Entre creer en brujas y emprender una caza de brujas media un abismo. Podemos suponer que, durante buena parte de la historia de la humanidad, la creencia en las brujas fue predominante; sin embargo, la histeria colectiva desencadenada por su persecución ha sido siempre un fenómeno excepcional. El caso del wokismo apunta en la misma dirección: desde la década de 1960, las instituciones estadounidenses han propagado por todo el mundo una sociología conspirativa y una antropología maniquea según las cuales la cristiandad, en todas las épocas, ha sido hostil a las mujeres, los negros y los homosexuales. Sin embargo, no fue hasta la década de 2010, espoleada por las redes sociales, cuando una parte significativa de la sociedad comenzó a buscar racistas debajo de la cama y a denunciarlos por todas partes. El comienzo de esta histeria coincidió con el Euromaidán de 2014 y contribuyó a presentar en Occidente a Estados Unidos como el faro de las libertades frente a la opresión. Moscú, la villana tradicional, dejó de ser comunista para convertirse en homófoba.
Recientemente, Alexandria Ocasio-Cortez quiso hacernos creer que lo «woke» fue un simple delirio de la pandemia. Aunque esto no es cierto, la mentira resulta verosímil porque, en efecto, durante la pandemia las personas no se encontraban en condiciones normales y el wokismo estaba plenamente vigente. Me atrevería a situar el punto culminante de aquel delirio pandémico en las protestas por George Floyd, surgidas en Estados Unidos en 2020 y reproducidas casi instantáneamente en Europa occidental. Incluso se intentó importar una versión brasileña a São Paulo, encabezada por hinchadas de fútbol dispuestas a luchar por la democracia (el Gobierno de Bolsonaro era considerado una dictadura por los wokes más exaltados).
Elijo este episodio como punto culminante de aquella locura porque, durante los meses anteriores, la prensa había pasado prácticamente todo el tiempo acusando de homicida a cualquiera que osara poner un pie en la calle. Y, de repente, salir a la calle para formar una turba y derribar estatuas «racistas» pasó a considerarse casi un deber cívico. Las escuelas y las iglesias permanecían cerradas porque provocaban «aglomeraciones», mientras que las aglomeraciones destinadas a destrozar la ciudad estaban permitidas. La pedagogía y la religión woke eran las únicas formas de expresión consideradas legítimas en el espacio público.
Las protestas por George Floyd también permiten dejar clara otra cuestión: durante la pandemia, los medios tradicionales actuaron como catalizadores de la histeria colectiva. Por mucho que los medios mainstream se adhirieran al wokismo, existe un amplio consenso en que el verdadero motor de aquella histeria fueron las redes sociales, especialmente Facebook y Twitter. En los medios tradicionales predominó, por lo general, la adhesión antes que el liderazgo: la televisión colocaba a una presentadora para pronunciar obviedades políticamente correctas al comentar una noticia; situaba a mujeres negras, homosexuales u orientales en posiciones destacadas, pero no era ella misma la que convocaba las campañas de cancelación. Que yo recuerde, solo durante la pandemia apareció en los medios tradicionales una incitación explícita a las movilizaciones woke, colocándolos en una posición de liderazgo efectivo. La ONG Black Lives Matter no tenía la misma capacidad de movilización que la CNN; de idéntica manera, la hinchada del Corinthians no tenía la misma capacidad de movilización que el diario Globo.
Son sectores diferentes de la población los que se dejan conducir por los medios tradicionales y los que siguen a los influencers de las redes sociales. El primero es mucho más numeroso, considerablemente más viejo y mucho menos politizado. Sin embargo, durante la pandemia ambos confluyeron en una misma dirección.
El descubrimiento del diario de Fauci nos obliga a regresar a aquel período de la historia. Fauci mantenía un diario en línea en los servidores del Gobierno, donde anotaba sus impresiones sobre la cobertura de la prensa, sus sentimientos, etc. No fue necesario ningún hackeo para descubrirlo: bastó con consultar los servidores del Gobierno de Estados Unidos, donde también se encontraban sus correos electrónicos y mensajes. Actualmente existe una investigación en el Senado estadounidense sobre la conducta de este ciudadano durante la pandemia, y esa investigación ha sacado a la luz hechos de una gravedad extraordinaria. Por ejemplo, Fauci fue informado en privado de que las «vacunas» experimentales contra la covid podían provocar abortos, mientras que públicamente aseguraba que no entrañaban ningún riesgo y que debían administrarse a las mujeres embarazadas. Yo, que no soy médica, me enorgullezco de haber denunciado en 2021 la propaganda de YouTube dirigida a las embarazadas, en la que se les ofrecían garantías irreales de seguridad. El tiempo me dio la razón, pero es inútil esperar un mea culpa.
