Como muchos de ustedes ya sabrán, durante el último fin de semana ha aflorado una nueva polémica al ágora pública relacionada con la cancelación, en este caso de una escritora, la novelista Ariana Harwicz, quien iba a participar el 26 de septiembre en el festival literario granadino Cultur-Alh, ligado a la Universidad de Granada y a otras instituciones, en una charla titulada Oponerse al mundo. La invitación de Harwicz ha resultado muy problemática, no tanto por su obra sino por sus posicionamientos políticos, y su participación ha concitado un rechazo mayoritario entre los miembros de los clubes de lectura universitarios, de tal modo que el 17 de septiembre, la Red Universitaria por Palestina de Granada envió una carta a la organización del festival reclamando “reconsiderar” la presencia de Harwicz por sus posiciones sobre Israel y Palestina, pidiendo explicaciones sobre los criterios de programación.
A esta iniciativa de cancelación se sumaron muchos lectores y al menos un club de lectura de manera oficial. Así las cosas, las directoras del festival, Ana Gallego Cuiñas y Patricia Escalona, decidieron rescindir la invitación en el último momento, enmarcando la decisión en el “compromiso con los derechos humanos” y en los acuerdos de la UGR sobre la cuestión de Palestina. Por otro lado, según cuenta la propia Harwicz, la organización le comunicó que no podían garantizar su seguridad, una excusa a la que ella contestó manifestando su voluntad de asistir en cualquier caso aunque ello conllevara una manifestación en su contra. Una vez desprogramada y con la polémica ya servida, la Universidad de Granada se desmarcó en parte de la cancelación, argumentando que no compartía la decisión de las directoras y que una universidad pública debe ser espacio de ideas discrepantes. La Embajada argentina pidió un desagravio. Según Harwicz, la cancelaron por ser judía y por negarse a repetir lo que ella considera “léxico obligatorio”, mientras que la Red Universitaria sostiene que no la atacan por ser judía, sino por sus posiciones públicas y por negar el genocidio en Gaza. Como ya habrán podido suponer los lectores, ese léxico obligatorio al que se refiere es el uso de la palabra “genocidio”, aunque como veremos, la cuestión es bastante más compleja que un mero problema semántico.
Casi simultáneamente, hemos conocido el archivo de la causa abierta por delito de odio contra Pilar Rahola. Como ustedes bien pueden suponer, mi parecer sobre las opiniones que vierte Rahola oscila entre el asco y la repugnancia, en tanto que su posición de apoyo sistemático y subvencionado a las acciones genocidas de Israel no permite lugar a relativismo moral de ningún tipo. Sin embargo, la miseria moral no es ni debe ser delictiva. Antes de entrar a fondo en el asunto de la cancelación de Harwicz, permítame el lector una pequeña consideración sucinta sobre el asunto de Rahola en primer lugar, porque si bien ambas cuestiones se encuadran en un mismo ámbito, son asuntos que exigen un trato diferenciado. Si bien el asunto de Rahola no es el objeto principal de este artículo, resulta ilustrativo del estado de cosas en el que nos encontramos. Resultaría de una hipocresía lamentable que yo celebrase la decisión de la justicia y el archivo de su causa y no voy a caer en semejante contradicción. No le deseo ningún mal a Pilar, bastante tiene la mujer con lo suyo. Una sujeta capaz de justificar un genocidio a cambio de un puñado de shekels lleva en el pecado la penitencia.
Artículo 510 del Código Penal: los delitos de pensamiento
A modo de declaración de intenciones, me gustaría incidir en una consideración que he manifestado en muchas ocasiones sobre la cuestión relativa a los delitos de odio: este tipo penal, sacralizado en virtud del artículo 510 del Código Penal español, no es más que una excrecencia del credo democrático, un residuo totalitario de una sociedad que cree fortalecerse por prohibir a la gente decir lo que considere. Muy al contrario, lo que demuestra es una enorme debilidad moral. Los casos, de lo más variopintos, consagran a una élite de víctimas que hacen uso y abuso de una figura que otorga patente de corso para suprimir cualquier discurso que ponga a prueba su condición de objeto jurídico de especial protección: señores disfrazados de señoras que inundan la Fiscalía de denuncias contra personas que señalan lo evidente a ojos de la biología; filogenocidas sionistas que socavan la libertad de quienes denunciamos con todo el vigor del que somos capaces las aberraciones que se hacen en nombre del pueblo judío secuestrado, y un largo etcétera en el que no abundaré por no aburrirles.
