Hoy en día Barcelona es uno de los grandes destinos turísticos del mundo occidental. Sin embargo, hace cincuenta años era una ciudad algo polvorienta y apartada, que aún sufría las consecuencias de los castigos infligidos por el régimen franquista (1939-1975) dada la obstinada negativa de sus ciudadanos a abandonar su apego a la lengua y la cultura catalanas, así como el hecho de que la ciudad sirviese como centro neurálgico de la Segunda República Española (1931-1939) durante la Guerra Civil Española (1936-1939) que finalmente ganó el bando del general nacionalista.
La drástica transformación de la ciudad se basa en las medidas adoptadas bajo el liderazgo del alcalde Pasqual Maragall durante los seis años previos a la celebración de los Juegos Olímpicos de 1992. Si bien el alcalde de cada sede olímpica promete que los Juegos transformarán su ciudad para mejor, esto se materializó en la Barcelona de Maragall, especialmente en el ámbito de las infraestructuras públicas.
Pero a diferencia de muchos alcaldes de grandes ciudades, Maragall comprendió que las ciudades no alcanzan la belleza y la grandeza solo con ladrillos, cemento y circunvalaciones, y que esto era especialmente cierto en un lugar como Barcelona, donde los ciudadanos habían sido prácticamente privados de la capacidad de expresarse en sus propios lenguajes, símbolos y arquitecturas vernáculas durante casi cuarenta años.
Esta comprensión llevó a Maragall y a sus colaboradores a emprender una enérgica campaña de planificación cultural, diseñada, por un lado, para recordar a los ciudadanos su patrimonio cultural catalán compartido, aunque largamente relegado, y, por otro, para introducirlos a los repertorios simbólicos emergentes de sistemas culturales extranjeros, en gran medida invisibilizados por la censura del régimen.
En el centro de este esfuerzo se encontraba el concepto de la «ciudad legible».
Maragall creía que el lenguaje de la arquitectura y la creación de espacios era igual de poderoso, si no más, que la comunicación puramente textual, y que, por lo tanto, la forma y el carácter de los espacios que transitamos a diario ejercen una influencia considerable en nuestros patrones de pensamiento, nuestros comportamientos e incluso en los conceptos de identidad personal y colectiva.
Este enfoque implica que una ciudad que funcione correctamente debe ser capaz de transmitir a sus ciudadanos un palpable sentido de comunidad y una gramática espacial que, sin imponerles una uniformidad determinista, les facilite reconocerse como partícipes de conceptos de realidad histórica y política con quienes les rodean.
Es un enfoque que, como dejó claro Oriol Bohigas, director del grupo de expertos arquitectónicos de Maragall, en 1999, se opone directamente a la idea de Margaret Thatcher de las ciudades y las naciones como meros conjuntos de individuos egoístas.
¿Existe algún riesgo en este enfoque? Sin duda. Si, por ejemplo, los artífices de tales iniciativas carecen de equilibrio y moderación, su planificación cultural verticalista puede fácilmente degenerar en un programa de colectivismo partidista impuesto. Y si bien pocos dirigieron esta crítica al ayuntamiento de Barcelona durante el mandato de Maragall, creo que a menudo se ha aplicado, con razón, a muchos funcionarios municipales que se han posicionado como herederos de su legado durante las últimas dos décadas.
En última instancia, sin embargo, críticas como estas no dan en el clavo. Y la razón es simple: ningún espacio público está libre de contenido ideológico impuesto, en mayor o menor medida por coerción, por las élites económicas y culturales de una sociedad.
Por ejemplo, hoy en día la mayoría de nosotros consideramos la clásica plaza de los pueblos de Nueva Inglaterra un lugar de belleza elegante y apacible en medio de nuestras vidas cada vez más frenéticas. Sin embargo, esto no significa que esté exenta de directrices ideológicas. Por ejemplo, casi todas tienen una iglesia, generalmente de una denominación protestante, justo al lado. Muchas también cuentan con monumentos conmemorativos a personas ilustres que, siendo habitantes del pueblo o de la zona, cayeron en guerras libradas por Estados Unidos a lo largo de su historia.
Si bien estas estructuras no obligan a nadie a ser protestante ni a celebrar las guerras, al menos recuerdan a los ciudadanos la presencia histórica de los ideales cristianos en las clases dirigentes de Nueva Inglaterra y su creencia en la necesidad de enviar a sus jóvenes a la guerra en defensa de lo que se les dice que son los valores colectivos de la nación.
El hecho de que su diseño básico se repita en los seis estados de Nueva Inglaterra demuestra que son un elemento integral del —para usar un concepto desarrollado por Christopher Alexander— «lenguaje de patrones arquitectónicos y espaciales» de la región y, por extensión, de Estados Unidos en su conjunto.