Uno de los pocos asuntos abordados por los medios mainstream a propósito de la Comisión del Senado ha sido el origen del coronavirus en un laboratorio. Todos los «conspiracionistas» sabían desde hacía tiempo que Fauci había financiado investigaciones de ganancia de función en Wuhan. Sin embargo, solo ahora, a raíz de la correspondencia que revela los esfuerzos de Fauci por imponer la versión de la sopa de murciélago, los medios mainstream pueden permitirse fingir cierta sorpresa ante el asunto. ¿Estados Unidos creando armas biológicas en laboratorios situados en el extranjero? ¡Jamás! Eso sí sería conspiracionismo. Digamos «investigación de ganancia de función», en la que unos científicos abnegados se limitan a desempeñar el papel de la naturaleza creando nuevos virus letales para poder descubrir de antemano la vacuna que habrá de protegernos de ellos, todo ello por el bien de la humanidad.
Cuando era niña, disponía de información médica suficiente para saber que la vacuna de la gripe estaba siempre desfasada porque el virus gripal se encuentra en constante mutación. Ahora, sin embargo, tengo que creer que las investigaciones de ganancia de función ofrecen una perspectiva realista de anticipar los virus más extravagantes que la naturaleza habría de crear de todos modos. ¡Dios nos libre de creer las denuncias rusas sobre los biolaboratorios de Ucrania! O, mejor dicho, ¡Dios nos libre siquiera de tener conocimiento de ellas!
Desde la aparición de estas vacunas obligatorias fabricadas a toda velocidad, tuve claro que existía una división geopolítica mucho más relevante que la tradicional dicotomía entre derecha e izquierda. En Brasil, por ejemplo, la desconfianza quedó asociada a la derecha bolsonarista, mientras que la izquierda se adhirió masivamente al relato de los demócratas. Sin embargo, yo observaba que Cuba y Venezuela utilizaban cloroquina. Allí donde se administraban vacunas de Pfizer y AstraZeneca predominaba la influencia estadounidense; allí donde esas vacunas no estaban disponibles —y donde recurrir a tratamientos off-label no constituía un tabú—, la influencia de Estados Unidos no era predominante.
Al comentar las novedades relacionadas con Fauci, un raro artículo publicado por Opera Mundi —uno de los pocos medios de la izquierda brasileña favorable al chavismo— afirmaba:
«La polémica en torno a los biolaboratorios se convirtió en una de las más intensas de la pandemia dentro del debate político estadounidense. Automáticamente se vinculó la teoría de los murciélagos con el progresismo demócrata, mientras que cualquier mención a los biolaboratorios fue considerada otra fake news trumpista. Desde entonces, ya no se trata de descubrir la verdad, sino de posicionarse contra el campo contrario. En Brasil, esta importación de “ideas fuera de lugar” fue aún más torpe de lo que Roberto Schwarcz podría haber imaginado. Ni siquiera copiamos la nueva etapa de la polémica; preferimos fingir que no ha ocurrido nada».
Así está Brasil: si algo no ha salido en el Jornal Nacional, no ha sucedido; todo es fake news de derechistas paletos. Una investigación estatal llevada a cabo por representantes del pueblo de la mayor potencia mundial sencillamente no ha ocurrido. Al ser un gran país monolingüe que, en la práctica, no exige a su clase media conocimientos de inglés, Brasil queda expuesto a esta situación.
Les cuento una anécdota: en su día intenté demostrarle a una médica que yo tenía razón y que ella estaba equivocada en lo referente a las vacunas contra la covid. Cuál no sería mi sorpresa al comprobar que se sentía literalmente ofendida porque le enviaba noticias que contradecían sus creencias. Era el argumento de la libertad de conciencia, propio de una guerra religiosa, cuando en realidad se trataba de simples cuestiones factuales que deberían poder ser verificadas tanto por ateos como por creyentes de las más diversas confesiones. La falta de bagaje convertía en sospechosa cualquier página web en inglés, aunque se tratara del New York Post, fundado por Alexander Hamilton.
