Como cada tres años, los informes PISA desatan una serie de feroces terremotos capaces de hacer tambalearse a la mayoría de los sistemas educativos continentales. El publicado esta semana, referido al año anterior, ha sido especialmente virulento. Más allá de una naturaleza y una metodología cuestionables, el informe de 2025 viene a constatar con estadísticas lo que la mayor parte de las personas relacionadas con la educación percibíamos, y lo que también constataban diversos ministerios y consejerías que tienen la capacidad de evaluar regularmente los logros de las nuevas promociones escolares. No voy a entrar en nuestras miserias particulares: el ocultamiento de datos disfrazado de error técnico que impide a Cataluña calibrar la magnitud de nuestra tragedia merece un análisis más específico. Simplemente, Cataluña, como una de las regiones más globalizadas del planeta —y, sin embargo, desposeída de poder y voluntad para administrar soluciones—, suele expresar concentradamente, en forma de desastre educativo, aquello que constituye una tendencia general.
Efectivamente, el descenso de los resultados en esta edición ha sido más que considerable. Una especie de tobogán para unas líneas que llevan dos décadas en trayectoria descendente. Muy espectacular ha sido la caída en la comprensión lectora (que, en el fondo, representa la habilidad clave que se extiende al resto). A nivel del conjunto de países de la OCDE ha significado pasar de una puntuación de 490 en 2015 a 461 en 2025, lo que equivale, según la criptolengua de sus artífices, a un descenso de curso y medio en diez años, o, expresado de otra manera, que los alumnos de 4.º de ESO de hoy tendrían el nivel de un alumno del segundo trimestre de 2.º de ESO de hace diez años. Más allá de la pirotecnia estadística, una de las partes interesantes del informe es que, viendo tal descalabro, los resultados se han visto acompañados de un apartado específico en el que los teóricos «expertos» (palabra extremadamente sospechosa y desacreditada que genera hostilidad entre los profesionales) intentan apuntar sus causas.
Y las causas reales o probables podrían clasificarse en tres categorías: sospechosos habituales, causas políticamente incorrectas y causas inconfesables (que no aparecen por su dimensión perturbadora).
Vamos por partes: los que llamaríamos sospechosos habituales nos remiten a las pantallas y a la pandemia. Con mayor o menor rapidez y resistencia, los responsables políticos de cada país empiezan a ser conscientes de que las pantallas desempeñan un papel similar al de las drogas. Multiplican momentáneamente las habilidades y la velocidad hacia fuera, mientras destruyen el cuerpo y el alma por dentro. Evidentemente, no es lo mismo la época en que un ordenador era un dispositivo que facilitaba tareas y acceso a la información, aunque funcionaba, en la práctica, como una prolongación de las tareas intelectuales básicas, que unos dispositivos de bolsillo con programas y aplicaciones de última generación fundamentados en la extracción de tiempo y atención. En relación con lo dicho, es más el sentido común que una investigación a menudo patrocinada por las grandes compañías digitales el que ha demostrado que la sustitución de las habilidades intelectuales funcionales durante los últimos cinco mil años por códigos binarios representa una bomba de relojería civilizatoria. Por tanto, hacer que la enseñanza vuelva al papel, al lápiz y al libro de bolsillo es una de las medidas más sensatas posibles, aunque el problema es cómo evitar esta especie de narcotización digital de la vida cotidiana de niños y adolescentes, a menudo iniciada desde el móvil de padres incompetentes que ponen dibujos animados al bebé para que no moleste. En cuanto a la pandemia, es el comodín habitual, de efectos más exagerados que reales. Países sin interrupciones escolares durante la COVID de 2021, comparados con aquellos que cerraron durante más de 150 días (en Cataluña no pasaron de 90), tuvieron efectos similares.
