Este fin de semana, Boris Johnson se descolgaba con estas declaraciones, que casi provocan que me atragante con el café. ¡El Primer Ministro del Reino Unido en tiempos de pandemia, pidiendo explicaciones a China por la fuga de laboratorio del SARS-Cov2 en Wuhan! Vivir para ver. Cabría pensar que al exótico ex dignatario le ha sobrevenido un ataque de dignidad, al saberse engañado por China, pero lamentablemente la realidad acostumbra a ser algo más decepcionante. A mi juicio, sus declaraciones responden al mero control de daños. Un tipo como Boris, por muy tuercebotas que parezca, sabe que se dirige a un público mayoritariamente ignorante, al que la impronta del camelo del pangolín le ha sido tatuada en el córtex. Por ello, en un alarde más de voluntarismo, decide usar la porción de verdad que se ve obligado a admitir para arrimar de nuevo el ascua a su sardina, haciendo de la necesidad virtud Los chinos, malos per se, nos deben a los occidentales, que somos buenos e ingenuos, explicaciones sobre los virus que guardaban en Wuhan. La narrativa avanza, queridos lectores, pero ni tanto ni tan rápido. Del cuento de los mercados húmedos en condiciones de insalubridad hemos pasado al de los biolaboratorios en condiciones de insalubridad. Porque, como todo el mundo sabe, los chinos, además de malos, son guarros y descuidados.
Chinos malos
Los chinos tienen la culpa, y total, como China queda tan lejos, mandamos el asunto a dormir el sueño de los justos, y aquí paz y mañana … ya veremos. Recuerda al Capitán Louis Renault cerrando el Rick´s Café de Bogart en Casablanca al grito de: “¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!”, mientras un empleado del club se acercaba al capitán para liquidar sus ganancias. ¿Pretende el bueno de Boris hacernos creer que no estaba al tanto de los manejos de sus servicios de inteligencia en el encubrimiento de las actividades de Wuhan? Resulta complicado creerlo, como presumir ignorancia sobre el papel de Jeremy Farrar, a la sazón promotor, tanto de la ridícula carta de apoyo a los científicos chinos publicada en The Lancet, como del infame Proximal Origin, considerado durante años como la piedra angular del engaño zoonótico. Y es que Jeremy Farrar no era uno que pasaba por allí. El Farrar de entonces, además de informar puntualmente al MI6, dirigía el Wellcome Trust, con lo que ello implica. Actualmente (en atención a los servicios prestados, se entiende) le han nombrado Jefe Científico de la Organización Mundial de la Salud. También andaba por ahí conspirando un tal Christian Drosten (que hoy anda haciéndose el encontradizo) protegiendo a su bebé, esa industria de la ganancia de función que tantos años le había costado criar, de miradas capciosas e impertinentes como, por ejemplo, la mía.
En definitiva, sobre los experimentos de ganancia de función en virus, ese bonito eufemismo para evitar hablar del desarrollo de armas biológicas, se ve que de momento no toca hablar. Y es que claro, esos experimentos los desarrollaban a coro varias universidades de EEUU, de Francia y del Reino Unido, en connivencia con la OMS, siempre contando con la inefable generosidad de USAID y sus agencias y oenegés adyacentes, y la evidencia señala que se hacía en muchos lugares, no sólo en China. Ya sería mala suerte que justo se vaya a escapar el bichito de marras en Wuhan, precisamente en en el mismo lugar en el que se celebraron unos Juegos Olímpicos Militares, que algunos abyectos conspiracionistas trasnochados consideramos como un evento superpropagador. No me malinterpreten ustedes, queridos lectores, no querría yo parecerles malpensado, Dios me libre de ser tildado de teórico de la conspiración, pero no me dirán ustedes que esto no despide una peste terrible a guerra biológica aprovechada con gran pericia por los ingenieros sociales para someter nuestras mentes a sus caprichos. Sea como fuere, el asunto de los crímenes de lesa humanidad que se infieren de las evidencias palmarias parece que no está en la agenda
No soy conspiranoico, es que duermo poco
Ya les digo, queridos lectores, que nada me desagradaría más que ustedes me percibiesen como un peligroso teórico de la conspiración. Bien es cierto que cumplo con el perfil al dedillo. En las últimas semanas, hemos podido conocer un estudio de la universidad de Nottingham que relaciona la falta de sueño con la propensión a creer en teorías conspirativas, y quien me conoce, sabe que siempre duermo mucho menos de lo debido. Pero yo me pregunto: ¿Qué fue antes, la falta de sueño o esta acusada tendencia a dar pábulo a disparatadas teorías de la conspiración? Porque claro, es que las malditas teorías de la conspiración tienen la mala costumbre de acabar por demostrarse ciertas. Quizás sea eso. Quizás sea que he tenido la mala fortuna de descubrir historias que le quitarían el sueño a cualquiera que no sea un desalmado.
