Por Alastair Crooke
El futuro global suele plantearse como el de un mundo multipolar o multinodal, con el supuesto implícito de que los Estados se relacionarán mejor entre sí y resolverán sus diferencias con mayor facilidad mediante el diálogo que mediante la guerra.
Este era un lugar común muy extendido en los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Se escribieron libros para sugerir que la guerra no podía producirse. El texto definitivo sobre este concepto, publicado originalmente en 1910 con el título de The Great Illusion (La gran ilusión), se convirtió en un éxito de ventas internacional.
Su autor, Norman Angell, sostenía que, dado que las naciones dependían en gran medida de un sistema comercial mundial estrechamente interconectado, el coste económico de una guerra superaría con creces cualquier posible beneficio. Afirmaba que una nación vencedora sufriría una ruina económica tan grande como la de la nación derrotada, lo que convertiría en obsoleto el concepto tradicional de conquista militar. Su argumento fue interpretado popularmente como la demostración de que la guerra era «imposible».
Su argumento resultó ser falaz; la Gran Guerra estalló, como era de esperar.
Hoy persiste la idea de una cierta interacción multipolar, pero la amenaza de guerra sigue presente y se ve agravada por la negativa de Occidente a escuchar —o comprender— lo que están diciendo los Estados soberanos de distintas civilizaciones. Esta incapacidad para escuchar desde una actitud de compromiso empático está en la raíz de las catastróficas interpretaciones erróneas de Irán y Rusia por parte de los servicios de inteligencia occidentales. Y también está detrás de la presentación de China como algo tan radicalmente «otro» que se convierte en un libro cerrado para los oídos occidentales.
En su influyente libro de 1981, After Virtue (Tras la virtud), Alasdair MacIntyre sostenía que el proyecto de la Ilustración había separado al hombre occidental de sus raíces en la tradición, pero había fracasado a la hora de producir una moral vinculante basada únicamente en la Razón. En consecuencia, muchos de quienes viven en Occidente habitan un mundo de «caos y fragmentación moral, en el que las fuerzas “caóticas” y desintegradoras han eliminado casi por completo la verdadera investigación moral de la cultura europea».
Lo importante es comprender que el «caos y fragmentación moral» que MacIntyre denuncia se fomenta deliberadamente para debilitar los vínculos nacionales, comunitarios y religiosos, precisamente con el fin de atacar y debilitar la cohesión nacional y la soberanía civilizatoria.
El argumento de MacIntyre es que son únicamente la tradición cultural y sus relatos morales los que proporcionan contexto a términos como bien, justicia y telos:
«En ausencia de tradiciones, el debate moral queda desencajado y se convierte en un teatro de ilusiones en el que la simple indignación y la mera protesta ocupan el centro del escenario».
«Las líneas se trazan desde el principio y los participantes se apresuran a tomar partido. Pero, al tomar partido, parecen volverse incapaces de escuchar al otro... Todos sienten el calor, pero nadie ve la luz».
Lo que poseemos hoy, sugiere MacIntyre, no son más que fragmentos de una tradición más antigua (la Sociedad Heroica). Estos fragmentos son sencillamente demasiado escasos, porque nuestro discurso moral, que utiliza términos como bien, justicia y deber, ha sido despojado del contexto que permitiría hacerlo inteligible. Dicho de otro modo, esto sitúa la virtud del mundo heroico y homérico fuera del alcance de Occidente.
Las líneas están trazadas. Hay una precipitación por tomar partido. Las fuerzas «caóticas» y desintegradoras de hoy han eliminado casi por completo la investigación moral de la cultura europea. El rasgo más llamativo de los debates morales es su tendencia a no alcanzar nunca una resolución.
Cuando todos los juicios morales —despojados de contexto— se convierten en poco más que expresiones de preferencia, actitud o sentimiento —el emotivismo, en otras palabras—, el debate queda desencajado; se transforma en un teatro de narrativas en el que la indignación y la polaridad ocupan el centro del escenario.
Pero, al adoptar posiciones partidistas tan emotivas, los actores se vuelven incapaces de escuchar al Otro. Los «otros», ya se trate de Rusia, Irán o China, se vuelven entonces simplemente invisibles según las normas de este enfoque, puesto que sus formas de orientar la atención humana hacia el mundo son completamente distintas.
