Hace ya más de dos años que se aprobó la Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI, también llamada Ley Trans. Como ya avanzamos en Grupo de Control cuando se aprobó, si atendemos a su articulado, esta ley, vendida como la joya de la corona del posmoprogresismo patrio, es un despropósito jurídico que prioriza, una vez más, la ideología sobre la evidencia científica y el sentido común más primario. Gracias a la infame ley, con base en la misma, un colectivo creciente de personas que hacen de su desprecio a eso que llaman “heteronormatividad” su bandera (nunca mejor dicho), ha sido ungido de una protección jurisdiccional sin precedentes, con los riesgos que ello conlleva. Sin entrar en tediosas enumeraciones de los cientos de casos de abusos que hemos podido conocer desde su aprobación, nos centraremos en el penúltimo escándalo, el del campamento de verano de Bernedo, esa experiencia vacacional en la que los monitores, unes pizpiretes muchaches posmodernes, se paseaban en cueros por las instalaciones del mismo, obligaban a los niños y niñas a ducharse juntos en duchas unisex, o a chupar los dedos de los pies a los monitores si querían merendar. Toda una panoplia de escatologías posmodernas que escapan a mi raciocinio. Como todavía no he desayunado, si no les importa, dejaré sin narrar los detalles más desagradables. Si desean ustedes indagar en ellos (los pueden leer aquí), lo dejo a su propia curiosidad.
Adoctrinamiento transmaribollo
Más allá de los testimonios de los menores afectados por estos alardes de transexotismo, que reflejan prácticas ya de por sí absolutamente carcelarias e inmorales, en las últimas horas hemos conocido un artículo escrito a modo de manifiesto de uno de los miembros más prominentes del colectivo que organizaba el campamento. En su texto, el autor, un bertzolari de cierto reconocimiento llamado Aner Peritz Manterola, más conocido por su alias de activista transgénero, Aner Euzkitze, afirmaba cosas verdaderamente alarmantes. Todo el texto está plagado de grotescos llamamientos al adoctrinamiento “transmaribollo”, una crítica enloquecida a eso que llaman “esencialismo de género”, pero de todos los extractos posibles, elijo éste que a mi juicio expresa de manera elocuente lo que parece, a todas luces, la amenaza de un plan:
“No era broma, tenían razón los ecos, queremos mariconizar a vuestros hijos (no tenemos hijos normalmente) para que vosotros, como hicisteis con nosotros, no los heterosexualicéis. No lo conseguisteis completamente. Y nosotros también tenemos títulos de profesores. (…) Es decir, no tengamos miedo de entrar en las escuelas, educar a sus hijos en el transfeminismo, hablar de ello. Y yo preguntaría: si somos quienes somos y eso no es manipulable, ¿cuál es el problema? ¿Qué pasará, entonces, con sus hijos de oro? ¿Los convertiremos en trans, entonces? (Sí).”
No me dirán ustedes que no se les queda el cuerpo raro al conocer de primera mano que estamos poniendo la educación de nuestros niños en manos de individuos tan visiblemente trastornados. En un país civilizado, adultos que afirmasen semejantes aberraciones serían investigados de oficio por Fiscalía de Menores, y con toda seguridad inhabilitados para volver ejercer, y sin embargo, el escuadrón transmaribollo de Bernedo contaba con el apoyo de los tres ayuntamientos implicados en la promoción de este campamento, que se publicitaba como una “oportunidad de vivir y disfrutar del euskera incluso en verano”. Sin embargo, mientras esto ocurre en España, bajo el gobierno más progresista del último millón de años, en el resto de Europa, la mayoría de los estados de nuestro entorno pegan un volantazo drástico a la agenda trans. Véase el caso paradigmático del Reino Unido: tras el escándalo de la clínica de reasignación de sexo Tavistock & Portman, destapado tras la denuncia de la afectada Keira Bell, hemos conocido cómo, amparados en leyes de género de similar naturaleza a la española, se derivaba negligentemente a menores hacia tratamientos agresivos de hormonas y bloqueadores de la pubertad, sin el consentimiento informado debido y sin supervisión parental. Gracias a ello, el Supremo ha decidido prohibir el uso de bloqueadores en menores. Recientemente conocimos cómo el Tribunal Supremo británico, en otro fallo histórico, ha determinado que las mujeres trans no entran en la categoría legal de mujeres. Para este viaje no hacían falta alforjas. Pese a ello, en España, el gobierno posmoprogre sigue en sus trece, llamando tránsfobo y amenazando con querellas a cualquiera que interponga la más mínima objeción al delirio. La pregunta, por tanto, se antoja insoslayable: ¿de dónde proceden las prerrogativas que se creen con derecho a arrogarse?