Uno de los horrores más flagrantes de la vida actual es la proliferación en nuestros espacios públicos de lo que Marc Augé denomina no-lugares; es decir, recintos construidos cuyas formas no hacen referencia ni conectan en absoluto con las necesidades humanas de los habitantes locales, ni con los patrones que han guiado la creación de lugares en esa región en particular a lo largo del tiempo.
Estos espacios estériles y asfixiantes son también el resultado de las decisiones de élites poderosas que, a diferencia de los artífices y reformadores de las plazas de Nueva Inglaterra o incluso del grupo de arquitectos y urbanistas de Maragall —aún siendo estos menos tradicionalistas que los anteriores— han optado por prescindir de la mayor parte, si no de todo, diálogo estético con el pasado y con la clara preferencia del público por diseños armoniosos que promuevan el tipo de interacciones humanas informales y espontáneas que conducen al desarrollo de altos niveles de confianza social.
Son muchos los factores que impulsan esta proliferación de no-lugares en nuestro entorno. De ellos, dos vienen a la mente de inmediato.
La primera es el desarrollo (paralelo a tendencias similares en las artes visuales durante la segunda mitad del siglo 20) del culto a la novedad en el diseño arquitectónico, donde la capacidad del arquitecto para generar rupturas impactantes y, por lo tanto, supuestamente audaces con las formas tradicionales de crear, llegó a prevalecer sobre el ideal de generar belleza al servicio de la cohesión social y el fortalecimiento de las normas e ideales cívicos.
La segunda es el creciente deseo de las élites que dirigen nuestro sistema económico, ahora fuertemente financiarizado, de obtener la máxima rentabilidad de sus inversiones de la manera más rigurosa posible, sin importar los efectos perjudiciales, a menudo considerables, que tales campañas de maximización extrema de beneficios puedan tener sobre valores cívicos menos tangibles.
En resumen, ¿por qué construir un edificio hermoso o un proyecto urbanístico que tome la arquitectura vernácula histórica del lugar y la utilice de formas nuevas y creativas —proporcionando así a sus ciudadanos una mayor sensación de arraigo, convivencia social y optimismo sobre su capacidad para afrontar el futuro con confianza— cuando se puede «imponer» un diseño genérico sin relación con la realidad circundante que se puede construir de forma barata y, por lo tanto, más rentable?
A lo largo de mi vida, por ejemplo, he presenciado la lenta desaparición del riquísimo lenguaje arquitectónico de Nueva Inglaterra, a medida que empresas como Toll Brothers imponían sus diseños genéricos, aunque con un vago aire reminiscente de la región del Atlántico Medio, al sector de la construcción residencial de la zona. Otro ejemplo, entre los muchos que podrían citarse, es cómo las casas móviles prácticamente anularon la mayoría de los esfuerzos por preservar o revitalizar las formas tradicionales de la arquitectura rural en el este de Carolina del Norte.
Entonces, ¿qué papel juega en todo esto la rapidísima, aunque rara vez abordada, proliferación del grafiti urbano en el mundo occidental?
Cuando planteo esta cuestión a jóvenes urbanos cuyas mentes respeto, me responden que las pintadas que vemos ahora por todos nuestros espacios públicos son una reacción saludable precisamente a la creación de espacios nihilistas y antihumanos generada por los arquitectos ávidos de novedades y los promotores inmobiliarios obsesionados con el lucro mencionados anteriormente.
Me han dicho que, al intervenir espacios públicos con su arte, los jóvenes marginados no solo expresan su justa indignación ante el estado actual de la sociedad y su negativa a ser ignorados por el sistema, sino que también inyectan nuevas ideas en debates públicos estancados desde hace tiempo. En resumen, el grafiti urbano es, a sus ojos, parte de un valiente esfuerzo por recuperar la ciudad y empezar a desmantelar el injusto sistema social en el que se encuentran atrapados.
Es una historia fascinante. Y una que incluso podría creer si no fuera por un problema evidente, uno que comparte con gran parte del arte y la arquitectura contemporáneos y que ha contribuido a la sensación de alienación que sienten los grafiteros y sus seguidores de toda la vida. No supera la prueba de la legibilidad, ya que la gran mayoría es incapaz de transmitir ningún mensaje simbólico, intelectual o ideológico ampliamente comprensible para quienes se ven obligados a contemplarlo a diario.
Se trata, más bien, del equivalente visual de un bucle infinito de gemidos, quejidos y chistes internos de adolescentes inarticulados, que emanan a todo volumen de altavoces colocados cada 15 metros a lo largo de cada manzana de nuestra ciudad.