Así pues, podemos ser —y estamos siendo— conducidos a la guerra mediante mensajes narrativos concebidos específicamente para obligar a los seres humanos a espacializar el mundo de una determinada manera, sin que seamos conscientes de ello. Se nos conduce hacia un «mundo único» impulsado por la Ilustración, en el que toda «otredad» —ya sea rusa, iraní o china— se vuelve invisible según las normas, el modo de presencia, mediante el cual nos aproximamos a las «cosas».
En esta «guerra», el mundo se pone «patas arriba». La mayoría de las personas no están espacializando activamente el mundo que las rodea, sino que parecen haberse conformado con que otros lo espacialicen por ellas. Las narrativas son amasadas y extendidas ante nuestros ojos. Así es como funciona la máquina. La mayoría de las personas en Occidente creen tener un firme control sobre la realidad: hechos, pruebas y conclusiones. Pero, en la práctica, nos enfrentamos a una estructura que da la vuelta deliberadamente a esa supuesta comprensión de la realidad.
En la máquina, la «espacialización» funciona al revés: primero reciben los mensajes; después amasan y extienden una narrativa de la «realidad» como si fuera masa, hasta que encaja en el diseño. Y, si es necesario, ponen la máquina mediática en reversa y amasan esa misma realidad en la dirección opuesta.
Entonces, ¿cómo pueden las civilizaciones soberanas escapar de la «trampa de MacIntyre»? ¿Pueden las civilizaciones recomponer los fragmentos de antiguos saberes y conocimientos para recuperar el contexto que permita hacer inteligible de nuevo el discurso moral?
Salir del pretencioso espacio del pensamiento mecanicista y de la narrativa manipulada no es fácil ni sencillo. Todo lo contrario. Pero fijémonos en lo que exige: un cambio en nuestro modo de presencia; en la manera en que dirigimos nuestra atención hacia el mundo.
La manera en que orientamos nuestra conciencia hacia el mundo, nos dice el neurólogo Iain McGilchrist, es crucial: porque la forma en que lo hacemos modifica y determina aquello que encontraremos y comprenderemos. Y, a medida que espacializamos de manera diferente el mundo que nos rodea, la percepción se amplía y la amplitud espacial —hasta entonces oculta— de aquello que se encuentra más allá comienza a hacerse visible.
La recuperación de antiguas formas de pensamiento —la manera de pensar «todo a la vez, todo junto» (pensar a través de imágenes)— y de otras fuentes de cognición puede abrir un camino hacia la mediación entre las polaridades aparentemente opuestas de lo subjetivo y lo objetivo, que la racionalidad mecánica deja con tanta frecuencia endurecidas hasta convertirlas en obstáculos irresolubles. El enfoque apofático también puede embotar los filos cortantes del pensamiento conceptual al introducir la «intermediedad», encontrando su espacio entre los argumentos rígidos y angulosos. Estos modos de pensamiento poseen una lógica propia que se mantiene al margen de las rigideces de la Ilustración.
Esta es la lección que Irán y su redescubrimiento del pensamiento antiguo están proporcionando hoy al mundo.
Albert Einstein señaló en una ocasión que «la mente racional es un sirviente; pero la mente intuitiva es un don precioso. Sin embargo, nuestro mundo honra al sirviente, pero olvida [ignora] el don».
(Strategic Culture Foundation)
El texto arriba reproducido es un resumen hecho por el propio Alastair Crooke de los puntos principales de una conferencia suya pronunciada en la Higher School of Economics de Moscú el 7 de septiembre de 2026.
Sobre el autor
Alastair Crooke. Diplomático británico, fundador y director del Foro de Conflictos, organización que aboga por el diálogo entre el islam político y Occidente. Ha sido una figura destacada en la inteligencia británica (MI6) y en la diplomacia de la UE.



Querido Alastair
Creer que los problemas del mundo se van a resolver desde una perspectiva racional o lógica o incluso desde el diálogo que no deja de ser una variante de la lógica, es olvidar la parte espiritual del ser humano que sin duda es la más importante y por tanto determinante. El mundo materialista y racional en el que estamos inmersos solo se resolverá cuando los seres humanos seamos conscientes de nuestra dimensión espiritualidad. Algo posible, pero poco probable