La “religión woke” está dándose de bruces una y otra vez con la realidad. Está sucediendo con la Pandemia del Covid-19, con la guerra en Ucrania, con la doctrina de lo transgénero, con el cambio climático y prácticamente, con todo lo que tocan.
El tiempo pasa y la realidad, tozuda, se abre camino en nuestro día a día. Ante nuestros ojos vivimos, el común de los mortales, las consecuencias de las decisiones incoherentes, fundamentadas en relatos carentes de respaldo científico, saltando por encima de la biología, de la medicina, de la convivencia y de la realidad. Esta tropa se ha dedicado a desmontar los cimientos de la cultura moderna, pisoteando la democracia, retorciendo la verdad hasta asfixiarla.
Su única herramienta para defenderse ante la evidencia es gritar muy fuerte y decir, por todas partes, y al mismo tiempo, que las críticas y denuncias que reciben por sus aberraciones se fundamentan en “bulos”, “desinformación” y negacionismo. Y repiten el mantra una y otra vez, sin argumentos, porque realmente, es lo único que les queda: la mentira más cutre, regada por miles de millones que se han estado desviando desde nuestros bolsillos de contribuyentes a sus chiringuitos.
Llámelo USAID, llámelo como quiera. Los Estados se han conchabado para destinar miles de millones de euros de dinero público a sus colegas, esos que puerta giratoria mediante, les tienen preparado un buen sillón para que pasen allí su jubilación dorada. Lo llaman “colaboración público privada” y en realidad es una estafa, no hay otra manera de llamarlo.
Han reventado los servicios públicos por doquier, recortando la inversión en ellos, para venderle al personal que no funcionan, mientras destinaban ingentes cantidades de dinero público a empresas privadas que, a base de propaganda y de colorines, han prestado servicios de infinita peor calidad, pero pretendiendo generar la falsa sensación de eficacia. Un plan que lleva años ejecutándose y que ahora mismo vive sus finales estertores, con fuegos artificiales de pandemias y guerras, porque de otra manera no habría quien se creyera tanta patraña y robo.
En este contubernio se han dado la mano, fundamentalmente, los conocidos como “socialdemócratas”, esos de la “tercera vía”, y los del centrismo liberal moderado, que vienen a ser lo mismo, pero un poco maquillados para parecer oposición. Son todos parte del mismo tinglado. Para que todo esto siga pareciendo una democracia, se han encargado de permitir entrar en el teatro a otros “más extremos”, que hacen falta para la función: los hay de “extrema izquierda” y los hay de “extrema derecha”. Pero no se engañe, forman parte de la misma función y el objetivo no es otro que mantenernos entretenidos con sus peleas de patio de colegio, absurdas y sin fundamento, que únicamente sirven para que nos nos demos realmente cuenta de que nuestros impuestos se destinan a financiar sus chiringuitos. No hay más.
Uno de los problemas, que está ya siendo cataclismo, es que toda su fundamentación descansa en trolas. En auténticas mentiras. Podridas y hediondas. Y destaparlas conlleva que te marquen como una res y caigas en el saco del “negacionismo”, porque es el nuevo diablo para esta religión “woke”.
Hablemos de ejemplos claros. Que ya va siendo hora.
En España, en Valencia, sufrimos en octubre un desastre de una enorme magnitud: la llegada de la llamada “DANA” supuso la muerte de cientos de personas, la pobreza, la sumisión en el más absoluto abandono por parte de las administraciones. De todas: la regional y la central del Estado. No se tomaron las medidas pertinentes antes, ni durante, ni después. Y me da lo mismo que quieran señalar a unos más que a otros. Jugar a la confusión no sirve cuando hablas con personas sensatas que buscan soluciones. Eso sí, la ministra se ha llenado la boca esta semana para culpar al cambio climático de todo lo ocurrido. Y anuncian que será el cambio climático quien ocasione más desgracias como esta.
Las personas afectadas por las inoculaciones en pandemia llevan años denunciando su situación: especialmente los que se vieron impelidos a inocularse la de Astrazéneca, que fue la primera que se puso a los trabajadores esenciales. Algunos de ellos han creado una asociación en España para exigir que se reconozca su situación actual, de incapacidad laboral, y que se asuman responsabilidades por parte de quienes les hicieron creer que tenían que someterse a estas inoculaciones por “obligación moral”. Ahora les dicen que vacunarse era voluntario y les acusan, incluso, de ser “antivacunas”. A pesar de contar con informes médicos que confirman la relación entre la inoculación y sus graves enfermedades, les acusan de inventárselo y difundir “bulos”. Revisen las puertas giratorias que abren los consejos de administración del sector farmacéutico y verá qué interesante se pone el tema.
Como a quienes denuncian que nos están llenando los campos de placas solares, destrozando los cultivos, las zonas rurales, y generando problemas graves al ecosistema. Como con los aerogeneradores. Otra vez lo mismo. Se les etiqueta como “negacionistas del cambio climático”, y se les señala por desinformar cuando denuncian que están destrozándose parajes naturales, esquilmando recursos y devastando especies protegidas. Quitarle tierras a la gente mediante presión y engaño para beneficio de empresas y fondos extranjeros, muy proclives a colocar en sus consejos de administración a los rojos, azules, morados, y amarillos.