Antes de continuar con la exposición, espero de corazón que el lector sepa valorar el esfuerzo que supone para alguien en mi situación defender la libertad de expresión de un sujeto de posiciones públicas tan despreciables como Pilar Rahola. Como muchos sabrán, desde la publicación de mi ensayo titulado, El secuestro del pueblo judío (2026), el lobby feroz sionista en España me ha colocado en el disparadero de su particular caza de brujas. Por tanto, puedo dar fe de lo complicado que puede llegar a resultar en según qué esferas ejercer la libertad de expresión con un mínimo de coherencia. En absoluto tengo por objetivo victimizarme, muy al contrario. Uno se acostumbra a formar parte de listas negras diversas por expresar mi punto de vista. Mi nombre ha formado parte de innumerables listas: listas de putinejos, de negacionistas, de antiglobalistas, de rojipardos, y más recientemente de “antisemitas” y de peligrosos ultraderechistas. Así las cosas, resultaría ciertamente muy tentador dejarme llevar por el revanchismo, y desear que a Pilar Rahola le fuese aplicada una pena ejemplar, y sin embargo, ser coherente implica defender la libertad de Rahola o de cualquier otro sujeto abyecto y miserable a manifestarse de manera abyecta y miserable si así lo desean. Porque la defensa de la libertad de expresión no ha de ser un concepto abstracto sino un hábito cotidiano, un ejercicio consciente y constante aplicable a uno mismo y a los demás. Desarrollaré esta idea en las conclusiones del artículo. Ahora sí, vamos con el asunto Harwicz.
Ariana Harwicz y la intelectualidad autopercibida
Para quienes no la conozcan, Ariana Harwicz es una novelista argentina judía, radicada en Francia, conocida por libros como Matate, amor —llevada al cine por Martin Scorsese y la arrebatadora Jennifer Lawrence— y ha sido finalista del International Booker Prize. Aunque a efectos del objeto del artículo sea ciertamente irrelevante, ya que la polémica deriva de sus manifestaciones públicas, me he tomado la molestia de leer —sin excesiva pasión, la verdad sea dicha— algunos de sus textos. Su obra, como tantas otras en estos días de mediocridad, se mueve en los terrenos comunes de la novela ensimismada posmoderna. Personajes tan histriónicos como insustanciales, extremos de puro tedio, sobreviven a torturas autoinfligidas de nulo interés (al menos para mí) en esa zona gris entre el nihilismo y la autoindulgencia. Sus personajes habitan una degradación puramente idealizada y sin verdad, y la “barbarie” que pretende ilustrar en su obra no pasa de ser el enésimo cliché para consumo de una intelectualidad urbana tan insustancial como ella misma. En definitiva, el mismo posmodernismo amorfo de siempre donde la forma devora al fondo, el mismo nihilismo estático aderezado de un individualismo autodestructivo tan trágico como estéril sin el menor interés para el lector con dos dedos de frente. Mucho ruido y pocas nueces, es decir, una literatura escrita para epatar a mentes impresionables.
Algo más de enjundia (aunque tampoco para tirar cohetes) parece tener su último ensayo, titulado Ruido de una época (2023), en el que lanza una meliflua y oportunista defensa de la libertad artística frente a las exigencias morales del mercado, las redes sociales y la corrección política. Todo un alarde de hipocresía, tratándose de una autora cuyas obras son adaptadas al cine y al teatro en medio mundo. En su ensayo, Harwicz analiza sin excesiva profundidad cómo el entorno actual busca imponer criterios ideológicos ajenos a lo artístico a las obras de ficción, lo que, según nos cuenta, deriva en la censura de ciertos adjetivos o en la cancelación de autores. Sin embargo, bajo la pirotecnia de su prosa pretendidamente “salvaje” y encumbrada por la crítica de parte como “visceral”, a poco que uno rasque, resulta sencillo encontrar una serie de automatismos formales e ideológicos que la sitúan, paradójicamente, dentro de las mismas modas que ella cree denunciar. Ariana es una autora ciertamente contradictoria, tal y como evidencia esta paradoja comercial. Mientras denuncia de manera maximalista la pretendida domesticación del mercado editorial, Ariana publica en grandes sellos y es asidua en el circuito de festivales internacionales. Su figura —autoproclamada en gran medida— de escritora “maldita” e incómoda se convierte, irónicamente, en una marca perfectamente integrada en el catálogo del mercado cultural que tanto se afana en cuestionar. Como veremos, no es la única contradicción, ni desde luego la más relevante a efectos de este artículo.
