El sambenito era la indumentaria (acompañada muchas veces por un capirote) que la Inquisición colocaba a un condenado. Portarla implicaba, además de penas físicas, un descrédito enorme y perpetuo. De ahí la expresión de “colgar un sambenito a alguien” para poner énfasis en la destrucción de reputación que supone.
El sambenito era una de las penas de la Inquisición, una Inquisición donde el encausado, lo mismo que muchas veces en un juicio civil, no sabía quién le había acusado. También desconocía, a menudo, de qué se le acusaba en concreto. La tortura era además un acompañante de esta situación de indefensión. No es extraño, pues, que la Bastilla, la cárcel del Antiguo Régimen en París, fuese destruida en los primeros días de la Revolución Francesa, y que, de hecho, esa destrucción marcase el inicio oficial de la misma y sea hoy el día de la Fiesta Nacional de Francia. La Revolución supuso en una primera fase el triunfo de los ideales de la Ilustración, unos ideales que se traducían en un simple lema: Todo debe examinarse bajo el único prisma de la Razón. Era la Ilustración de Kant, Rousseau, Voltaire, que se tradujo políticamente en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano en agosto de 1789. El artículo primero de esa Declaración proclamaba que “todos los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”. El artículo nueve, por su parte, aseguraba el derecho a la presunción de inocencia, es decir, que todo el mundo es inocente mientras que no se demuestre lo contrario. Básicamente significaba (¡que tiempos estos tan aciagos en los que hay que recordar lo obvio!) que no corresponde al acusado demostrar su inocencia, si no a los que acusan demostrar su culpabilidad.
Es cierto que la presunción de inocencia es una de las primeras víctimas en dictaduras como la franquista, o en regímenes totalitarios como el nazi o el estalinismo soviético. También palidece cuando se abren paso fuertes pulsiones dictatoriales, como sucedió por ejemplo con el macartismo norteamericano. Pero su defensa ha sido una constante y un símbolo de la Ilustración y de la Razón.
Todo este sistema experimenta una enorme erosión con el triunfo de la posmodernidad de Derrida, Foucault, o Lyotard, con su popularización hasta convertirse en hegemónica y con el cuestionamiento, por lo tanto, de los llamados grandes relatos y, sobre todo, de la Razón. Con Foucault triunfa una visión de la sociedad basada en el micro-poder, en un panóptico que lo controla todo y que en teoría nos controla a todos, dando lugar a las micro-explotaciones. Si hay una enorme conjunción de micro-poderes es, por lo tanto, imposible rebelarte contra un gran poder. Deja de tener sentido, pues, la identidad común que permite una emancipación material. Surgen así micro-identidades que se presentan como permanentemente explotadas. No hay pues lugar para el conflicto de clases, para una identidad común desde la que politizarse, algo que alegra enormemente al neoliberalismo.
Lo único que ha lugar es la identidad personal, pero en una versión victimizada. Porque si hay permanentemente micro-poderes hay permanente micro-violencias, con lo cual todo el mundo es susceptible de ser culpable. Sólo el aislamiento total puede evitar la sombra de la sospecha y el peligro de convertirse en portador de un sambenito. De este modo se destruye la presunción de inocencia y se llega a la atrocidad de que sea el acusado el que tenga que demostrar su inocencia y de que se pueda acusar impunemente a los muertos, es decir, a personas que ya no se pueden defender, como ha sucedido hace apenas unos días con Adolfo Suarez. Y a esta situación hemos llegado, con personajes que en cualquier situación normal serían carne de psiquiátrico, ejerciendo de modelos sociales y de grandes santones. Es el triunfo de la irracionalidad. La destrucción de los derechos de los ciudadanos. La vuelta a la oscuridad del Antiguo Régimen. Bienvenidos al avanzado siglo XXI.
Sobre el autor
Miguel Ángel Cerdán Pérez. Licenciado en Geografía e Historia y Graduado en Ciencia Política y de la Administración por la UNED. Catedrático de Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia en el IES Violant de Casalduch en Benicàssim. Ejerce como articulista en diversos medios como El Mundo Castellón al día, El Viejo Topo, El Diario.es Comunidad Valenciana o Diario 16





excelente análisis y hay que añadir que no hemos llegado a esta situación por azar, sinó por decisión consciente de ciertas élites, con el brazo cómplice de nuestros dirigentes y dirigentas.
Ejemplo práctico de tu reflexión
El Supremo acaba de absolver a un hombre de violencia de género tras reconocer la denunciante haber mentido y autolesionarse. El hombre fue condenado en el año 2016. La confesión de la mujer tuvo lugar en un juicio por falso testimonio. La condena, en su momento, del hombre se basó exclusivamente en el testimonio de la mujer. Por si fuera poco, la fiscalía pidió rechazar el recurso que interpuso el hombre ante el TS a pesar de conocer la condena por falso testimonio de la mujer. Sin comentarios.