Sin ir más lejos, a quienes hemos perdido a familiares durante la pandemia, ahora se nos pretende manipular diciendo que murieron de manera diferente si se encontraban en Madrid o en Cuenca. Otra vez más, la falsa batalla política absurda, cuando en realidad, todos sufrimos la misma situación aberrante y lamentable que fue el estallido de un sistema que venía ya siendo atroz antes de la pandemia: la privatización de la gestión de estas residencias de mayores ha sido la causa por la cual se ha maltratado a cientos de miles de mayores, bajo la excusa de la rentabilidad y el beneficio. Asómese a dar una vuelta por las empresas privadas que gestionan estos centros, porque merece la atención.
Una detrás de otra. La realidad se impone. Y el hartazgo es un hecho. Eso sí, cuando trate usted de alzar la voz y denunciarlo, prepárese: en primer lugar, será llamado “fascista”, o se le ubicará en ese extraño lugar que ahora se denomina “extrema derecha”. El buenismo woke que pretende imponer este pseudoprogresismo, te lanza al ostracismo de lo “nazi”, de lo “tránsfobo”, de lo “racista” a la mínima que pretendas abrir la boca.
Si considero que hay que cuidar el campo, la agricultura, la pesca, el aire que respiro y denuncio la cantidad de atropellos que observo, soy una facha, negacionista del cambio climático, y una magufa conspiracionista.
Si considero que hay que ser prudentes ante la aplicación de tratamientos farmacológicos, soy una negacionista, magufa, conspiracionista e incluso, terrorista.
Si me parece que el maltrato a nuestros mayores se ejerce de manera sistemática en todas partes donde se ha dejado en manos del interés privado su cuidado, soy una facha “pro ayuso”. La realidad que vivió nuestra abuela no es cierta y lo que hemos vivido en esta familia, es un “bulo”.
Si denuncio que en la clase del colegio público de mi hijo, la profesora absolutamente desinformada, decide recurrir a “san Google” para abordar en clase la igualdad de género, y se encuentra con un bulo que afirma que existen 112 géneros y ella lo explica como si tal cosa, difundo “bulos”… Si me preocupa, en fin, que se confunda a los menores con teorías sin base científica, sin respeto a las familias, y sin rigor, los wokes concluyen que me lo invento.
Resulta que no me he inventado ni una sola de las veces que he escuchado a familiares, amigos, y personas desconocidas con informes en sus manos, que lloran porque su salud, la vida de sus seres queridos, se ha visto destrozada desde que se inocularon las mal llamadas vacunas contra el covid. No me he inventado la realidad de personas engañadas con las fórmulas trans, que viven atrapadas en una pesadilla donde sus cuerpos han sido mutilados y los tratamientos hormonales están destrozando su salud. No me invento los campos asolados de placas por las que nadie paga. Ni lo que me han contado agricultores, pescadores, desquiciados porque nadie les hace ni caso.
No me invento absolutamente nada de lo que denuncio. Vivo en la realidad constante de una mujer adulta, responsable, madre, esposa, hija, nieta, vecina y ciudadana contribuyente. Vivo la realidad de una persona que está harta de que la engañen, de que le roben el fruto de su trabajo para contemplar que no se dedica a lo que debería. Que me mienten a través de medios de comunicación de masas, regados con buena parte de ese dinero malgastado. Que conozco cómo nos censuran cuando tratamos de contarle la verdad, la de la realidad contrastada.
De las guerras hacen su manera de vivir. Y las guerras son de muchos tipos. Las que vemos, las de las bombas y masacres son las que nos aturden mientras contra nosotros también aplican otras armas, más sutiles y retorcidas: las bacteriológicas, las de manipulación social masiva, las de la desinformación orquestada, las del absoluto robo y empobrecimiento.
Ante la verdad que sufrimos cada día, los wokes gritan muy fuerte que se trata de un “bulo”. Así ganan tiempo mientras usted se frota los ojos.
Sobre la autora
Bea Talegón nació en Madrid el 5 de mayo de 1983. Es Licenciada en Derecho por la Universidad Pública de Alcalá de Henares, Madrid. Cursó estudios de Economía del Desarrollo en la Universidad de Pekín, China, por la London School of Economics. Es profesora de lenguaje musical y pianista. Ha trabajado como asesora en el Parlamento Europeo, fue Secretaria General de la IUSY, asesora en Asuntos Europeos del Gobierno de Castilla La Mancha. Actualmente es Directora de Opinión en Diario16plus. Más de una década como analista política y jurídica en medios de comunicación como televisión (Las Mañanas de Cuatro, FAQS, La Sexta Noche, Horizonte, entre otras) y prensa escrita (Diario16plus, El Plural, El Nacional, El Obrero, Las Repúblicas, The Objective, Público, Eldiario.es, entre otros). Ejerce como periodista ciudadana y tiene un canal propio: beatalegon.tv







Hola Bea buen día y muchas gracias por tu valentía y tú lucha magnífico artículo.un abrazo grande y Fuerza 🫂🫂
Agradezco mucho la claridad y la agudeza del artículo. Tengo la sensación de que el mundo se ha vuelto redondo: las consecuencias de la gestión infame, a lo largo de la historia, se podían desviar en buena parte hacia espacios lejanos o personas que no contaban. Pero el nivel ha ido subiendo, hasta que lo que lanzábamos lejos ha llegado hasta aquí mismo. Todo el mundo sufría antes también las consecuencias, pero ahora la marea comienza a subir de manera alarmante. Muchas gracias por ponerle voz a lo que toda la sociedad siente!