El pasado sábado por la tarde, tras dar una charla en Oxford que salió extraordinariamente bien, fui a pasear por los parques que rodean el barrio universitario, rebosante de historia. Tolkien, C.S. Lewis, Owen Barfield. Castaños de Indias, césped, ríos, flores. Al volver a la zona urbana, adelanté a una mujer cargada con mochila, maleta y un voluminoso fardo. Me ofrecí a ayudarla y me pasó el armatoste enfundado. La funda albergaba una bicicleta, 14 kilos de metal. La anterior se la habían robado y esta, más antigua, la había traído volando. Preguntó sobre mí mientras caminábamos y, tras cruzar el Támesis, me tocó preguntar sobre ella:
—Trabajo con la Organización Mundial de la Salud, elaborando modelos matemáticos.
—¿Eres doctora?
—Soy epidemióloga.
—Creo recordar… — I seem to remember… me pasé al understatement, fingiendo apenas saber del tema— que durante el Covid los modelos matemáticos erraron estrepitosamente.
—Sí, es que es difícil acertar.
—Claro, pero… ¿cómo se llamaba aquel hombre? —volví a fingir ignorancia— …ah, sí, Neil Ferguson. Sus errores fueron de dos órdenes de magnitud, ¿verdad?
No es que los modelos matemáticos de Ferguson, que sirvieron para sembrar el pánico y justificar el confinamiento de más de media humanidad, predijeran el doble o el triple de muertes de las que en realidad podían ocurrir: sus modelos daban centenares de veces más muertes que las que hubiera estimado una ciencia guiada por la realidad y no por el delirio o los intereses creados. En cualquier ámbito verdaderamente científico, errores cuarenta veces más pequeños serían inadmisibles.
—Bueno —respondió con incomodidad, a la vez que mantenía la simpatía—, pero eso hizo que la gente cumpliera con las medidas.
Han pasado cinco años y persiste el espejismo. Mientras intentaba abrir un flanco, señalando el daño psicológico que esas medidas generaron, cruzamos un portal y llegamos al patio de su edificio de viviendas. La conversación no daba para más. E. (abrevio), holandesa, me dio un abrazo de agradecimiento, efusivo y sincero. El agradecimiento era por haberla ayudado con el fardo, no por buscar la verdad y valorar la coherencia.
No dudo que cuando E. empezó a estudiar modelos matemáticos, hace tal vez tres lustros, la intención era aproximarse a la verdad, y a partir de ahí actuar. Ahora lo que se ha impuesto es actuar según ciertos intereses, doblegando a la verdad si conviene. Importa la eficiencia, no la verdad. El utilitarismo y la posverdad son dos caras de la misma moneda. Una moneda que reluce ante la luz de las pantallas pero que se revela falsa ante un cielo sereno y azul. El mundo está bajo un hechizo.
Al día siguiente, en el embarque en un vuelo de British Airways, el personal anunció claramente, en inglés y en español, que volaríamos en su avión más pequeño y teníamos que embarcar las maletas de cabina. El pasajero con maleta más próximo que tenía, húngaro afincado en suelo británico, me dijo que era cosa habitual, así que le seguí cuando sometió su maleta a ese engorro. Pero dudé, y pregunté al personal uniformado si realmente todas las maletas debían embarcarse. Dijeron que sí, una vez y otra. Al entrar en la nave, sin embargo, vi que una vez más la verdad había sido sacrificada en el mezquino altar de la utilidad: llevaban maleta muchos de los pasajeros. Al piloto con galones que nos daba la bienvenida le pregunté si realmente había que cumplir el requerimiento. Aquí también con incomodidad y manteniendo a la vez la simpatía, respondió escurriendo el bulto: “Bueno, no me encargo de estas cosas, pero en realidad…” Viendo por donde iba, le interrumpí: “¿De manera que la próxima vez es mejor que ignore la orden?”. “Sí, bueno…”
En anécdotas de este tipo, el sacrificio de la verdad es inofensivo. En cambio es ofensivo, en el peor sentido, en las declaraciones de la UE sobre Ucrania, en las declaraciones de Israel sobre Gaza, en las declaraciones de las autoridades sanitarias sobre el Covid, en los laberintos que construyen los medios de comunicación confusión de masas.
Tolkien, alumno del Exeter College en el que había cenado la noche anterior, escribió que “ningún titubeo y ningún miedo mundano nos han de apartar” de la luz de lo que interiormente sentimos que es verdad. Pero esa luz se va eclipsando con los avances de la tecnocracia. Y Hannah Arendt vio como característica esencial de los individuos de un estado totalitario que les da igual si algo es o no verdad.
Priorizar la eficacia sobre la verdad, como hace nuestro mundo cada vez más, es un signo de caída en el totalitarismo. Y es un signo de deterioro de una de las claves de la dignidad humana: el sentido interior de la verdad. Gandhi lo llamaba satyagraha: el “aferrarse a la verdad” o la “fuerza de la verdad”. La tecnocracia nos lleva en la dirección contraria, pensé contemplando los blancos acantilados de la costa de Kent.
Sobre el autor
Jordi Pigem es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Fue profesor del Masters in Holistic Science del Schumacher College (Inglaterra). Entre sus libros destaca una reciente trilogía sobre el mundo contemporáneo: Pandemia y posverdad (2021), Técnica y totalitarismo (2023) y Conciencia o colapso (2024). Desde 2025 es Fellow del Brownstone Institute y miembro fundador de Brownstone España.








Jordi Pigem—Demasiadas personas han estado aceptando cosas que realmente son caballos de Troya. Es importante llamarlo por su nombre, por así decirlo. Gracias por este ensayo.
Querido Jordi.
Estamos de acuerdo. El problema no solo es la fuerza del relato oficial que es creído por la mayoría de los ciudadanos, sino que asimismo nos dicen que el relato que se opone al suyo es mentira. Ya me dirás cómo se gana esa guerra