Hace cosa de unos días me encontraba en la cocina de mi casa destripando una palometa negra en busca de posibles gusanos anisakis, cuando escuché de fondo en la Cadena Cope la voz pausada de Diego Garrocho, profesor de Filosofía Moral en la UAM y hasta hace poco director de Opinión del ABC, cantando las alabanzas de la democracia liberal española a propósito de los escándalos de Koldo, Ábalos y Santos Cerdán. Decía Garrocho que teníamos que celebrar la eficiencia de nuestra esfera pública y de sus medios, pues nos confirman —aseguraba— que son los garantes de nuestra libertad al destapar escándalos de corrupción y ejercer de cuarto poder. La democracia funciona, venía a decir Garrocho, porque aquellos que hacen mal uso del poder político que les es encomendado por la ciudadanía son expuestos en la palestra pública y sometidos a un riguroso procedimiento judicial.
Tengo respeto por la figura moderada de Garrocho, oneguiana y manuel-campo-vidalesca a un mismo tiempo, pues la considero justa y hasta necesaria, pero no pude más que soltar una carcajada algo histérica que asustó a mi mujer e hijos y, lo que es peor, tuve que tirar sin más comprobación la palometa a la basura. Pese a lo que diga Garrocho desde su atalaya utópico-liberal de ciudadano kantiano, los medios de comunicación ya no son en España —y probablemente en ningún sitio— garantes de libertad alguna, sino los parásitos anisakis que se inmiscuyen en las tripas de nuestra sociedad para provocarnos un malestar mortal del que ellos mismos prometen liberarnos. Escándalos de financiación masiva de medios públicos con fines propagandísticos y de engaño poblacional como los del USAID o la UE, debieran ser más que suficientes para evidenciar que los medios manufacturan falsos consensos con respecto a asuntos en los que a la ciudadanía se le va literalmente la vida —no solo el dinero que la sustenta— como la crisis del covid-19 o la escalada belicista contra Rusia a propósito de la guerra en Ucrania.
Los medios de comunicación son, junto a los sindicatos gubernamentales y la partitocracia a la que sirven, el gran cáncer ambulante de nuestra democracia. Esto es algo evidente si atendemos a la desvergonzada cobertura de los escándalos de Koldo, Ábalos y Santos Cerdán. Tanto las cabeceras de izquierda como las de derecha están presentando como única posibilidad de regeneración política una estrategia canovista de alternancia presuntamente demócrata en el poder del bidapartidismo polígamo —quizás sería mejor decir poliamoroso, por las relaciones abiertas que Junts o el PNV suelen tener con unos o con otros— que impide cualquier posibilidad de cambio real al margen de las hipertrofiadas coordenadas ya existentes. Los medios creen posible engañar a la ciudadanía proporcionando grandes dosis de indignación y olvidos selectivos, pero todo parece indicar que la farsa no resiste más, por lo descarado de una estrategia que mantiene en el poder mediático a las mismas caras de siempre, temerosos de que el control se les vaya de las manos si permiten que entre algo de sangre nueva.
No tengo afán de ser exhaustivo por razones de espacio, pero fíjense en el papel que están llevando a cabo estos días medios de toda índole. Por ejemplo, The Objective, el diario que destapó los escándalos de Ábalos, no ha tenido mejor idea para mostrar el espíritu crítico e independiente del periodismo que organizar un debate sobre la corrupción del PSOE con dos “expertas anti-corrupción” como Esperanza Aguirre, quien tuvo en sus gobiernos sonados escándalos de hurto de fondos públicos, y Guadalupe Sánchez, abogada encargada de defender la “honorabilidad” de Juan Carlos I ante las verosímiles acusaciones de latrocinio fiscal hechas por Miguel Ángel Revilla. El caso de The Objective es paradigmático de cómo funciona la mediocracia española, pues aunque entre sus firmas podemos encontrar a gentes independientes y representantes de distintas sensibilidades políticas emergentes, como Jasiel París-Álvarez o Quintana Paz, quienes llevan la renovadora batuta son momias del régimen del 78 con pasado turbio como los aristo-suresnistas Juan Luis Cebrián o Antonio Caño (quienes dirigieron desde El País tejemanejes de estado en el pasado) o la ya citada Esperanza Aguirre, que hasta dispone de un simpático podcast de entrevistas.
