Aunque aumente la desafección de la ciudadanía con respecto a sus representantes, el voto en blanco se mantiene en niveles bajos. ¿Qué pasaría si este recurso, concebido para impugnar la legitimidad del sistema político, fuera usado de manera masiva?
2004 fue un año políticamente relevante. En España, la oposición a la guerra de Iraq, los terribles atentados del 11 de marzo en Madrid y la posterior manipulación periodística por parte del Partido Popular aupó a José Luis Rodríguez Zapatero a La Moncloa. Apenas dos meses más tarde, en Europa se celebraba la mayor ampliación del bloque comunitario con diez nuevos miembros, la mayoría de Europa Central y del Este, es decir, países de la antigua esfera de influencia soviética. Medio año más tarde, en Ucrania, Víctor Yuschenko lideraba una revolución reformista que pretendía recorrer la misma senda europeísta que sus vecinos occidentales, desafiando las últimas líneas rojas del Kremlin. Casi de manera paralela, el republicano George W. Bush revalidaba su cargo de presidente de Estados Unidos, consolidándose así su política de “guerra contra el terrorismo”, especialmente en Iraq y Afganistán.
Además de lo anterior, 2004 fue el año en que José Saramago publicó su novela titulada Ensayo sobre la lucidez. Ante lo cual, el lector se preguntará qué tienen que ver los acontecimientos políticos que acabamos de repasar con la obra de Saramago. Y ahí va la respuesta: Ensayo sobre la lucidez es, probablemente, la obra de mayor calado político –y ya es mucho decir– del Nobel de literatura portugués. Y puede contribuir a evidenciar los síntomas que producen determinadas crisis políticas.
Pongamos en contexto a quien aún no haya leído la novela. En Ensayo sobre la lucidez, la capital de un país ficticio se ve sacudida por un terremoto político de mayúsculas dimensiones: la mayoría de los electores deciden votar en blanco. Esa acción, aparentemente nimia e intrascendente cuando se ejerce a nivel individual, supone un desafío revolucionario para las élites políticas cuando se convierte en la opción mayoritaria de los votantes: “Una acción subversiva que no ha tenido parangón en ningún tiempo ni en ningún lugar, una acción subversiva que ha alcanzado de lleno al órgano más sensible del sistema, el de la representación ciudadana”, se afirma en la obra.
Y es entonces cuando las cloacas del Estado se ponen en marcha, revelando las enormes carencias del sistema político: corrupción, violencia de Estado, desigualdad, propaganda y manipulación política… Se trata de alterar ese resultado. Y es que, como escribe Saramago, “votar en blanco es un derecho irrenunciable, nadie os lo negara, pero, así como les prohibimos a los niños que jueguen con fuego, también a los pueblos les prevenimos de que no les conviene manipular la dinamita”. La novela, por tanto, nos invita a reflexionar sobre la posibilidad de utilizar el voto en blanco como arma política para combatir la corrupción y los abusos de poder. A hacer de la democracia algo mejor de lo que es.
Tras la lectura de la obra, al lector le pueden surgir una serie de preguntas. Para empezar, ¿acaso las causas que impulsan a la masa de ciudadanos a votar en blanco son las mismas, o al menos parecidas, a las razones por las que algunos votantes españoles se deciden por esa misma opción política?
No podemos saber los motivos que llevan a los electores de la obra de Saramago a votar en blanco, pero sí hay estudios que intentan averiguar por qué algunos votantes, en el sistema democrático liberal, se decantan por el voto en blanco. Y, sin duda, una de las causas más importantes es la percepción negativa de los candidatos, de los partidos políticos e incluso del sistema político en su conjunto. De ahí que el voto en blanco se suele interpretar como una reacción de impugnación, como si se tratase de un castigo del electorado a la corrupción política o, incluso, al sistema democrático liberal en su totalidad. Los descontentos con el sistema, los que no se conforman con una partitocracia, suelen usar el voto en blanco como un medio simbólico para expresar su descontento.
Ahora bien, ¿por qué optar por el voto en blanco en vez de hacerlo por la abstención? Porque el voto en blanco es mucho más categórico: El elector ha ido a votar, se ha molestado en ir hasta el colegio electoral y ha expresado nítida y claramente que rechaza todas las opciones que se le ofrecen. El voto en blanco simboliza un voto de castigo sin paliativos. La abstención, en cambio, se abre a múltiples lecturas, además de la del descontento político: ¿El elector estaba incapacitado, por una u otra razón, para votar? Es decir, ¿había sufrido algún tipo de impedimento que le impidiera acercarse al colegio electoral? El voto en blanco no admite dudas, y es por ello el medio simbólico más poderoso en manos de los inconformistas, de los descontentos y de quienes se rebelan contra el sistema.
