Hace ya varios meses tuve la oportunidad de escuchar una entrevista en la Cadena Ser al escritor italiano Antonio Scurati, una entrevista que me ha dado mucho que pensar. Scurati es, entre otras obras, autor de una de las sagas que con más interés he leído en los últimos años, la saga “M” (2020) , en la que emprende un viaje fascinante al interior de las vísceras del fascismo italiano de entreguerras. En su obra, como un buen actor de método, Scurati consigue despojarse de su propio sesgo ideológico para descerrajar la psique del dictador Benito Mussolini, logrando con notable éxito recrear esos años en que “El Duce” seducía a tantos y tantos italianos, desterrando violentamente las ideas del liberalismo hasta su desmantelamiento total.
Sin embargo, y poniendo por delante el respeto intelectual que profeso por Scurati, no puedo más que sorprenderme por la posición expresada en la citada entrevista, en la que evoca el fantasma de un nuevo totalitarismo, de aspecto diferente al tradicional, pero similar en los métodos. Scurati lo expresaba del siguiente modo:
existen dos grandes pasiones políticas (…) enfrentadas entre sí. La más poderosa de ellas, como he dicho antes, es el miedo. El miedo por supuesto es hermano del odio. Su antagonista es la esperanza. (…) La esperanza es progresista, el miedo es reaccionario (…) los partidos progresistas, digamos los partidos tradicionales de izquierda, son los partidos de la esperanza.
Vivimos un momento en el que un número creciente de ciudadanos del Occidente global percibe con gran desazón cómo las decisiones políticas que en mayor medida afectan a sus vidas se toman lejos, ajenas a cualquier legitimidad democrática, a cualquier representatividad real. Materias como la salud pública, las políticas medioambientales o la política exterior de los estados, han sido los grandes caballos de batalla del poder global, determinando y condicionando enormemente y de manera inédita el normal desarrollo de la vida civil. Las cadenas de suministros, la relación del ciudadano con el medio natural o incluso la propia vida sexual, son algunas de las cuestiones en que los gobiernos europeos han decidido inmiscuirse activamente. Para ello, los gobiernos, ya sean conservadores simulados o progresistas autopercibidos, desarrollan su nefasta agenda injerencista común amparándose con recurrencia en la retórica de la catástrofe permanente, tan certeramente descrita por Naomi Klein en La Doctrina del Shock (2014), un libro paradójicamente muy aplaudido entre la parroquia posmoprogre, lo que habla de una comprensión lectora ciertamente depauperada. Sobre la inusitada adhesión de Naomi Klein a esta retórica que en otros tiempos criticaba y las posibles motivaciones de semejante deriva tendremos tiempo de escribir en el futuro.
Volviendo a Scurati, sorprende que un intelectual de su talla no haya reparado en el hecho de que el miedo viene siendo desde hace ya una buena ristra de años el gran leimotiv posmoderno. El miedo se ha convertido en el catalizador preferido de los gobernantes del Occidente global para lograr la aquiescencia de sus gobernados con restricciones crecientes de derechos, dictadas a machamartillo y en tiempo récord. Sin duda, el epítome de esta dinámica destructiva a la que nos han arrastrado es el terror pandémico, en virtud del cual dócilmente nos dejamos encerrar en casa durante meses, privados de todo contacto social. Las famosas medidas de distancia social, tan arbitrarias como útiles a la narrativa del desastre, la aceptación acrítica del uso de mascarillas contra toda evidencia científica, aquello de “vacunar a tus hijos para proteger a sus abuelos”, y en definitiva, todas aquellas medidas de pretendida salud pública de infausto recuerdo, favorecieron que muchos ciudadanos aplaudiesen y se sumasen con carácter general a la cacería encarnizada del discrepante, propiciando que muchos se prestaran como cobayas a la experimentación farmacéutica salvaje, a la colonización de sus cuerpos. ¿Hubiesen aceptado semejante coerción de haber conocido todos los oscuros detalles del circo pandémico que hoy se empeñan en esconder? La respuesta se antoja obvia.
