El filósofo y activista nacionalista catalán de principios del siglo XX, Eugeni d’Ors, era famoso por sus aforismos. El más repetido de ellos se refería a la necesidad de todo pensador de elevar “la anécdota a categoría”.
Ors era un humanista y, en consecuencia, su modus operandi intelectual era esencialmente acumulativo y orientado a la síntesis.
Cuando pensamos y escribimos como humanistas, lo que hacemos es buscar en el inventario de metáforas verbales que hemos adquirido en el curso de nuestras vidas las más adecuadas para así contar una historia que creemos que iluminará y captará la atención de nuestros lectores. Al proporcionar a nuestros lectores una serie cuidadosamente organizada de anécdotas “cargadas de sentido”, confiamos en que, de alguna manera, estemos facilitando su propia capacidad de forjar una comprensión más amplia y categórica del concepto o fenómeno en discusión. Despojado del dramatismo autocomplaciente que siempre aportó a su vida y a su obra, el aforismo de Ors es poco más que una exhortación concisa a emprender este proceso.
El pensamiento científico, en general, funciona en la dirección opuesta. Observa fenómenos complejos y busca comprenderlos analizando sus partes constituyentes y subsistemas con gran detalle.
Aunque muchos parecen haberlo olvidado bajo las enormes presiones de la hiper-especialización académica, existe una relación inherente de ying-yang entre los modos de explicación humanísticos y científicos.
El humanista que, al tratar de explicar una realidad social dada, ignora los detalles espinosos y a menudo muy significativos de los elementos que la componen, se hundirá en un pantano de afirmaciones vagas.
El científico que intenta explicar la complejidad del mismo fenómeno social fijándose estrictamente en una de sus realidades constituyentes y extrayendo conclusiones generales de ella, está igualmente condenado a una grave imprecisión.
Si alguna vez hubo un campo en el que la complementariedad inherente entre estos dos modos dominantes de pensamiento debe reconocerse y emplearse siempre, es el de las políticas de salud pública.
Debido a su enorme alcance y complejidad, la salud pública exige tanto análisis microgranulares como la capacidad de esbozar narrativas amplias y precisas de grandes tendencias, fuerzas y preocupaciones. Un profesional experto en el campo debe ser profundamente consciente de los límites de su ámbito disciplinario particular y estar dispuesto a dialogar de buena fe con otros en la búsqueda de las soluciones más efectivas y equitativas para la ciudadanía.
Está claro que nada parecido al proceso de doble vía que acabo de esbozar tuvo lugar entre quienes dirigieron la respuesta del gobierno de Estados Unidos a la pandemia de Covid 19. Y cuando consideramos los relatos detallados publicados sobre las conductas de las personas involucradas en estos esfuerzos, como los del Dr. Scott Atlas y Robert Kennedy Jr., hay muchas razones para creer que la imposición de lo que podría llamarse “autismo en la formulación de políticas” se llevó a cabo de manera intencional.
De hecho, esta mala fe intencional me resultó evidente ya en marzo de 2020, no porque entonces supiera algo sobre las traiciones seriales de personajes como Anthony Fauci, Robert Redfield y Christian Drosten (no lo sabía), sino porque había pasado gran parte del último cuarto de siglo estudiando la pedagogía de la nacionalidad, es decir, los procesos y mecanismos mediante los cuales las élites creadoras de signos de la sociedad buscan crear y desplegar nociones nuevas y abarcadoras de “realidad” entre las poblaciones ostensiblemente en deuda con su poder.
La primera señal inequívoca, como suele suceder con este tipo de operaciones de planificación cultural, fue la rígida uniformidad léxica y la extraña simultaneidad de los mensajes de los medios, especialmente en lo que respecta al significado histórico a largo plazo de lo que está sucediendo.
Nadie con un mínimo de juicio crítico, o con una visión de las rutas a menudo sinuosas de la historia, se dignaría jamás a hacer pronósticos sobre el surgimiento de una “nueva normalidad” en medio de una crisis. Esto, claro, a menos que esta persona tuviera un claro interés en establecer una narrativa que a través de su temprana y frecuente repetición, excluiría en prácticamente toda la población (excepto en los pensadores más resistentes y seguros de sí mismos) el deseo de buscar otras posibilidades interpretativas.
