Resulta reconfortante comprobar cómo cada vez somos más las personas que despertamos del hechizo, que experimentamos esa suerte de catarsis que nos coloca frente a la verdadera realidad.
En mi caso, como abogado, mi proceso empezó con la toma de consciencia, más o menos clara, de un estado de disonancia cognitiva originado por los términos “democracia” y “libertad”. Ambos términos se estudian como conceptos académicos en las facultades de Derecho, y cuando acabé la carrera tenía perfectamente interiorizado que en España la sociedad gozaba de ambos. Sin embargo, la permanente tensión política que transmitían los medios de comunicación me mantenían en un estado de inquietud de fondo. No comprendía cómo un sistema democrático, la mayor conquista de la Constitución del 78, podía dar lugar a un constante enfrentamiento entre los líderes políticos, dedicados a explotar cada hecho contradictorio protagonizado por su oponente, llevando así a una creciente degradación del debate y con ello a una degradación de nuestra cultura política. Dicho gráficamente, con la guerra de Irak me engañaron, con los atentados del 11 de marzo de 2004 me sentí herido y desconcertado, y con la llamada crisis de Lehman Brothers ya no entendía nada. Sin entregarme a la resignación que nace de ese síndrome de indefensión aprendida en la que vive una gran parte de nuestra sociedad, busqué respuestas al permanente choque de la teoría académica con la realidad política, todas sin éxito hasta que viendo un debate en torno a la corrupción, oí a uno de los intervinientes afirmar que el origen de la corrupción institucional en España reside en el hecho de que ni hay libertad política ni democracia. Acabó el debate y ninguno de los otros asistentes entraron a rebatir los argumentos de aquellas dos afirmaciones, argumentos que podían reducirse a que no hay separación de poderes y tampoco hay representación política del elector.
Aquí nace mi camino iniciático. Ese día abrí una puerta de cuya existencia no sabía, y siguiendo la referencia de aquella persona que me permitió salir de aquel circulo vicioso, pude resolver satisfactoriamente el estado de disonancia cognitiva. Ahora cada acontecimiento político al que asistimos en España, por muy escandaloso que sea, tiene lógica.
En ese camino, el primer problema que tuve que resolver fue conceptual. ¿A qué nos referimos con la palabra democracia? Si acudimos a la Enciclopedia Británica, encontraremos un extenso artículo con referencias a pensadores, teorías y acontecimientos en el que se afirma que actualmente un tercio de los países de todo el mundo tienen instituciones democráticas. El criterio aplicado para contabilizarlos no lo indica, únicamente habla de que este dato fue aportado por dos investigadores independientes.
Si tomamos las acepciones del Diccionario de la lengua española, tampoco encontramos una información que nos oriente sobre este sistema político.
He querido referirme a sendos instrumentos de culturización (enciclopedia y diccionario) porque a lo largo de mi camino iniciático descubrí que la cuestión conceptual es esencial para llegar a entender la realidad política. Tener un concepto de democracia lo suficientemente preciso como para no confundirlo con un sistema oligárquico o autoritario es fundamental para cualquier sociedad que busque ser libre, y considero que la sociedad española no tiene referentes en nuestra cultura política que satisfagan el contenido conceptual de democracia.
Cuando hago un examen retrospectivo del desarrollo de mi pensamiento político, me doy perfecta cuenta de lo que señaló Lev Vigotsky en su trabajo Pensamiento y lenguaje. La teoría de Vygotsky puso de manifiesto que las palabras adquieren una función psicológica en nuestro pensamiento, en nuestra habla interna, la cual adquirimos a lo largo del desarrollo educativo; en ese proceso, el concepto vinculado a la palabra tiene una gran importancia en el pensamiento propio y en la función comunicativa. Esta tesis me permitió entender que mi pensamiento no sabía salir de esa disonancia cognitiva porque el significado de la palabra 'democracia' aprendido en la carrera de Derecho, junto al sentido que asume ésta en el debate político, no me dejaban cuestionar el sistema político. Y es que actualmente los conceptos manejados de democracia equivalen a lo que Lev Vygotsky calificaría como pseudoconceptos; es decir, complejos (constructos) que no se elevan por encima de sus elementos como un concepto. En este sentido, un pseudoconcepto no deja de ser una amalgama psíquica que no guarda correspondencia satisfactoria con la realidad.
