas, pero conviene prestar atención a las peculiaridades del periodo histórico en el que estamos entrando, una vez que la fantasía unipolar estadounidense post-1989 del fin de la historia se ha dado de bruces con la dura e iliberal realidad. El largo siglo 20 ha llegado a su fin tras haber alumbrado en 1918 un mundo de naciones posimperiales que, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se agruparon en dos grandes bloques en base al binomio ideológico capitalismo/socialismo, hasta reconfigurarse tras la caída del muro de Berlín en un nuevo e inesperado orden que solo se ha hecho visible varias décadas después. Este siglo 21, que quizás esté comenzando de manera oficial en nuestros días, parece estar caracterizado por un multilateralismo que toma una forma pre-liberal pero reaccionaria, de vuelta a grandes entramados civilizatorios. Por una parte, tenemos a los rusos queriendo restaurar la Gran Rusia, a los chinos haciendo lo mismo con el Sueño Chino, a los turcos queriendo revivir el Imperio Otomano, a los yanquis ansiando volver a su expansionista siglo 19, y a los marroquíes delirando con el Gran Marruecos alauita.
En este inquietante contexto España no tiene ninguna posibilidad de prosperar, o incluso de sobrevivir, si permanece atada al yugo protestante que, de facto, maneja la UE como un protectorado estadounidense y británico rendido, además, al sionismo. Los EEUU están intentado resucitar de manera explícita el pasado imperial del mundo protestante, tanto en su versión decimonónica como en la que en el siglo 17 dio lugar, mediante la piratería, a las Compañías de Indias que sustituyeron al Estado y sometieron a expolio y a innúmeras masacres a los territorios que disciplinaban con una fuerza bruta. En realidad estamos ante el enésimo intento del mundo protestante de presentar como algo natural, aunque contrario a toda lógica, que el mercado controle al Estado y a las personas, en lugar de que este se encuentre sometido, como siempre sucedió, a los intereses del pueblo mediante el arbitraje controlado de instituciones religiosas o políticas (les recomiendo que lean al respecto, sino La gran transformación de Karl Polanyi, las tesis sobre el fracaso de la democracia de mi querido amigo Jesús G. Maestro).
Para darse cuenta de la diferencia existente entre los distintos modelos de comercio que propone el autodenominado mundo libre por una parte, y potencias no liberales como China por otra, basta analizar qué está sucediendo en el estratégico sector de la Inteligencia Artificial: mientras los chinos son líderes en la IA, desarrollando aplicaciones de la misma al mundo de la industria con el objetivo de mejorar en eficiencia y productividad, los EEUU se dedican a desarrollar una IA que tiene exclusivamente fines publicitarios (es decir, de control de la conducta humana, para inducirla a su propia alienación) o de monitorización poblacional y militar al estilo de las aplicaciones de policía predictiva desarrolladas por PALANTIR (la empresa cofundada por Peter Thiel que firmó un contrato opaco de 16,5 millones de euros con nuestro Ministerio de Defensa). El modelo de negocio de PALANTIR, fundamentalista y propio de una peligrosa secta calvinista-sionista, se basa, por ejemplo, en localizar alegalmente inmigrantes para que la policía proceda a su detención o en predecir, según se ha contado, qué niños gazatíes se convertirán presuntamente en terroristas para que así estos sean asesinados mediante drones siguiendo una vil estrategia Herodes.
Si se preguntan, en todo caso, qué modelo de IA (o de cualquier otro tipo de industria estratégica) sigue España o incluso la UE, sepan que, en puridad, ninguno. Somos simplemente vasallos de la industria tecnológica, farmacéutica y armamentística yanqui, que hace alguna que otra concesión a nuestros amos franceses y alemanes. En una situación como esta España ha dejado de estar segura en la UE, y debiera empezar a cambiar de discurso y estrategia con el fin de defender su soberanía nacional y territorial. Si para algo sirven los liderazgos políticos (de los que, desde luego, carecemos) y las alianzas internacionales es para mantener estables a los países en escenarios convulsos. No podemos aceptar, de ninguna manera, que nos presenten como un destino irremediable nuestra disolución, amparados en una supuesta insignificancia a nivel mundial o en el discurrir de los tiempos. No les digo yo al respecto que españoles y portugueses (e incluso italianos) tengamos que unir fuerzas de manera retro-imperial para restaurar unos principios civilizatorios de base católica con nuestros hermanos del mundo iberoamericano, pero sí que debemos tomar conciencia de nuestra identidad hispánica y trasatlántica para sacarnos los piojos, pulgas y garrapatas bruselenses que nos atrofian la sangre. Si algo debiera ser obvio es que tanto nosotros como los mexicanos, venezolanos, colombianos o brasileños compartimos enemigo y, por lo tanto, también solución.
