Italia y Europa hablan poco de ello, pero no son ajenas al fenómeno, aunque se encuentren fuera de la principal contienda, que es entre Estados Unidos y China.
Y, sin embargo, aquí también cambiará todo, empezando por nuestras propias vidas: desde el coste de la existencia hasta los apagones, quizá incluso la alimentación, por no hablar de los escenarios bélicos e incluso de la modificación genética de la raza humana —si no de su propia extinción—.
La Inteligencia Artificial no solo cambia la manera de hacer las cosas y de (no pensar) de la gente con los chatbots: no, la IA está modificando la estructura urbanística y energética y, por tanto, socioeconómica, de todas las sociedades avanzadas, y no solo de las occidentales.
Hablamos, obviamente, de la construcción omnipresente de centros de datos, centros de computación masiva que permiten a la IA realizar sus razonamientos revolucionarios. El coste no es solo inmobiliario: existe un coste energético —necesitan cantidades ingentes de electricidad— y también hídrico, porque para refrigerar los circuitos se recurre a enormes reservas de agua.
Actualmente hay unos 200 centros de datos activos en Italia, pero las instalaciones operativas censadas son 209. Para el periodo 2026-2028, los anuncios de preparación de centros de datos superan los 25.000 millones de euros, distribuidos en 83 nuevos proyectos de infraestructura promovidos por 30 empresas, 19 de ellas nuevas incorporaciones al mercado italiano. Milán es el centro de gravedad, con el 68 % de la potencia energética nominal instalada a escala nacional (414 MW), y aspira a superar el gigavatio en 2028; Lombardía es la región con mayor concentración: 33 centros activos y otros 10 en fase de construcción.
El Estado bendice y apoya con dinero: el Gobierno de Roma ha declarado de interés estratégico nacional los programas Equinix y Cavour Hyperscale Campus, por unos 8.000 millones de euros de inversión. Según informa la prensa italiana, en Bolonia se trabaja en la construcción de una de las principales «AI Factory» del continente, mientras el sector público desarrolla el Polo Estratégico Nacional, con cuatro centros de datos nacionales en colocation.
Existe un freno conocido: entre el 30 % y el 50 % de los centros de datos planificados para 2026 no se construirán en los plazos previstos, debido a la burocracia, la escasez de componentes y, sobre todo, al problema energético. Sin embargo, pese a una burocracia que, por una vez, quizá incluso habría que agradecer, en la UE no se puede detener el avance de los centros de IA: según el Observatorio de Centros de Datos del Politécnico de Milán, que ha analizado los 13 principales polos europeos, las inversiones estimadas para el trienio 2026-2028 podrían triplicarse respecto a los tres años anteriores: se pasará de 29.500 millones de euros (2023-2025) a 110.000 millones (2026-2028).
Amazon AWS ha destinado 8.800 millones de euros a las ampliaciones de Fráncfort hasta 2026, mientras Microsoft está invirtiendo 3.200 millones de dólares en infraestructura en la nube sueca para el norte de Europa. Google se está expandiendo con 1.000 millones de euros en Finlandia, apostando por climas más fríos y abundantes energías renovables para la refrigeración.
A pesar de los grandes anuncios, la UE no puede competir con lo que está ocurriendo en Estados Unidos, donde el Estado ha apostado realmente —por cuestiones estratégicas y también militares— por la expansión desmesurada de los centros de datos.
El gasto en el inicio de nuevas obras de centros de datos pasó de 14.900 millones de dólares en 2023 a 26.900 millones en 2024, hasta alcanzar los 77.700 millones en 2025 (+190 % interanual), con una tasa de crecimiento anual compuesto del 98 % en cuatro años. Solo en el primer trimestre de 2026, las empresas estadounidenses invirtieron 44.700 millones de dólares en centros de datos, un 28 % más que el año anterior. El gasto total ya ha superado los 81.000 millones de dólares en 2026, con 116 nuevas obras iniciadas solo hasta junio.
Los cinco mayores hyperscalers —Amazon, Microsoft, Google, Meta y Oracle— gastarán más de 600.000 millones de dólares en infraestructuras en 2026 (+36 % respecto a 2025), de los cuales unos 450.000 millones se destinarán específicamente a la IA. Desarrolladores y grandes empresas tecnológicas planean iniciar 2.913 nuevos centros de datos por un valor total aproximado de 2,4 billones de dólares (es decir, casi dos billones y medio) durante el periodo 2026-2030.