La médica en cuestión, como es habitual entre los miembros de su profesión, es antipetista. La derecha brasileña no bolsonarista también es ferozmente favorable a las vacunas contra la covid (véanse las posiciones del exgobernador Ronaldo Caiado y del líder del movimiento Renan Santos, ambos aspirantes a la presidencia). Es una derecha que adora a Estados Unidos, detesta a Trump y se encuentra en una posición incómoda ante los cambios geopolíticos.
Si hay algo que une a los partidarios de esta derecha con la izquierda en general, especialmente con la izquierda woke, es la convicción de ser personas más ilustradas que la media, de encontrarse en un nivel muy superior al del populacho. En cierto modo, el trumpismo en Estados Unidos y el bolsonarismo en Brasil cumplen la función de crear el espantajo del ignorante y del inculto, frente al cual el ciudadano conformista, sin ninguna virtud especial, puede sentirse especial simplemente por comparación. Es una muleta para el ego.
No sé si existe una correspondencia perfecta entre esto y los partidos de la Nueva Derecha europea, ya que, con el vigoroso predominio del wokismo en la Unión Europea, basta con llamar fascista, racista, etc., al adversario para que el ciudadano conformista se sienta superior a muchos de sus compatriotas.
Los años de histeria colectiva provocados por la pandemia cristalizaron en una secta de seguidores de Fauci que hacen depender su autoestima de sus convicciones acerca de la gestión de la pandemia. Son personas que creen que solo es verdad aquello que aparece en los grandes medios, como, por ejemplo, que si las «vacunas» no hubieran aparecido, la covid seguiría teniendo una elevada letalidad hasta hoy (los indígenas brasileños debieron de inventar la vacuna contra la gripe en el siglo XVI y, gracias a ello, evitaron extinguirse). Se trata, en resumidas cuentas de personas que cuando tienen miedo, creen justo y necesario sacrificar el confort emocional propio la vida de jóvenes sanos, aún a pesar de que sepan que estos no iban a morir de covid.
Desde el comienzo de la pandemia se sabía que las peores víctimas eran los ancianos y las personas con obesidad; pero, antes de la moda del Ozempic, recomendar adelgazar era considerado gordofobia. Y después, cuando la sangre ya está en sus manos, después de haber practicado o alentado una caza de brujas contra los no vacunados y contra los escépticos en general, consideran justo y necesario mantener la mentira en pie para poder seguir disfrutando de su confort emocional.
Es difícil imaginar una solución para esta gente, pues, del mismo modo que los drogadictos utilizan cualquier céntimo para procurarse su dosis, los conformistas de autoestima inflada recurrirán a cualquier pretexto para seguir aferrados a sus propias creencias. Y esto resulta tanto más grave cuanto mayor es la adhesión de la clase médica a ese credo: lo que significa que muchos de nuestros supuestos médicos no son más que propagandistas de laboratorio, desprovistos de la competencia y del sentido crítico necesarios para actuar conforme al juramento de Hipócrates.
Sobre el autor
Bruna Frascolla es historiadora de la filosofía, doctora por la UFBA y ensayista. Es autora, entre otros libros, de Wokismo e anarcocapitalismo: duas faces da mesma moeda disforme (Capax Dei, 2025).






Justicia será negar transfusiones limpias de (spike protein-sv40-ADN- nanolipidos) a mentirosos criminales: ( gobiernos OTAN,CDC, WEF, NHI, reguladores, OMS-fabricantes mRNA,Faucy- Dasak-Papa Francisco, Pentágono, periodistas y censores).
Terapia génica con mRNA:
5 problemas y 5 mentiras probadas.
Cinco problemas:
1. Contaminación externa ADN.
2. SV40.
3. ARNm modificado, no natural.
4. Proteína espiga.
5. Nanopartículas lipídicas.
Cuatro mentiras comprobadas:
1. Sabían que modificaban el mRNA y que crean una fabrica de en nuestras células de proteína spike sin mesura o posiblidad de dosis controlada.
2. Sabían que los nanolípidos derivados del petroleo transportan el mRNA a través de cualquier membrana celular y no permanecen en el área deltoides.
3. Sabían que los nanolípidos son tóxicos y presentan altos niveles de toxicidad, y solo se han probado en animales desde hace 20 años.
4. El SV40 aumenta los niveles de Igg4 lo que hace que se pare tu sistema natural para detectar y parar cáncer.
5. La proteína spike es modificada artificialmente en usa con furine años antes de seguir desarrollo en Wuhan china y es tóxica.