En los últimos años, en esas horas que le araño al necesario descanso, descubrí que los muertos de la plaza del Maidán, instrumentalizados para justificar el golpe de estado en Ucrania, los habían servido en realidad los amigos de la OTAN. Para mear y no echar gota. Pero no se vayan ustedes a creer que queda ahí la cosa. Todo este asunto de los biolaboratorios ucranianos lo descubrí también de noche, navegando en las páginas de pagos del gobierno de los EEUU. También de noche acabé topándome con los más de 1200 efectos secundarios de la vacuna de Pfizer que pretendían ser ocultados hasta 2075. Creo recordar que era de noche también cuando leí por primera vez el estudio de seroprevalencia del Condado de Santa Clara de mis estimados Ioannidis y Bhattacharya, en que se demostraba que los niveles de letalidad del virus de marras en el entorno del 15% que andaban pregonando Fernando Simón y sus minions eran falsos. Les reconozco, queridos lectores, que descubrir que se estaba mintiendo a la gente descaradamente, multiplicando por 100 sus expectativas de morir por infección de SARS-CoV2, me permitió conciliar el sueño mucho mejor. Ya ven, no siempre es malo ser un teórico de la conspiración. A veces uno se lleva sorpresas agradables.
De hecho, a menudo me pregunto cómo harán las personas de bien, esas personas sin duda mejores que yo que no creen en teorías de la conspiración, para conciliar el sueño con normalidad. Desde los años 70 hasta nuestros días, las catástrofes profetizadas por los medios de comunicación de masas en nombre de la ciencia se han ido acumulando una tras otra. Catástrofes de lo más variopintas. Desde la glaciación inminente, pasando por el calentamiento global hasta llegar al actual cambio climático, mucho más conveniente y adaptable a cada circunstancia. Gracias a la fulgurante evolución del nuevo concepto, infinitamente más resiliente e inclusivo, la industria del holocausto climático nos puede convencer de que vamos derechitos a una glaciación inminente al tiempo que conducimos a nuestros nietos hacia una muerte irrevocable por achicharramiento. Morirán achicharrados y congelados a la vez. Tampoco hemos vuelto a saber nada de la deforestación. Paradójicamente, ahora resulta que tenemos exceso de árboles. Pero no se preocupen, que los amigos de Bill Gates de Kodama Systems han parido una idea buenísima: talar los árboles y enterrarlos bajo tierra para que durante el proceso de putrefacción no emitan CO2 nocivo a la atmósfera. Así matamos dos pájaros de un tiro. Talando los árboles evitamos los incendios. ¿No es maravilloso? Es posible que los conspiranoicos durmamos poco, pero al menos no tenemos ecoansiedad. Lo comido por lo servido.
El capitalismo de la catástrofe perpetua ha encontrado en la emergencia permanente revisable el mejor método para succionar hasta el tuétano los recursos públicos, y si los estados tienen que endeudarse, todavía mejor. Las garrapatas sistémicas han encontrado un manantial de sangre fresca en constante borboteo, el amparo de una flexibilidad normativa propiciada por la excepcionalidad inducida, y así, Ursula Von der Pfizer y su romería de burócratas, se arrogan de nuevo competencias que les son impropias, ahora a cuenta del rearme de Europa. No sé si es que la codicia les vuelve imprudentes, o que la bola de acontecimientos se hace cada vez más impracticable, pero lo cierto es que, por momentos, se acumulan los eventos catastróficos, ya sean reales o meramente simulados, y de manera cada vez más visible, los intersticios del relato se han ido ensanchando. Entre el Apocalipsis que no llega, el Armaggedon asintomático, las profecías cientifistas que no se cumplen y la acumulación de calamidades potenciales, mucha gente de bien empieza a percibir que algo huele a podrido en Dinamarca. Hoy mismo, en la entrada del colegio de mis hijos, varias personas de bien, de esas que duermen a pierna suelta y no dan pábulo a ridículas teorías de la conspiración, comentaban con indignación indisimulada el pack de supervivencia de 72 horas propuesto por Bruselas para sobrevivir a guerras con Rusia, emergencias climáticas o lo que surja, y que los medios del régimen han anunciado a bombo y platillo. Algunos incluso relacionaban este nuevo intento de aterrorizar a la población europea con la pandemia. Preocupante, porque cuando uno descubre un patrón, ya no puede dejar de verlo, duerma las horas que duerma.
