Dentro de unos cuarenta o cincuenta años no existirán ni España ni Cataluña. Y si lo hacen será como unas carcasas vacías, como unos ancianos enfermos de Alzheimer que ya no recuerdan ni su nombre y que simplemente esperan la llegada de la parca.
Las cifras son, por un lado, tozudas. Así, según las proyecciones de población del INE en el año 2050 habrá en España un total de 54.900.000 habitantes, con 37.200.000 nacidos en nuestro país y 17.700.000 en el extranjero. En el año 2070 las proyecciones hablan de un total 54.600.000 habitantes, con 33.300.000 personas nacidas en España y 21.300.000 en el extranjero. Es decir el porcentaje de personas nacidas en el extranjero será del 32,25 % en el 2050 y del 39 % en el año 2070. En Cataluña esos porcentajes serán similares e incluso superiores. Así para el 2039, según el INE, Cataluña presenta unos porcentajes de población nacida en el extranjero que se aproximan al 37 %.
Estas cifras no tendrían mayor importancia referidas al concepto de nación y de Estado-nación tal y como hoy lo entendemos si hubiese procesos adecuados de integración y de nacionalización de los llegados. Pero no los hay. Ni adecuados ni no adecuados. Simplemente no los hay. Ni en España, ni en Cataluña, ni en Francia ni en ningún lugar de Europa Occidental.
La nación, el Estado-nación, tal y como hoy lo concebimos, con una nacionalización de las masas que tenga algo de cierta efectividad, no tiene más de doscientos años. El nacionalismo ha sido objeto de estudio en abundancia. Sobre todo después de la II Guerra Mundial. Aquí veremos algunas de las Teorías que explican el mismo.
En primer lugar tenemos que hablar de Kedourie (1960), quién definió las naciones como creaciones artificiales, resultado de la acción de intelectuales al servicio del Estado. Y mediante una educación continuada de la voluntad de la colectividad. Siguiendo esa línea, George Mosse (1975) hablaba de la “nacionalización de las masas” y abordaba la nación como una construcción social y no solo intelectual desde la cultura política.
Más adelante Gellner (1983) explicaba que es el nacionalismo el que construía naciones y no a la inversa. En este sentido las culturas superiores tratarían de hegemonizar sus sociedades en un sentido nacional, para facilitar el crecimiento económico y la legitimación del propio poder. Por su parte, y en la misma línea, Hobsbawn (1990) señalaba que las naciones eran artefactos culturales fabricados por las élites gobernantes o aspirantes al poder para movilizar a las masas en su favor. Hablaba pues de “invención de la tradición”.
Pues bien, en España a finales del XIX, esa construcción nacional, como muy acertadamente han señalado Álvarez Junco (2001) o Borja de Riquer, hacía ciertamente aguas. Y es que los instrumentos de nacionalización de la población que se habían empleado en otras naciones como Francia, como son la educación, el ejército, los símbolos y las tradiciones, además de los medios de comunicación, presentaban en nuestro país severas limitaciones de todo tipo, por decirlo de forma suave. En Francia, en cambio, sí que había habido un éxito ciertamente notable.
Pero esto, insisto, era en el siglo XIX y XX, ante una población que, además, nacía en el propio país. Pero, ¿y en el siglo XXI? ¿Qué instrumentos de integración se emplean en nuestro país? ¿Qué instrumentos de nacionalización se emplean en un contexto en el que número de personas nacidas en el extranjero ha pasado de poco más de 3 % a principios de este siglo a unas cifras que superarán el 35% (el 40 % en algunas zonas) dentro de poco más de diez años?
En primer lugar, los instrumentos del XIX, aunque quisiesen emplearse, no sirven. La educación, la primera. Ni en un estado como España, con las competencias transferidas, y donde se hace poco hincapié en la historia común, ni en Cataluña, donde el tema se toma bastante en serio para “fer país”, ni en Francia, hay el menor éxito. Más que nada, y aunque se hiciese un esfuerzo notable (que no se hace) porque los niños tienen mucho más instrumentos de información y de comunicación que en la Europa del siglo XIX, donde la Escuela, era, junto a la familia, el principal instrumento para moldear conciencias (de ahí el interés de la Iglesia en España en disputarle al Estado el sistema educativo). Hoy eso no se da. Y mucho menos, infinitamente mucho menos, en este siglo de internet y desde que se popularizó el Smartphone. Del ejército, desaparecida la milicia, no vale la pena ni hablar como instrumento de nacionalización. En cuanto a símbolos y tradiciones, en Francia tal vez todavía tengan algún papel. En España, desde luego, ninguna, y más cuando ni siquiera nos ponemos de acuerdo con ellos. Y respecto a los medios de comunicación de masas es innegable su crisis, ya sean medios escritos o audiovisuales. Para los más jóvenes son algo ajeno, en su mundo de redes sociales, video-juegos, etc, o televisión a la carta.