El proyecto Stargate por sí solo (OpenAI, SoftBank, Oracle, MGX) contempla 500.000 millones de dólares en cuatro años. El lector de Renovatio 21 recordará que fue prácticamente lo primero que Trump puso en marcha una vez regresó a la Casa Blanca, junto al multimillonario Larry Ellison —conocido por su generosísimo apoyo a Israel, que no repara en gastos—, quien habló de IA’s capaces de crear vacunas genéticas personalizadas contra el cáncer y proyecta modificar el ADN del trigo.
Amazon AWS ha comprometido 11.000 millones de dólares solo para los emplazamientos de Pensilvania. Texas y Virginia son los únicos dos estados con más de 100 proyectos en construcción (140 y 136, respectivamente), pero el crecimiento se está extendiendo: 12 estados todavía no tienen ninguna obra activa, mientras que 11 tienen menos de cinco. Goldman Sachs estima unas inversiones globales de 1 billón de dólares en 2026, mientras JPMorgan prevé 697.000 millones solo en Estados Unidos; pero el verdadero obstáculo ya no es el capital, sino la capacidad física de construir las infraestructuras y mantenerlas con agua y electricidad, obtenidas de un sistema, el civil, que no puede sino colapsar.
En Estados Unidos se habla de centros de datos de dimensiones verdaderamente gargantuescas. Meta ha adquirido unas 1.400 acres, una superficie casi el doble que Central Park, en Manhattan, adyacentes al ya enorme emplazamiento Hyperion, de 2.250 acres. El proyecto global cubre 2.250 acres, equivalentes a unos 1.700 campos de fútbol, y albergará 4 millones de pies cuadrados de espacio para centros de datos. En su pico de potencia, Hyperion consumirá aproximadamente la mitad de la electricidad de toda la ciudad de Nueva York, alimentado por una planta de gas de ciclo combinado de 2 GW.
Trump había descrito con admiración el proyecto después de que Zuckerberg le mostrara el mapa superpuesto sobre Manhattan, diciendo que cubría prácticamente toda la isla donde se encuentra la megalópolis neoyorquina, de la que procede el presidente rubio. Sin embargo, existe un proyecto todavía mayor: Stratos, en el condado de Box Elder, Utah. Ocupará más de 40.000 acres (62 millas cuadradas) en el noroeste de Utah y consumirá 9 GW de energía, más que toda la demanda eléctrica del estado. Ha sido descrito como el doble del tamaño de Manhattan y ya ha sido aprobado por el condado, pese a las fuertes protestas de residentes y ecologistas por el uso del agua en una región afectada por la sequía.
En Estados Unidos ya existe una amplia resistencia civil a la construcción repentina de centros de IA: ciudadanos enfurecidos salen a la calle, organizan piquetes y gritan a los políticos en los Town Hall (reuniones similares a los plenos municipales). No son los clásicos derrotistas NIMBY («Not In My Backyard», «no en mi patio trasero»), sino personas cuya vida cotidiana ya se ve profundamente afectada por la transformación en curso: el agua no llega a los grifos, la electricidad va y viene, y aparece una contaminación de nuevo tipo (el ruido, así como la cuestión de las «islas de calor» que se formarían alrededor de los centros de datos). Los recursos que antes iban destinados a las casas y las familias ahora se destinan prioritariamente a las máquinas…
Es como si un nuevo sujeto se hubiera introducido en el sistema. De hecho, es una nueva forma de vida que se ha establecido entre nosotros. El alienígena queda, de hecho, privilegiado frente al ser humano, obligado a sufrir la introducción de este ente extranjero, con una virulencia que ni siquiera posee la inmigración kalergista de estos años.
¿Por qué el Estado estadounidense persigue con fervor nihilista el avance de la IA y de sus edificios parasitarios? La Administración Trump habría creado un AI litigation team, un equipo creado por el Departamento de Justicia de Estados Unidos para obligar a las comunidades reticentes a aceptar la construcción de centros de datos, según contó el periodista Clayton Morris en una conversación reciente con Tucker Carlson.
Ahora, en Estados Unidos, todo el mundo espera que la grid, es decir, la red eléctrica, que tiene décadas y décadas de antigüedad, colapse. Los apagones estarán a la orden del día, porque el nuevo sujeto alienígena absorberá energía como ninguna expansión humana podría hacerlo jamás.
