Mis lectores ya conocen, desde la evidente distancia ideológica, mi admiración por la capacidad de supervivencia del presidente español. Todos los acontecimientos que han precipitado la convocatoria anticipada de elecciones no parecen casuales, sino más bien responder a la idea de alguno de los ingenieros en ciencia política que tanto proliferan en las fontanerías de los partidos. Como todo cálculo que juega con las estructuras emocionales, la operación es arriesgada. Más bien, teniendo en cuenta las circunstancias y los sondeos, podría parecer una medida desesperada. Al fin y al cabo, la emergencia creada a partir del evidente problema de la vivienda no puede sino atribuirse a un Gobierno cuyas omisiones actuales y acciones pasadas han conducido a este problema de dimensiones siderales, imposible de resolver con la urgencia que la sociedad exige.
Tenemos, pues, en la calle, una movilización contundente, aparentemente espontánea, alentada por buena parte de los protagonistas que, hace década y media, inundaron las calles con un tsunami de indignación y supieron surfearlo hasta llegar a las instituciones. Como simboliza el caso de la exalcaldesa Ada Colau, este espacio, una vez instalado en la sala de máquinas del poder, se ha mostrado incapaz de alcanzar sus objetivos, ha dejado el mercado de la vivienda en peor estado del que estaba, ha sembrado frustración y ha transformado lo que había sido un interesante movimiento social en una caricatura que, durante el último lustro, se ha obsesionado con la entrepierna de los ángeles y con tachar de fascista a todo aquel que discrepaba de él. Volviendo a la calle, el caso de Maricarmen, ciertamente uno de esos dramas terribles consecuencia de medio siglo de neoliberalismo y de cuarenta y un años de la socialista Ley Boyer, ha intentado funcionar como la desesperada ofensiva de las Ardenas del PSOE. Una cierta voluntad de romper las líneas del PP y Vox, que lo asedian desde todos los frentes, y apostarlo todo para sobrevivir mediante unos decretos improvisados, incompletos e incoherentes, concebidos más como una moción de confianza que como una verdadera intención de frenar algunos de los abusos del capitalismo inmobiliario. Y ahora, a esperar y ver…
Los cálculos de los politólogos apuntan a que sacar a la calle a algunas decenas de miles de personas y plantar unas tiendas en lugares neurálgicos podría suponer un cambio de rumbo en la evolución desfavorable de unas encuestas que prevén: a) una mayoría peligrosísima del PP y Vox, con más de 200 diputados, capaz de impulsar cambios constitucionales y un neoliberalismo de dimensiones latinoamericanas; y b) la práctica expulsión de la política del espectro político que llegó a representar el espacio que, en determinadas etapas históricas, ocuparon el PCE, Izquierda Unida, Podemos, Sumar y, con cierta ironía, un Frente Amplio reducido a su mínima expresión (las encuestas, en el mejor de los casos, les conceden una docena de diputados). Sospecho que la ambición de revertir las previsiones de voto mediante una amplia movilización esconde, en realidad, objetivos más modestos, del estilo de recuperar la centralidad del PSOE como partido hegemónico de centroizquierda, sin aliados incómodos ni en el eje político ni en el nacional.
Los cálculos de los politólogos, especialmente los más próximos a aquel lejano movimiento del 15-M… ¡de hace quince años!, incluyen la esperanza de resucitar aquel ambiente político capaz de revertir el giro a la derecha de la sociedad y de la política españolas. ¡Y eso no va a ocurrir! No sucedió entonces, cuando la movilización era más contundente y contaba con un apoyo más sólido de la opinión pública —la generación de los indignados, respaldada por las simpatías de sus padres boomers, unidos por una causa moral—, porque el PP ganó de forma contundente, lo que le permitió aplicar su agenda de austeridad destructiva. Ahora, sospecho, las circunstancias son más hostiles para las expectativas de la izquierda y la naturaleza del movimiento es infinitamente más frágil. Las manifestaciones de justa indignación no se traducen necesariamente en cambios significativos en la percepción política.
Para resumir el contraste entre 2011 y 2026, podríamos recurrir a la conocida expresión de Engels, atribuida a Marx, sobre cómo la repetición de la historia trágica suele manifestarse en forma de farsa. En el primer caso, el estallido de la burbuja inmobiliaria, agravado por los millones de personas que perdieron su empleo, se tradujo en dramas indescriptibles y en la destrucción sistemática de miles de vidas. Muchos no pudieron hacer frente a unas hipotecas cuyos precios se habían disparado por completo, perdieron sus casas y quedaron de por vida con una deuda pendiente. En cuestión de pocos meses, pasaron de pertenecer a la clase media a convertirse en auténticos parias, marcados por el estigma de la exclusión financiera. Muy pocos lograron remontar. En esta triste historia, los bancos y su repugnante codicia eran los culpables: criminales sin castigo. En aquellas circunstancias, la sociedad coincidió prácticamente de forma unánime en su indignación y en la identificación del culpable. Sin embargo, la razón sucumbió ante la fuerza bruta de unas leyes que protegían a los delincuentes. Por eso, la falta de resolución del problema y la impunidad de los banqueros generaron una gran frustración entre una opinión pública curtida en el drama.