En otras palabras, la alternativa informativa y política que medios como el citado ofrecen a la ciudadanía es una vuelta a la fe ciega en la dinastía borbónica y en los viejos dogmas de la Restauración y los consensos eurócratas de PP y PSOE. De esta manera, todo debate público real sobre políticas sanitarias, energéticas o sociales acaba siendo sustituido por una lucha generacional entre los bipartidistas del PP/PSOE de ayer y los de hoy. Pero no nos engañemos, porque esta misma lucha —mismas familias políticas pero también biológicas— es la que se da en los medios de izquierda, renovados en apariencia a partir de esa pullita generacional entre padres e hijos de las élites del PP y el PSOE que fue el 15M, y que no tuvo otro objetivo que excluir de la representación política a la inmensa mayoría de españolitos que accedimos por primera vez a estudios superiores y podíamos discutirle los privilegios mediante titulitis, meritocracia y centenaria tradición obrera, a hijos-de-algo al estilo de Pablo Iglesias, Errejón, Espinar o Yolanda Diaz.
¿Cómo se explican ustedes, si no, que las columnas de opinión contra la corrupción del sanchismo las esté escribiendo en el diario Público Ana Pardo de Vera, directora corporativa del medio, y hermana de Isabel Pardo de Vera, la exministra y exdirectora de ADIF, imputada en el caso Koldo y a la que hoy mismo la UCO le ha realizado un registro domiciliario? No me digan que lo que haga una hermana no afecta a la otra, porque si ambas lumbreras ocupan posiciones de privilegio propio de un antiguo régimen o dinastía saudí en nombre de la “izquierda radical” —me soplan amigos lugueses conocedores de su familia aristócrata que en su pazo señorial las sirvientas llevaban hace pocos años de manera obligada cofia— es porque provienen de la misma casa nobiliaria de rancio abolengo y porque han hecho innúmeros servicios al régimen (quedarán para la historia la violentas diatribas de Ana Pardo de Vera contra los no vacunados y su papel de agitadora).
Pese a todo, la mediocracia española no precisa de sofisticados análisis para mostrar el impúdico grao de corrupción que la conforma y su aversión a un periodismo crítico al servicio de la ciudadanía. Para empezar, todos los medios funcionan de manera abierta como puertas giratorias para los políticos, llámense estos Pablo Iglesias, Ramón Espinar, García Margallo o Paquito Chocolatero. El rol fiscalizador de la política que correspondería al periodista independiente pasa así a ser usurpado por un político profesional que controla el debate público. Pero además, los medios más destacados, financiados con ingentes cantidades de dinero público, se reparten entre un puñado de familias que no consideran necesario ocultar sus apellidos. Si, por ejemplo, Arsenio Escolar fue subdirector de El País, su hijo, Ignacio Escolar, acabó siendo director de El Diario.es, periódico que se presentaba como alternativa. Esta lógica de encerrar en unas mismas manos centro y periferia, medios de masas y medios presuntamente alternativos, es la que está también detrás de CTXT, revista post-15M dirigida por Miguel Mora, antiguo hombre de El País que ha acabado reclutando como voces de la “izquierda radical” a miembros de la aristocracia cultural suresnista-podemita y a ventrílocuos que reproducen en versión macarrilla y algo gore los consensos del grupo PRISA con la excepción relativa de su posicionamiento con respecto a la Guerra de Ucrania. Por no mencionar, claro (por si alguien no lo recuerda) que Juan Luis Cebrián, el director de la época dorado-fecal de El País, es hijo de Álvaro Cebrián, quien fue el último jerarca de Arriba, periódico oficial del franquismo, amén de Secretario general de la Prensa del Movimiento. Pero dejemos aquí la cosa porque si no, entre sagas familiares como la de los Prat, o entre traspasos ejemplares de poder mediático masivo como el de Fernando Ónega a Sonsoles Ónega, sería cosa de nunca acabar.
Sin embargo, si algo debiera estar claro para cualquiera atento a los grandes medios, es que estos están secuestrados por una cuadrilla de directores itinerantes que —igual que los satélites de Elon Musk que circunvalan, vigilantes, la tierra— funcionan como ayatolás que mantienen un férreo control mediático en el que hay cosas que nunca se discuten, siendo la corrupción, las putas y los travestis los únicos temas admisibles para entretenimiento del vulgo. Los periodistas que deben pacer a sus órdenes se dividen entre una minoría heroica que, sea del bando que sea, lucha por sacar tal o cual información, y una mayoría dócil que parece encantada con formar parte de una élite invisible y del todo irreal —a menudo madrileña— y de conocer a tal famoso o tener en el WhatsApp a no sé qué político.
La mediocracia es, en resumidas cuentas, el ingrediente principal para mantener engañada a la población en base al timo igualitario de la “democracia”. El exministro y sociólogo de consensos Manuel Castells lo dejaba claro al afirmar de manera celebratoria que “los medios de comunicación [son] el principal mecanismo de control por parte de la sociedad” pues son, “el vínculo de relación entre sociedad y Estado”. Es decir, que en las democracias liberales la única manera que los ciudadanos tenemos de someter a escrutinio a nuestros gobernantes son los medios de comunicación que estos mismos financian y controlan de manera milimétrica. Sin embargo, siendo justos, hay que reconocer que el mismo Castells, tecno-utópico como pocos, anunció también la emergencia de un periodismo ciudadano que desafiaría al periodismo oficial, conformando “un futuro libertario de democracia electrónica y medios de comunicación diversificados”.
