No ser todo columbino. Altérnense la calidez de la serpiente con la candidez de la paloma… no quiera ser uno tan hombre de bien, que ocasione al otro serlo de mal. Sea uno mixto de paloma y de serpiente: no monstruo, sino prodigio.
Baltasar Gracián, Oráculo manual (1647)
Si hay algo en tu vida que no quieres que nadie sepa, no lo hagas y punto.
Eric Schmidt, CEO de Google (2001-2011)
Propongo terminar con el anonimato en los medios sociales. Un usuario de medios sociales, un carné de identidad real.
Pedro Sánchez, 23/1/2025, Foro de Davos
Pretenden que dejemos de ser personas para que nos transformemos en monstruos, esto es, en seres que se muestran, se revelan sin rubor ante los demás y que no son, en definitiva, nada más que lo que se ve. Entre el aforismo de Baltasar Gracián arriba citado y la amenaza tecno-fascista de Eric Schmidt no distan solo cuatrocientos años sino también dos concepciones diametralmente opuestas de concebir el individuo, sus derechos y la manera de relacionarse con la realidad. Por una parte nos encontramos con un sujeto analógico cuya máxima aspiración consiste en ser persona (es decir, en ser portador de una máscara -etimología de persona- que le permite erigirse en individuo ante los otros manteniendo ocultos aspectos de su vida privada). Por otra, topamos con un sujeto digital que en su forma ideal debe ser transparente, y por tanto renunciar a la privacidad al considerar esta como una norma cultural desfasada que conviene abandonar, tal y como defendió, entre muchos otros tecno-inquisidores, Zuckerberg en 2010.
Para que aceptemos este cambio de paradigma nos aseguran que tenemos que liberarnos de los consensos del pasado y reestructurar acorde con los dictados de la digitalización nuestras ideas acerca de la moralidad, la política y el ser humano: en esta nueva realidad la libertad de expresión es mala, el pensamiento crítico ha de ser controlado y el anonimato, base de todas nuestras libertades modernas, eliminado por completo. Pero no nos dejemos engañar: si algo demuestran estos intentos desesperados de monitorización ciudadana es que en muchos sentidos la mecánica del poder no ha cambiado nada en los últimos quinientos años. Estas mismas ansias totalitarias se dieron en el s. 16 a causa de la democratización política y cultural que la imprenta estaba ocasionando de manera incontrolable. La misma imprenta que permitía a soberanos y élites llegar de manera masiva a grupos ingentes de población y producir una uniformización que acabó por conformar los estados modernos, hacía también posible que los súbditos (aquellos en los que residía fácticamente la soberanía) replicasen, parodiasen y desactivasen el poder sin posibilidad de control. Los argumentos que entonces se dieron para vigilar publicaciones mediante censuras o expurgaciones (una lógica similar a la de los fact-checkers actuales) y para prohibir por ley el anonimato son idénticas a las que ha utilizado hace unos días Pedro Sánchez para intentar anular el aspecto más republicano de la revolución digital: el anonimato en redes.
El monopolio de la moral
Según Sánchez es necesario prohibir el anonimato digital para proteger a los niños e impedir que los criminales campen a sus anchas por internet: la imposición de verificadores de contenidos se convierte, además, para nuestro presidente-cancerbero del Great Reset, en un “requisito moral y legal” indispensable para defender los valores europeos. Esta lógica es muy similar a la que se siguió cuando el anonimato fue prohibido por primera vez en 1559 por el Papa Paulo IV, quien mediante el Index Librorum Prohibitorum declaró ilegal la publicación de libros anónimos con el fin de defender la moral católica y salvaguardar a los más vulnerables de influencias perniciosas. Ese mismo año, en un intento desesperado de detener la virulencia de las incontrolables redes de tinta y papel que la imprenta estaba extendiendo por todos lados, Felipe II decretó un cierre de fronteras y prohibió la importación de libros, así como estudiar en universidades extranjeras. El enemigo a combatir para las élites católicas (el protestantismo, entre otros) poco tenía que ver con aquello que realmente se estaba prohibiendo. Solo cuatro años antes, en 1554, se había publicado de manera anónima La vida de Lazarillo de Tormes, un libro subversivamente humano que se atrevía a satirizar las jerarquías católicas, a denunciar la pobreza interna causada por el imperialismo de Carlos V y a proponer una reforma radical de las coordenadas morales e imperiales de la época. El anonimato permitió al autor de la obra sacar a luz toda una serie de asuntos que difícilmente podrían ser enunciados en público con nombres y apellidos. No en vano, se especula que su autor real pudo ser un agente imperial convertido anónimamente en disidente como Alfonso de Valdés o Diego Hurtado de Mendoza, quien en la historia que escribió sobre ese Vietnam español que fue la guerra de Granada empatizaba de manera abierta con los moriscos a los que él mismo se había enfrentado.
