Una de las reprehensiones que Lope de Vega consigna en el soneto titulado «Reprehende los filósofos antiguos» va dirigida a Pitágoras. Cuando leemos aquello de «…dar silencio al labio/ un lustro», Lope se refiere a que Pitágoras tenía a sus alumnos calladitos durante cinco años, el tiempo que el maestro estimaba necesario para que aquellos lienzos en blanco fuesen capaces de adquirir la suficiente madurez, asimilar la instrucción y aprender. Lo de hoy, en cambio, va en un sentido opuesto, pues consiste en dar silencio al labio del profesor, una figura desustanciada, dedicada a funciones administrativas, recreativas, integradoras y a desempeñar una amplia paleta de roles asociados con el cuidado, la emoción y el adoctrinamiento ideológico. Sin incurrir en la nostalgia del método pitagórico y sin dejarnos llevar por la tenebrosa –y, no obstante, justificada– tentación de concluir que ya no hay nada que hacer, vamos a referirnos aquí a algo muy elemental y conveniente y, sobre todo, barato: la defensa del profesor universitario que sabe de literatura y la sabe explicar.
Para impartir una clase no fraudulenta de literatura no es preciso ningún PowerPoint, ni ninguna pizarra marciana, ni ninguna ultimísima tecnología y no hay que gastarse ni un duro. Sillas o bancos, mesas, luz y, según dónde estés, un control de la temperatura: eso es todo. Y estaría muy bien quitarle la mesa al profesor para que no tenga ocasión de sentarse a leer la lección. Los que leen las lecciones es porque no las han trabajado lo suficiente. Si no te has preparado la clase o lo has hecho la noche antes, con prisas y de mala manera, porque has estado muy ocupado escribiendo papers y satisfaciendo un gran número de compromisos laterales, es normal que te veas obligado a leer. Convendría que no olvidases que las clases de mañana no son una rémora, sino la razón por la que percibes catorce pagas. Si tienes esto presente y cumples el contrato y respetas a tus alumnos –pues trabajas para ellos– y te las preparas a conciencia, las sabrás defender cara a cara, de pie, con atención plena a tu auditorio, viendo si te sigue o si debes detenerte en esto o en aquello y alentarás su interés con preguntas que le mantengan atento a lo que allí sucede.
A todo lo anterior hay que añadirle lo fundamental: que el profesor tiene que saber de lo que habla. Apliquen ustedes aquí el dictum de Pericles («Es difícil, en efecto, hablar adecuadamente sobre un asunto respecto del cual no es segura la apreciación de la verdad») que la psicolingüística cognitiva resume con una escueta y, no obstante, atinada sentencia: «Quien lo tiene claro, lo dice claro». Si alguien nos habla oscuro (de forma liosa, caótica, contradictoria o vacilante) es que no sabe de lo que habla o nos está engañando. Hay otras, pocas, posibilidades: que sepa mucho, pero que no se haya preparado la lección; que sufra algún tipo de indisposición médica, que sea glosofóbico, etc., pero se trata de un etcétera muy contado, pues, como decíamos, no hay muchas más opciones.
El profesor que sabe de la materia que trata y ha preparado ensayado la clase igual que el actor se prepara una obra de teatro, no necesita ni ese lazarillo llamado PowerPoint ni la magia de las TIC y no lee las lecciones. Por el contrario, el profesor que no sabe o que no se ha preparado las clases, o las dos cosas a la vez, echará mano de cuantos recursos le permitan inhibirse de su responsabilidad. Últimamente se estila el recurso a los dibujos animados, a la infantilización del alumnado, a lo que Jesús G. Maestro llama neotenia académica y, concretamente, neotenia literaria. Quien no sabe pensar críticamente la literatura tratará de infantilizar a sus alumnos para que el mal de muchos disimule su indigencia. Sépase que este procedimiento es de factura alemana: recordemos que, contra el logos de la Poética, Alexander Gottlieb Baumgarten se inventó la Estética (aisthesis), entendida como una supuesta ciencia del conocimiento sensitivo, y en ese punto inauguró la sustitución del saber por el sentir. La desaforada hormonación de la impresión sensible ha convertido a muchos alumnos en unos ignorantes hiperestésicos inhábiles para el desempeño de la profesión para la que se supone que se les está formando. Uno paga la matrícula para recibir una instrucción, no una emoción. Cuando no se cumple el contrato, el profesor se convierte en un defraudador y, la Facultad, en su cómplice (si lo ampara), en una cobarde (si se inhibe) o en una cínica (si aquel fraude le importa un bledo).
Todo lo anterior puede suscitar la cuestión de qué entendemos por «saber de literatura». Nos referimos aquí a un saber crítico (no retórico, ni ideológico) fundamentado en un conocimiento científico (conceptos y clasificaciones sistemáticamente organizados) de los fenómenos de la literatura (los materiales literarios). Fuera del conocimiento científico solo encontraremos el autismo de la conciencia subjetiva (el ego, la psicología), las artimañas de los sofistas (el juego, la retórica), el proselitismo ideológico (el credo, la ideología) o la erudición acrítica (el recreo, la doxografía). El asiento científico dotará de solidez a nuestras críticas, siempre, eso sí, que las premisas que las instruyan sean las más fuertes del momento. ¿Y cómo se sabe esto? Muy fácil: cuando, desde mis presupuestos, puedo explicarte a ti, pero tú, desde tus presupuestos, no puedes explicarme a mí, mis presupuestos teóricos se revelan más fuertes que los tuyos.
El profesor que verdaderamente sabe de literatura y se prepara las clases e imparte la lección sin más, de pie, dando la cara, sin escapismos tecnológicos ni papeles burladeros, y habla de forma clara porque lo tiene claro y lo ha ensayado debería ser un espécimen a conservar. Sucede, no obstante, que, en el común de los casos, solo preservamos aquello que valoramos, de ahí la lógica extinción de esta rara especie del género profesoral y la prueba fehaciente de la necedad o, directamente, malignidad de aquellas autoridades que dan silencio a quienes deberían hablar y regalan la voz a quienes no tienen nada solvente que decir.
Sobre el autor
Ramón de Rubinat Parellada es Doctor en Teoría de la Literatura por la Universidad de Lérida. Es autor, entre otras obras, de Lecciones del Quijote para Sílvia Orriols (2025), Razones fuertes contra un puñado de tópicos (2025), La virtuosa Extraña (2025) y Entender el Quijote y disfrutarlo (2024).








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