La segunda categoría, envuelta en eufemismos, sería la que afecta a elementos políticamente incorrectos. La más clara de todas, el sobresalto migratorio que se ha concentrado muy especialmente en el continente europeo. El propio informe menciona que el alumnado de 15 años de familias migrantes ha crecido un 25 % desde 2018 hasta representar cerca de un 17 % del total. En España ha crecido un 64 % y un 20 %, respectivamente, y en Cataluña, entre un 40 y un 50 % (se partía ya de un número muy elevado), mientras que el porcentaje estimado de estudiantes nacidos en el extranjero o con al menos un progenitor también nacido en el extranjero ya representa cerca del 40 % del total. Esto no necesariamente debería significar problemas de rendimiento escolar como dato aislado. Sin embargo, cualquiera con unos mínimos conocimientos de sociología de la educación sabe perfectamente que, aparte de los problemas inherentes derivados del conocimiento del idioma o de las reglas no escritas de la sociedad de acogida, están los propios del trauma migratorio, los derivados del nomadismo residencial, la precariedad, la miseria y todo aquello que suele acompañar a un fenómeno que, básicamente, busca mejores rendimientos económicos para los más ricos —al precio de la polarización de las rentas—. Un fenómeno que satisface exclusivamente a las élites globalistas, que cuando piensan en la inmigración no piensan en los niños, sino en las ganancias y ventajas competitivas que implica esta especie de deslocalización interna que completa la industrial y el desmantelamiento de las economías occidentales.
Dentro de este apartado hay también un dato interesante, expuesto con los eufemismos habituales. Se habla de una creciente falta de implicación de las familias como causa subyacente del descenso de los resultados. En realidad, la cosa es más grave, y no hace falta ningún informe de ningún supuesto experto. Con algunas preguntas a cualquier tutor de cualquier escuela o instituto ya tenemos la respuesta: el colapso de la institución familiar. El estilo de vida patrocinado por las élites globalistas (y a menudo expresado en la cultura popular) implica unas tasas de separaciones y divorcios, o de familias monoparentales, como nunca se habían visto; una abdicación generalizada de las responsabilidades familiares (y expresada a menudo en la tolerancia con las pantallas y el comportamiento de sus vástagos); una dejación de funciones que suele traducirse en un choque contra la institución escolar.
En el estudio que presentó el sindicato USTEC se indicaba que alrededor de 6 de cada 10 profesionales habían sido objeto de agresiones, entre los cuales, en el caso de la educación infantil y primaria, la mayoría habían sido por parte de familias (la mayor parte, verbales, aunque no faltaban las físicas). La falta de respuesta por parte de las instituciones deja a la escuela a la intemperie y despojada de toda autoridad. Uno de los datos interesantes de los informes PISA es que aquellos que salen bien parados (Singapur, Japón, Corea y, en el caso español, Castilla y León y Asturias) se caracterizan por ser sociedades estables, con familias más extensas y sólidas y un cierto talante conservador. El orden social suele correlacionarse con buenos resultados educativos; el desorden, con crisis o colapso.
Todo esto que explicamos también se menciona indirectamente en este interesante apartado de PISA bajo la fórmula de un creciente problema de disciplina, de interrupciones constantes en el aula (que impide la necesaria concentración y el clima de trabajo) y que implica que la institución escolar, desposeída de poder para hacer frente a estos conflictos, quede desposeída de autoridad. En el sistema escolar español y de protección al menor podemos encontrarnos situaciones absurdas como que la protección de la minoría de agresores —a menudo por su inimputabilidad— deje desprotegida a la mayoría de niños y adolescentes. Y no es en absoluto banal. Se conocen casos de agresiones sexuales en los que víctima y agresor deben continuar compartiendo aula. O todo el mundo es consciente de que los crecientes casos de acoso escolar solo son combatidos a base de... buenas palabras, protocolos inservibles y una absoluta sensación de impunidad. Y esto se traduce en el descrédito de la escuela (y, de rebote, del Estado), en la huida de las clases medias de centros problemáticos y en la creciente y silenciosa deserción de profesionales. Por cierto, quienes huyen suelen ser los más válidos.
Y finalmente llegamos a las causas inconfesables (las que no aparecen en el informe, aunque sí podemos constatarlas desde una lectura más holística). La principal, la pérdida de sentido y de funciones propias de la institución escolar, fruto de las profundas transformaciones del sistema productivo y de la lógica económica de las sociedades occidentales y, también, en forma de causa/consecuencia, de la desregulación interna a base de metodologías que desdibujan su identidad.