No hay mayor diferencia, en este sentido, entre los intentos de censura que se llevaron a durante la revolución de la imprenta y los que estamos padeciendo en estos tiempos digitales. El elemento más desconcertante para las élites de la democratización de conocimiento que supuso la imprenta fue que miembros de los sectores más vulnerables y silenciados de la sociedad no solo estaban al tanto de ciertas ideas sino que empezaban ellos mismos a dar cuenta de sus propias experiencias, pareceres y vidas por medio de obras que en muchos casos no se llegaban a publicar pero eran enunciadas como opiniones legítimas. Es más, como han demostrado Carlo Ginzburg o Miguel Martínez, la introducción de la imprenta ocasionó que incluso personas analfabetas compusiesen sus propias obras con ayuda ajena al estar contagiadas de un espíritu epocal que democratizaba las opiniones. Nada, en el fondo, muy distinto a lo que viene sucediendo en las últimas décadas con las redes sociales, que no solo han dado lugar a una psicótica democratización de la idea de famoseo (que, por supuesto, no se regula porque no es peligrosa para nuestras élites) sino que ha ocasionado que individuos desconocidos hagan la competencia a grandes medios de comunicación o editoriales publicando contenido en redes.
Si hay algo, de hecho, que tanto Pedro Sánchez como los hombres grises a los que representa no soportan es que cada individuo haya sido convertido por la imprenta e internet en una especie de soberano anónimo, es decir, en un sujeto para-estatal que, aunque debe acatar las leyes vigentes, tiene la capacidad -e incluso la obligación ética- de utilizar los medios de distribución de ideas a su alcance para subvertir estas si considera que son desacertadas. Hace cuatrocientos años Baltasar Gracián dejó esto claro cuando oficializó el traspaso de la razón de estado (el amoral secreto que se ejecuta en nombre del interés público) del monarca al individuo en ese manual para la ciudadanía que es El Héroe (“Aquí tendrás (…) una razón de estado de ti mismo, una brújula de marear la excelencia”). Tendríamos, por eso, que tener claro que en la modernidad la transparencia debe ser la regla de los gobiernos, pero nunca de los individuos, que han de tener asegurado el derecho a la privacidad y, muy especialmente, al anonimato. Pero tendríamos también que rechazar de manera frontal todo control de contenidos, hecho siempre en nombre del privilegio de unas élites que no soportan la idea de que esa masa de individuos anónimos llamada población acceda a fuentes que les permitan analizarlos, controlarlos y cuestionarlos. En tiempo de Gracián era, de hecho, la Duquesa de Aranda (una Sánchez o Schwab de la época) quien se oponía a que circulasen libremente sus manuales de ingenio, discreción y civismo, pues temía que “materias tan sublimes, dignas solo de Héroes, se vulgarizasen con la estampa, y que cualquier plebeyo, por un precio de un real, haya de malograr lo que no le tiene”.
La soberanía anónima y la soberanía zombi
Pedro Sánchez ya intentó prohibir el anonimato en 2020 al proponer acabar con el dinero anónimo (metálico) y sustituirlo por una moneda digital que supondría un control total de la población. Pensemos que, de esta manera, si el gobierno decidiese que solo se puede consumir cierta cantidad de carne, pescado o alcohol, estaríamos sometidos a un control peor que el de las cartillas de racionamiento, pues nuestros jerarcas vigilarían en qué nos gastamos el dinero. (Por no hablar, claro, de que la abolición del dinero anónimo permitiría la implantación de un distópico sistema de puntos ciudadanos, por el que aquellos que obedecen podrían comprar lo que quisiesen mientras los disidentes podrían ser excluidos de circuitos de consumo esenciales).
Este camino digital-totalitario comenzó a hacerse visible en 2009 cuando compañías como Google impusieron una ley marcial perpetua que vulnera derechos ciudadanos básicos al transformar a cada usuario de internet en un conjunto de estadísticas que revela sus gustos y preferencias ideológicas. El objetivo no es otro que reducir a cada individuo a un algoritmo para implementar una despersonalización que nos convierta en lo que Eli Pariser ha denominado “filtro burbuja”, es decir, seres aislados en un mundo virtual que solo refleja nuestros deseos y apetencias dándonos una falsa ilusión de control y empoderamiento. La prohibición de anonimato es fundamental para conseguir este objetivo y hacer que sustituyamos la vieja soberanía anónima que nos permitía ejercer la ciudadanía (controlando a los poderosos desde la invisibilidad que da el saberse parte indetectable de una multitud) por una soberanía zombi.