La infame ley de marras
¿Cómo hemos llegado a estos niveles de decadencia? Vayamos por partes. Lo primero es destripar la infame legislación que nos ha dejado en herencia la ex ministra por cuota conyugal, la “señora” Irene Montero, y su pandilla de testimoniales del Ministerio de Igualdad. Bajo la fachada de la “despatologización” (art. 2, 43), se han sacrificado deliberadamente la seguridad jurídica y los valores éticos más básicos en un altar de dogmatismo recalcitrante travestido en consenso científico. Primero, la reversión de la carga de la prueba en denuncias por transfobia (art. 17) es una trampa procesal, que obliga al acusado a probar su inocencia ante acusaciones vagas, una suerte de “probatio diabolica” que coarta la libertad de expresión y convierte el mero disenso en delito. Seamos claros: esto es persecución selectiva, venganza si se quiere, pero ni remotamente se puede considerar justicia. Segundo, el cambio registral por mera declaración “sentida” (art. 43) reduce el sexo a un mero capricho, sin que medien pericias médicas de ningún tipo. Elevar la autopercepción a categoría de ley, es simple y llanamente un sindiós. Al margen de los fraudes que concita su demencial técnica jurídica, el pecado mortal y muestra más clara de su perversidad, es sin duda, la despatologización, fundamentalmente por el desamparo efectivo de los menores que supone (arts. 43-48). Permitir, por ejemplo, que niños desde los 12 años inicien transiciones con aval judicial, sin evaluación psicológica preceptiva, ignorando las toneladas de evidencia científica que demuestran que la disforia es transitoria en un 80 o 90% de casos, según los estudios. ¿Quién protege el “interés superior del menor” cuando la ley exalta su pretendida autonomía personal obviando la inestabilidad propia del camino a la madurez? Otro dislate.
Sumemos al despropósito el absoluto blindaje que imprime al estado de cosas la vaguedad deliberada con que está escrito el artículo 18, que prohíbe las “terapias de conversión”, aquellas “prácticas que tengan por objeto modificar la orientación sexual, identidad o expresión de género”, el caldo de cultivo perfecto para criminalizar, desde abusos que puedan ser reales hasta terapias exploratorias que ayudan a menores a aceptar su biología, perpetuando un dogma que establece de facto una absoluta omertá, entre educadores, docentes, psicólogos o incluso médicos.
Conste en acta que desde Grupo de Control hicimos lo posible por alertar a todo el que nos quisiese escuchar sobre la inseguridad jurídica que creaba la ley de marras, al calor de ese concepto tan descacharrante, la famosa despatologización de las personas trans. No abundaré más en la paradoja que supone definir como “despatologización” al proceso que implica la condena del individuo despatologizado a la hormonación in aeternum y al uso de fármacos hasta el fin de sus días con el objeto de inhibir la naturaleza propia. Curiosa despatologización aquella que convierte al sujeto en una suerte de paciente crónico, el cliente perfecto para una industria farmacéutica insaciable. A mi juicio, la disforia de género, para que su categorización resulte de utilidad, ha de ser considerada como un trastorno. De su propia etimología se desprende esa necesidad. La disforia, como antónimo de la euforia, describe un estado de ansiedad, de malestar, de irritabilidad persistente que, como es natural, nadie quiere sufrir. Es, por tanto, un trastorno por definición.
Los límites de la autopercepción
Tampoco me extenderé mucho sobre la imposibilidad metafísica que subyace a la elocución tan ridícula como manida del ”sexo sentido” como único determinante aceptable de la identidad de género de un sujeto. ¿Cómo puede alguien sentirse algo que no es? ¿Es acaso posible sentirse zapato, o lavadora, o ascensor, o camión de siete ejes? Quizás, el sujeto disfórico podría imaginar cómo se sentiría siendo un camión de siete ejes, incluso podría tratar de emular ser uno, imitando el bramido del motor, cargando el mobiliario de su casa sobre el lomo, etc. Llevando el delirio imaginativo a su máxima expresión, el interfecto en cuestión podría incluso implantarse sendos neumáticos, (llamémoslo neumaticoplastia), para hacer la experiencia aún más vívida. Pero incluso así, jamás llegaría a ser un camión. Es la tozuda y monolítica frontera existente entre el ser y el parecer. Puede que el lector encuentre el histrionismo de mi analogía algo hiperbólico, incluso ridículo, y sin embargo, resulta del todo pertinente.