No vamos a decir que Castells acertara de pleno en sus tesis, pero es imposible negar que el periodismo ciudadano ejercido por youtubers o por gentes como las que conformamos este humilde medio, le está desmontando el tenderete de los bulos travestidos de verdad a los medios oficiales (de ahí el intento de limitar el periodismo ciudadano mediante sicarios informativos a sueldo como los fact-checkers, o a través de siniestras innovaciones legislativas). En este sentido, la mediocracia debiera acabar cayendo más pronto que tarde, pues la ciudadanía parece inclinarse más hacia el periodismo ciudadano, hecho sin apenas recursos económicos pero con mucho sacrificio personal, que hacia el periodismo oficial, cada vez más desprovisto de seguidores reales pero subvencionado por el Estado.
Pero esta eclosión de periodismo ciudadano posibilitado por la tiránica tecnología digital no está exenta de peligros. Es cierto que todos podemos informarnos, aprender y mejorar nuestro discernimiento viendo entrevistas como las que hacen los compañeros Carlos Sánchez y Bea Talegón en Grupo de Control —no se las pierdan, porque si el futuro alberga algo de justicia serán objeto de culto— o escuchando alguno de los excelentes podcasts que circulan por ahí, por no hablar de las clases de literatura y comentarios críticos del amigo Jesús G. Maestro. Pero también es cierto que en esta época de nihilismo y decadencia occidental, el periodismo ciudadano adopta por momentos la forma de un fundamentalismo enunciado por individuos que parecieran querer convertirse en falsos profetas. Hagan un tour por las redes y comprobaran que hay cerebros privilegiados que, obsesionados con no perder seguidores, sacrifican el sagrado tiempo de lectura, reflexión, investigación y, en definitiva, anonimato de toda vida que ansía ser transformadora, por una continua exposición en redes. Estos exponentes del periodismo o sabiduría ciudadana parecen ignorar que absolutamente nadie puede, de manera individual, por sabio o inteligente que sea, proporcionar varias horas diarias de “verdad” a sus acólitos porque además de engañar a estos acaba por engañarse a sí mismo, haciendo pasar sus sesgos por la realidad. Si el periodismo ciudadano quiere poner fin a la mediocracia deberá acabar confluyendo en una suerte de cooperativas de la información que eviten la proliferación de un endiosamiento individualista que es mortífero de necesidad.
En definitiva, que todo se está disgregando para reagruparse de manera novedosa, por más que la mediocracia no se entere y crea que puede seguir engañándonos. Confieso que a mí, como profesor de literatura, lo único que se me ocurre para promover una regeneración de este enfermizo estado de cosas es proponer, a raíz de todo lo que está pasando y para evitar un mal mayor, que se considere a Torbe como candidato al Premio Cervantes de las letras. Torbe ha pasado de introducir el porno freak en España y rodar películas memas para la generación de “Yo también estudie en la EGB” como “Putero y yo”, a ser el Fernando de Rojas de la democracia española contemporánea. Nadie ha descrito tan bien como él las atrocidades que estamos experimentado. Koldo, Ábalos o incluso Santos Cerdán parecen copias de los cincuentones obesos, calvos y sudados que en sus videos —representando, entiendo, a la democracia española— asaltan por la calle a chicas de clase baja para ofrecerles cincuenta euros a cambio de que les adoren el miembrecillo y resistan sus embates tenues y gorrinos —las chicas, asumo, somos todos nosotros— mientras les dicen lo sementales y guapos y atléticos que son.