Ya hemos visto que, parafraseando a Saramago, para la estabilidad institucional de las democracias liberales, un escenario en que haya “personas votando masivamente en blanco sin que nadie lo hubiera ordenado, es de locos”. Así dice en el libro. Pero, además de mostrar el descontento de los ciudadanos, ¿qué otras implicaciones conlleva el voto en blanco?
En la sociedad descrita en Ensayo sobre la lucidez, la principal consecuencia de un masivo sufragio en blanco es, sin duda, la negación de la legitimidad de los gobernantes. Tal cosa acaba poniendo en riesgo al sistema político. Es “una carga de profundidad lanzada contra el sistema”, afirma Saramago. ¿Y qué ocurriría si se diese una situación similar en la realidad? ¿El sistema político español entraría en una crisis de legitimidad en el caso de que las próximas elecciones se saldaran con un voto en blanco masivo? ¿Qué porcentaje de los sufragios en blanco situaría al sistema político en un descrédito imposible de ocultar?
Saramago escribe lo siguiente:
El último crimen de esta gente fue votar en blanco, no tendría importancia si hubieran sido los habituales, pero fueron muchos, fueron demasiados, fueron casi todos, qué más da que sea tu derecho inalienable si te dicen que ese derecho es para usarlo en dosis homeopáticas, gota a gota, no puedes ir por ahí con un cántaro lleno a rebosar de votos blancos.
También es cierto, por otra parte, que una simple reforma electoral podría dar mayor visibilidad a los descontentos con el sistema, sin necesidad de que una amplia mayoría de electores se confabulen para votar en blanco en unas mismas elecciones. Veamos en qué consistiría.
Según el Artículo 96 de la Ley Orgánica 5/1985, de 19 de junio, del Régimen Electoral General (LOREG), “[s]e considera voto en blanco, pero válido, el sobre que no contenga papeleta; y, además, en las elecciones para el Senado, las papeletas que no contengan indicación a favor de ninguno de los candidatos”. Estos sufragios, por tanto, computan a efectos de escrutinio dentro del total de votos válidos, lo que perjudica a los partidos minoritarios y beneficia a los partidos mayoritarios. Esto es así porque en nuestro país se establece un umbral mínimo del 3% de votos para obtener representación en las elecciones generales y autonómicas, y un 5% en las elecciones locales. Y como la asignación de escaños viene marcada por la Ley D’Hondt, un método matemático proporcional de representación de escaños, los votos en blanco aumentan el total sobre el que se calcula el porcentaje, de manera que los partidos minoritarios deben conseguir más votos para alcanzar ese umbral mínimo del tres o del cinco por ciento.
Se entiende, por tanto, que los electores que actualmente optan por votar en blanco expresan abiertamente su descontento, es cierto, pero paradójicamente también están favoreciendo la partitocracia. Y por eso algunos partidos y movimientos políticos defienden que el voto en blanco, además de contabilizarse como válido, sea tratado como una fuerza política más y se le asigne representatividad. Pero para que eso ocurriese debería reformarse la ley electoral. El propósito sería que los votos en blanco se materializasen en escaños vacíos en los parlamentos y ayuntamientos de nuestro país. Estamos hablando, efectivamente, del voto en blanco computable.
En el sistema político representado en la obra de Saramago, el voto en blanco tampoco tiene representatividad, pero es tan masivo que vacía de legitimidad al sistema. Para evitarlo, los políticos de Ensayo sobre la lucidez valoran diversas estrategias para hacer frente al desafío, aunque ninguna consiste en dar representatividad al voto en blanco: “se reforma la ley electoral, se acaba con los votos en blanco o bien se distribuyen equitativamente entre todos los partidos como votos expresos, de manera que el porcentaje no sufra alteración”, escribe Saramago.
En nuestro país no se ha planteado el desafío que toma forma en el universo político del autor luso, aunque sí encontramos voces que se han planteado dar un paso adelante y convertir los votos en blanco en escaños vacíos, no atribuidos a ningún partido político. Entonces, ¿por qué el voto computable es una opción para tener en cuenta?
Los defensores del voto en blanco representado sostienen que el voto en blanco es una opción crítica contra el sistema y que ignorarlo no hace sino restar legitimidad social al sistema democrático liberal. Aseguran, en cambio, que si se optara por visibilizar ese descontento en forma de escaños vacíos aumentaría la representatividad del sistema político y, per se, su calidad democrática.