Ahora las cosas son muy diferentes. El problema no son las hipotecas. De hecho, la falta de resolución de la crisis de 2008-2012 (estallido de la burbuja inmobiliaria, deuda, austeridad y recortes) ha terminado por excluir, quizá, a más de la mitad de la sociedad de las posibilidades de adquirir una vivienda y acceder a una hipoteca. Ahora el problema está en los alquileres. Un problema extraordinariamente complejo, como algunos analistas honestos tratan de explicar estos días. Sin embargo, si queremos resumirlo, veremos que: a) existe un problema de escasez de oferta y exceso de demanda; b) hay una entrada de capital que especula con un bien de primera necesidad; c) se expande una industria turística que ha demostrado convertirse en una especie de plaga contemporánea de langostas; d) el crecimiento demográfico, completamente imparable y basado en la inmigración extranjera, paralelo y correlativo a la extensión de los salarios bajos, la economía informal y el nomadismo laboral, constituye el factor más visible de este grave desequilibrio económico y laboral; y e) ahora se atribuyen todos los males a un «rentista» genérico, lo que implica, de manera subrepticia, señalar a la ya debilitada clase media que alquila uno, dos o tres pisos que ha recibido por herencia, que compró en el pasado o que adquirió gracias a sus ahorros.
En fin, ya sabemos que esto forma parte del mismo plan ultrathatcherista que consiste en señalar a los boomers para acabar con sus pensiones públicas —y así reducir los impuestos—, en el marco de esta extraña alianza entre el neoliberalismo y el progresismo woke, que pretende establecer la «preferencia nacional» frente a los recién llegados atraídos por las políticas de bienestar y las facilidades con las que se atienden sus necesidades. Algo que no se explica demasiado es que, según las fuentes, entre el 59 % y el 70 % de las personas que viven de alquiler en Cataluña son extranjeras (en los últimos cinco años, su número casi se ha duplicado). Los juzgados no registran ni clasifican por nacionalidad a las personas que han tenido que afrontar un procedimiento de desahucio; sin embargo, existe la percepción de que hay cierta desproporción respecto a los autóctonos.
En todas estas circunstancias, la capacidad de solidaridad en torno a la cuestión de la vivienda implica, como mínimo, mucha menos unanimidad que la que existía ante los dramas de quienes fueron expulsados de sus hogares por no poder pagar la hipoteca hace quince años. Acusar, además, de rentistas y especuladoras a personas de clase media —y convertirlas, por tanto, en los malos de la película—, muchas de las cuales pueden ser familiares, amigos o conocidos, no contribuye precisamente a generar demasiada simpatía entre la mayoría de la opinión pública. Medidas como la imposibilidad de desahuciar a personas vulnerables —es decir, familias con menores, muchas de las cuales pueden no trabajar y vivir de ayudas públicas— generan un agravio comparativo con las muchas personas que trabajan en empleos de clase media, cobran prácticamente el salario mínimo y tienen claramente imposible emanciparse a finales de la veintena o a principios de la treintena. En otras palabras, en la calle se ha planteado un gran conflicto, con Maricarmen como emblema, en un momento de gran polarización política y social, cuando determinados tabúes se están deshaciendo como el cartón mojado.
Por todo ello, difícilmente prosperará una maniobra como la de estos días, que busca mirarse en el espejo del movimiento de los indignados. Ha pasado una eternidad. La sociedad catalana y la española han cambiado. De hecho, las circunstancias son aún peores. El desbordamiento demográfico, mientras los salarios se han estancado y los precios se han descontrolado, puede generar una oleada de resentimiento… dirigida contra aquellos que, en quince años, no han tenido ni una sola idea interesante y que, durante los últimos ocho años de control de las instituciones, han sido incapaces de planificar nada, salvo perder el tiempo con cuestiones relacionadas con el sexo, el género y otros asuntos completamente marginales, alejados de las necesidades materiales de la mayoría.
Esta vez no creo que Sánchez salga adelante. Por el contrario, aquel espacio político que pretendía asaltar los cielos al estilo trotskista parece querer protagonizar un suicidio en directo.
Sobre el autor
Xavier Diez (Barcelona, 1965), Historiador, escritor y articulista en diversos medios. Doctor en historia, ha sido también profesor, y publicado diversos libros de ensayo y narrativa. Entre sus últimos libros destacan Una historia critica de les esquerres (El Jonc), L’escola: espai en destrucció (El Martell), El anarquismo individualista en España (1923-1938) (Virus editorial) y El pensament polític de Salvador Seguí (Virus editorial). Colabora cada lunes como tertuliano en Debates intempestivos, el espacio semanal sobre actualidad en formato podcast de Brownstone España.







No sé si Sanchez saldrá o no adelante. La pregunta es qué va a resolver la derecha en caso de ganar. En este sentido, la historia dice que será más de lo mismo. Más o menos. Ya sabes, "quítate tú que me pongo yo"