El miedo, en este caso a Rusia y su pretendida voluntad de ocupar militarmente Europa, es la excusa utilizada con persistencia como elemento de injerencia en la psique colectiva, favoreciendo un nuevo expolio del presupuesto público en favor del complejo militar industrial occidental. Una rusofobia salpimentada de mentiras y medias verdades repetidas ad nauseam por los medios de cretinización de masas (de Prada dixit). Análogamente, el miedo a un cataclismo climático indeterminado ha servido para favorecer abyectas discriminaciones por razón de renta, como es el caso del acceso a los núcleos urbanos con coches viejos, o las miles de expropiaciones forzosas de terrenos agrícolas que algunos (pocos) venimos denunciando de un tiempo a esta parte, sacrificados en el altar de la llamada “transición energética”. Si bien el miedo es la gran excusa propiciatoria de cientos de abusos, no sólo con miedo se gobierna. El miedo ha de encontrar una salida, un sentido al que encontrarle un provecho. Por ello, es necesario jugar con su antagonista: la esperanza que describe Scurati y que los gobiernos europeos saben tan bien patrimonializar. Con la esperanza se espantan los fantasmas, se ahuyentan los malos espíritus. La esperanza de que infestar el campo español de macrogranjas fotovoltáicas y eólicas nos salvará de la hecatombe climática. La esperanza de que inocular masivamente a la población occidental productos biomédicos experimentales nos salvará de la próxima emergencia zoonótica. La esperanza de que aumentar el gasto militar ahuyentará la insaciable pulsión imperialista rusa.
Un modelo de esperanza que conforma un credo que ha infectado las mentes de lo que en otros tiempos conocíamos por movimientos de izquierda de clase. Un credo, que como cualquier otro, precisa de dogmas, de axiomas, de rituales de pertenencia, de un marco conceptual del que no conviene apartarse si se quiere seguir contando con la aceptación del grupo. Es lo que el pensador Gad Saad define como “ideas infecciosas” en su magnífico libro “La Mente Parasitaria”, un canto de lucha contra el dogmatismo woke, donde expresa de manera brillante las falacias sobre las que ha encontrado acomodo el espacio político de la izquierda que, sin darse cuenta, ha novado sus antiguas ambiciones de clase en una panoplia de creencias identitarias bautizadas como “hipersocialización” por Theodore Kaczynski, un fenómeno de comportamiento grupal desarrollado singularmente en las entrañas del espacio político de la izquierda globalista, y que parte de un concepto neomalthusiano cimentado sobre una percepción perversamente misantrópica de la condición humana. De nuevo el miedo, en este caso a nosotros mismos, a nuestra propia naturaleza.
Por último, pero no menos importante, es conveniente señalar el miedo a cualquier idea que cuestione el modelo. Del mismo modo que en tiempos de la caza de brujas, el macarthismo encontraba sus víctimas propiciatorias entre los sospechosos de comunismo, hoy escuchamos a todas horas argumentos sobre el peligro del advenimiento de la ultraderecha. Mostrarse contrario al golpe de estado que la OMS pretendió perpetrar te convertía en un peligroso ultraderechista. Señalar la responsabilidad de la OTAN en la escalada bélica en el este de Europa, denunciar el voraz expolio de nuestra tierra para saciar el ansia del oligopolio eléctrico o combatir la retórica que lleva a millones de jóvenes a concluir que han nacido en un cuerpo equivocado son algunas de las posiciones que conviene orillar, que justifican el desprecio y el discurso del miedo en los medios. En honor a la verdad, esta tendencia no es nueva. A fin de cuentas, cualquier modelo totalitario que se precie precisa de enemigos legitimantes.
Recientemente, al calor de esta retorcida dialéctica del miedo a la ultraderecha, en el jardín de Borrell se agolpan los intentos de subversión de la voluntad popular expresada en las urnas. En Rumanía, se anularon recientemente las elecciones en las que Calin Georgescu, candidato al que los medios de comunicación califican sin rubor como ultraderechista y prorruso, ganaba holgadamente a sus rivales sistémicos, impidiendo además que pudiera volver a concurrir. En Alemania se coquetea con la posibilidad de ilegalizar a AfD, el partido calificado como de ultraderecha, lo que supondría de facto ilegalizar las ideas de un porcentaje nada desdeñable de alemanes (que, según las encuestas, no deja de crecer). En el país teutón, la caza del disidente alcanza su espectro más amplio en lo que a perfiles diversos se refiere. Vean si no el acoso por todas las vías que sufre Ulrike Guérot, una de las politólogas más respetadas de Alemania caída en desgracia tras manifestarse contraria a las medidas draconianas impuestas durante la pandemia. De este asunto, tan preocupante como ignoto, da buena cuenta nuestro compañero Thomas Fazi en este brillante artículo que hemos publicado recientemente en Brownstone España.