No hace tanto que dudar en voz alta resultaba casi un acto heroico, no digamos ya discrepar. Sin embargo, ahora nos encontramos en los albores de un cambio de tendencia. Antes, decir en voz alta que no estabas vacunado de COVID podía ser una imprudencia, podía incluso costarte el puesto de trabajo. Aquella no era una decisión a compartir, sino a confesar. Hoy, sin embargo, la correlación de fuerzas está cambiando con violencia inusitada. ¿Los supuestos fringe epidemiologists como Bhattacharya y su ejército de insomnes diletantes toman posiciones en puestos de decisión? Seguro que además, están en contra de la guerra de la OTAN. Estos terroristas infodémicos conseguirán que nos maten los rusos, o acabarán con el planeta por no tirar los plásticos al contenedor amarillo, o matarán a los ancianos por no usar mascarillas, o con el CO2 de su apestoso coche diesel del 2005. Por ello resulta fundamental establecer un plan urgente de contingencia.
Los terraplanistas de la tele
Quizás, mi torturada mente conspiranoica vea fantasmas donde no los hay, pero en los últimos tiempos observo un interés creciente de los medios del mainstream por el terraplanismo, que es ese movimiento de personas que consideran que todo esto de la esfericidad de la tierra es un camelo de la NASA para justificar ingentes cantidades de gasto público. Conste en acta que a mí este movimiento y la teoría sobre la que pretendidamente se sustenta me parece un absoluto disparate. Quizás sea una cuestión de dormir todavía menos, no lo se, pero el caso es que no lo veo. Mis conocimientos sobre física teórica no van más allá de lo estudiado en mis años de formación superior, pero con base en mis conocimientos no puedo juzgarlo de otro modo. Considero que el consenso en torno a la esfericidad de la Tierra es sólido e inapelable y que se materializa en leyes demostradas empíricamente desde hace muchos siglos. No hay fisura que yo observe. Tampoco veo que haya ningún científico de mínimo prestigio que ampare las disparatadas ideas del terraplanismo. El consenso es sólido y real, al contrario de lo que ocurre con otros asuntos en liza, como la pandemia o el cambio climático, donde se pueden percibir sin rebuscar demasiado los indicios de un consenso fabricado y consiguiente censura y vilipendio del disidente.
Como ya he señalado, ilustres miembros de la comunidad científica se opusieron a todas las medidas tomadas en pandemia, y si bien fueron silenciados y perseguidos hasta la nausea, la mayoría de sus planteamientos gozan hoy de presunción de veracidad, a la luz de los datos. Del mismo modo ocurre con el cambio climático. Son miles los científicos de consolidado prestigio que se han opuesto enérgicamente a la ominosa narrativa climática, señalándola como el enésimo experimento de ingeniería social por el que se pretende hacer pasar al hombre-masa por el aro de medidas políticas, que además pretenden hacer pasar por ciencia. La ciencia una y trina, queridos lectores, que exige arrancar olivos para instalar placas solares. Ustedes no lo entienden porque no son climatólogos ni políticos. Sin embargo, el terraplanismo carece de esta legitimidad.
El terraplanismo adolece además de una evidente falta de móvil, de propósito, de una teleología que permita al menos albergar la duda. ¿Qué se pretende con el engaño? ¿Qué observancia se pretende de los ciudadanos? ¿En qué cambiaría la vida de la gente que la ley de la gravedad fuese falsa de toda falsedad? Quizás haya dormido demasiado hoy, pero lo cierto es que no acierto a encontrar un propósito a ese pretendido engaño. En la cuestión de la esfericidad de la Tierra no hay ningún terror que se pretenda inducir a la población, no hay ninguna amenaza potencial que se utilice como excusa propiciatoria. No hay un Putin que pretenda invadir Europa pertrechado de chips de lavadoras, ni terribles bichitos saltarines que nos vayan a infectar a todos, ni terribles eventos climáticos que achacar al CO2. Tampoco hay nada que vender para paliar ese terror. No hay vacunas, ni medicamentos, ni placas solares, ni coches eléctricos.
