Todo comenzó espontáneamente en un día inusualmente cálido del otoño de 2021 cuando, después de intercambiar las cortesías generalmente apagadas que uno suele intercambiar en situaciones semejantes, fijé la mirada en el rostro cansado de la mujer acalorada y enmascarada que estaba detrás de la caja del supermercado y le pregunté:
—¿Sigue usted permaneciendo humana?
De repente, sus ojos, hasta entonces adormecidos, se enfocaron, señal de que quería cerciorarse de haberme oído correctamente, a lo que respondí repitiendo suavemente la pregunta inicial.
Cuando tuvo la oportunidad de salir del papel que tenía asignado como autómata humano —considerada por los ejecutivos de la empresa que le pagaba como una versión más costosa y menos fiable de los terminales de autoservicio situados a unos cinco metros de donde estábamos—, confesó tímidamente que seguir siendo humana era «realmente difícil» para ella últimamente.
Pero unos segundos después su rostro se iluminó cuando me habló de sus tres bebés, que estaban en casa, y de las clases que cursaba a tiempo completo por las noches para obtener su título de enfermera práctica con licencia (LPN). Cuando expresé mi asombro ante su capacidad para hacer frente a todo lo que tenía entre manos, me dedicó una sonrisa en la que se mezclaban a partes iguales la determinación y la resignación, y dijo:
—¿Qué puedo hacer? Hay que mantener la cabeza alta, ¿no?
Ella quería continuar charlando, pero al ver las miradas impacientes de los clientes que estaban detrás de mí, comprendió que nuestra pequeña conversación tenía que terminar. Sabía demasiado bien que no estaba allí para cultivar la calidez humana, el afecto y ni tan siquiera el humor, sino para cobrar y registrar con rapidez y precisión las ventas de la tienda. Así que recogí mis bolsas y, volviéndome una vez más para mirarla y darle las gracias, me dirigí hacia la puerta.
Desde entonces he seguido planteando de vez en cuando la misma pregunta sencilla en distintos contextos sociales. A veces me encuentro con miradas inexpresivas y, ocasionalmente, con una hostilidad abierta. Pero, con mayor frecuencia, la gente se muestra encantada y, en muchos casos, claramente aliviada de que alguien se haya acercado a ella de esa manera. Reacciones que, a su vez, me indican que algo no funciona en la manera en que estamos llevando a cabo nuestra vida cotidiana.
Durante la mayor parte de mi vida jamás se me habría ocurrido formular una pregunta semejante, y mucho menos planteársela repetidamente a otras personas. Ser humano era, para mí —y sospecho que también para muchos otros que tuvieron la fortuna de crecer bajo el resplandor de la prosperidad estadounidense de la posguerra—, una categoría sumamente estable y reconocible, distinta en sus cualidades particulares, pero semejante en su estabilidad ontológica a cosas como los árboles, las rocas o los perros.
Pero los acontecimientos de los últimos seis años han conspirado para expulsarme de esa zona de complacencia conceptual. Ahora estoy cada vez más convencido de que convertirse en humano y seguir siendo humano no consiste, como yo creía antaño, simplemente en permanecer con vida, sino que es el fruto de un esfuerzo intenso y profundamente consciente por alinearnos con lo que Lincoln denominó célebremente «los mejores ángeles de nuestra naturaleza».
Creer en los ángeles, incluso en los metafóricos, significa admitir que existen fuerzas en nuestras vidas que trascienden el alcance de nuestras herramientas de análisis racional y que, de alguna manera misteriosa, estamos sometidos a su poder. Significa también sugerir que existen conceptos mentales, como el amor, la belleza y la dignidad, que, aunque resulte imposible captarlos, explicarlos o cuantificarlos por completo, son absolutamente fundamentales para el florecimiento humano.
La idea de que todo ser humano está condenado a albergar una lucha permanente entre su yo material y su yo etéreo no es, por supuesto, nueva. Lo relativamente nuevo es la creencia de que semejante lucha no tiene por qué existir porque, como nos anunció en 1984 aquella gran estudiosa de la metafísica que es la cantante Madonna, «vivimos en un mundo material» en el que todo aquello que merece la pena poseer o conocer puede ser aprehendido mediante los sentidos del oído, la vista y el tacto.
Aceptar que somos y siempre hemos sido meros buscadores de comodidad y beneficio material equivale a borrar la aspiración de que los seres humanos podemos ser algo distinto y mejor que los animales depredadores con los que llevamos tanto tiempo compartiendo el planeta; equivale a negar que poseamos en nuestro interior la capacidad de sanar a otros, reparar aquello que está roto y crear belleza allí donde antes solo había fealdad y desolación.
