En estos días de constantes llamamientos a prestar atención a los consejos de los «expertos» sobre cuestiones farmacológicas, climáticas, identitarias, alimentarias o digitales, es importante recordar los íntimos vínculos históricos entre el concepto de tecnocracia y la práctica del autoritarismo.
Tan pronto como el ideal de una democracia verdaderamente representativa se situó en el centro de la vida europea y estadounidense a finales del siglo XIX, aquellos que temían perder el poder bajo este nuevo orden social empezaron a pregonar el advenimiento de una sabiduría moderna suprema, trascendente a las disputas, que nos ahorraría a todos el desorden y la ineficacia inherentes al gobierno por y para el pueblo. Esto es, la tecnocracia.
Curiosamente, España desempeñó un papel clave en el desarrollo de esta corriente ideológica. Durante las décadas de 1920 y 1930 adoptó una forma conocida como “antiparlamentarismo”, que sostenía que sólo una clase clarividente de patriotas militares, libres de cargas ideológicas, podría salvar al país del inmovilismo y la corrupción generados por la política de partidos.
Cuando, tras la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial, la idea de una salvación social llevada a cabo por los hombres de uniforme perdió gran parte de su brillo anterior, estos esfuerzos por salvar al pueblo de sí mismo se centraron cada vez más en los hombres de ciencia, entendidos en sentido amplio. El término tecnócrata empezó a utilizarse a finales de la década de 1950, cuando el dictador español Francisco Franco confió la gestión de la economía de su país a un grupo de pensadores de la organización católica de ultraderecha Opus Dei.
Estos hombres, que diseñarían el cambio de una política de proteccionismo nativista a otra mucho más centrada en la inversión extranjera, eran, desde luego, muchas cosas. Pero no eran personas sin ideología. Sin embargo, eso no impidió que el régimen y sus muchos nuevos amigos banqueros de todo el mundo los presentaran exactamente así. Y lamentablemente muchos observadores externos llegaron a creerlo.
La idea central del pensamiento tecnocrático era, y sigue siendo, que en el conocimiento científico basado en datos existe una claridad que, si se embotella y distribuye correctamente, nos liberará de todo tipo de debates ruidosos e improductivos.
Sin embargo, tanto los defensores pasados como presentes de este constructo maravillosamente atractivo tienden a olvidar una cosa muy importante: quienes recopilan los datos y los interpretan son seres sociales; es decir, son también seres políticos, y por lo tanto, por definición, no resultan objetivos en su selección y despliegue de los “hechos”.
Esto provoca que su pose de situarse por encima de la política sea perniciosamente peligrosa para la sociedad. ¿Por qué? Porque nos pone a todos en la tesitura de tener que aceptar implícitamente su sabiduría como neutral y sin réplica, aunque la impregnen activamente con todo tipo de sesgos epistemológicos e ideológicos.
Quizá no haya ejemplo más claro de esto que las campañas de los últimos años para liberar internet de las llamadas “noticias falsas” y de los supuestos esfuerzos por “incitar a la violencia”.
En lo que respecta al primer objetivo mencionado aquí, hay que recordar que la verdad, especialmente la verdad en actos y posiciones políticas anidadas socialmente, sólo existe de forma aproximada.
O dicho de un modo más sencillo, fuera del mundo de las afirmaciones básicas de realidades materiales muy concretas, no existen noticias cien por cien reales. Más bien existe un espectro de posibilidades interpretativas sobre la verosimilitud de las afirmaciones que vierten los distintos actores sobre tal o cual fenómeno. Llegar seriamente al fondo de las cosas es siempre una empresa relativamente desordenada e incierta que rara vez da lugar a conclusiones irrefutables.
Y, sin embargo, ahora tenemos empresas vinculadas umbilicalmente al eje del poder militar y empresarial, de EE.UU., la UE e Israel que aseguran disponer de algoritmos que pueden liberarnos de esa confusión inherente eliminando las “noticias falsas” de nuestras pantallas.
