Recuerdo cuando era niño que me encantaba escuchar las historias de universidad de mis padres. Me entusiasmaba escucharles narrar el hervidero intelectual que era aquello, en esos años convulsos y esperanzadores de lo que se dio en llamar “transición”. Con el paso de los años, entendí que la “modélica” transición, cuyas mieles podíamos degustar cada domingo por la noche de la boca de Victoria Prego, a la sazón cronista oficial del régimen del 78, había resultado más bien una “transacción”, pero esa es otra historia. Sea como fuere, en mis años de prepúber albergaba el anhelo de llegar algún día a vivir una experiencia colectiva tan enriquecedora como aquella en la que mis padres se regodeaban con recurrencia. Sin embargo, a medida que el momento llegaba, una sombra de desconfianza comenzó a crecer en ese lugar en el que, en otros tiempos, anidaba aquel anhelo.
Pese a mi reticencia, por pura inercia acabé por tragar casi tres lustros de institucionalización en centros superiores, aunque, casi desde el principio, mi entusiasmo por aquellos lugares, que en otros tiempos consideraba templos del conocimiento, era prácticamente nulo. Descubrí que, contra cualquier intuición, las personas más interesantes en la universidad lo eran pese a la universidad, y muchos de ellos ni siquiera formaban parte de ella. Era poco frecuente encontrar librepensadores, a excepción del grupo de amigos que fuimos formando, no muy nutrido y con cierta tendencia al recogimiento. El mito de la universidad como centro deliberativo en el que explorar el potencial se caía en pedazos, mientras crecía en mí la amarga convicción de que el éxito académico estaba indefectiblemente ligado a las tragaderas de cada quien. La universidad se revelaba como un lugar en el que, fundamentalmente, se aprendía a conseguir la aprobación de una determinada curia académica, personajes en su mayoría bebidos de sí mismos, incapaces de ilusionarse con el crecimiento personal e intelectual de sus alumnos, a los que percibían, en el mejor de los casos, como frutos a los que exprimir. Excepciones honrosas las había, claro está, pero no sirvieron para aplacar mi desafección.
Pasaron los años, y mis esperanzas por encontrar ese lugar de esparcimiento intelectual colectivo, en el que poder compartir puntos de vista estimulantes y aprender de otros, al margen de jerarquías y presunciones, se habían prácticamente esfumado. Al margen de mis amigos, de mi querida madre y de muchas relaciones bilaterales ciertamente estimulantes, el mundo iba resultándome cada vez más decadente, alejándose de mis anhelos de juventud a marchas forzadas. En esas llegó el 15M. Me gustaría decir que le vi las costuras a aquel ejercicio de pastoreo masivo, al que muchos todavía hoy glorifican, pero eso no sería del todo ajustado a la realidad. Bien es cierto que no tardé demasiado en darme cuenta de que algo olía a podrido en Dinamarca, y pese a ello, me dejé seducir durante un largo e intenso mes. Pasé a formar parte activa del núcleo duro de aquella pantomima, sacando tiempo de donde no tenía para poder cumplir con la apretada agenda de comisiones inútiles y happenings ridículos. Llegué incluso a hacer los cinco lobitos para aplaudir, a mostrar los brazos en cruz para mostrar desagrado, y toda la panoplia de imbecilidades identitarias que había que llevar a cabo para obtener la aprobación de aquel melifluo grupo de individuos. Como digo, poco duró. Aunque no hay mal que por bien no venga. En mi proceso de sumirme de nuevo en la melancolía, encontré a Beatriz Talegón. Desde aquel momento, mi proceso de búsqueda de la verdad no volvería a ocurrir nunca más en la soledad de mis lecturas. Podría decirse que Beatriz Talegón me salvó la vida.
Juntos, conseguimos desentrañar la realidad de aquel proceso de fortalecimiento del régimen llamado Podemos, en el que, de nuevo los más sumisos y complacientes, acumularon el capital político suficiente para poder incrustarse en el sistema y convertirse en la nueva hornada de parásitos y paniaguados. Bea y yo, como es natural, hicimos un ejercicio de consciencia y decidimos alejarnos de aquello, y así poder centrarnos en lo verdaderamente importante. No sólo creamos un círculo deliberativo de búsqueda de la verdad: creamos una familia, una pareja y un reducto de felicidad inalienable. Un ejemplo ciertamente contracultural, en un momento en el que las fuerzas que moldean la opinión pública conspiran abiertamente contra las relaciones de pareja equilibradas y recíprocas. Fueron pasando los años juntos, y de repente, llegó la pandemia. La pandemia supuso para ambos la constatación de una realidad tan incómoda como bien conocida: confirmamos que, llegado el caso, la inmensidad de individuos que nos rodean, serían capaces de propiciar su propia alienación con tal de no desentonar. Una sensación que no por conocida dejaba de ser desalentadora. Pese a ello, nos mantuvimos fuertes contra la ola, pero es innegable que la presión era enorme, y cada vez se hacía más complicado defender nuestro bastión.