En esa línea, políticos de diferente signo político han sugerido la necesidad de reformar la ley electoral para dar cabida al voto en blanco computable. Entre ellos, Albert Rivera llegó a declarar en 2008 que esta medida
permitiría a la gente recordar durante la legislatura que hay escaños sin ocupar, que representan a ciudadanos que no están de acuerdo en cómo funcionan las cosas […]. Es una propuesta de democracia radical, aunque ojalá algún día no haga falta plantearla, porque significará que la gente ya no vota en blanco y vuelve a confiar [en] los partidos.
De la misma manera, en 2012 el sociólogo Manuel Castells, antes de ser ministro de Universidades durante un breve periodo de tiempo en el segundo gobierno de Pedro Sánchez, sostenía que… “Hay que hacer que la gente que no vota esté presente en el Parlamento. No con representantes, sino con escaños vacíos [...]. Muchos no votan no porque sean unos vagos, sino porque no tienen a quién votar”. También el mismísimo padre de la Constitución Española del 1978, Miquel Roca i Junyent, defendía “que el voto en blanco tenga representación parlamentaria, que el desengaño se visibilice con un montón de escaños vacíos que, además, obligue a pactar”.
Estos pronunciamientos en favor de visibilizar el descontento ciudadano ocurrían en 2012, cuando resultaban evidentes los estragos que causaba la crisis económica, y una crisis política podría resultar próxima. Incluso personalidades de la cultura, como el filósofo y profesor de la Universidad Pública de Navarra, Jorge Urdanoz Ganuza, defendieron el voto en blanco computable, manifestando que “la sola presencia de estos escaños huérfanos supondría una demanda de novedades en la oferta política”.
Y ahora que nos acercamos al fin de este artículo, hay qué preguntarse quién defiende, hoy en día, el voto en blanco computable en nuestro país. Pues que sepamos, hay un partido político cuya única propuesta es reformar la ley electoral. De conseguirlo, afirman, su razón de ser se habrá cumplido y el partido se disolverá. Estamos hablando de Escaños en blanco, partido fundado el 21 de julio de 2010, seis años después de la publicación de Ensayo sobre la lucidez, y apenas tres semanas después del fallecimiento del Nobel de literatura portugués.
¿Qué habría pensado Saramago de este partido político? Nunca lo sabremos. ¿Tendrá algún día el voto en blanco representación en nuestro sistema político? Y si así fuera, ¿contribuiría a regenerar la democracia liberal, hoy tan desprestigiada? Tampoco lo sabemos. De lo que sí estoy seguro es que muchos, si no todos, los que alguna vez han votado en blanco suscribirían estas líneas de la novela de Saramago: “Que si votaron en blanco era porque estaban desilusionados y no encontraron otra manera [...] y los resultados estaban a la vista. Esto no es democracia ni es nada”.
(*) Edición de Genís Plana
Sobre el autor
Javier Diéguez Suárez (Mollet del Vallés, España, febrero de 1985) es historiador y se dedica a la docencia y a la literatura. Ha escrito junto a Nadia Ghulam la novela La primera estrella de la noche, traducida al catalán, al lituano y al portugués. Ha publicado también el cómic 1860: Castillejos, un insólito relato de viajes titulado Redonda y Conquistadores: hazañas que cambiaron el mundo, un libro de doce miniaturas históricas y literarias, personalísimas semejanzas de doce españoles universales.






Estupendo análisis de la obra de Saramago. Por mi parte, yo no solo estoy desengañada sino esencialmente DESCREÍDA de estos sátrapas que se dedican a la POLÍTICA para DESGOBERNAR a la gente. Yo vivo en Argentina y aquí el REDUCCIONISMO IDEOLÓGICO imperante es similar a lo que ocurre en el fútbol: o eres de ESTE partido o del OTRO y allí se instala el DESATINO y el FIN de las terceras posiciones. Por eso, cuando aquí hay elecciones o SIMULACIÓN DE ELECCIONES políticas yo me voy al Parque más lejano de mi ciudad a pasear con mis perras y a disfrutar del Sol mientras en las escuelas la gente hace fila, como hacía fila en los vacunódromos de la muerte de 2021 en adelante. Un gran saludo desde Mendoza, Argentina.
La mejor definición sobre la política que he oído es esta: la política siempre es mierda, lo único que cambian son las moscas. No obstante, hay que ser conscientes de que el mundo es muy complejo y encontrar y aplicar soluciones no es fácil, hay muchos intereses creados. No soy capaz de ver que eso vaya a cambiar, aunque algunos afirman que esta era acabará desapareciendo -hacia 2050-, como todas las anteriores, dando paso a una nueva en la que la espiritualidad será el protagonista principal. Veremos