La segunda señal fue la naturaleza absurdamente fantasiosa y sin límites de la nueva “guerra” en la que, estuviésemos de acuerdo o no, ahora se decía que todos estábamos inmersos.
Cuando hace dos décadas aproximadamente, se anunció solemnemente la “Guerra contra el Terror”, comenté sarcásticamente a varios amigos: “Y cuando termine, pasaremos a la Guerra Final contra el Pecado Original”. El horror se apoderó de mí cuando ninguno de ellos se rió entre dientes, o incluso entendió mi idea general.
Al parecer, pocos de mis interlocutores habían reflexionado alguna vez en detalle sobre las bien conocidas dinámicas de los imperios. Más concretamente, la mayoría parece no haber observado nunca cómo, con el tiempo, las energías de cada clase dirigente imperial acaban por centrarse en la tarea de justificar, tanto ante la población local como ante las víctimas extranjeras, su necesidad monomaníaca y absurdamente costosa de proyectar poder.
¿Cuál fue la solución empleada por los responsables políticos estadounidenses a este clásico dilema del imperialismo tardío a principios del siglo pasado?
Declarar la guerra a una conducta (el terrorismo), cuya definición es, por supuesto, totalmente subjetiva. Esto, sabiendo muy bien que la preponderancia del poder mediático necesaria para imbuir a este término tremendamente subjetivo de un aura falsa de solvencia semántica y, por lo tanto, de potencia armamentística en un momento dado, estaba abrumadoramente de su parte.
Con este nuevo enemigo (polimórfico, omnipresente y, lo mejor de todo, creable a ciegas mediante campañas mediáticas), las largas y ansiosas noches de los burócratas imperiales finalmente llegaron a su fin. Nunca más se podría cuestionar su influencia cada vez mayor sobre las vidas de los proletarios en el país y en el extranjero. Y, si alguien tuviera la temeridad de hacerlo, se le podría acallar a gritos (véase el poder preponderante de los medios de comunicación más arriba) por su egoísmo y su desinterés en sus conciudadanos.
¿Podrían ser más claros los paralelismos conceptuales entre una “guerra contra el terrorismo” y la “guerra contra el Covid” (un “enemigo” aún más omnipresente, polimórfico y fundamentalmente invencible)?
La tercera pista (tal vez la más reveladora) fue el uso instantáneo, léxicamente incorrecto y extrañamente amplio y simultáneo del término “caso” en relación con el fenómeno del coronavirus. Al ver esto, me resultó inmediatamente evidente que una vez más estábamos siendo empujados a actuar, como sucedió en los años posteriores al 11 de septiembre, a base de lo que los lingüistas llaman un “signo flotante”.
En el centro de la reestructuración revolucionaria de la lingüística de Saussure se encuentra la idea de que el valor de todo signo verbal es relacional, es decir, que sólo podemos entender verdaderamente una palabra en su totalidad si estamos al tanto de la estructura contextual que lo “sostiene” dentro del campo semántico en un momento dado.
Cuando hablamos de significantes flotantes o vacíos, nos referimos a palabras o términos cuya estructura contextual es tan vaga o poco clara que nos priva de la capacidad de derivar de ellos un sentido claro o estable de su significado.
En las últimas décadas, los líderes políticos y mediáticos han aprendido lo útil que puede ser el uso de significantes emocionalmente evocadores, pero carentes de contexto, para dirigir a la ciudadanía hacia sus fines deseados.
“Las armas de destrucción masiva” es un ejemplo clásico en este sentido. Lo que exactamente significa el término y cómo nos afectará concretamente es bastante vago. Y ese es precisamente el punto. En realidad, no quieren ni esperan que tengamos una conversación destinada a hacer una regresión a la cadena exacta de relaciones semánticas (o la falta de ellas) que sustentan el término. Más bien, quieren que nos quedemos con una vaga, pero palpable sensación de pavor.