El miedo a la ultraderecha parece poder justificar toda clase de acciones, incluyendo magnicidios si se tercia. Robert Fico, Primer Ministro de Eslovaquia y socialdemócrata para más señas, sobrevivió milagrosamente a un atentado con arma de fuego hace ahora exactamente un año, sin duda inspirado por la prensa globalista que, durante meses, volcó contra su persona toda clase de vilipendios, por sus posiciones contrarias a la OMS y por haberse mostrado proclive a alcanzar una entente con Rusia que garantice la paz en la Europa oriental. Un atentado que encontró su reflejo al otro lado del charco, con la icónica imagen de Donald Trump puño en alto y la oreja derecha bañada en sangre. El odio, como decía Scurati, es hermano del miedo, y es tal el miedo que se ha alentado contra ciertas posturas, que algunos seres de luz posmoprogres llegaron a considerar legítimo lamentarse públicamente de que Fico o Trump hubiesen sobrevivido. Supongo que mis lectores conocen mi animadversión pública y notoria por ciertas personalidades, aunque no me cabe duda alguna de que les alarmaría mucho encontrar entre mis líneas el deseo explícito de acabar con la vida de alguno de esos nefastos personajes, y sin embargo, tales actitudes encuentran su respaldo, aunque sea por omisión, entre aquellos que nos alertan compulsivamente de los peligros del discurso del odio. ¿Acaso es posible imaginar mayor manifestación de odio que intentar acabar con la vida de una persona?
Decía Scurati en la entrevista que ha suscitado mi reflexión que en el futuro no cabe esperar un resurgimiento de los totalitarismos clásicos, y que los nuevos modelos totalitarios ya están ocurriendo. Si bien coincido con el diagnóstico, discrepo frontalmente en la consideración de quién lo encarna. El totalitarismo de hoy no son los camisas negras. El totalitarismo de hoy se manifiesta por las calles con banderas multicolores al grito de ”muerte a las TERF”. El odio de hoy se legitima desde el poder establecido contra los que nos oponemos al gobierno de la emergencia permanente revisable. El totalitarismo de hoy se viste de verde, porque como dice la ministra Aagesen “España será verde o no será”. Como en Esperando a los bárbaros de J.M. Coetzee, la crueldad del régimen encuentra su justificación en la inminente llegada de un enemigo difuso más allá de los muros de la fortaleza. Mientras, la verdadera barbarie ocurre dentro, sin que a Scurati, ni a tantos otros les suponga ningún conflicto moral. No esperes más, estimado Antonio, pues los bárbaros ya hace tiempo que llegaron. Los bárbaros, aquellos que patrimonializan el miedo, el odio y por supuesto, la esperanza, llevan mucho tiempo gobernando. Los bárbaros sois vosotros.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.





Mi solución de momento pasa por hablar de ello en todos los foros posibles. El camino se demuestra andando, y mientras sigamos teniendo miedo a hablar, seguiremos sucumbiendo.
Gracias por tu acertado comentario. Un gusto leerte.
Gracias por tu artículo y el resumen crítico de la situación actual.
El miedo encuentra sus orígenes en la posibilidad de perder lo que creemos tener: democracia, salud, estabilidad, paz, no tener que pensar en el propio 'miedo'.
Al miedo y a esa posibilidad de pérdida y el desasiego que lo acompaña los alimenta la fiebre de las ideas, la ideología y la creencia que las ideas mismas cambian la realidad.
Ni el miedo ni las ideas nos dan esperanza porque son contenedores vacíos que sólo se rellenan con figuras imaginarias de todo tipo (las personalidades por las que votamos, el liberalismo, la dictadura, las mil razones, etc.) que no lidian directamente con los problemas de a diario. Son burbujas de un jabón desinfectante que ya resulta difícil rescindir de nuestros cerebros y de nuestros corazones infectados. Son los representantes oficiales de la nueva realidad que nos deja hablar y criticar (por ahora) pero que, más allá de eso, nos convierte en números, robots, y nos paraliza efectivamente.
La esperanza real no puede separarse del comportamiento individual ni del compromiso que tenemos (queramoslo o no) con los demás. Dentro de la ilusión de independencia y de libertad que creemos poseer (aunque la evidencia es totalmente contraria), tal 'esperanza' engendra nuestra complacencia y con ella, el auge de aquellos que continuan utilizándola (utilizandonos) para beneficiarse materialmente de la situación.
El mundo no ha cambiado entre dictaduras, simplemente evoluciona cada vez más hacia un extremismo que no puede evitar seguir avidamente y que engulle constantemente las ideas, el miedo y las esperanzas emplazadas en lugares en que sirven para poco.
La cuestión es ¿Cómo escapar, recauzar esa corriente incremental de extremismo (tanto popular como corporativo)? ¿Es posible cambiar de curso? La ideología no funciona (o funciona muy bien para unos pocos). El miedo nunca funcionó ni lo hará ahora, la esperanza, si se circunscribe al individuo, sólo lleva al incremento del estado actual.
¿Tu tienes soluciones?