¿De verdad cree el lector que carecen de segundas intenciones al ofrecernos este supuesto servicio? ¿De verdad cree usted que los algoritmos que están detrás de los conceptos operativos de “falsedad” y “desinformación” no se confundirán de alguna manera (o más bien, en gran medida) con ideas que, desde esta perspectiva de la configuración del poder, podrían llegar a destruir sus objetivos estratégicos particulares?
En lo que respecta al objetivo de liberarnos de la incitación al odio y a la violencia, ¿es realmente cierto objetivamente que cantar las alabanzas en internet de, digamos, Hezbolá, constituye intrínsecamente una incitación a la violencia mayor que alabar al ejército estadounidense y a sus poderes mortales en las formas que se han convertido en casi obligatorias en nuestros espacios públicos y celebraciones?
Aunque usted o yo no lo veamos así, este grupo paramilitar con base en el sur del Líbano es, para muchos en todo el mundo, una heroica fuerza de resistencia que lucha contra lo que consideran invasiones en serie de su tierra y su modo de vida.
Y luego encontramos la no pequeña cuestión del número de personas mutiladas y asesinadas. Cuando miramos las estadísticas una al lado de la otra, no hay ni sombra de duda de quién ha matado o mutilado a más personas en Oriente Medio. El ejército estadounidense lleva una ventaja tan absurda en este juego de emplear “la violencia o la amenaza de violencia, especialmente contra civiles, en la persecución de objetivos políticos” (¿no está muy cerca está práctica de la la definición de terrorismo?).
Aun así, lo último que supe es que no se estaba desarrollando ningún algoritmo para salvar a los habitantes del ciberespacio frente a quienes alaban efusivamente nuestra victoriosa máquina de matar. Incluso cuando sus partidarios en línea utilizan un lenguaje hiperagresivo y étnicamente insultante para justificar asesinatos pasados o para bendecir la comisión de otros nuevos.
Y, sin embargo, este tratamiento tan dispar de dos fuerzas combatientes, que sólo puede explicarse en términos de las predilecciones ideológicas arraigadas de quienes dirigen la operación, se nos presenta sistemáticamente en un lenguaje de neutralidad técnica por encima de todo.
El hecho de que la mayoría de la población del país se trague esta disculpa tecnocrática tan poco convincente del control absoluto del discurso es quizá el aspecto más aterrador de todo esto.
Si de verdad nos interesa la democracia, no podemos ceder pasivamente a la ética de la gestión tecnocrática que nuestros perezosos y cobardes políticos, así como sus sirvientes mediáticos, nos endilgan ahora ya sin descanso.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington





Querido Thomas.
La manipulación del poder es parte de la historia de la humanidad. La única diferencia es que ahora puede que seamos más conscientes.
Expondré una pequeña muestra. Hace unos días El País, periódico que manipula y oculta información como el que más, publicó un artículo del actor Richard Gere, Un genocidio silencioso, sobre la desaparición de los pueblos indígenas. Nada que objetar. Sin embargo, no solo no publican a RFK Jr. sino que les falta tiempo para tacharle de antivacunas y anticientífico, cuando, como tu y yo sabemos, RFKJr. ha hecho y hace una labor inmensa contra la corrupción y las mentiras de la BigPharm, además de estar asesorado por reputados científicos, entre otros, Robert W. Malone. El problema no es tanto que no publiquen a personas como RFK Jr. sino que nos ocultan información de profesionales que discrepan del relato oficial. Un ejemplo meridiano de ello es el calentamiento de la Tierra en el que bastantes científicos discrepan del relato oficial, esto es, que la actividad humana en general y las emisiones de CO2 en particular sean los causantes del cambio climático porque cambio climático lo ha habido a lo largo de la historia de la Tierra y sin actividad humana, es más, las emisiones de CO2 eran superiores sin que hubiera actividad antropogénica. Ni un artículo dando voz a dichos científicos
Me asombra cómo los dogmas pueden aparecer bajo tan distintas vestiduras. Y que nos permitan sentirnos libres a cambio de pensar lo que tenemos que pensar.