Estamos así mismo en un proceso de globalización, donde se han roto las barreras espacio-temporales que tradicionalmente habían limitado las interacciones sociales. De esta manera un chicho que haya venido de Marruecos o de El Salvador, puede todos los días comunicarse con sus familiares o amigos de su lugar de origen, ver los telediarios y series de allí, a través de internet y de las redes sociales. Puede además viajar con mucha mayor facilidad que hace treinta o cuarenta años. Pero, además, en las transformaciones que han sufrido los Estados nacionales en este capitalismo avanzado se da la “desnacionalización de lo estatal” y la “internacionalización de los regímenes de acción política” como dice Jessop (2015). El Estado sufre, pues, el condicionamiento, y el vaciamiento, hay que decirlo también, a manos de crecientes instituciones supraestatales.
Se ha producido además, como postularon Bauman o Giddens, crecientes procesos de individualización, poniéndose un énfasis en la diversidad y en la autorrealización personal, que dificultan aún más el papel de los agentes clásicos de socialización y los aprendizajes de los marcos culturales de la vida en común. Lo comunitario y el bien común están así en una profunda crisis.
La fragmentación e inestabilidad son pues rasgos comunes en este siglo XXI. Y aunque surjan identidades reactivas y de resistencia, como afirmaba Castells, no parecen tener mucho éxito.
Es en este contexto en el que se está dando, de manera casi irreversible, la disolución de los conceptos de nación y de Estado-nación. Unos Estados-nación, que como dice Tilly, no parecían tener ninguna oportunidad frente al imperio de Carlos V, y que sin embargo acabaron triunfando. Hasta ahora. La cuestión es; ¿qué les sustituirá?
Para intentar dilucidar esta cuestión, quédense con dos conceptos: “Madrilona” y “Tecnofeudalismo”.
“Madrilona” hace referencia al concepto que defiende el arquitecto Fernando Caballero, que defiende el concepto de ciudad global, y que señala que si queremos pintar algo en el contexto internacional es potenciando las dos grandes ciudades globales que hay en nuestro país, que son Madrid y Barcelona, así como sus sistemas.
Ahora bien, ¿qué son las grandes ciudades globales? ¿Puede resistir un Estado o una Nación a esas grandes ciudades globales que actúan al margen y muchas veces en contra de esta Nación?
El concepto de “ciudad global” es empleado por primera vez por Saskia Sassen en 1984. La propia autora refina este concepto a posteriori (Sassen, 2005) y lo liga definitivamente al concepto de globalización, indicando que “la globalización de la actividad económica hace necesaria una nueva clase de estructura organizativa” (ibid, pag 17), pues con la misma ha aumentado “la demanda de nuevas formas de centralización territorial de las funciones de alta dirección y control”. Sassen (2005) indica, además, que ha surgido
una geografía política paralela, y que las ciudades se han convertido en un emplazamiento estratégico no sólo para el capital global, sino también para la transnacionalización de la mano de obra y la aparición de comunidades e identidades translocales.
Las ciudades globales no solo son importantes por la localización de infraestructuras estratégicas, sino también como nodos de flujos de relaciones y contactos a nivel global. Las ciudades globales representan así el poder de la Ciudad-Estado, frente al entendimiento del territorio como Estado-Nación.
En un sentido parecido, Michael Lind (2020), habla de “Hubs” y “Heartlands”. Lind señala que en los “Hubs”, término que podría traducirse como “centros”, se concentran “los servicios empresariales y profesionales de alto nivel, que incluyen software, finanzas, seguros, contabilidad, marketing y consultoría, incluidas las corporaciones globales que gestionan cadenas de suministro en muchos países” (2020, pág 15). En los “Heartland”, de mucha menor densidad de población, se encontrarían buena parte de las industrias tradicionales que no han sido deslocalizadas por la Globalización. Para dotar de servicios en los “Hubs” a la élite urbana se concentraría una amplia población dependiente, de inmigrantes sobre todo, cuyos empleos son precarios y mal pagados.
En Europa sin duda hay que destacar especialmente a Guilluy. Según Guilluy, y así lo explica en su obra La France périphérique (2014), o en No Society; el fin de la clase media occidental (2019), hay una dicotomía creciente entre las grandes metrópolis y la llamada periferia. Aunque al principio Guilluy habla de París y la Francia periférica, posteriormente (2019, pág 20 y siguientes) extiende esta conceptualización en un sentido bastante más amplio. Así, mientras que las grandes ciudades (estamos ante un fenómeno que es extensivo a toda Europa) concentran la creación de riqueza y son las zonas mejor integradas en la llamada economía global, los territorios rurales y las ciudades pequeñas y medianas resultan las principales perjudicadas de la desindustrialización y el modelo de globalización neoliberal. Para el geógrafo francés, los habitantes de estos territorios ‘periféricos’ tal vez no tengan consciencia de clase, pero “sí que comparten la misma percepción de los efectos negativos de la Globalización”.