Pero puestos a ello considero también necesario proponer —perdonen que me extienda— un cambio en nuestra iconografía sobre la democracia. Tenemos que ajustar pinturas como “La libertad guiando al pueblo” de Delacroix o “El abrazo” de Juan Genovés a los nuevos tiempos. Sugiero que algún artista de buena familia como Agatha Ruiz de la Prada modifique estos cuadros para crear una obra que presida el Congreso de los Diputados y que lleve por título “La democracia reinando en España”. Tendría que ser un gran mural al estilo de los de Diego Rivera, pero inspirado en Delacroix y sin perder de vista la concordia entre españoles que Genovés quiso representar. Marianne, la alegoría de la libertad que muestra las tetas, tendría que ser sustituida por las figuras regordetas y saturadas de pelambre y sudor ibérico de Ábalos, Torbe y Koldo, quienes aparecerían desnudos como Baco o la niña monstrua de Juan Carreño de Miranda, sosteniendo con dos dedos su prolegómeno de amor y mirando lascivamente a toda potencial espectadora. Santos Cerdán, Roldán, Zaplana, Urdangarín, Pujol y Griñán figurarían a su lado, vestidos de traje y de rodillas, orando como los mecenas de tamaña obra. En el extremo derecho podría pintarse a Pedro Sánchez y su mujer Begoña Gómez, vestidos con cazadoras de cuero, ejerciendo de porteros de las saunas-prostíbulo que regentaba el padre de esta última, y haciendo declaraciones en contra de la prostitución mala y a favor de la buena. Un poco más abajo, cabalgando sobre una ola atlántica que tenga una estrellita de la OTAN tendría que verse claramente a Feijóo, recibiendo en un yate crema solar de las manos de Marcial Dorado, mientras en cubierta se aprecian unos fardos que llevan escrito “Harina de pescado para uso universal. Sirve para engordar partidos y campañas electorales”. En la parte izquierda, en una cala caribeña, habría que serigrafiar en plan incógnito a Felipe González, tumbado en una hamaca, con gafas de sol y una camiseta negra con una X gigante pintada en blanco y varios saquitos de cal al lado. Sobre un mar que ponga “SANGENJO” tendría que emerger deslumbrante Juan Carlos I, montado sobre un elefante pero a bordo de un gran velero con la bandera yanqui-saudí que tenga veintitrés efes pintadas con sangre —de lamprea, por supuesto— en el costado. En el fondo sería imperativo que se vislumbrase la Illa de Arousa y en uno de sus paradisiacos arenales, representar mediante un zoom hiper-realista a Pepiño Blanco en tanga, como monitor de campamento, con no pocos muchachos también en tanga a sus órdenes, haciendo todos una coreografía consistente en dejar que se les caiga una rosa roja y socialista al suelo que ellos tienen que recoger inclinándose, mientras suena una canción de Rozalen que deja claro al espectador que los chavales simbolizan a toda la ciudadanía que se debe agachar para recoger la pastillita de jabón que se le ha escapado en la sauna a la democracia española por su afán desmedido de limpieza. El pueblo español debería aparecer en posiciones mendicantes pero agradecidas, luciendo en las manos cheques culturales, cupones de la ONCE y títulos universitarios. Por aquí y por allá podrían irrumpir personajes secundarios, como Pablo Iglesias, preguntándole a las chicas si no quieren ir al baño a refrescarse con él, Pedro J. limpiándole con las hojas de uno de sus periódicos las botas a algún personaje eminente, o las condesas Pardo de Vera poniendo sendas banderas anarquistas en las habitaciones de adolescencia del pazo familiar. En la parte superior del mural, en letras rojigualdas, debiera escribirse: “EL TRIUNFO FINAL DE LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA CONSISTE EN QUE SE LICITAN OBRAS POR EL TRIPLE DEL VALOR LAS 24 H. DEL DÍA Y LOS 365 DIAS DEL AÑO”.
Sobre el autor
David Souto Alcalde es escritor y doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad de Nueva York (NYU). Ha sido profesor de cultura temprano moderna en varias universidades estadounidenses. Especializado en la historia del republicanismo y en las relaciones entre política, filosofía y literatura, en los últimos años se ha centrado en explorar los fundamentos del autoritarismo contemporáneo: tecnocracia, poshumanismo y globalismo. Es colaborador habitual de distintos medios y miembro fundador de Brownstone España.





Gran artículo David. El problema de las élites en España no es tanto su existencia ya que siempre hubo y habrá élites, como mostró Robert Michels con su “ley de hierro de la oligarquía”, sino su mediocridad autorreplicante, su cierre estamental, su alergia al mérito y su control transversal del aparato mediático, educativo y político. En lugar de renovarse por competencia o virtud, nuestras élites se perpetúan por apellido, compadreo o militancia partidista, gestionando el país como un cortijo y vendiendo al público un decorado democrático que apenas oculta la continuidad de las mismas redes clientelares. Más que una aristocracia ilustrada, padecemos una mediocracia endogámica, blindada por medios subvencionados, fundaciones opacas y favores cruzados que garantizan que todo cambie para que nada cambie.
Lo malo es que creo que las personas que viven en España lo ven mucho menos que los que vivimos en el exilio.
Muy bueno y descriptivo artículo sobre la penosa situación de España. Muy divertido la imaginaria pintura que debería lucir en el Congreso de los Di- PUTA- dos (con intención la separación con guión), y si me apura en el inútil Senado. Saludos 🙋🏻♀️