Las paradojas de Ariana
Supongo que no es necesario incidir en ello, pero no está de más enfatizar en mi posición al respecto de la cancelación de Ariana Harwicz: estoy absolutamente en desacuerdo con la decisión tomada al respecto, y lo óptimo e higiénico hubiese sido no cancelar su participación. Ahora bien: de haber dependido de mí, tampoco hubiese dispuesto medidas excepcionales de protección para Harwicz. Pese a que mi defensa de su libertad de expresión no puede ser más nítida, en el contexto de su polémica, conviene señalar que no es cancelada por ser judía tal y como ella sostiene, sino por su postura respecto al genocidio en particular y al sionismo en general. Quizás la cancelación no sea justificable, pero ciertamente las acusaciones que le dedican si parecen estar bastante fundamentadas. De hecho, cabría añadir más reproches a la lista. Es lo bueno de la libertad de expresión. Si no la hubiesen cancelado quizás podrían habérselos formulado.
En este artículo de junio de 2025, titulado Cómo llegaron a llamar “nazis” a los judíos, la autora reflexiona sobre cómo los intelectuales se apoderaron de los conceptos de “genocidio” y “racismo”; podemos considerar que este es el texto más canónico de su planteamiento. Cierto es que su tesis esconde, entre otros asuntos con los que se podría estar más o menos de acuerdo, el silenciamiento de otros genocidios y abusos contra los derechos humanos que los medios de desinformación masiva, del mismo modo que en otros tiempos protegían a Israel, no tuvieron a bien airear. Sin embargo, el argumento fuerza, expresada con medida ambigüedad, desliza la idea de que una especial hostilidad hacia Israel está injustificada, y cataloga a esta hostilidad poco menos que como una moda. Ariana Harwicz, que es sionista pero no imbécil, sabe bien que posicionarse con claridad a favor del expansionismo genocida y la limpieza étnica sería una sentencia de muerte civil, pero posicionarse nítidamente en contra limitaría su impacto en el mundo editorial. Hace frío lejos del poder del sionismo, y por ello elige esta fórmula tan sutil como perversa: acusando a otros de banalizar la palabra “genocidio” o “apartheid” incurre precisamente en su negación por omisión, evitando pronunciarse sobre lo sustancial, esto es, el asesinato sistemático de civiles en Gaza y la destrucción material de sus medios de vida, convirtiendo el asunto en un problema semántico. El problema no es que Israel asesine a civiles por deporte, sino esta absurda moda antisemita de llamarlo genocidio.
Más explícita es su posición en esta entrevista, cuyo título —“Yo no quiero encontrarme del lado de los cobardes”— no puede resultar más esclarecedor. En ella, trata la salvaje ofensiva israelí como defensa, lamentándose de que Hezbolá y el 7 de octubre queden fuera del foco y que “cuando Israel se defiende, es un genocidio”. El genocidio, por tanto, queda subsumido en la categoría de la autodefensa, llevando de nuevo el objeto de la denuncia al terreno de la semántica. Además, aprovecha para arremeter contra la intelectualidad europea, a la que acusa poco menos que de ser cómplice de Hamás con su silencio del siguiente modo: “Encontraron la vuelta retórica para odiar a los judíos y pedir la aniquilación de Israel. Es una renovación lexical de la juventud hitleriana y del nazismo del siglo XX, pero más escandalosa y cómplice”. Cabría deducir de sus palabras que las violaciones de prisioneros, el bombardeo de hospitales, o que el asesinato de niños a un ritmo ignoto en la historia, formarían parte del derecho de autodefensa y, por tanto, señalarlos y denunciarlos es antisemitismo . Por otro lado, y ya que hablamos de silencios cómplices, durante estos años Ariana ha tenido cientos de oportunidades para haber emitido alguna crítica, por timorata que ésta fuese, a los usos y costumbres genocidas del sionismo, y sin embargo, hasta la fecha no se le conoce ninguna. ¿Acaso no es ese un silencio cómplice? ¿Dónde está la valentía de la que presume? Una lástima su cancelación. Hubiese sido interesante preguntarle por esto.
Las palabras de Harwicz no dejan demasiado espacio a la interpretación, y redundan una y otra vez en el tan manoseado argumentario victimista en el que se suele manejar el sionismo. Nada nuevo bajo el sol, y sin embargo, resultan sorprendentemente pobres sus argumentos, máxime tratándose de una intelectual que presume de ser incómoda y elevada. Como tantos otros ilustres y mediáticos sionistas, sucumbe con enorme facilidad a la tentación de explicar la historia a partir del 7 de octubre, ignorando que el sionismo no se ha asalvajado ni sufrido un proceso de involución y radicalización como consecuencia de un determinado evento traumático, sino que el supremacismo y la limpieza étnica de Palestina forman parte de la esencia sionista, del ADN eurocéntrico y colonial del ashkenazismo. Resulta una verdadera lástima que la cancelasen: hubiese sido verdaderamente enriquecedor haber podido comentarle estas cuestiones en Granada. Si hubiese tenido la oportunidad, quizás le hubiese preguntado por el Plan Dalet, o apelando a su “memoria histórica”, quizás hubiese podido conocer su parecer sobre los planes de pureza racial de Arthur Ruppin, o la limpieza étnica de Jabotinsky.
