Mientras trabaja en su novela 1984, Orwell redacta a la vez el ensayo Por qué escribo (Why do I write, 1946):
La Guerra Civil española y otros acontecimientos de 1936-37 inclinaron la balanza y a partir de entonces supe cuál era mi posición. Cada línea seria que he escrito desde 1936 ha ido dirigida, directa o indirectamente, contra el totalitarismo […]. Cuando me siento a escribir un libro, no me digo: “voy a crear una obra de arte”. Lo escribo porque hay alguna mentira que quiero desenmascarar.
La retórica guerrera de la Unión Europea parece un nuevo capítulo del 1984 de Orwell. El Ministerio de la Verdad urge a que nos preparemos ante la “amenaza rusa”, que un mínimo de sentido común e información objetiva revela como simple bulo. La terrible guerra de Ucrania nunca fue la antesala de una ulterior invasión de Europa, sino el resultado de una larga serie de maniobras promovidas desde Washington y sus alrededores, como ha explicado con elocuencia Jeffrey Sachs, entre otros.
La propaganda extravía la atención con técnicas cada vez más sofisticadas. Las dictaduras controlaban a la población a través de la fuerza; las tecnocracias disfrazadas de democracias controlan a la población a través de la propaganda.
Edward Bernays, sobrino de Sigmund Freud tanto por parte de madre (Anna Freud, hermana del fundador del psicoanálisis) como de padre (hermano de la esposa de Freud), supo dar nueva vida a las intuiciones de la psicología profunda. Las sacó de la introversión de los rígidos salones de Viena y las convirtió en una de las disciplinas más extrovertidas y seductoras: las “relaciones públicas”. Su libro Propaganda (1928) arranca con este párrafo:
La manipulación consciente e inteligente de los hábitos organizados y las opiniones de las masas es un elemento importante de la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo invisible de la sociedad constituyen un gobierno invisible, que es el poder que en realidad dirige nuestro país. En gran parte nos gobiernan, conforman nuestras mentes, configuran nuestros gustos y sugieren nuestras ideas hombres de los que nunca hemos oído hablar.
Goebbels, que dirigió el Ministerio de Propaganda nazi durante los doce años de su existencia (1933-1945), tenía los libros de Bernays muy visibles en sus estantes. Pero no supo aplicarlos, era demasiado directo y estridente. Como enseñaba Bernays, en el arte de la propaganda (y del marketing y de las relaciones públicas) es preferible que no se vean las cartas y que no se sepa quién las juega. La falta de sofisticación de Goebbels ha sido ya corregida: hoy a ninguna institución se le ocurre proclamar que se dedica a la propaganda.
En el prólogo que Huxley añade a Un mundo feliz en 1946, argumenta que el poder basado en garrotazos, armas y cárceles es mucho menos eficiente que el que hace que los súbditos se hallen perfectamente satisfechos con su sumisión. En los dos años siguientes Orwell acaba de escribir 1984, en la isla escocesa de Jura, ante un mar más frío y riguroso que el Mediterráneo que había acogido a Huxley. Cuando se publica, en 1949, Orwell envía un ejemplar a Huxley, que había sido su profesor en Eton y ahora reside en California. En octubre de aquel año Huxley le responde y lo felicita por su obra, pero se reafirma en defender que el mundo va hacia la pesadilla que él había imaginado:
Parece dudoso que la política de la bota-en-la-cara pueda continuar indefinidamente. Mi opinión es que la oligarquía gobernante encontrará formas más sutiles y provechosas de gobernar y de satisfacer su sed de poder, y esas formas se parecerán a las que describí en Un mundo feliz [...]. En otras palabras, creo que la pesadilla de 1984 está destinada a transformarse en la pesadilla de un mundo más parecido al que imaginé en Un mundo feliz.
Y sin embargo, el análisis que hace Orwell de la alienación al servicio del poder tecnocrático no es menos sutil que el de Huxley. En palabras de Orwell, “el poder consiste en hacer pedazos las mentes humanas y volver a unirlas en nuevas formas de tu propia elección”, para “extinguir de una vez por todas la posibilidad del pensamiento independiente”. Eso incluye sembrar la confusión y socavar el significado mismo de las palabras, a fin de “comprimir el ámbito del pensamiento”.
Una de las consignas de 1984 es que “la guerra es paz”. En 1984, pese al año que da título a la novela, se prevé una y otra vez que el factor alienante clave, la compresión del ámbito del pensamiento (a través del Newspeak o neolengua), solo se consolidará by 2050, o sea, durante la primera mitad del siglo XXI. O sea, en los días que nos han tocado.
Sobre el autor
Jordi Pigem es Doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Fue profesor del Masters in Holistic Science del Schumacher College (Inglaterra). Entre sus libros destaca una reciente trilogía sobre el mundo contemporáneo: Pandemia y posverdad (2021), Técnica y totalitarismo (2023) y Conciencia o colapso (2024). Desde 2025 es Fellow del Brownstone Institute y miembro fundador de Brownstone España.








Creo que la mayoría estamos convencidos de que sufrimos un tremendo engaño. El problema lo veo en la suposición de que, si no comulgamos con la rueda de molino, solo nos queda la nada y el caos.