Von der Leyen, Feijóo y González Pons se vinieron de romería a Galicia el verano pasado. (Sí, también Esteban González Pons, el vicepresidente tercero del Parlamento Europeo y autor de orgiásticas novelas sobre vaginas dentadas, cárceles clitórico-esfinterianas y diluvios dorados). Pueden admirar las fotos de los tres jugando a ser pulpeiros, intercambiando miraditas bélico-luctuosas y cometiendo el sacrilegio de tomarse unas cañas en plena carballeira en lugar del tradicional vino tinto del país que mancha la boca, los dientes y las encías. Habría tenido lo suyo ver en informativos y periódicos a estos tres apologetas de la guerra con las fauces llenas de tintorro; un líquido púrpura, casi negro, similar al de la sangre muerta y carente de oxígeno que les daría un justiciero aire de vampiros europeos que se alimentan de su propia población. Pero debe ser que los asesores de imagen se lo prohibieron para evitar, entre otras cosas, el escándalo de contemplar a González Pons con los dientes, las comisuras de la boca y la lengua teñidos de algo que muchos entusiastas de su narrativa podríamos pensar que es el menstruo de la gran señora de la guerra recién absorbido, abundante en células madre que, desde los cuajarones de sangre ya deshilachada, se agitarían pidiendo más búnkeres, más armas y más caídos.
Tengo por testigo a mi mujer, a mis hijos y hasta al filósofo Ignacio Castro Rey (que tiene un pazo familiar a escasos metros de donde se celebró la romería) de que estuve a punto de acercarme allí para regalarle un ejemplar de Don Quijote a Von der Leyen con el fin de apaciguar su instinto guerrero. Como ya por entonces estábamos en plena escalada, me acordé de mi buen amigo Jesús G. Maestro, quien suele afirmar que si los alemanes hubiesen leído el Quijote nos habríamos ahorrado dos guerras mundiales y pensé que, por lo menos, tendría que intentarlo. La novela de Cervantes le ha cambiado la vida a millones de personas y, ¿por qué no podría hacer lo mismo con esta señora amiga de las fosas comunes europeas? El subcomandante Marcos llegó a decir del Quijote que era el mejor manual de teoría política y Dostoievski, que lo consideraba “la suprema y máxima expresión del pensamiento humano”, aseguraba que si se acabase el mundo y alguien preguntase sobre los humanos “podrían los hombres mostrar en silencio el Quijote y decir luego: “Esta es mi conclusión sobre la vida y… ¿podríais condenarme por ella?””.
Don Quijote es una brújula para orientarse en momentos de crisis. Piensen que todos los grandes intelectuales de nuestro pasado reciente, desde Ramón y Cajal a María Zambrano pasando por Ortega o Unamuno, han escrito ensayos que nos revelan lo que el ingenioso hidalgo y Sancho Panza tienen que decirnos para que no caigamos en la barbarie. Es cierto que hoy no encontrarán a tertulianos ni a pensadores acudiendo a Don Quijote como a una fuente de prudencia, pero qué quieren, yo soy algo antiguo, he adquirido mi sentido crítico leyendo a Cervantes y a Góngora y, lamentando que no pude darle en mano un ejemplar (edición de Martí de Riquer) a Von der Leyen, considero urgente escribirle un pequeño memorándum a ella y a mis compatriotas más occidentalistas. Mi intención no es otra que explicarles qué dice Don Quijote sobre la guerra y los choques civilizatorios como el que supuestamente enfrenta a Europa con Rusia (¿¡cristianos contra cristianos!?) pero también, según muchas gentes de bien, contra el mundo musulmán.