Vamos por partes. La escuela, una institución del siglo XIX, establecía una especie de contrato social tácito según el cual las familias cedían a sus niños y adolescentes, que eran sometidos a un espacio artificial que los preparaba (en cierta medida, los domesticaba) para el ejercicio de la ciudadanía. Lo esencial de la escuela es modelar la individualidad de los niños a partir del principio de adaptación: adaptación a las normas sociales, a la obediencia a determinadas normas y principios, al control de sus impulsos, a la supeditación de su individualidad al interés colectivo, lo que implica, por supuesto, una cierta homogeneización (lingüística, cultural, de carácter y comportamiento).
Y para estos objetivos se establece toda una panoplia de premios y castigos. El principal castigo es el fracaso (educativo, social), fruto de los problemas de adaptación o de la incapacidad de alcanzar determinados niveles de exigencia. El premio es el éxito (normalmente vinculado al ascenso social, al acceso a profesiones y situaciones de prestigio), el reconocimiento social y el mantenimiento o acceso a un mejor estatus.
Aquel álbum de Pink Floyd (posteriormente adaptado en forma de película por Alan Parker), The Wall, quizá de manera caricaturesca expresaba a la perfección los daños colaterales de este sistema, si bien funcional, también de gran crueldad, excluyente y cruel. El actual sistema chino, en realidad un sistema educativo que sería prácticamente un calco del que funcionaba en Europa entre 1950 y 1980, ha sido capaz, según el Pew Research Center, de enviar entre 350 y 450 millones de personas hacia las clases medias. Representa un tercio de la población de la República Popular; sin embargo, para los chinos, la posibilidad real de promoción justifica el esfuerzo y el sacrificio. Japón y Corea, sociedades más estancadas en cuanto a su pirámide social, han optado por un sistema de inmigración cero y esto implica que sus sociedades mantienen el esfuerzo educativo como fórmula defensiva para evitar el desclasamiento social.
Sin embargo, en Europa las cosas son radicalmente diferentes. Según informes de la propia Unión Europea, se estima que de los cerca de 2,5 millones de puestos de trabajo que se crearán durante los próximos diez años, 820.000 (uno de cada tres) serán para el campo de «Auxiliares de cuidado personal y del hogar»; 190.000 de «ayudantes de restauración»; 150.000 de «conductores y repartidores». También se prevén otros capítulos de profesionales de alta cualificación, como «desarrolladores de software» (325.000); analistas y científicos de datos (165.000) o «especialistas en ciberseguridad» (115.000).
Sin embargo, si clasificamos estas estimaciones, veremos que los trabajos de baja cualificación y remuneración pueden acercarse a 1,2 millones (prácticamente la mitad); los de alta cualificación, unos 950.000, mientras que los de cualificación media, los que conformaban la identidad profesional de las clases medias, quedarían reducidos a poco más de medio millón (una quinta parte). El problema es que, en cuanto a las profesiones que se estima que destruirá la IA, los informes señalan que nueve de cada diez de los empleos que desaparecerán o quedarán reducidos al mínimo (programadores júnior, diseñadores gráficos, traductores e intérpretes, redactores, auxiliares paralegales y jurídicos...) son propios de unas clases medias que pueden quedar borradas del mapa en menos de una generación.
En otros términos, la opción por la importación de mano de obra y por la deconstrucción interna de la institución escolar tiene mucho que ver, no tanto con las discusiones bizantinas de catedráticos de pedagogía como con los encuentros invernales en el balneario de Davos.
Es el futuro, y no el pasado, lo que se encuentra en la inquietante evolución de los informes PISA. Las diversas reformas educativas en todo el continente, en el fondo, ya van preparando los sistemas educativos para su reconversión: de una institución pública con formas y funciones concretas a una especie de no-lugar, en términos de Marc Augé, un espacio indefinido, en tránsito, sin propósito claro, sin normas ni instrucciones claras, sometido a la desregulación social, lo que explicaría el descalabro global y, en el caso de Cataluña, en una sociedad fundamentada en las clases medias y altamente globalizada, lo que condena a escuelas e institutos a su desnaturalización.
¿Malos resultados? No busquemos necesariamente causas concretas, sino que deberíamos leerlos como una consecuencia. Los cambios metodológicos, la invasión ideológica de leyes como la LOMLOE (más obsesionada con adoctrinar con el globalismo de la Agenda 2030 que con permitir enseñar y aprender en los edificios escolares) han dado la vuelta a la forma y al fondo.