En la periferia se situarían además para Christophe Guilluy “desde hace décadas las capas (obreros, empleados, pequeños autónomos, funcionarios) que antes formaban la base de la clase media”, capas que según él “han sido sacrificadas por un modelo económico globalizado en el que no encuentran su sitio”. En el otro extremo, en el llamado ‘centro’, en las grandes metrópolis, encontraríamos a unas élites económicas, políticas e intelectuales, además de a unas clases aspiracionales sostenedoras de las mismas, en su doble versión; la llamada ‘conservadora y liberal” a la derecha, por una parte, y en la supuesta izquierda, los llamados ‘bobos’ (de Bohemian Bourgeois) en Francia, o ‘progres’ en España. Ambas versiones del ‘centro’, es decir de las grandes metrópolis, tienen en común además de que son perfectamente intercambiables de un país a otro; sienten desprecio por las gentes de la ‘periferia’, un desprecio que evidentemente es de clase. Estas capas de obreros, empleados, pequeños autónomos, ejecutivos intermedios, campesinos, funcionarios, no sólo se ven adelgazadas, empujadas a la inseguridad, la precariedad y una creciente pobreza fruto del neoliberalismo globalizador, sino que han dejado de ser referentes culturales para los círculos políticos, mediáticos y académicos e incluso han sido vilipendiadas como “una panda de deplorables”, por parte de las élites, explica Guilluy. Para el autor francés, “en una democracia las clases populares y las élites interactúan, y una sociedad sana integra a los más modestos, los representa políticamente y los respeta culturalmente”. Es lo que ocurría en los llamados «treinta años dorados», precisamente los de la construcción de Europa y del Welfare State. Y es algo que no ocurre hoy y que tal vez empieza con la ‘No Society’ formada únicamente por individuos que defendía Margaret Thatcher.
Es decir, apostar por Madrilona o por las grandes ciudades globales como marco de convivencia o de estructura de poder implica renunciar a la nación y a la democracia. Apostarlo todo a unas élites cosmopolitas que son perfectamente intercambiables de una ciudad-global a otra y que no sienten ni apego ni responsabilidad hacia sus conciudadanos, ni a su país, ni a su nación y ni tan siquiera a su propia ciudad implica que habrá ciudadanos de primera y de segunda y que emergerá una nueva jerarquía social cuasi-feudal.
Entraría aquí, pues, el segundo concepto, el de tecno-feudalismo. Y es en este horizonte en el que cabría enmarcar las palabras de Elon Musk señalando que España y Sicilia tienen sol suficiente para alimentar de energía a toda Europa. Es decir, la España vacía se convertiría en una gigantesca giga-factoría solar. ¿Es ese el destino que ha reservado a España la nueva élite de señores tecno-feudales?
Estos señores tecno-feudales estructurarían el mundo para que estuviese al servicio de las grandes empresas tecnológicas, y no al revés. Y en ese mundo la nación, el propio concepto de ciudadano, ya sea de Cataluña o de España o de Francia, sería una mera carcasa. Lo importante sería la noción de productor y de consumidor, lo más aislado posible el uno del otro. La democracia y la comunidad no serían más que palabras vacías.
La cuestión es, ¿podemos resistirnos? Yo creo que sí, que es posible reivindicar que España existe, y que debe existir un crecimiento armónico y equilibrado. Una recuperación de la Comunidad. Pero para ello no debemos esperar mucho tiempo porque el tiempo se nos acaba.
BIBLIOGRAFÍA
Álvarez Junco, J Mater Dolorosa.La idea de España en el siglo XIX. Barcelona 2001
Gellner, E Naciones y Nacionalismo 1983 Madrid 2008
Guilluy, Christophe (2014) “La France périphérique” Flammarion París
Guilluy, Christophe (2019) “No society. El fin de la clase media occidental” Taurus Barcelona
Hobsbawn, E Naciones y nacionalismo desde 1780 Barcelona 1991
Jessop, B The State, Past, Present and Future Cambridge 2015
Kedourie, E Nationalism Londres 1960
Mosse G La nacionalización de las masas 1975 Madrid 2025
Lind, Michael (2020) “The new class war. Saving Democracy from the Metropolitan elite” Ed Penguin New York
Sassen, Saskia (2005) “The Global city: introducing a concept” en Brown Journal of world affairs Winter/spring
Sobre el autor
Miguel Ángel Cerdán Pérez. Licenciado en Geografía e Historia y Graduado en Ciencia Política y de la Administración por la UNED. Catedrático de Secundaria en la especialidad de Geografía e Historia en el IES Violant de Casalduch en Benicàssim. Ejerce como articulista en diversos medios como El Mundo Castellón al día, El Viejo Topo, El Diario.es Comunidad Valenciana o Diario 16.





Magnífico artículo. Gracias.
Hay una contradicción en el panorama, hablas del crecimiento de madrilonas donde se concentran las profesiones en auge ligadas a la IA y demás, pero al mismo tiempo parece que la IA y demás facilitarían el teletrabajo poslibilitando una distribución más equilibrada de la población.