Y quizá, lo que resulta más ominoso, significa jugar a favor de ese pequeño grupo de personas que, después de haberse hecho fabulosamente ricas y poderosas, han llegado a considerar sus riquezas, obtenidas a menudo por medios ilícitos, como una señal de su «derecho» a controlar los destinos de la inmensa mayoría de la población mundial.
La clave del éxito de los grandes depredadores, sean humanos o animales, consiste en obligar a sus presas elegidas a aceptar unas condiciones de enfrentamiento que favorezcan sus propias fortalezas y dones particulares. Un león y un mono tienen estrategias de supervivencia muy diferentes y, por tanto, se sienten cómodos y en control en entornos físicos muy distintos. El león, por ello, busca naturalmente sacar al mono de los árboles, donde está a salvo, y llevarlo a la llanura, donde el león es verdaderamente el rey. El mono sabio, sin embargo, evitará la tentación de desnaturalizarse de esa manera tan peligrosa.
Y así sucede con la dinámica entre la clase depredadora de nuestra propia especie y la inmensa mayoría de los seres humanos.
Saben que estamos en nuestro mejor momento y somos más inmunes a sus llamamientos para adentrarnos en la jungla sin ley que han construido para explotar sus propios «dones» de implacabilidad cuando disponemos del tiempo y el espacio necesarios para reflexionar sobre los maravillosos misterios, absurdos y desconcertantes, de estar vivos; de experimentar el amor; de contemplar una belleza capaz de robarnos las palabras; y de sentir una profunda gratitud por los dones de entrega y sacrificio que nos legaron quienes nos precedieron.
Pero, deslumbrados por las fábulas de elegancia, facilidad y gloria que ellos mismos habían fabricado, y por la mentira de que aquella supuesta vida de brillo y fama estaba al alcance de cualquiera que realmente quisiera conseguirla, comenzamos a ceder ante su lógica depredadora y descendimos, por así decirlo, de nuestros «árboles» de seguridad moral y espiritual a la llanura sin ley donde las probabilidades de alcanzar el dominio están permanentemente inclinadas a su favor.
Después agravamos este error al abrir acríticamente nuestros hogares y, mediante nuestra ingenua y laxa supervisión de los dispositivos electrónicos que nos impusieron como condición para existir como seres sociales, expusimos las mentes de nuestros hijos a una explosión exponencial de propaganda que adormece la conciencia.
Mientras que la primera fase de esta ofensiva mental estaba, como ya he señalado, anclada en las prácticas del deslumbramiento, la segunda —la que estamos viviendo ahora— se basa en la semiótica de la desorientación y la degradación; es decir, en machacar la idea de que lo máximo que los seres humanos hemos sido o podemos aspirar a ser son seres toscos, incapaces de reflexión y desprovistos de historia, dedicados a buscar riqueza y sensaciones efímeras.
¿Por qué?
Porque los planificadores culturales de las élites saben que, en un enfrentamiento entre una población empobrecida y actualmente encarcelada y una élite fabulosamente rica que dispone de poderosas herramientas de propaganda, los ricos ganarán noventa y nueve veces de cada cien.
Y está claro que creen que, si consiguen mantener durante aproximadamente otra década su actual régimen de gestión de la información, hasta que la mayoría de quienes nacieron y crecieron con una conciencia de existir dentro de una gloriosa concatenación de continuidad cultural hayan muerto, finalmente podrán alcanzar aquello a lo que ciertos sectores del Gobierno estadounidense se refieren abierta y descaradamente como «seguridad cognitiva»; es decir, la capacidad de garantizar que la mayoría de los ciudadanos ni siquiera conciban o alberguen ideas susceptibles de contravenir los planes estratégicos que el Gobierno y sus socios empresariales elegidos tienen respecto de la gobernanza —léase: el control— de la ciudadanía.
Dicho sin rodeos, nos consideran animales adiestrables y creen que solo están a unos cuantos ajustes tecnológicos de conseguir que la mayoría de nosotros también nos veamos de esa manera.
Entonces, ¿qué hay que hacer? Como alguien que creció inmerso en la cultura estadounidense de finales del siglo XX y principios del XXI basada en la idea de «puedes conseguirlo si te esfuerzas», sé que mi tarea narrativa implícita llegados a este punto sería proporcionar un plan de acción sucinto para sacarnos del desastre en el que nos encontramos.
Pero eso no va a suceder, no porque carezca de ideas pertinentes, sino porque hacerlo supondría reforzar la noción, profundamente arraigada en la cultura occidental contemporánea, de que la mayoría de los problemas sociales a los que nos enfrentamos hoy son de naturaleza legislativa, tecnológica u organizativa.