La soberanía zombi supone aceptar como propia del sujeto de derecho una ideología de la transparencia, la sinceridad y la obediencia sin cuestionar a unas opacas autoridades tecnócratas que dirigen nuestras vidas porque dicen conocernos mejor que nosotros mismos. Podríamos aventurar que el cambio de la soberanía anónima a la soberanía zombi actual comenzó alrededor de 1830 con la invención del telégrafo (punto de arranque, según Castillo y Egginton, de la revolución digital). El llamamiento electrónico que el telégrafo efectúa hacia potencialmente cualquier individuo a nivel global no hará más que refinarse con la llegada del teléfono, que lo convierte en diario, hasta convertirse en neurosis con el email o la mensajería instantánea (no se trata ya de que el cartero llame siempre dos veces, sino de que ahora está siempre en nuestra puerta sosteniendo un sobre vacío e infinito). Si algo muestra a las claras el incremento exponencial de control ciudadano y la anulación de derechos republicanos que conlleva la digitalización es el simbólico pero irreversible paso en 2003 del “Phone book” (guía telefónica) al “Facebook” (guía de caras): si el “Phone book” permitía localizar a un individuo proporcionándonos su número telefónico y dirección, el “Facebook” simplificará esta búsqueda mostrándonos directamente la cara del sujeto al que reclamamos. De esta manera, la persona es reducida a su rostro como un simple delincuente fichado por las fuerzas del orden (no a una máscara, significado etimológico de persona) con todo lo que esto supone en lo relativo a predisponer a la ciudadanía en contra de la defensa del derecho a la privacidad y el anonimato.
Puede que aún no nos hayamos dado cuenta del todo pero de la mano de esta soberanía zombi hemos entrado ya en la era del fascismo global-digital. La eliminación de facto del anonimato y la privacidad ha originado una concepción corporativista de la “democracia” por la cual la mayor parte de la población asume que son las grandes corporaciones multinacionales las que nos han de representar políticamente. El rol del ciudadano ya no consiste en someter a escrutinio en la esfera pública al poder ni en reducir su voluntad a un voto, sino en dar “me gusta” a un post o en salirse de una red social (digamos X, antaño Twitter) para meterse en otra (digamos Bluesky). Este proceso fue activado durante la primera presidencia de Trump por parte del progresismo globalista cuando el CEO de UBER prometió colaborar con el gobierno americano para implementar la Orden 13769 que prohibía la entrada de ciudadanos de siete países de población mayoritariamente musulmana a EEUU. La indignación explotó en las redes, promoviendo como “democrático” gesto de protesta, no la movilización ciudadana, sino darse de baja en UBER, causando además que corporaciones como Starbucks aprovechasen la situación para fidelizar a la población anti-trumpista por medio de la promesa de su CEO de contratar a 10.000 refugiados.
La soberanía zombi consiste precisamente en ejercer esta nueva forma de consumo (las redes sociales y la fidelización a determinadas plataformas) como si fuera una nueva forma de democracia, reconociendo implícitamente que la voz ciudadana solo puede ser soberana a través de corporaciones como Starbucks, Uber, X o Bluesky. Se trata de un corporativismo fascista-digital por el que compañías de naturaleza monopolística que ansían con hacerse con todo el comercio global se erigen a un mismo tiempo en nuestros representantes políticos y carceleros. Es el sueño del neoliberalismo, por el que los precios (ahora las suscripciones o los “me gusta”) de una economía aparentemente de libre mercado son los verdaderos indicadores de la voluntad popular que expresa sus preferencias por una cosa o la otra sin necesidad de acudir a las urnas.
Prohibir el anonimato no redunda, por eso, en una mayor seguridad ciudadana sino que nos convierte a todos en seres humanos despojados de ciudadanía e intervenidos por un control gubernamental sin precedentes en la historia. Muchos de nosotros somos ya soberanos zombies que ansiamos volver a una soberanía anónima desde la que vigilar el poder sin ser vigilados. Para ello debiéramos transformar internet en una verdadera plaza pública llena de tabernas en las que se pueda hablar sin tapujos de lo que consideramos importante. Pero no podemos permitir que para entrar a uno de estos lugares o para conspirar al unísono nos pidan el nombre y el DNI.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.





Otra vez magnífico, David. Un placer leerte.
Por mi parte, utilizo dinero electrónico por comodidad y me identifico en redes sociales. De la misma forma, mi sensibilidad me hace rechazar el aborto, aunque jamás se lo prohibiría a nadie que vea las cosas de distinta forma.
Lo digo porque me resultaría aberrante que lo que hago voluntariamente y según mis circunstancias se convierta en obligatorio, independientemente de ellas. Me molesta que me obliguen a ser libre.
Nos vemos en las tabernas y en las conjunras!