El discurso cervantino sobre la guerra
Cervantes era un experto en la guerra y en esa cosa tan antigua que hoy dan en llamar geopolítica, pues como otros escritores-soldado al estilo de Garcilaso, Gutierre de Cetina o Francisco de Aldana vivió en carne propia, tanto la tragedia de las armas como las terribles consecuencias de un conflicto antagónico entre potencias mediante su cautiverio de cinco años bajo poder musulmán en Argel. Quizás por eso, Don Quijote no nos ofrece una llamada erasmiana a la paz perpetua ni un irenismo hecho de palomas que, en su blancura, acaban teniendo siempre las venas cargadas de pólvora. Pero tampoco promueve, desde luego, la estupidez guerrera y asesina de nuestras élites, sino que llama a la prudencia, al respeto por el adversario y a la defensa de la vida humana individual como el bien más preciado y absoluto.
Cervantes diferencia en Don Quijote entre la legítima autodefensa (además de la defensa voluntaria e individual de causas justas) y la guerra, a menudo injusta, en la que nos meten, siempre a nuestra cuenta y riesgo, nuestros gobernantes. Para ilustrar el primer caso Don Quijote pronuncia el “Discurso de las armas y las letras”, donde viene a postular que las letras son las que nos proporcionan justicia mientras que las armas (no las de un ejército, sino las individuales, las del caballero medieval o las del ciudadano americano que las guarda debajo de su almohada) son las que aseguran la paz. Sin embargo, para referirse al segundo caso, el de la guerra moderna, Cervantes escoge un marco intencionalmente cómico y absurdo pero mortífero (Don Quijote escapa por temor a que lo atraviese una bala) como es el de la aventura de los rebuznos. Brecht, Ionescu y los críticos del irracionalismo belicista moderno están ya plenamente desarrollados en este Cervantes que, para mostrar la absurdidad de la guerra patriotera, nos muestra a un pueblo que se dirige armado bajo el estandarte de un burro para enfrentarse a otro pueblo vecino.
El casus belli no puede ser más disparatado. Dos regidores del pueblo agraviado habían ido al monte a buscar a un asno que se les había perdido y para atraerlo decidieron ponerse a rebuznar, haciéndolo tan bien que vecinos de pueblos cercanos empezaron a imitarlos con cierta sorna. Don Quijote, educadísimo, se acerca al bando beligerante y les dice “estáis engañados en teneros por afrentados, porque ningún particular puede afrentar a un pueblo entero” para remarcar que si alguien debiera enfrentarse son aquellos que individualmente se tienen por ofendidos. A continuación, Don Quijote les explica cuáles son las causas de la guerra justa para “los varones prudentes, [y] las repúblicas bien concertadas”. El ingenioso hidalgo asegura que una guerra es legítima si defiende la fe católica y si es justa, pues “tomar venganza injusta (…) va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen”. En una hábil pirueta escolástica proclama, además, como justa la guerra si el individuo defiende su vida o su honra y su familia, aunque esto, como hemos visto, cae en la autodefensa y no en la guerra moderna. Por último, considera legítima la guerra que se hace en nombre del rey o de la patria, pero solo si es justa, es decir, si se circunscribe a la moral católica referida en el primer punto. (Si quieren saber qué nos dice el catolicismo sobre las condiciones de una guerra justa escuchen a Jasiel-París Álvarez, que lo explicó a viva voz hace unos días enfrente del Congreso de los Diputados para reclamar la paz en Ucrania.)
No hay duda, por lo tanto, en que con respecto a una guerra como la de Ucrania, Cervantes nos está aconsejando que consigamos cuanto antes la paz y que, en último caso, mandemos a guerrear o rebuznar a Von der Layen, Sánchez, Macron y cuantos jerifaltes quieran unirse. Cervantes también nos dice que si usted se tiene por agraviado y quiere arriesgar su vida y la ajena, es usted un asno que rebuzna siguiendo los olores de Von der Leyen o González Pons.
La diplomacia anti-belicista de Don Quijote
Podríamos decir que Don Quijote es a la ficción lo que el cristianismo a las religiones (acúsenme, aquí, si quieren, de ser un fósil occidental con pulmones y voz gangosa), es decir, la más absoluta proclamación de la igualdad de todos los seres humanos al margen de su etnia o condición social. Cervantes no rehúye de la lucha de modelos civilizatorios (por ejemplo, catolicismo vs. Islam) sino que nos anima de lleno a entrar en ella defendiendo una serie de valores que, lejos de cualquier idealismo, debieran mostrarse como los más universalistas y pacíficos. Don Quijote despliega algo así como una teoría del pacifismo preventivo en tres grandes puntos que desbaratan por completo la lógica cruelladevil del agonizante atlantismo y europeísmo otanero.
