Antes de empezar a rebajar la euforia que inunda estos días eléctricos, he de confesarle al lector una maldad que con toda seguridad me perdonará: me estoy divirtiendo con esto de USAID. Más allá. Me estoy divirtiendo mucho, casi pornográficamente. Disfruto obscenamente del ruido atronador que hace la ley del silencio al estallar, de la omertá que imperaba sobre las injerencias del Tío Sam quedando desnuda ante los ojos de millones de personas, hasta ahora ajenas al inquietante experimento de ingeniería social manu militari del que estaban participando. Miles de periodistas autopercibidos a lo largo y ancho del globo, que vieron cómo, de la noche a la mañana, sus actividades de propaganda no encontraban quién las pagase. Verle las costuras al complejo industrial de la censura, escuchar los lamentos desde el pedestal menguante de algunos comunicadores paniaguados, preconizando la muerte del periodismo “independiente”, fruto del eventual desmantelamiento de USAID. Periodismo independiente que resultó no serlo, al fin y al cabo. Me regocijo con el deambular histérico de tantos propagandistas apesebrados, como vampiros desnortados al divisar los primeros rayos del alba, de un lado al otro con las manos en la cabeza, lanzando espumarajos de hipocresía mientras vociferan, ya sin crédito, las bondades de una ayuda al desarrollo que nunca fue tal.
Apelo pues a su comprensión, estimado lector. La vida de quienes tienen la búsqueda de la verdad como única trinchera está llena de sinsabores, y no son muchos los momentos en que uno puede simplemente sentarse a disfrutar del espectáculo. Sin embargo, he de mostrarme cauto, y quien dice cauto, dice escéptico. En primer lugar porque quien le haya prestado algo de atención a los movimientos de Donald Trump es consciente de que es un hombre que sabe cómo montar un buen espectáculo. Presuponemos también que no los monta por el puro goce de montarlos. La posición de su insólito escudero, el señor Musk, está jalonada de intereses cruzados con la administración cuya eficiencia en el gasto le ha sido confiada. Seamos sinceros: Elon Musk desarrolla su actividad de azote del derroche desde una posición de evidente conflicto de interés. Desde su archiconocida empresa de coches eléctricos, pasando por el desarrollo de satélites y telecomunicaciones de Starlink, sin olvidar la influencia que ejerce desde su red social Twitter (me resisto a llamarla X), y acabando en su inquietante proyecto transhumanista, Neuralink, que como su propio nombre indica, aspira a conectar el cerebro humano con la máquina, siempre con el beneplácito de la FDA. Sí, esa FDA. Pese al colosal conflicto de intereses, no parece ser óbice para que muchos le atribuyan a esta dupla un liderazgo casi épico, al estilo de La Liga de la Justicia de Zack Snyder. He de reconocer que es tentador dejarse llevar en este pensamiento pueril. Evocar la epopeya del héroe reconforta. No pocas veces en estos día, me sorprendo a mí mismo fantaseando con el advenimiento violento de los buenos, empuñando el martillo de Thor, a desfaciendo entuertos tras cuatro años de abusos demócratas. Pero la realidad suele ser más compleja y sin embargo, paradójicamente previsible.
Lo que sabemos de USAID no más que la punta del iceberg de una estructura construida durante décadas, y por tanto, su eventual desmantelamiento poco más que el chocolate del loro. El verdadero Imperium no se compone de instituciones políticas, sino que se sirve de ellas para engrasar una galaxia de organizaciones injerencistas que componen el “complejo industrial de la censura y la propaganda”. Una pléyade de oenegés, fundaciones, empresas públicas, observatorios de toda índole y condición, de mayor o menor tamaño, dedicados a la captación indecorosa de ingentes fondos públicos, desviados convenientemente al fortalecimiento de narrativas interesadas y muy lucrativas, o bien a la censura de la crítica. A beneficio de inventario, permítame el lector una mínima enumeración de las más significativas por su generosidad omnímoda, las que conforman de facto la matriz desde la que se ejerce el verdadero poder. Reconocerá el lector a varios sospechosos habituales, a saber: Open Society Foundation y sus miles de ramificaciones, el National Endowment for Democracy, los sempiternos Rockefeller, Bill Gates y señora, la Freedom House y por supuesto, el muy inefable chambelán de la OTAN, el Council of Foreign Relations. En el banquete de la injerencia han metido entusiastas sus hocicos sus Tecnológicas Majestades, ya sabe usted, Google, Amazon, Meta, Oracle y demás, hoy reconvenidos oportunamente a la fe libertaria. No son las únicas, pero sí las más importantes. Entre estas organizaciones, han ido tejiendo un relato colegiado que respondía a sus intereses comunes, grabado a fuego en la psique colectiva, mientras paralelamente sentaban las bases legislativas de una feroz censura contra toda posible sombra de duda acerca de la honorabilidad de sus planes.