En el asunto del aumento de los “casos” de Covid, se da a entender de manera similar que está en marcha un proceso realmente negativo. Pero no se dice nunca exactamente el alcance de la amenaza, quiénes tienen más probabilidades de sufrirla y con qué gravedad. Éste es el genio maligno de hacer de los llamados “casos” (privados de cualquier contexto relacional que ilumine la verdadera alcance de peligro que representan) el enfoque del discurso diario sobre el Covid.
La formulación y la implementación de políticas responsables en una sociedad democrática pasa siempre por la pedagogía pública, que, a su vez, solo puede funcionar en un contexto de respeto por aquellos a quienes se enseña.
Los encargados de liderar el esfuerzo gubernamental norteamericano para combatir el Covid (los doctores Birx, Fauci y Redfield) tuvieron amplias oportunidades de demostrar este respecto a través de la provisión de la información necesaria para dar sentido preciso a esos alardes de números de casos. Si hemos de creer a Scott Atlas, él mismo les imploró que lo hicieran en cada uno de sus encuentros personales con ellos.
Sin embargo, se negaron resueltamente a hacerlo.
Solo hay dos explicaciones posibles para esto: a) estas personas son mucho más idiotas de lo que parecen y no comprendieron las graves deficiencias semánticas y los efectos espiritualmente dañinos del término "casos" en la forma en que lo estaban utilizando; o b) estaban muy contentos de usar repetidamente, de hecho obsesivamente, este significante flotante de vagas connotaciones aterradoras en la ausencia de la información que los ciudadanas necesitaban para calcular bien los riesgos reales del virus para normalizar entre el público la aceptación de mensajes desprovistos de todo amarre empírico que pudiera contradecirlo.
Para mí, al menos, no hay duda sobre cuál de las dos explicaciones es más cierta.
Una vez que este “minicurso” de disyunción mental teñida de miedo fue ofrecido al público y aceptado por éste con poca resistencia visible en las primeras semanas y meses de la crisis, Fauci, Birx y Redfield, junto con sus portavoces elegidos en el CDC y en los medios, estaban, en efecto, sin ataduras a la hora de inventar y propagar nuevas “realidades” médicas y sociales para el consumo del público.
Desprovistos así de los procesos cognitivos que se suele usa para hacer evaluaciones razonadas de los riesgos en nuestras vidas, millones de personas cayeron en el estado mental que siempre ha sido el objetivo programático final de aquellos, como Bruce Jessen y James Mitchell, que diseñan programas de tortura para el gobierno de los EE. UU.: “la indefensión aprendida”.
Cuando un individuo entra en este espacio mental regresivo, la estatura de todos aquellos que se le presentan como figuras de autoridad, sin importar su nivel real de competencia o coherencia, aumenta dramáticamente.
De hecho, muchas investigaciones sugieren que la falta de coherencia discursiva o de previsibilidad operativa en esas figuras de autoridad no hace más que aumentar la estimación que la persona o el grupo de personas, ahora psíquicamente indefensos, tienen para las “figuras de autoridad”. Esto sugiere que de los notorios cambios de opinión de Fauci y otros portavoces del gobierno sobre cuestiones epidemiológicos claves a lo mejor no se debían tanto a su debilidad o su inconsistencia intelectual, sino a un deseo de aumentar aún más su control sobre una población que saben que se encuentra ya en una posición de postración psíquica frente al rol que las figuras de las autoridades han de tener en sus vidas.
Y es de suponer que estas tácticas desorientadoras tienen más efectividad en sociedades como las de los de EE.UU y Europa, en donde las practicas religiosas que antes permitían resistir estos embates, han ido perdiendo protagonismo. De hecho, para una cierta parte de la población, desprovista de los rituales y prácticas que antaño les ayudaban a aguantar los ritmos muchas veces crueles de nuestra cultura consumista, esta entrega del yo a autoridades que prometen resolver sus problemas puede adquirir un atractivo casi religioso.
En este estado de sumisión frente a unos expertos de capacidades ostensiblemente salvíficas, esas personas encuentran una extraña paz temporal, y en homenaje a ello, comienzan a hacer valer la santidad de la misma lógica disyuntiva que antes utilizaban los líderes del culto para esterilizar sus facultades críticas más básicas.
Persona A: Tengo mucho miedo por el Covid.