Sin embargo, he de confesarles que siento una profunda envidia por el terraplanismo y del favor que cuenta de los medios mainstream. Un tipo como Javi Poves, un ex futbolista terraplanista goza de preciosas horas de prime time en las que explica con todo lujo de detalles sus disparatados planteamientos. También algunos de los youtubers más chisporroteantes del momento se han sumado a esta tendencia de organizar debates sobre terraplanismo. Tal es el caso del debate en el canal de Jordi Wild, que contó con la inestimable colaboración de la pizpireta divulgadora Rocío Vidal , a.k.a. La Gata de Schroedinger.. Sin embargo, a día de hoy aún no hemos podido presenciar ningún debate en un medio generalista sobre las medidas pandémicas, sin que parezca importar la abrumadora evidencia acumulada en su contra. Tampoco ha habido hasta la fecha ningún debate reseñable sobre las medidas impuestas manu militari para paliar los efectos del cambio climático antropogénico, pese a que no existe ningún consenso científico real, y ya son varios los científicos “climacambiáticos” que se han manifestado nítidamente en contra del modelo de transición energética. Del mismo modo, mientras que durante la pandemia se censuraron posiciones ciertas y basadas en la evidencia científica, se suspendieron cuentas en redes sociales que osaban contradecir los designios del covidianismo, los feligreses del terraplanismo o del reptilianismo compartían con total libertad sus disparates en internet. De hecho, casi tuve la percepción de que se promocionaba su difusión ¿Por qué gozan los terraplanistas de semejante trato de favor?
Cuando he tenido la desfachatez de comentar en público mis retorcidas teorías de la conspiración sobre cómo la Iglesia de la Calentología se aprovecha de la credulidad de la gente para plantar placas solares y molinos donde tendría que haber olivos o aves, son recurrentes los perfiles que me catalogan como “terraplanista”. Del mismo modo ocurre cuando señalo la nutrida lista de sentencias condenatorias que acumulan las farmacéuticas, o cuando denuncio el fraude de la tecnología fracasada de ARNm, o cuando protesto por los contratos opacos de compra mancomunada de inóculos de Pfizer o Moderna. Siempre “terraplanista”. La lógica que lleva al uso de ese término como insulto es sencilla: asimilando las farmacéuticas a La Ciencia, si estás contra las farmacéuticas has de estar contra La Ciencia, y si estás contra La Ciencia es porque crees disparates como que la Tierra es plana. Con el timo climático pasa igual: si estás contra la Iglesia de la Calentología y su Transición Energética, estás contra La Ciencia, y por tanto, has de ser también “terraplanista”. Es una falacia de composición clásica. Agrupas una serie de premisas como si formasen parte de un mismo bloque de modo que si una de esas premisas es falsa, todas las demás han de ser falsas también. Una falacia zafia, pero que utilizada de manera persistente, resulta una herramienta de control narrativo de gran utilidad. Por eso se habla tanto de terraplanismo en los medios y tan poco de fraude farmacéutico.
El terraplanismo resulta muy útil a los propósitos de quienes quieren hacernos comulgar con ruedas de molino. Había que encontrar una manera de paliar esa maldita costumbre que tenemos los conspiranoicos de acabar siempre por tener razón. Es cierto que comparto con los terraplanistas una desconfianza proverbial por las verdades oficiales. Una verdad oficial sobre la que está prohibido dudar suele ser, por definición, mentira. También comparto con ellos el diagnóstico de que la ciencia ha sido secuestrada, como decía Ioannidis. Ahora bien, no comparto su desprecio por la razón, por la lógica y por el método científico. Si genuinamente tuviesen una hipótesis discrepante con la ley de la gravedad o con la esfericidad de la Tierra, deberían poder plantear una alternativa omnicomprensiva, basada en el empirismo, cuyas premisas puedan ser reproducibles y verificables, sobre todos los fenómenos físicos que pretenden sustituir. Pero no pueden, porque es simplemente un disparate. Ruido y desconfianza. La desconfianza puede ser un punto de partida para una hipótesis, pero requiere de análisis y de elementos probatorios que puedan fundamentar una teoría después. El terraplanismo adolece de todo ello. El terraplanismo no llega a la categoría de pseudociencia. Tampoco a la categoría de creencia. El terraplanismo es simplemente un modo que ha encontrado el establishment para vehicular la desconfianza cada vez más acusada de un amplio sector de la población hacia un callejón sin salida. Porque ese es el efecto de mentir constantemente, que la gente acaba por no creer nada, y cuando no crees nada, puedes llegar a creer cualquier cosa, como que la Tierra es plana.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.





Sin duda. Yo pienso que el terraplanismo es un disparate, pero hay tantas creencias que me parecen un disparate que no me cabrían en un artículo. Ello no me lleva necesariamente a pedir que se declare peligro público a quien tenga creencias que le resulten disparatadas, claro.
Hola, Carlos
Estamos de acuerdo en todo lo que dices. Por lo demás, suele olvidarse que una cosa es lo que a título personal pensamos o creemos y que queda para nosotros y otra, cuando se imponen creencias personales a los demás, tal cual hace el poder