Ahora bien, si me considero liberado de esa amalgama psíquica, ¿existe una definición precisa de democracia? Para abordar este tema, empezaré por referirme al libro de Hannah Arendt titulado Sobre la revolución. Allí, en el capítulo dedicado a “El significado de la Revolución” hace la siguiente observación: “Lo que los hombres de la Revolución americana consideraron una de las innovaciones más importantes del nuevo gobierno republicano —la aplicación y elaboración de la teoría de la división de poderes de Montesquieu al cuerpo político— desempeñó un papel secundario en el pensamiento de los revolucionarios europeos de todos los tiempos. La idea fue rechazada inmediatamente, incluso antes de que estallase la Revolución francesa, por Turgot en nombre de la soberanía nacional (…)”.
Y un poco más adelante, afirma lo siguiente: “desde las etapas finales de la Revolución francesa hasta las revoluciones contemporáneas, para los revolucionarios constituyó una tarea más importante alterar la textura social —como había sucedido en América con anterioridad a la Revolución— que cambiar la estructura política.”
Lo que Arendt está señalando aquí con una rotunda claridad es que la única constitución que es respetuosa con la separación de poderes es la Constitución estadounidense, añadiendo además que para los revolucionarios europeos su propósito estaba centrado en el debate ideológico para transformar a través de las leyes y el gobierno la textura social. A lo largo del citado libro, la autora expondrá magistralmente por qué fracasaron las revoluciones europeas y con ellas la conquista de la libertad política.
Igualmente, otro autor, Carl. J. Friedrich, en su libro La democracia como forma política y como forma de vida, indica que: “Si se desea comprender a fondo el concepto actual de Democracia habrá que familiarizarse con la idea de Constitución como principio restrictivo del ejercicio del Poder. En el continente europeo, contrariamente a lo que sucede en Inglaterra, Norteamérica y otros países anglosajones, existe todavía hoy la tendencia a conceptuar la Democracia, en el sentido de la antigüedad, como el gobierno de todos, es decir, una forma estatal absoluta, creyendo asimismo que el orden político es tanto más democrático cuanto más decide el voto de la mayoría pura. No es así en la evolución que ha tenido lugar en los anglosajones.(…). Este democratismo radical, proveniente del mundo de las ideas de la Revolución Francesa, ha pasado más tarde a la izquierda europea como dogma, identificándose en todos los países europeos como auténtica democracia.”
Ambos autores ponen el acento crítico en la profunda diferencia existente entre la Revolución Americana y la Revolución Francesa: la primera creó un nuevo cuerpo político a través de su Constitución con el fin de garantizar la libertad del individuo frente al Poder político. La segunda ignoró esos principios estructurales y se centró en el discurso ideológico protagonizado por las facciones políticas, lo que ha ido alimentando un cuerpo político adueñado del estado, con un creciente e indisimulado espíritu totalitario.
No obstante, al respecto del planteamiento de Carl Friedrich, debo hacer una observación. Actualmente la situación política en Occidente no permite hacer una distinción entre la Europa continental y el mundo anglosajón, ya que la verdadera lucha política ha dejado de ser ideológica para transformarse en un Poder político (o clase política ¿?) que se ha apoderado del Estado, apoyado por grandes corporaciones capitalistas dedicadas a someter a una sociedad civil, cada vez más controlada e impotente, a un nuevo régimen de naturaleza totalitaria. Y precisamente, su naturaleza es totalitaria porque su poder político es total, no hay una división de ese poder que descanse en la voluntad de la sociedad civil para poder controlarlo, y no hay siquiera una voluntad política de esa sociedad civil porque no hay representación política del elector (solo en Estados Unidos resiste una fuerza social que intenta, amparándose en su Constitución, revertir la inercia de un movimiento político que, impulsado por un conglomerado de intereses económicos, intenta acabar con su modelo constitucional)
En conclusión, un sistema democrático es un sistema de garantía de las libertades políticas de la sociedad civil, cuya función se rige por el principio de separación de poderes y el principio de representación política del elector.