Persona B: ¿Sabes cuáles son las probabilidades de morir para una persona de tu edad que se contagia de Covid?
Persona A: No.
Persona B: Bueno, según las últimas estadísticas de los CDC, tus probabilidades de sobrevivir si te contagias son del 99,987 %.
Persona A: Pero sé de un primo de un amigo que tenía mi edad y que estaba en un estado perfecto de salud, murió. También leí un artículo de prensa sobre una persona joven y sana que murió en Nueva York el otro día.
Persona B: Sí, los artículos de los que hablas pueden ser ciertos, pero señalan casos muy particulares que podrían no ser representativos de las tendencias generales y, por lo tanto, no son realmente útiles para ayudarte a determinar tu nivel real de riesgo. La única forma útil de saberlo es mirando estadísticas generales.
Persona A: Lo sabía. Lo sabía. Eres uno de esos negacionistas del Covid amantes de las teorías conspirativas que está feliz de que mucha gente muera del virus.
Este diálogo es, con ligeras variaciones, bastante representativo de docenas de diálogos que he tenido en la vida real durante los últimos años, mantenidos a menudo con personas “bien educadas” que, en un porcentaje no pequeño, pueden lucir títulos de maestría y doctorado en sus currículums.
En resumen, durante el Covid la anécdota ha sido verdadera y masivamente elevada a categoría, pero no de la manera en que Eugeni d’Ors quería que ocurriera.
No, se ha convertido en la categoría en las mentes de millones de ciudadanos, muchos de los cuales se ven todavía como maestros asiduos de progresiones lógicas de la razón y la argumentación bien ordenada.
¿Cómo sucedió esto? Nadie, por supuesto, lo sabe con certeza.
Pero si leemos libros como el magnífico A State of Fear de Laura Doddsworth y The Real Anthony Fauci de RFK Jr. junto con el siempre espeluznante Nudge de Sunstein y Thaler, los principios de una respuesta emergen bastante rápido. Y es algo como esto.
Durante las últimas tres décadas y posiblemente más, los gobiernos occidentales, trabajando de la mano con los grandes intereses corporativos, han invertido mucho dinero y mucha energía en el desarrollo técnicas de “gestión de la percepciones” diseñadas para socavar eficazmente la capacidad de los ciudadanos de oponerse a las políticas que estas mismas élites, con su sabiduría incandescente, han decidido que son necesarios para el pueblo.
Los ataques del 11 de septiembre dieron a estos líderes corporativos y gubernamentales tanto los fondos adicionales como la libertad política que necesitaban para acelerar enormemente el trabajo en estos procesos de planificación cultural. La crisis de Covid les ha permitido llevar estos experimentos psicológicos a niveles aún más intensos .
Tenemos muchas formas de ignorar estos acontecimientos aterradores: la más común (e intelectualmente perezosa) es descartarlos por considerarlos como "teorías de la conspiración".
Si queremos recuperar las libertades perdidas en la últimas décadas, tenemos que ser más valientes, comprometiéndonos, a pesar de nuestros miedos, nuestras incomodidades y nuestra incredulidad, a ir adonde las nuestra observaciones empíricas nos lleven.
La futura dignidad y libertad de nuestros hijos y nietos depende en gran medida de nuestra capacidad de plantar cara a los que nos ven como una grey de bestias manipulables.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington





Thomas Harrington— Excelente ensayo. Gracias.
Una cosa que aprendí (o más bien, aprendí de nuevo) en los años del covid: cuando las cosas no tienen sentido suele ser porque alguien quiere que no tengan sentido. ¿Y a qué se debe? Así como hacen los ladrones callejeros y los magos del escenario, ellos distraen a uno con extrañas tonterías.
Y me parece que "hate speech" es el mismo juego con un signo flotante.
Por supuesto, me apunto a la herejía. Me parece de una claridad extraordinaria el artículo, y creo que el hecho de que aparezca señala un camino, a través de la suma de quienes queremos algo más que un credo para sentirnos parte de la sociedad. También me parece que la sumisión tiene sus límites y su fuerza incontrolada, que la puede disgregar. Todavía tengo fe.