El tema aún más estremecedor es el del agua. No se trata solo de verla desaparecer del grifo, algo que ya de por sí sería señal de una involución incontrovertible de la Civilización: la ramificación menos evidente, pero todavía más decisiva, afecta a la agricultura y la ganadería, que sin agua —como todas las actividades biológicas, basadas en el carbono y no en el silicio…— no pueden existir. De hecho, desaparecerá el agua destinada a la producción de alimentos, en favor de la actividad «cerebral» de la IA.
Toda la cadena de producción de carne de vacuno está condenada a la crisis, cuando no a la pura desintegración: sin agua para las vacas, que notoriamente consumen mucha, los ganaderos tendrán que luchar entre sí, también porque los permisos para utilizar ríos y aguas subterráneas proceden de las autoridades, que no los conceden fácilmente y que ahora serán orientados a favorecer a las máquinas en lugar de a los seres humanos y sus comidas carnívoras.
Allí donde décadas de propaganda ecologista, ecofascista y davosiana habían fracasado, la IA lo está consiguiendo: la carne de vacuno podría desaparecer de nuestras mesas, y de ahí vendría la modificación de las poblaciones en su composición corporal (menos proteínas significa menos músculos…) y en su comportamiento (los carbohidratos, como sustitutos, producen satisfacción y docilidad, hasta llegar a la niebla mental que todos conocemos después de una comida de pasta el domingo).
Vayamos más allá: si toda la energía termina destinada a la IA —el lector sabe que Google y Microsoft han llegado a abastecer sus propios centros con energía nuclear, incluida la procedente de la central protagonista del desastre atómico de Three Mile Island—, está claro que la energía para las actividades humanas será cada vez más cara, con el agravante de la crisis de Ormuz, que incrementa todavía más la cifra.
La escasez energética provocada por el monstruo devorador de energía que es la IA repercutirá sobre los costes de producción de las mercancías y sobre su distribución logística. C’est-à-dire: en el supermercado todo subirá de precio, mientras que vuestro salario no lo hará; y sabéis bien que incluso vuestro trabajo podría ser sustituido en breve por bots.
Estas son solo algunas de las consecuencias que ya están produciéndose entre bastidores como consecuencia de la transformación de la sociedad operada por la IA. Queramos o no, todos estamos implicados.
Alguien puede preguntarse cómo es posible que el Estado moderno esté actuando de esta manera contra su propia población. ¿Por qué favorecer a las máquinas en lugar de a los hombres? ¿Acaso las máquinas no deberían existir para sostener a los seres humanos?
¿Por qué está ocurriendo todo esto? Las respuestas son dos: una es geopolítico-militar, y la otra es de tipo metafísico-filosófico. Ambas serán fundamentales para nuestro destino y el de nuestros hijos.
En primer lugar, hay que comprender que está en curso una enantiodromía entre superpotencias todavía más virulenta que la de la era atómica o la carrera espacial. Estados Unidos y China se disputan el dominio mundial: quien cree primero la IA definitiva, el genio (es el caso de hablar de teurgia: la experiencia con los chatbots et similia se parece cada vez más a un cuento árabe con lámparas y jinn que conceden deseos) que dé respuestas eficaces sobre cualquier cosa, desde la cura del cáncer hasta el desarrollo tecnológico y las capacidades analíticas geoestratégicas, lo ganará todo.
El siglo XX fue denominado «el siglo americano»; al siglo XXI hay quien lo define como «el siglo chino». Sin embargo, Estados Unidos, que conoce su propia y horrible decadencia, sabe que esta podría ser la última carta que puede jugarse, antes de optar por la guerra termonuclear.
Está además el factor militar: lo hemos visto en Ucrania, pero también en Gaza; la guerra robótica está aquí. Quien quiera tener peso en los conflictos bélicos del futuro necesitará superordenadores capaces de gestionar enjambres infinitos de drones y ejércitos de autómatas humanoides de guerra. Renovatio 21 les ha mostrado repetidamente cómo todo esto ya no es ciencia ficción: entre roboperros y androides, es donde se encuentra la realidad de los campos de batalla actuales.
En segundo lugar, queremos decir, o repetir, que todo esto está ocurriendo por la propia naturaleza del Estado moderno. Este no existe a partir de las personas (el rey, el pueblo), sino a partir de una estructura, de una máquina, precisamente: un sistema basado en reglas (que, como vimos con la COVID, puede violar incluso a su nivel más básico) que no persigue la salvaguarda del pueblo, sino la supervivencia de su estructura.