¿Acaso es menos disparatada la creencia identitaria que albergan algunos individuos denominados transespecie? ¿Por qué es más surrealista creerse un camión de siete ejes que un pájaro, o un lobo, o un extraterrestre? Porque precisamente esa es la siniestra situación en que nos encontramos en la actualidad: un número creciente de jóvenes y no tan jóvenes, esclavos del scroll de Tik Tok y demás herramientas de alienación, pretenden huir de sí mismos y de su exceso de cortisol creyendo ser pájaros, o lobos, o caballos, o incluso extraterrestres. Por aportar una referencia que permita al lector tomarle el pulso al despropósito identitario, les presento este magnífico ejemplo: una mujer trans francesa que se identifica como caballo, planeando incluso implantarse pezuñas. Penosamente, esta mujer trans (un hombre biológico que transicionó a mujer), cuyo nombre humano sigue siendo Karen (desconocemos cómo se llamaba antes de convertirse en mujer), encarna el epítome perfecto del tránsito recorrido por todo un colectivo de hombres-caballo que, como si de un festival cosplay se tratase, organizan encuentros para reconocerse entre sus congéneres. Delirios similares los tenemos de todos los gustos y colores: hombres-perro, hombre-pájaro, o incluso adultos-bebé, que, enfundados en sus peleles y sus patucos XXL durante unas horas al día contratan a mujeres que hacen las veces de madre, amamantando a los bebés autopercibidos, limpiando sus deposiciones y cambiando sus pañales, mientras éstos succionan su chupete con fruición. Esta parafilia en concreto se denomina autonepiofilia. La analogía del camión de siete ejes ya no se antoja tan descabellada, ¿verdad? Como ha dejado claro en su último artículo mi querido David Souto, las parafilias nunca pueden llegar a crear identidades reales, sino, a lo sumo, dar lugar a estilos de vida y a comunidades ocasionales que se organizan alrededor de estas.
Nacer en el cuerpo equivocado y otros delirios académicos.
La manoseada entelequia de “nacer en el cuerpo equivocado”, percha retórica de la que cuelga una exaltación de identidades cada vez más estrambóticas, ha encontrado en la academia estadounidense un refugio en el que dotarse de un corpus téorico sobre el que sustentar la arquitectura del delirio trans. Quizás para algunos, el delirio trans suponga una novedad, alumbrada en los últimos estertores de la posmodernidad, y sin embargo, la decadencia identitaria viene de lejos. Inspirado en la “teoría de los intermediarios sexuales” de Magnus Hirschfeld, un producto onanístico-intelectual concebido en la Alemania de principios del siglo XX, el psicólogo John Money, desde su cátedra en la Universidad Johns Hopkins, perpetró el primer experimento de reasignación de sexo. Su praxis, espoleada por el éxito académico de Alfred Kinsey, el zoólogo reconvenido en sexólogo de relumbrón (posteriormente romantizado por Hollywood en la piel de Liam Neeson), dio un salto cualitativo notable: de la destrucción del binarismo sexual entre la heterosexualidad y la homosexualidad, a la teoría del sexo biológico como imposición arbitraria. Casi nada.
Money, fanatizado en la creencia de que el género estaba determinado por la crianza y no por la biología, consiguió convencer a los padres de Bruce Reimer, un niño que había perdido el pene en una circuncisión, de criarlo como a una niña, rebautizándolo como Brenda. Supervisó el caso, recomendando tratamiento hormonal y cirugías para alinear el cuerpo de Bruce con una identidad femenina. El experimento, que buscaba probar que el “género” es maleable mediante socialización, derivó en desgracia, como es natural. Brenda, con el tiempo mostró rechazo a la identidad impuesta, experimentando una disforia persistente y problemas psicológicos de amplio espectro. A los 14 años, cuando conoció su verdadera historia, Brenda dio un volantazo y decidió vivir como hombre, adoptando el nombre David. Lamentablemente, ya era tarde. Biológicamente mutilado, y despojado de su identidad a la fuerza, David Reimer enfrentó una depresión que trágicamente acabó por no encontrar modo de ser canalizada. El muchacho finalmente se suicidó en 2004, a los 38 años, tras muchos lustros de padecimientos. El caso Reimer, que abrió la veda para toda la aberrante praxis queer que vino después, se vendió al público como un éxito rotundo, la prueba irrefutable de que el “género” no era más que un punto de vista, un constructo cultural al que se podía (y se debía) perfectamente trascender. Pese a sus funestas consecuencias, desde los años 70, al amparo de la generosidad y los cheques de fundaciones filantrocapitalistas como la Fundación Rockefeller, los estudios sobre género proliferaron como setas en otoño.