Aunque los problemas que afrontamos están, sin duda, influidos por estas tres formas de pensamiento, son fundamentalmente de naturaleza espiritual, psicológica y volitiva. Y, como todas las especulaciones productivas en estos ámbitos, deben sustentarse en el deseo de mirar sin pestañear nuestro pasado, especialmente el legado de la modernidad, que ha sido la fuerza motriz invisible de la cultura occidental durante los últimos cinco siglos.
Lo que comenzó como un movimiento destinado a exaltar las chispas de divinidad creativa, durante tanto tiempo ignoradas, presentes en cada ser humano, y a acrecentar así nuestra apreciación de las fuerzas trascendentes de las que brotan, se ha transformado con el tiempo en una adoración forzada de las capacidades estrechamente delimitadas de aquello que Iain McGilchrist ha denominado la parte «recolectora y acaparadora» de nuestro cerebro, antaño subordinada.
¿Subordinada a qué, os preguntaréis?
A lo que McGilchrist describe como el «amo» de nuestra ontología: el hemisferio derecho del cerebro, holístico e integrador y, por ello, creador de significado.
Ya sabéis, esa parte de nuestro ser a la que me abrí tanto yo como mi cansada interlocutora enmascarada cuando, en medio de la rutina cada vez más sombría, algorítmica y deshumanizada del comercio humano, me atreví a preguntarle, por mínima que fuera la pregunta, por esa parte de ella que imagina, espera, sueña y ama.
Cuando hoy reflexionamos sobre el uso de la palabra «vuelo», los modernos tendemos a fijarnos sobre todo en sus asociaciones con la liberación entendida como la posibilidad de superar o trascender algo, como la gravedad o una circunstancia desafortunada que percibimos como un obstáculo que nos impide alcanzar o poseer algo que deseamos o necesitamos. Y, ciertamente, no hay nada erróneo en ello.
Lo que a menudo olvidamos reconocer es la relación simultánea del término con el verbo «huir», que suele emplearse para describir el proceso de alejarnos de algo que consideramos amenazante, difícil o perturbador.
Hace poco descubrí que la palabra human comparte un estrecho parentesco etimológico con la palabra humus, la materia orgánica del suelo que hace posible el cultivo de alimentos nutritivos, esa especie de salsa secreta que da vida y que, paradójicamente, surge de la muerte y descomposición de cosas que estuvieron vivas.
Nuestros antepasados civilizatorios comprendieron claramente que solo podríamos seguir siendo humanos si conservábamos nuestros vínculos con la tierra y con sus ciclos continuos de muerte y renovación que, aunque nuestra cultura actual trate de ocultarlo, reflejan los de la propia condición humana.
Los filósofos y teólogos saben, desde hace mucho tiempo, que sentirnos desgarrados entre el deseo de escapar de la mortalidad, por un lado, y la humildad —sí, esta palabra también deriva de humus— que nace de saber que la muerte es inevitable, constituye un elemento central de la condición de ser y seguir siendo humanos.
Pero hoy una clase depredadora nos dice que, si simplemente les entregamos nuestro poder y nuestra capacidad de actuar a ellos y a sus tecnologías omniscientes, podremos escapar de ese crisol de pasiones lleno de contradicciones en el que lucharon todos los que nos precedieron y experimentaremos un ascenso perpetuo y lineal hacia una vida cada vez mejor para todos.
¿Lo creen, en verdad, alguno de ustedes? ¿Creen que la naturaleza profundamente cíclica de un universo cuyo punto de origen sigue siendo completamente inexplicable, incluso para las mentes más brillantes de entre nosotros, nos conducirá, bajo su tutela generalmente ensimismada y desprovista de asombro, a alcanzar ese tipo de dignidad resistente a cualquier precio que todos, en uno u otro nivel, anhelamos?
Yo no lo creo ni por un instante.
No, yo veo sus planes para inventariar, rastrear y controlar todos los elementos vivos y no vivos de la Tierra como una versión actualizada de aquello que Tácito, hablando a través de la figura del guerrero caledonio Calgaco, denominó la costumbre de la Roma imperial de «crear un desierto y llamarlo paz».
No, no pienso dejar voluntariamente mis energías vitales en sus manos en un futuro próximo.
Pienso, más bien, dedicar los días que me quedan a hurgar en el humus de lo cotidiano, con la esperanza de llegar a reconocer y abrazar mejor sus abundantes reservas de belleza, conexión, lealtad y amor.
¿Les apetece recorrer conmigo este camino?
El fragmento arriba reproducido es la introducción al reciente libro de Thomas Harrington, Staying Human: In a Soul-Shredding Age (Permaneciendo humanos en una época que desgarra el alma).
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos Staying Human: In a Soul-Shredding Age (2026). Varios de sus artículos y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Se puede acceder a una selección de sus trabajos académicos en https://trincoll.academia.edu/tharrington