Los vasos comunicantes del victimismo y la cancelación
Como digo, Ariana es una mujer de enormes contradicciones, y tras su aparente lucha contra lo políticamente correcto se encuentra el abismo de la incoherencia y el relativismo moral. Pongamos por caso su denuncia —tan oportunista como carente de originalidad— de la influencia nociva del identitarismo en el arte. Si bien, a priori, todos aquellos que hemos remado a favor de la destrucción de la epistemología woke podríamos estar de acuerdo con esta apreciación, y sin embargo, durante estos días posteriores a su cancelación ha afirmado en reiteradas ocasiones que ha sido cancelada por ser judía. ¿De verdad, Ariana? Porque resulta que los directores del documental Naza están siendo aclamados estos días por la prensa internacional, y hasta donde he podido averiguar, resulta que son judíos. También lo es Max Blumenthal, un periodista que recientemente ha sido entrevistado por Tucker Carlson, y cuyas declaraciones están siendo tremendamente compartidas en redes sociales por su tremendo valor informativo. Quizás no hayas elegido el bando de los valientes a fin de cuentas. Porque en el bando de los valientes no te espera el éxito editorial, Ariana, sino el miedo, el ostracismo, la incertidumbre, el revisar por la mañana los frenos de tu coche, etc. Y si no que se lo pregunten a Norman Finkelstein, que tras publicar La industria del Holocausto, fue expulsado de su cátedra en DePaul a instancia de Alan Dershowitz, prominente miembro del lobby sionista yankee y el abogado que consiguió para su amigo Jeffrey Epstein un trato judicial de favor. Después de ello, Finkelstein no volvió a conseguir un trabajo en 13 años. He aquí una verdadera muestra de valor, Ariana, inalcanzable para ti.
Además, Ariana se declara atea. ¿Entonces por qué dice que la cancelan por ser judía? Verás, Ariana: si eres atea no puedes ser judía, porque el judaísmo es una religión. Es, de hecho, la primera religión monoteísta. Por tanto, del mismo modo que no se puede sorber y soplar al tiempo, no puedes ser judía y atea a la vez. Porque el judaísmo no es una raza, ni una etnia, ni una cultura, sino una religión, un credo sistematizado que, según cuentas, no profesas. ¿No será que te autopercibes como judía sin querer en realidad serlo? Y por otro lado, ¿No estabas en contra de la influencia nociva de los identitarismos? ¿Qué distingue tu identitarismo del de aquellos a quienes criticas? Empiezo a sospechar que los identitarismos que te parecen nocivos son sólo los de los demás, mientras te amparas en aquellos que te resultan aprovechables. Pero no te preocupes, Ariana, que tu incoherencia no es tan singular. Otros ilustres intelectuales autopercibidos como judíos —tal es el caso de Gad Saad— se muestran al público como el azote del identitarismo woke, pero a la mínima objeción que se le haga a su sionismo lacerante no dudan en jugar la carta del antisemitismo. Una verdadera pena que te cancelasen, porque me hubiese encantado escuchar tu respuesta a estas preguntas. Quién sabe si algún día pueda tener la oportunidad, aunque sinceramente lo dudo, porque compruebo con enorme pesar que me has bloqueado en Twitter, tal es tu convicción en la libertad de expresión.