En primer lugar, no a la propaganda. Cervantes no acepta la deshumanización ni del más cruel de los enemigos hasta tener la oportunidad de tenerlo frente a frente, singularizarlo, dirigirse directamente a él y reconocerlo como alguien esencialmente igual y con ambiciones similares. Si Don Quijote es un revolucionario es precisamente por eso, pues hace que todos aquellos con los que se encuentra, incluso los que lo tienen por loco en un primer momento como Sansón Carrasco, acaben entrando en sus coordenadas mentales al sentirse singularizados. Es lo que le sucede, por ejemplo, a las prostitutas lumpen de la venta de Juan Palomeque, que se burlan de Don Quijote como de un pobre diablo hasta que éste las desconcierta tratándolas como seres humanos con dignidad al preguntarles cómo se llaman y de dónde son, ganándoselas para siempre, haciendo que lo traten como su salvador y otorgándoles, por eso, a cada una el simbólico título de “doña”. Cervantes arremete contra todos los que tengan el bicho supremacista anidando en el cerebro, acusándolos de verdaderos criminales y enemigos de la Humanidad. Por eso, Don Quijote se hace amigo del bandolero Roque Guinart o libera a los galeotes, pero muestra como auténtico cáncer de la sociedad a los duques, esa aristocracia netanyuhiana que es el origen de todos los problemas. (Por polémico que sea decirlo hay que reconocer, por ejemplo, que cuando el loco Trump visitó en Corea del Norte a Kim Jong-un actuó quijotescamente, humanizando al adversario, al contrario de lo que hizo Biden cuando llamó asesino a Putin).
En segundo lugar, no a los antagonismos civilizatorios. Cervantes asume la necesidad de que opongamos nuestro modelo civilizatorio a otros, pero siempre mostrando en la práctica que nuestra concepción del mundo y del hombre es mejor que la de nuestros adversarios, no creyéndonos superiores en base a no sé qué progreso o ideales. Este mensaje es fundamental hoy en día para tratar la oposición entre el mundo atlantista y el horizonte chino-ruso de los BRICS, pero también para entender el enfrentamiento entre occidentalismo e islamismo. De nuevo, si hay alguien que sabe de esto es Cervantes, soldado del mayor imperio católico y esclavo del imperio otomano. Podríamos decir, en este sentido, que Don Quijote nunca estuvo de tanta actualidad y que todos nuestros intelectuales lunático-anti-islamistas (algunos de ellos admirados en sus otras facetas por este servidor) debieran leerlo con atención. Por supuesto que la inmigración ilegal es un caballo de Troya de las élites más sanguinarias, el multiculturalismo una apisonadora de carne humana, y el buenismo islamista de ciertas izquierdas un disparate. Pero oponer al tradicionalismo islámico, defensor de estructuras básicas como la familia y de valores como la hospitalidad sin condición, los “valores occidentales” es como apagar el fuego con gasolina. Si el Islam crece hoy en día es es porque muestra valores trascendentales que están siendo interpretados por buena parte de la ciudadanía como superiores al derecho occidental a ponerse unas tetas teniendo pene, o a que seamos masivamente esterilizados, sin necesidad de intervención quirúrgica y con simple propaganda, como si fuésemos invasoras colonias de gatos.