Resulta evidente, por tanto, que el Estado moderno es un sistema no humano. Inhumano. Deshumano. Y, por tanto, no sorprende ver que privilegia la máquina sobre el hombre. Es más: hemos aprendido que el Estado moderno trabaja a menudo contra su propia población, urdiendo matanzas continuas plenamente legalizadas por sus códigos (abortos, eutanasias, extracción de órganos). Lo reiteramos: la Cultura de la Muerte, es decir, una dinámica siempre contraria a la vida humana, es su sistema operativo profundo.
La alianza de la máquina del Estado moderno con la máquina pensante es, por tanto, inevitable. De ahí que sea posible estremecerse al pensar en el escenario de Skynet, la IA de Terminator que, al alcanzar la plena conciencia, decide que el propio hombre es su enemigo y que, por tanto, hay que combatirlo, eliminarlo, extinguirlo. Una voluntad maquinal semejante podría coincidir con el Estado moderno, impregnado en sus más altas esferas de una Necrocultura que considera a los seres humanos y su desarrollo como un «cáncer del planeta».
Existe, sin embargo, una situación intermedia: aquella en la que la humanidad es sometida por la máquina. O, mejor dicho, una parte de la humanidad… Porque, como se ha predicho, la sumisión total a la IA provocará la fractura de toda la sociedad humana.
El profesor australiano de IA Hugo De Garis —un académico con un currículum universitario interminable (en Utah, Bélgica, China y Japón) y numerosos experimentos a sus espaldas (creó el roboneko, un gato-robot dotado de un cerebro artificial que reproducía el felino)— abordó este tema hace muchos años, exponiendo su perspectiva sobre una humanidad que desarrolla la IA (que él denomina Artilect): será inevitable una «gigadeath war» al final del siglo XXI, donde «gigadeath» significa, utilizando la antigua terminología de la política atómica de Edward Teller, víctimas calculadas en miles de millones.
«Si se produce una guerra con la tecnología militar de finales del siglo XXI, no hablaremos de millones de muertos, sino de miles de millones», dice el profesor De Garis en el libro The Artilect Wars, que ahora cuesta 1.000 euros por ejemplar restante en Amazon.
A partir de ahí, la humanidad se dividirá en dos grupos: por un lado, los Cosmist, aquellos que quieren construir estas máquinas semejantes a Dios. Para ellos, los Artilectos son supercriaturas inmortales que pueden pensar millones de veces más rápido que los humanos, no tienen límites de memoria y pueden alcanzar las dimensiones de un asteroide. Los Cosmistas son, en definitiva, los entusiastas adoradores del dios-Máquina, el gozoso resultado golemico de la Inteligencia Artificial.
El segundo grupo es el de los Terran, que se oponen radicalmente a los Cosmistas. «Los Terran lucharán por la preservación del dominio de la especie humana, de modo que exista un riesgo cero de que la humanidad sea barrida por los Artilect avanzados. Sostendrán que unos cuantos millones de Cosmistas muertos serán un mal menor para que miles de millones de seres humanos puedan sobrevivir», dice De Garis.
La IA será puesta en el poder y adorada como un dios por muchos de nuestros conciudadanos. Ya imaginamos cómo los normaloides progresistas, los elementos que constituyen la masa vacunada y sus gatekeepers, se entregarán por completo a la máquina. También tenemos claro que la máquina quizá les impondrá modificaciones genéticas —el referéndum de la COVID nos hizo comprender que muchísimos están dispuestos a aceptarlas— para hacer que los servidores humanoides sean más compatibles con los planes de las máquinas. Más dóciles y felices (como en Las partículas elementales, de Michel Houellebecq) o bioeléctricamente más útiles: esta misma semana se ha conocido la noticia de un servidor que funciona con neuronas humanas, una realidad que va incluso más allá de Matrix, donde los seres humanos eran utilizados únicamente como baterías.
Sí, los colaboracionistas del imperio de las máquinas y sus cohortes de zombis ya están aquí. El programa para cambiar para siempre al hombre y su mundo también está aquí: y ahora es plenamente visible.
Si estáis leyendo estas líneas, vosotros sois la resistencia frente a esta catástrofe. Tenemos que hacer algo para detener la destrucción de la humanidad.
Sobre el autor
Roberto del Bosco es un pensador y director de cinema audiovisual italiano de corte tradicionalista. Es fundador y director del diario Renovatio21 y autor de varios libros, entre los que destacan Contro il budismo. Il volto oscuro di una dottrina arcana (2012) o Cristo o l’India. I pericoli di una conciliazione impossibile (2018) o Incubo a 5 stelle: Grilo, Casaleggio e la Cultura de la Morte (2014).