¿Acaso nuestros jóvenes grafiteros urbanos y quienes aceptan en silencio sus intervenciones en nuestros espacios públicos creen de verdad que pueden combatir el nihilismo materialista de generaciones anteriores con un nihilismo aún más estrecho y hermético?
Si lo creen, están muy equivocados.
Siempre me he opuesto a la discriminación positiva y a su contraparte, la diversidad, la equidad y la inclusión, por una razón que, para mí, es muy lógica, pero que, sin embargo, parece molestar a personas inteligentes cuando la comparto con ellas.
Es la siguiente: no se pueden curar los males sociales arraigados en la práctica de organizar a las personas en categorías supuestamente inmutables que a priori corresponderían a distintos grados de valor humano esencial, insistiendo una y otra vez en la misma práctica de organizar a las personas sobre la base de categorías también pretendidamente inmutables pero vinculadas a supuestos coeficientes esenciales de valor humano. Es el equivalente social de intentar controlar la diabetes de alguien con una dieta rica en dulces.
Podemos aplicar la misma lógica al proceso de preservar y revitalizar la vida de nuestras ciudades. No se puede resolver el problema del nihilismo social con un ataque aún más opaco de nihilismo social en forma de grafitis y otras prácticas anticívicas.
Sí, puede que sea cierto que las generaciones mayores tienen gran parte de la culpa del estado actual de nuestras ciudades. Impulsados por su, a menudo desenfrenada, búsqueda de riqueza y cegados por dudosas suposiciones sobre la naturaleza inexorable del progreso humano, los baby boomers y la Generación X se volvieron abiertamente desdeñosos de la historia y de las lecciones básicas de civismo y construcción de identidad que contiene el pasado. Esto ha dejado a muchos de sus hijos a la deriva, con un profundo, aunque a menudo reprimido, resentimiento hacia ellos.
La solución, al parecer, reside en la voluntad de las generaciones más jóvenes de urbanitas de escapar de la prisión de la contemporaneidad digital en la que tantos se encuentran inmersos, y de conectar con la historia de forma consciente.
Si lo hicieran, descubrirían que no son, ni mucho menos, los primeros jóvenes que deben limpiar el desastre que les dejaron sus antepasados, una comprensión que los liberaría de inmediato de su a menudo intenso sentimiento de victimismo.
El estudio minucioso de la historia también les proporcionaría ejemplos de cómo las generaciones anteriores, nacidas en la esterilidad cultural, aprendieron a dejar de comportarse de manera pueril, o de tolerar a quienes lo hacían, y se dedicaron a la tarea esencial de establecer conscientemente los parámetros de lo que Ortega y Gasset, al observar una cultura cívica española que se desmoronaba rápidamente en 1921, denominó como «un proyecto sugestivo de vida en común» para su cultura.
Es más, si estas nuevas generaciones leyeran lo suficiente, incluso podrían toparse con la historia de cómo un dictador del siglo XX hizo todo lo posible por separar a una gran ciudad mediterránea de su orgullosa cultura y su idioma milenario, y cómo los niños nacidos en medio de esa campaña de borrado revivieron ese rico legado, no a través de quejas, lamentos y pequeños actos de vandalismo, sino clarificando sus ideales sociales y poniéndolos a disposición del público en general mediante actos conscientes de construcción de identidad local.
Sobre el autor
Thomas Harrington es catedrático emérito de Estudios Hispánicos en Trinity College en Hartford, Connecticut en los EE.U.U, así como Senior Brownstone Scholar, Brownstone Fellow y co-fundador de Brownstone España. Su investigaciones académicas se centran en los movimientos ibéricos de identidad nacional, las relaciones culturales intra-ibéricas y las emigraciones ibéricas hacia las Américas. Sus escritos sobre la política y la cultura han aparecido con frecuencia en la prensa estadounidense, así como en varios medios de comunicación en España. Es autor de cinco libros, siendo el último de ellos The Treason of the Experts: Covid and the Credentialed Class (2023). Varios de sus artículos de prensa y una muestra de su fotografía se encuentran en Words in The Pursuit of Light. Parte de sus trabajos académicos pueden leerse en https://trincoll.academia.edu/tharrington





Qué comentario más absurdo. En ningún moment sugerí qué la historia de Barcelona empezó con las olimpiadas. Yo conozco muy bien la historia milenaria de Barcelona. Me atrevo decir incluso que contribuido algo a la historiografía sobre ella. El hecho de establecer en un articulo breve un marco histórico limitado sobre un lugar, no implica que uno ignora el resto de su trayectoria histórica. Estaría muy contento hablar sobre la trayectoria larga y rica de la historia de Barcelona. Pero eso no fue el objeto de este ensayo.
Molt bon article, molt d'acord !!!