Llegado a este punto, considero justificado hacer una referencia expresa a la Constitución española. Ninguna de las dos condiciones ahora citadas se cumplen en esta Constitución, por eso nuestro sistema de gobierno no funciona con reglas democráticas, ya que su estructura es oligárquica; es un sistema de partidos estatales, donde los titulares del poder político son los partidos políticos (sistema proporcional de listas cerradas), y se denominan estatales porque están financiados con los fondos del estado, que es tanto como decir que su vitalidad política dependerá, sobre todo, de la generosidad propagandística y financiera que con sus propias leyes se concedan.
De ahí que la corrupción sea factor de gobierno. Efectivamente, el funcionamiento de un sistema de partidos como el español acarrea una servidumbre insalvable para el ciudadano, quien está sujeto a la obediencia, impuesta por la fuerza del estado; obediencia, tanto a la legislación como a la administración que interpreta y ejecuta sus leyes, las cuales van inextricablemente unidas al oportunismo político del partido o partidos políticos que detenten el poder. Por eso se afirma que la corrupción es factor de gobierno, ya que cada partida y gasto presupuestario con cargo al estado está dirigido, no al servicio del contribuyente o de los ciudadanos, sino al servicio de la perpetuación del partido en el gobierno.
Siendo así, es fácil comprender que la naturaleza de la mayor corrupción existente en España no es económica, es institucional y, por lo tanto, legal (verdadero círculo vicioso). Las reglas del juego político están viciadas en favor de una oligarquía que va mucho más allá del espectro político, unas reglas que se encuentran blindadas en un texto que llaman Constitución, cuyo mayor vicio reside en secuestrar las libertades políticas de los españoles.
A la vista de todo lo anterior, y si mi razonamiento no está equivocado, se podría decir que tenemos un elefante en la habitación. Está ahí y lo único que necesita la sociedad española es saber identificarlo para sacarlo tranquilamente de la habitación de tal modo que podamos elegir un sistema de gobierno que cuide de nuestras libertades. Como he dicho, un sistema democrático es un sistema de garantías; la libertad política de una nación es la que permite instituirlo.
Es verdad que nunca antes un estado tuvo tanto control sobre una sociedad como tiene ahora, pero también es verdad que nunca antes tuvimos como sociedad a nuestro alcance tanta inteligencia política y tanta capacidad para organizarnos frente a esta nueva forma de fascismo amable. Dicen cuidar de nuestros intereses e incluso de nuestra salud, cuando lo que en realidad quieren es el control de nuestras vidas. No lo consintamos, conquistemos nuestra libertad.
Sobre el autor
Emilio José Triviño Triviño, es abogado y ha colaborado como articulista en distintos medios digitales entre ellos en el blog Acción Democrática Abstencionaria, firmando sus artículos con el pseudónimo de Cincinnatus. En el año 2020 creó un canal en Youtube junto a Alberto Iturralde y Alejandro Villalba con el nombre Camino a la libertad. El tema central de sus artículos y sus programas es la libertad política.





En cuanto al elefante en la habitación, suponiendo que quisiéramos sacarlo fuera, me parece que uno de los problemas es el tamaño de las puertas; porque si el elefante entró cuando aún era un cachorro de elefante, puede ser que las puertas sean demasiado pequeñas para que salga; y lo mismo ocurriría si al elefante se le construyó una habitación a medida con él ya dentro, que tal vez fue lo que ocurrió. En ambos casos, para sacar el elefante habría que derribar, o almenos remodelar, algunas puertas; y si el edificio que se le construyó alrededor fuera grande y con muchas puertas, posiblemente habrá que derribar, o remodelar, muchas. Y he aquí el problemón que tenemos delante.
Magnífica contribución.
Una reflexión: la abstención contribuye a mantener a la cínica oligarquía que gestiona los periódicos plebiscitos, relativiza los crecientes porcentajes de abstención y manipula, entre otros referentes, las concesiones de nacionalidad y que no se da por aludida sobre las disfunciones del sistema institucional local, regional, estatal y supranacional europeo...