De nuevo, fue la providencia la que nos trajo regalos en forma de compañeros. Ante cada adversidad, surge una oportunidad, y es en estos momentos difíciles en los que se forjan las grandes alianzas. Nunca olvidaré el aplomo de Jordi Pigem en aquella entrevista en TV3, en la que, con tremenda elegancia, tomaba al presentador por sorpresa y desmantelaba ante sus ojos atónitos todo el relato infame del covidianismo. Aquel día, nos sentimos menos solos. Poco a poco llegaban los ecos de sensatez y discernimiento: aquellos editoriales de César Vidal, aquellos “Despegamos” de Lorenzo Ramírez, aquellas entrevistas con científicos vapuleados y vilipendiados impúdicamente, y que pese a ello mantenían con firmeza quijotesca sus posiciones, a sabiendas de que aquello era la manera más rápida de perder definitivamente el prestigio. ¿De qué sirve el prestigio cuando has perdido el respeto por quienes lo conceden?. En definitiva, los ecos todavía lejanos de aquellas personas admirables que tenían en la verdad su única trinchera nos animaban a seguir el camino que habíamos emprendido. Así las cosas, un buen día, recibimos una llamada.
Al otro lado del teléfono, nuestro querido amigo Thomas Harrington, con quien habíamos compartido reflexiones y ostracismos durante aquellos meses oscuros en que la sociedad mostraba su indecencia con crudeza, nos convocó a un proyecto. Nos abrió la puerta de un movimiento, cuyo único objetivo declarado era restaurar la cultura, protegerla de los intereses espurios que, con el paso de las décadas, se habían apoderado de ella. Fue Thomas, por tanto, el instigador de esta nueva familia que formamos, junto con Jordi Pigem y David Souto. Mi querido Tom se ha convertido inadvertidamente en ese profesor idealizado por mí en mi pubertad que incita y excita el desarrollo personal e intelectual en lugar de cohibirlo. Una familia en la que ya no estamos solos, en la que podemos expresarnos en libertad, allí donde obtenemos la energía necesaria para proclamar la verdad a quien quiera escucharnos, caiga quien caiga. Aquí estamos, le pese a quien le pese, para restaurar la cultura, y para conseguir ese objetivo titánico, esa misión civilizatoria, lo primero es reparar la verdad. En esa batalla cultural, tenemos la suerte de tener a nuestro lado a muchos no alineados, aquellos que no se someten a las verdades prefabricadas en la ajenidad de despachos oscuros, aquellos que se niegan a meterse en trincheras extrañas que otros han excavado. A algunos de ellos los he nombrado, a muchos otros no, pero vosotros sabéis quienes sois. A todos vosotros: gracias.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.




Mi gratitud por este punto de encuentro que habéis creado. Sobre todo porque en mi trayectoria reciente tengo el honor de que me hayan invitado a abandonar un partido democrático, de izquierdas, defensor de la igualdad, por el simple hecho de haber pedido transparencia, rotación de cargos y debate interno. Si me hubiesen dado un diploma con la expulsión, lo habría colgado en un lugar preferente de mi casa.
Gracias Carlos, por tu descripción preciosa y concreta de tú vida. Bea y tú sois una pareja envidiable. Por mi parte en plandemia me sentí acompañada por Bea, sentí que no estábamos solos, que contaba las noticias como yo las sentía. Siempre he cuestionado la política y a mis 67 años no he votado a ningún partido, solo una vez ignorante de mi, a los verdes. Respecto al tema sanitario nos lo cuestionamos mi marido y yo hace muchos años, más de 30 y llegada la plandemia supimos del engaño en el primer segundo.
Que palabras más bonitas dices a Bea, que aunque son verdades no todos los sabemos o decimos como tú, Carlos