Si me permiten la metáfora, la escuela de hace dos décadas tenía forma de estadio olímpico. Se tomaba a las distintas promociones de alumnos, se les mostraba la pista de atletismo con obstáculos y se les conminaba a dar diez vueltas. Se les explicaban las reglas: los primeros que llegaran tendrían premios; los que abandonaran sufrirían ciertos estigmas sociales.
Efectivamente, todos los participantes no corrían en las mismas condiciones: los había atléticos y cojos, sacrificados y gandules, delgados y gordos, motivados y desmotivados. Sin embargo, la presión del público —entre el que se encontraban sus familias— los incitaba a correr. Algunos salían bien parados. Otros caían en los primeros obstáculos. De estos, algunos volvían a levantarse y otros abandonaban.
Era un sistema cruel, darwinista y no demasiado justo, aunque las normas y los propósitos eran claros y conocidos —y bastante iguales— para todos. Algunos, con pocas ganas y sin grandes aptitudes, se superaban a sí mismos por la vergüenza de no resultar derrotados. Otros, a base de esfuerzo y constancia, superaban a otros más dotados. Los pobres podían imponerse a los más acomodados, al menos en teoría. La mayoría se incorporaba al gran grupo que quedaría en una posición más o menos cómoda para ir tirando. Los primeros verían compensada la fatiga. La mayoría también acabaría en mejor forma física de la que había comenzado. Otros, resentidos, ni siquiera intentarían dar más de cuatro pasos después del pistoletazo de salida.
Ahora la escuela ya no tiene forma de estadio, sino de gimnasio, donde los nuevos pedagogos piden a los alumnos que cada uno coja el instrumento o aparato que más le guste y que haga lo que quiera, como quiera, cuando quiera. Se exige a los entrenadores/profesores que no los presionen demasiado, mientras pantallas y musiquillas van sonando sin que ninguno de los presentes les preste demasiada atención.
Nadie gana. Nadie pierde. La vaciedad absoluta. Se impone un tufillo de nihilismo que inunda también las relaciones sociales. El público mira sus móviles, indiferente al espectáculo. Cuando los examinadores de PISA evalúan su estado de forma física, se dan cuenta de que están más gordos, son más inconstantes, más perezosos y están más desorientados que las promociones anteriores.
Nuestros estudiantes pueden obtener malos resultados. Sin embargo, ni ellos ni sus familias son estúpidos. Ante las decisiones estratégicas que hemos tomado como sociedad, ante las circunstancias que hemos construido a su alrededor, ante la red de engaños que hemos tejido, actúan racionalmente. ¿Qué sentido tiene esforzarse si prácticamente no tienes opción de mejorar y, en función de decisiones ajenas, el futuro consiste en trabajos y vidas precarias y prescindibles?
Europa ha decidido suicidarse como economía, como sociedad, como civilización. La escuela, este espacio reconvertido en un no-lugar, solo es un síntoma. PISA, tan solo el termómetro en el que nuestra enfermedad se expresa en cifras.
(El Món)
Sobre el autor
Xavier Diez (Barcelona, 1965), Historiador, escritor y articulista en diversos medios. Doctor en historia, ha sido también profesor, y publicado diversos libros de ensayo y narrativa. Entre sus últimos libros destacan Una historia critica de les esquerres (El Jonc), L’escola: espai en destrucció (El Martell), El anarquismo individualista en España (1923-1938) (Virus editorial) y El pensament polític de Salvador Seguí (Virus editorial). Colabora cada lunes como tertuliano en Debates intempestivos, el espacio semanal sobre actualidad en formato podcast de Brownstone España.







Querido Xavier
Enhorabuena por tu reflexión. "Se puede decir mas alto, pero no más claro". Una muestra más de que, como auguran algunos. esta civilización está dando los últimos coletazos, lo que me recuerda la sentencia: Los tiempos difíciles producen personas fuertes, las personas fuertes producen tiempos fáciles, los tiempos fáciles producen personas débiles, las personas débiles producen tiempos difíciles
"¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!" (Capitán Renault).