Y es que resulta que la autora maldita, perseguida por su condición de judía y cancelada por las terribles hordas de cómplices de Hamás (nótese la ironía), en otra vida fue canceladora. Finjamos sorpresa. Resulta que en mayo de 2021, el semanal Rosario/12 publicó una pieza titulada Canción a Palestinauschwitz, de Hugo Alberto Ojeda quien de manera ciertamente poética y tal como el propio título indica, fundía el horror de Gaza con los de Auschwitz y el ghetto de Varsovia. El Museo del Holocausto lo repudió, y Ariana Harwicz lideró un grupo de intelectuales que impulsó la redacción de una carta que motivó la retirada del artículo, en la que señalaban que el texto constituía un ataque a la memoria de la Shoá y una banalización del nazismo. Tras la misiva, Página/12 se disculpó y decidió retirar el artículo de la web “en este caso excepcional”. En este punto de la narración, quizás resulte de interés al lector conocer que, en su periplo francés, Ariana trabajó en el Memorial del Holocausto en París. Porque el sionismo siempre encuentra cómo aprovechar el talento de los suyos, incluso de aquellos que se dicen ateos. Se conoce que la cancelación del artículo del señor Ojeda cuenta entre las cancelaciones buenas, las cancelaciones más democráticas y morales de Oriente Medio, como se suele decir. Es lo que tiene no contar con el foco mediático y el apoyo del sionismo, que tus cancelaciones no se airean a bombo y platillo y tus textos no los adaptan al celuloide Martin Scorsese y Jennifer Lawrence. Por contra, del asunto Harwicz se ha enterado hasta la vecina aunque sea incapaz de pronunciar su apellido. Una fantástica campaña de promoción, sin duda.
Libertad de confrontar
En definitiva, la cancelación de Harwicz demuestra hasta qué punto nuestra sociedad ha perdido el rumbo. De un tiempo a esta parte, y llevados en gran medida por una suerte de puritanismo posmoderno, hemos normalizado la idea de que la higiene democrática aconseja evitar escuchar todo aquello que incomoda al credo hegemónico. Hasta cierto punto podría decirse que Harwicz acierta cuando sostiene que, glorificando una determinada ortodoxia moral de mercadillo, se ha instalado con visos de perpetuidad una policía de la moral que, lejos de fortalecernos como sociedad, nos debilita. Lamentablemente, Ariana Harwicz encarna la misma incoherencia que dice combatir cuando, aprovechando su particular cámara de eco y aparataje mediático, aprovecha su cancelación para su promoción personal o aprovecha su influencia para cancelar a otros. Porque el puritanismo no entiende de argumentos y cada parroquia tiene su propia idiosincrasia, compartiendo eso sí, el encarnizamiento contra quienes no piensan de acuerdo a sus particulares convicciones. Como reza el dicho, resulta más sencillo ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio.
De tal modo, resulta hasta cierto punto cómico observar cómo quienes en estos días muestran su solidaridad y se rasgan las vestiduras con la cancelación de Harwicz, han sido incapaces de hacer lo propio cuando los cancelados somos otros, en algunos casos incluso compañeros del propio mundillo del análisis político. Y es que defender la libertad de expresión resulta sencillo cuando el defendido se ajusta a la ortodoxia de la parroquia propia, pero resulta más complejo cuando el cancelado es el de enfrente y ese, queridos lectores, es precisamente el problema. Porque con los actos de cancelación tan frecuentes en estos días, no sólo se priva al sujeto cancelado de su capacidad de emitir sus propias consideraciones, sino también a otros de confrontar esas ideas, de ponerlas a prueba y de someterlas al escrutinio necesario. Con la cultura de la cancelación, hemos desprovisto a la opinión pública de la habilidad de poner sus propias creencias en duda, debilitando el discernimiento general hasta el paroxismo. La cancelación es el mecanismo más perverso mediante el cual hoy día las élites disciplinan a las masas, cada día más incapaces de entender hacia dónde nos dirigen y por qué. Por ello, se hace más necesario defender la libertad de expresión de aquellos que no nos gustan en absoluto, y no solamente por el respeto al pensamiento individual de quien expresa su opinión por abyecta que nos pueda parecer sino, fundamentalmente, por proteger la libertad de confrontar, hoy más necesaria que nunca.
Sobre el autor
Carlos Sánchez es músico, docente y analista político. Cursó su formación musical superior en la disciplina del jazz en Holanda, en los conservatorios de Groningen y Den Haag, completando su formación como productor e ingeniero de audio en la Middlesex University/SAE Institute de Londres. Formado también en el ámbito jurídico, obtuvo el Grado en Derecho en UNED (España). Durante casi una década ha combinado su actividad docente y musical con su faceta de comunicador, escribiendo artículos sobre su pasión, la geopolítica, de manera frecuente en Diario 16, y presentando Grupo de Control, un espacio semanal de entrevistas dedicado al periodismo de investigación. Es miembro fundador de Brownstone España, donde, además de publicar sus artículos, presenta semanalmente el podcast Debates intempestivos. Recientemente ha publicado El secuestro del pueblo judio (SND Editores).





No creo que cancelar a una miserable sirva para mucho más que victimizarla y hacerle promoción gratuita. Mucho mejor invitarla y refutar sus excusas.
¿puede calificarse de puritanismo woke luchar contra un genocidio en la manera que se pueda?