Esta vieja idea de crear una alianza iberoamericana que les comento a ustedes se la propuse de manera conciliadora a Gérmano Terftch, uno de esos liberales antipatriotas de pulserita rojigualda de los que le hablaba al principio. El bueno de Terftsch, por si no lo recuerdan, es un antiguo periodista balcánico, metido a eurodiputado de Vox en Bruselas, del que ya les tengo escrito a propósito de varias aventuras vividas con mi amiga la monjita liberal arrepentida Federica Jimena la Santa. Gérmano Terftch me llamó a iniciativa de Federica Jimena desde Canarias para intentar convencerme de que escribiese algo a favor de la anexión de Groenlandia a EEUU, aunque antes de terminar de formular su petición ya estaba insultándome con su peculiar voz de toxicómano por defender supuestos postulados antisionistas en mi anterior artículo. Si menciono este incidente es porque gran parte de lo que les expongo en este texto se lo debo a Gérmano Terftch, quien me ha informado de los hipotéticos planes americanos y marroquíes para conquistar las Islas Canarias. Es más, según Terftch, las Islas Canarias estarían mucho mejor protegidas de la amenaza de los BRICS si se encuentran bajo dominio marroquí o sionista-americano, que si están controladas por gobiernos españoles, los cuales son sistemáticamente rojos y antiliberales.
No dispongo de tiempo para relatarles como se debe todo lo sucedido, pero en la conversación telefónica que mantuvimos los tres, Federica Jimena se desgañitaba haciendo valer su vocecilla de monja asmática y puñetera para advertirle a Gérmano Terftch que las Islas Canarias debían seguir siendo españolas. Gérmano se ponía como loco y nos insultaba mediante extrañas palabras compuestas. Nos llamó burri-analfabetos e hispano-atrasados, y nos preguntó si no sabíamos que los alemanes, y no los españoles, eran los dueños legítimos de las Islas Canarias, porque como había demostrado la Ahnenerbe en sus exploraciones en el archipiélago durante el III Reich la raza alemana provenía de los guanches canarios. Federica Jimena, a quien por tener complejo de estatura le repugna todo lo ario, puso en duda esa afirmación, pero cargó las tintas contra su amigo argumentando que ni los yanquis ni los moros eran alemanes, sino más bien su negación; los primeros por haber mezclado todas las razas sin haberles dado identidad alguna, y los segundos por razones obvias. Gérmano comenzó a reírse haciendo gárgaras de óxido y hojalata con la glotis, y nos explicó que desde Henry Kissinger, hasta Madeleine Albright pasando por Zbigniew Brzezinski, todos los grandes impulsores del mundo libre en EEUU era alemanes de facto porque habían nacido en el gran área de influencia de la Alemania del III Reich y después emigrado a suelo yanqui.
—Pero fijaos—dijo, con su peculiar flatulencia vocálica de fumador compulsivo, un ruido de cañería embotada—que Trump, apellidado en verdad Drumpf, es el primer presidente nacido en suelo americano, pero alemán de pies a cabeza. Su abuelo era un alemán que hizo dinero con prostíbulos cuando lo de la fiebre del oro.
No hubo más discusión. Gérmano Terftch comenzó a hablar a gritos y a decir que incluso España y el mundo hispano eran alemanes por causa del emperador Carlos V, y que por translatio imperii ahora era todo suelo americano, y que como osásemos negarlo o impedirlo éramos unos grandísimos hijos de puta y lo acabaríamos pasando mal. Defendió, además, las aspiraciones imperiales de Marruecos, pues según contaba, la estrellita de la bandera marroquí es el sello de Salomón, base de la estrella de David que preside la bandera israelí, y muestra de que Marruecos e Israel son pueblos elegidos por Dios que deben detentar la soberanía de las Islas Afortunadas.
—Me da asco relacionarme con nacionalistas como vosotros—concluyó. Ya podéis iros todos a Cataluña, porque no vais a volver a pisar Canarias en vuestra puta vida.
Horas después Federica Jimena me mandó un mensaje de voz rogándome que no tuviera a mal las salidas de tono de su amigo Gérmano Terftch, pues era tan bueno como vehemente. Con todo, me expresó su preocupación, ya que, según contaba, Terftch se pasaba el día vestido con un traje militar de color verde y botas altas. Echaba horas delante de un espejo de cuerpo entero, poniéndose ahora un fez marroquí en la cabeza, ahora una gorra de MAGA, soñando en voz alta con que, bien los marroquíes o los americanos, lo nombrarían Gobernador de las Islas Canarias. Entre delirio y delirio besaba una fotografía en la que aparecía posando sonriente junto a Benjamin Netanyahu y Santiago Abascal en el despacho del primero. Federica Jimena estaba muy apenada, porque me confesaba que había intentado sin éxito reconducir a Gérmano Terftch al catolicismo, pero que este estaba entregado a doctrinas esotéricas, y que no paraba de repetir que el “PLUS ULTRA” del escudo del Reino de España era un mensaje en clave que indicaba que para ser un verdadero español había que llevar a España más allá, hasta desintegrarla en el verdadero mundo libre representado por la triple alianza protestante-sionista-sunita.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.




Es un consuelo saber que no estoy solo en medio de mis "desbarres". Muchas gracias.
Perdón: la conversación a tres relatada, ¿contiene algo de verdad?