De Judith Butler a Pat Califia: coqueteando con la pedofilia
Podríamos elegir a muchas estrellas en el panteón de la teoría transmaribollo, pero sin lugar a dudas, el pináculo del activismo académico queer es Judith Butler. Butler es la creadora del concepto “performatividad de género”, una adaptación del concepto angosajón “performance” (ejecución), inspirado en las teorías psicoanalíticas de Freud o Lacan, el estructuralismo antropológico de Lévi-Strauss o Foucault. En su obra Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity, (1999) argumenta que el género no es una esencia interna que se expresa, sino una “estilización repetida del cuerpo” a través de una serie de actos reiterados que, con el tiempo, producen la apariencia de sustancia o un ser “natural”. Esta performatividad no es un acto singular de un sujeto preexistente, sino un ritual repetitivo que constituye la identidad que supuestamente expresa. También argumenta que ciertas normas, ya sean de derecho positivo o meros usos y costumbres, como el tabú del incesto o la prohibición de la homosexualidad, no solo reprime, sino que produce los deseos e identidades que pretende controlar. La coherencia de la identidad de género en un contexto heterosexual, según Butler, se mantendría en virtud y a través de prácticas reguladoras que fuerzan la alineación entre sexo, género, práctica sexual y deseo, conocida como la matriz heterosexual. Esta matriz naturalizaría el binarismo de género, imponiéndolo a través de la exclusión de configuraciones “incoherentes”.
Esta medida ambigüedad que envuelve al concepto de “configuraciones incoherentes” lo precisó mejor Pat Califia, otra de las grandes heroínas trans, llevando aún más allá la transgresión. En el ensayo Feminism, Paedophilia, and Children’s Rights (1992) publicado en Paidika: The Journal of Paedophilia, una conocida revista a favor de la normalización de la pedofilia, Califia decía: “La histeria sobre el abuso sexual infantil y la forma en que se utiliza para justificar leyes y políticas draconianas está causando más daño a los niños que la exploración de su sexualidad en relaciones consensuales podría causar jamás”. Más locuaz todavía se mostraba al afirmar que la demonización de cualquier contacto sexual que involucre a menores ignora, a su parecer, la complejidad del deseo humano y el potencial de exploración consensuada. Ambas, Butler y Califia, mezclan a voluntad la esfera sexual del individuo con su esfera identitaria, como si las parafilias de cada cual implicasen necesariamente una disforia o un desajuste, asumiendo, por tanto, el mismo marco epistémico que pretendidamente decían combatir, y pavimentando indisimuladamente la vía del abuso de menores y el coqueteo con la pedofilia que inspira este artículo . Pese a sus diferentes estilos, ambas “intelectuales” comparten un aparataje verborreico masivo diseñado para ocultar la vileza de sus planteamientos.
Así hemos visto con reiteración cómo sus seguidores son incapaces de responder a preguntas simples. ¿Qué es una mujer? Imposible obtener una respuesta sencilla. La interlocución deriva indefectiblemente en un circunloquio sin visos de resolución. No creo que sea necesario enumerar ejemplos que cualquiera ha podido en ver en redes sociales, en medios de comunicación o incluso en una reunión de amigos en torno a un barbacoa. Retorcidas definiciones intrínsecamente contradictorias, en las que una mujer se define como un sujeto político, económico, una víctima, una idea o un sentimiento, todo ello edulcorado con los habituales retruécanos de neolengua no aptos para legos en la ideología de género. Cualquier cosa, salvo contestar “hembra adulta de la especie humana”. Nótese que el concepto “género” es un concepto lingüistico adaptado esencialmente a las necesidades cambiantes, de una determinada fenomenología de la plutocracia globalista, con la confusión que ello implica. Los seres vivos no tienen género, sino sexo. Son las palabras las que lo tienen. No es el sexo lo que es un constructo social, sino el género, en el caso occidental constituido en un remedo de clichés meramente estéticos y sexualizantes que los activistas queer insisten en reproducir acríticamente como una expresión de una transgresión tan vacía como contradictoria, profundamente anclada a las imágenes estereotípicas de la mujer liberada por el capitalismo occidental. No deja de ser curioso que las autodenominadas mujeres trans nunca elijan una expresión de género que evoque a las mujeres de las tribus massai de Kenia, o enfundándose en un burka al estilo saudí. ¿Acaso no son mujeres también? Resulta más habitual, sin embargo ver a mujeres trans buscando expresar su género a través de versiones más o menos afortunadas de Jessica Rabbit.
Ya no cabe solución tranquila.