Esto en Europa, claro. A este lado del charco, se ha ungido de un poder jurisdiccional especial, el de la verificación de hechos, a una suerte de cuerpo privado de funcionarios con poder para obligar a las plataformas a “moderar” sus contenidos. En neolengua posmo, moderar significa censurar, particularmente todo aquello que vierta inconvenientes sobre el plan trazado. Cancelar, censurar, condicionar, desmonetizar, y en algunos casos hacer desaparecer de las redes sociales las opiniones legítimas sobre hechos ciertos emitidas por individuos que se percibían libres, llegando a judicializar en no pocos casos el mero ejercicio de escrutinio de las políticas públicas. Huelga decir que todo este dislate legislativo de las recientemente aprobadas Leyes Europeas de Servicios Digitales y Libertad de Medios de Comunicación (irónica antonimia) son, en esencia, inconstitucionales, pues contravienen el artículo 20 de la Constitución Española, que proscribe la censura previa. Pero ese es un debate que no parece haber nadie dispuesto a abrir. No hay mejor censura que la que se ejerce contra uno mismo.
Como me recordaba hace unos días mi buen amigo Thomas Harrington, en EEUU, sin embargo, tienen la Primera Enmienda. Al parecer, la libertad de expresión goza de mayor prestigio por aquellos lares. Una paradoja sideral, porque no conviene olvidar que todas las organizaciones que hemos mencionado en este artículo son, fundamentalmente estadounidenses. Visto con perspectiva, lo cierto es que el amigo americano nos ha dejado montado un monumental complejo jurisdiccional de protección de la propaganda, organizado en tribunales especiales donde se erigen en jueces de sus propios actos. No me digan que no es maravilloso. Parece una broma macabra y, sin embargo, es el contexto en el que estalla el asunto USAID.
USAID es una de tantas, y el circo que hay montado no está pensado para desmontarse de un día para el otro. De hecho, no es siquiera realista pensar en su liquidación. ¿Quién va a desmantelar el NED? ¿y la Fundación de Bill y señora? ¿Y el World Economic Forum? Con la pretensión de evitar en el futuro cercano el vicio de sucumbir a la melancolía, considero conveniente permanecer alerta, no fuese a ser que todo este alarde trumpista resulte en un efectista aunque inane deus ex machina. De momento, a los europeos nos queda mucho trabajo por delante. Aquí no ha habido comisiones de investigación, ni dimisiones, ni debate público, ni nada. Por no haber, ni siquiera nos han ofrecido un triste indulto preventivo que llevarnos a la boca. Hablar de ciertos asuntos a gran escala sigue siendo un tabú, y no es razonable aspirar a revertir esta decadencia moral sin colonizar el mainstream. El mainstream jamás se colonizará si seguimos aceptando los límites de “lo respetable” que nos impusieron los guardianes de la propaganda. La injerencia ocurre en todos lados todo el rato. La injerencia ocurre en la tele, ocurre en el mundo académico, ocurre en los parlamentos. La injerencia es el ecosistema en el que desarrollamos nuestra autopercepción. No hay mejor censura que la autocensura, y a ella nos hemos encomendado sin protestar demasiado. La injerencia real, la de las voluntades, constriñe nuestra capacidad crítica, como individuos y como sociedad, condiciona nuestras palabras y castiga nuestros silencios. La injerencia activa los resortes de la indefensión aprendida. La injerencia ha sido y seguirá siendo. La injerencia es contra nuestras mentes. La injerencia es fractal.




Qué claridad y qué contundencia! Me parece magnífico el artículo.
Llevo ya mucho tiempo diciendo en el modesto ámbito en el que alguien pueda escucharme, que no estamos más que ante la salida a la luz de lo que venía sucediendo desde siempre: bellísimos conceptos enarbolados que han encubierto cada vez más prácticas aberrantes para la convivencia. La libertad, la democracia y la igualdad de oportunidades? Las utilizamos para subirnos a magníficas peanas en las que solo queda el discurso y el interés personal, sectario, empresarial o de grupo carroñero. Y lo hemos aceptado solo a condición de no querer enterarnos del secreto a voces.
De lo mejorcito que he leído en mucho tiempo. La injerencia es un concepto esquivo, no a vaya a ser que empecemos a sospechar más de lo recomendado. La degradación moral, me temo, seguirá ganando terreno, con más tabúes y menos libertad como trofeos.