No hay rodeo posible en este sentido. Cervantes es claro y hasta ácidamente sarcástico con todos esos españoles islamófobos que parecen haberse leído la Chanson de Roland en vez del Poema de Mio Cid y presumen de una europeidad que es intrínsecamente anti-española. Si el modelo católico (pongamos, occidental) es superior, viene a decir Cervantes, mostrémoslo en la práctica y ganemos conversiones a nuestra cultura, como procuró Ramón Llull en sus tiempos o como muestra el ejemplo de la cristianizada princesa árabe Zoraida en Don Quijote. Pero no nos engañemos, pues los españoles estamos atravesados por la cultura islámica y tenemos, por eso, una posición absolutamente privilegiada que nos hace ser los rusos del sur. Cervantes en esto, insisto, es implacable y nos revela, en un juego meta-ficcional, al musulmán Cide Hamete Benengeli como creador de gran parte del Quijote y, por si fuera poco, a un morisco aljamiado como traductor. La interrelación entre el mundo católico y el musulmán no significa la creación de una alianza zapateril de civilizaciones, pero sí la aceptación de toda una escala de grises y puntos de convergencia que, lejos de ser utópica, es realista a más no poder y refleja que la cultura española (las jarchas, el Libro del buen amor, etc.) nace en gran medida de la musulmana y reconvierte a esta en una síntesis, tan integradora como deudora, al catolicismo.
Pero sin duda, el mensaje más importante de Don Quijote hoy en día es que una retirada a tiempo no es, en absoluto, una derrota. Son numerosas las veces que nuestro ingenioso hidalgo se retira de una batalla imposible de ganar para defender su integridad física y recuperar fuerzas, explicándole a Sancho que los repliegues prudentes dan honra. Don Quijote resignifica el mismo concepto de derrota e incluso cuando está, al poco tiempo de hacerse caballero, tirado y casi muerto en el suelo dice a un vecino que lo rescata y reconoce, asegurándole que él no es Don Quijote sino su compadre Alonso Quijano, que eso no es cierto pues “yo sé quien soy”. Toda la fuerza quijotesca depende de este verdadero lema de la modernidad, que reescribiendo en clave humana el “yo soy el que soy” que pronuncia Dios en el Éxodo (3, 13-15), permite a Don Quijote resurgir siempre, “resistir obedeciendo” como diría Góngora, para acabar muriendo en paz, siendo para siempre él, cuando más acosado se encuentra por las fuerzas reaccionarias. Pocos se han dado cuenta, pero como mi maestro Julio Baena me permitió vislumbrar en su día, Don Quijote jamás vuelve a la loca cordura del mundo, sino que en su lecho de muerte adopta una última transfiguración ficcional, la más extrema y paródica, la de ciudadano piadoso (Alonso Quijano, “el bueno”). Si no me creen fíjense en lo sarcástico del mote que se pone o en que, a punto de expirar, lamenta no tener tiempo para leer libros “que sean luz del alma”, acordándose de Luz del alma, un volumen devoto que vio pocas semanas antes en una imprenta de Barcelona.
Háganme por eso, queridos lectores (que sé que los hay muy influyentes entre ustedes), el favor de pasarle este textito a alguien cercano a la madama Von der Leyen acompañado de un Quijote, así como a todos aquellos que, presos de la propaganda y el desconcierto, amen el rebuzno occidental antes que la Humanidad y la vida.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.





Creo que se ha acelerado el proceso por el cual se nos pone ante una urgencia, simplemente para negarnos el derecho a elegir o a opinar. Ahora, el temible Putin, de quien nadie se atreve a defender que tenga capacidad bélica para poner en jaque la soberanía de los países de la UE, pero se convierte en una grave amenaza por las intenciones que se le suponen, una vez retiradas del debate las circunstancias que pueden haber llevado a una guerra absurda, sobre todo cuando no convienen a la parte salvadora, que abre y cierra el círculo por el que se convierte en acosadora: la fórmula para detener la carnicería consiste en agravarla.
Debajo de la alfombra se quedan los retos pendientes, como un capitalismo que ya no parece saber cómo mantener su esquema tóxico, la aceptación de un orden mundial en el que han entrado en juego con potencia nuevos actores o los retos de asegurar un medio natural habitable a un plazo no demasiado lejano. Los bárbaros de Kavafis ya sabemos que no vendrán.