El texto del tal Aner, el bertzolari transgénero al que nos referimos al principio, no suena emancipador en absoluto, ni “empoderador” siquiera, más bien parece una venganza cocinada a fuego lento en la salsa de un resentimiento amargo y reconcentrado. Tras las bambalinas de la inclusión, hemos permitido como sociedad que florezcan una serie de frustrados crónicos, siempre en constante transición, que aguardan agazapados su oportunidad para devolver todos los traumas y la insatisfacción que pretendidamente les habríamos procurado con nuestro asfixiante marco heterosexual. Y lo peor de todo: no cabe suponer que se trate de un caso aislado, apenas el más extravagante de los que llegan a nuestros oídos. De hecho, podría decirse que, en atención a los eventos luctuosos que resuenan desde el otro lado del charco, el caso que presento hoy resulta casi anecdótico, una aventurilla con la que amenizar el café. En Estados Unidos, desde la llegada de Donald Trump al poder, algunos muchachos trans-tornados han optado por cargar su frustración a tiros, como gustan de hacer estas cosas en aquellas tierras. Las víctimas, como ya es costumbre, chicos y chicas que asistían a la escuela con cotidianidad. Más recientemente, las pesquisas oficiales del FBI en relación al asesinato de Charlie Kirk, apuntan a presuntas motivaciones de género en el que es el principal y único sospechoso, el inefable Tyler Robinson. Advierto al lector que no soy muy amigo de creerme a pies juntillas las versiones oficiales que emite el FBI: ya saben ustedes que de manera frecuente, las huestes del Tío Sam suelen tener en mente la versión cinematográfica cuando elaboran las versiones oficiales, y siempre pueden aparecer copias de “El Guardián Entre el Centeno” en la casa del asesino.
Sea como fuere, uno llega a la conclusión de que quizás hayamos sido demasiado flexibles hasta ahora. Desde el posmoprogresismo trasnochado se nos animaba a no repudiar a los transgénero, cuestión ésta muy encomiable, entendiendo que estos individuos eran una excepción, una rareza, y que como seres humanos que eran, merecían un trato normal. Sin embargo, al calor de las leyes trans, la abulia existencial de cientos de miles de muchachos confusos, aislados durante la pandemia, y con un algoritmo diabólico como única ventana al mundo exterior, hemos permitido que sean empujados hacia una búsqueda desnortada de una identidad, hemos construido una generación de insatisfechos en serie, una sociedad de individuos en permanente proceso deconstructivo, incapaces de encontrar sentido a su existencia. Paradójicamente, toda la arquitectura construida en torno a este buenismo pueril amenaza con volverse contra ellos mismos, ahora que les pretenden arrebatar su juguetito identitario. Un colectivo esencialmente vulnerable, engordado deliberadamente, al que han pretendido encajar a martillazos en el imaginario colectivo como medida última de la moral posmoderna, va a ser carne de cañón en un eventual y muy plausible pendulazo tradicionalista. Cuando decidimos como sociedad entregarle la placa de sheriff a la pandilla transbasurilla, lejos de “empoderarlos”, estábamos condenándolos. Ahora, además parece que les van a colgar el sanbenito de terroristas. Es previsible que la necesaria recuperación del sentido común implique derogar las leyes de género y restringir de manera drástica el pitorreo jurídico del cambio de sexo registral. Ello infligirá aún mayor dolor entre un colectivo de por sí poco tolerante a la frustración, al verse convertido en un sujeto político extemporáneo, en un juguete roto de un modernidad. La solución al entuerto trans ya no puede esperar más y, lamentablemente no se antoja tranquila.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación.




Muchas gracias por el amable cumplido y, sobre todo, por tomarse el tiempo de leerlo.
Excelente trabajo ; no se puede hacer más para denunciar y tratar de evitar las aberraciones bendecidas en una ley que es la vergüenza del parlamento español, que no merece por ello
respeto alguno.
¿Cómo es posible haber llegado a tal degeneración, encanallamiento y embrutecimiento?
Se ha llegado a tan bajo y surrealista resultado por la conjunción, o mejor la conjura de los malos y de los peores. Hay un diseño destructivo previo de nuestra sociedad y civilización, hay unos líderes políticos que son la hez de los partidos y del sistema, producto de una selección inversa que ha llegado a su grado máximo de la crème de la la porquería, de la inmundicia moral y de la traición (y no sólo en España). Hay un gobierno que no respeta la ley, que la utiliza en un fraude permenente, y que está compuesto en gran parte por gente inepta, que trata de demostrar su poder mediante acciones destructivas, demagógicas además de absurdas, en busca de
colectivos, de segmentos seleccionados de la población, a los que utilizar de la forma más vil y perversa.